Especial Ramadan: El Coràn de Muhammad Ahmed Jad al-Moula Muhammad Abu al-Fadel Ibrahim Ali Muhammad al-Bajaoui Al-Saïd Chahata Dar Al Kutub AlIlmiya (Libano)
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LA HISTORIA DEL HOMBRE VICIOSO
Tras la expedición contra los Banu Moustalaq, el Profeta, oración y bendición de Allah sobre él, regresó a la Medina. La tribu de Moustalaq que, al comienzo, se enfrentó al Enviado de Allah, negándose categóricamente a responder a su llamamiento, se encontró de pronto atraída por la nueva religión. De esta manera se aliaron con los musulmanes a través del matrimonio para ilustrar sus buenas intenciones, antes de convertirse al Islam en toda convicción. Cuando todo entró en orden y sus notables presentaron la pleitesía a Muhammad, oración y bendición de Allah sobre él, éste nombró a uno de sus hombres, Al Walid ben Okba como intendente encargado de colectar la contribución obligatoria de los ricos para ayudar a los pobres a cubrir las cargas familiares y sociales. Al Walid asumió la responsabilidad, abandonando la Medina para llevar a cabo su misión. La familia Moustalaq que esperaba su llegada se precipitó, al tener conocimiento de su salida de la Medina, a recibirlo y a festejar su presencia entre ellos. En efecto, estaba desde hacia tiempo en litigio con los Banu Moustalaq, pensó que éstos salieron para matarlo o para hacerle daño. De tal forma que tuvo miedo, volviendo inmediatamente a la Medina donde se presentó ante el Enviado de Allah contándole falsas noticias, pretendiendo que Banu Moustalaq han renunciado al islam y se habían negado a pagar la contribución obligatoria. Dijo al Profeta, oración y bendición de Allah sobre él, que este pecado era imperdonable conforme a la ley religiosa musulmana y que los Banu Moustalaq debían ser castigados todos sin excepción.
Al conocer los pormenores del relato del Walid, el Profeta, que la oración y la bendición de Allah estén con él, se sintió, como todos los musulmanes, irritado, deliberando inmediatamente sobre la cuestión y decidiendo finalmente conquistarlos a fin de darles una severa lección como retribución por lo que habían cometido. Esta horrible noticia se difundió por todas las ciudades. Sorprendidos, los Bani Moustalaq se enteraron sin comprender el objetivo de esta conquista, habida cuenta, de que eran inocentes, seguían siendo musulmanes y nunca contemplaron oponerse al derecho divino. De esta manera se dieron prisa para evitar lo peor, enviando a delegados con vistas a informar al Profeta, oración y la paz sobre él, de lo que realmente había pasado. Al llegar a la Medina, los delegados encontraron a los musulmanes totalmente preparados a conquistar su ciudad, pidiendo, entonces ver lo antes posible al Enviado de Allah.
Cuando se presentaron ante él, uno de ellos tomó la palabra pata subrayar: “O Enviado de Allah, nos hemos enterado, a través de uno de nuestros hombres, que has enviado al Walid para colectar la contribución obligatoria impuesta a los ricos entre nuestro pueblo. Entonces, hemos decidido salir a recibirlo para manifestar nuestra adhesión al islam y nuestra voluntaria obediencia a Allah y a Su Enviado. Hemos colectado, nosotros mismos, las contribuciones para confiárselas al Walid para hacerle ganar tiempo y ahorrar esfuerzo. En efecto, nos quedamos totalmente asombrados al verlo volver sin decirnos nada. Poco tiempo después, nos enteramos de que ha pretendido que hemos intentado matarlo y que nos hemos negado a cumplir con la contribución obligatoria. Al Walid no se ha limitado a inventar esta historia, sino se fue mucho más lejos al pretender que hemos renunciado al Islam”
No hemos obrado en tanto que infieles y desde nos convertimos al Islam nos quedamos fieles a este culto”.
El Profeta, que la oración y la paz estén con él, escuchó su justificación sin emitir una sentencia. Por su misericordia, Allah le Insinuó los siguientes versículos para tranquilizar su corazón: “O vosotros que creéis. Si un hombre vicioso os aportara una noticia, confirmadla con pruebas por temor a hacer daño a la gente, por ignorancia, y de tener un buen día que lamentar lo que habéis hecho. Sabed que el Enviado de Allah, que está entre vosotros, os obedecía en muchas cosas y que estaríais expuestos a dificultades. Pero Allah os Ha Hecho querer la fe, haciéndola atractiva para vosotros y os ha hecho odiar la incredulidad, el vicio y la desobediencia. Estos son los bienes guiados”.
LA VICTORIA
La visión
El Profeta Él le Bendiga y le Dé paz se despertó una mañana tranquilo y de buen humor. Tenía el corazón aliviado, y apaciguado y las fuerzas renovadas. Entonces decidió convocar un consejo. Todo el mundo pudo constatar su felicidad y aquél rayo de esperanza nuevamente aparecido en su rostro. Una sola pregunta quedaba en suspense y esta respuesta aunque desconocida reflejaba la existencia de una buena noticia, algo grato e inhabitual. ¿Qué ocultaba esta alma tan tranquila? ¿A qué se debe esta satisfacción excepcional?
Cada uno de ellos tomó asiento en el patio de la mezquita en espera de conocer la razón de esta invitación. De pronto, el Profeta, oración y la paz sobre él, les habló de la visión que había tenido y que anunciaba una buena noticia que se esperaba desde hacía tiempo: “Entraréis, ciertamente, a la Mezquita Sagrada, Si Allah Quiere, en toda seguridad, los cabellos cortados a ras o tallados, protegidos de todo temor[1]” dijo el Profeta, oración y bendición de Allah sobre él antes de enlazar: “Preparaos a este viaje y no olvidéis, sobre todo aportar con vosotros las ofrendas. Debéis comprender que nuestro objetivo es de efectuar el pequeño peregrinaje y las vueltas rituales a la Kaaba”. Esta buena noticia se propagó rápidamente entre ellos, constituyendo un buen augurio porque con ello entendieron que ha venido el tiempo para efectuar las prácticas rituales tal y como están citadas en el Libro Sagrado.
Esta visión no era la de Muhammad…este Profeta que verídico en su palabra y en sus promesas, que desde su llegada a la Medina no cesaba de prometer a los musulmanes victoria tras otra. ¿Quién podía, pues, cuestionar esta promesa? Normalmente sólo se duda de la gente que fracasa en sus intentos de cumplir sus promesas o que se equivocan en sus previsiones.
No obstante, Muhammad, que Allah Bendiga y le De paz, estaba siempre seguro de sí mismo y que, además, tenía una confianza sin reservas en Dios. Jamás dijo tonterías o habló siguiendo sus impulsos. Lo que contaba era siempre pura revelación inspirada. ¡Que se alegren! ¡Que festejen esta buena noticia! Están a un ápice de la victoria. La nostalgia cede ante la alegría de encontrarse entre los amigos y los próximos. La alegría de volver al país natal después de un largo periodo de expulsión y exilio. Necesitaban acuciantemente el olor de la tierra de la Meca, este lugar bendito que era su país, el de sus ancestros, el de Abraham, Ismail y de los que se sacrificaron durante la historia para que se respete la palabra de Allah y para que se desmorone la de los infieles. ¿Quién sabe? Puede que los koraichitas perdieran su influencia y fueran condenados a la humildad, ellos que pretendían ser los protectores de la Casa Sagrada y que, en realidad, no eran más que una banda de perversos y de extraviados. Que la unicidad de Allah sea el ideal que reine en la Meca y en todos los lugares donde se había abrazado el llamamiento de los profetas, desde Adán, padre de la humanidad hasta Muhammad, el último Mensajero. Los musulmanes irían, sin duda, a dar la vuelta ritual a la Kaaba, el recorrido entre Assafa y Al Marwa, ver el muro del encinto, tocar la piedra incrustada en el muro del templo de la Kaaba. Que la unicidad de Allah reinarse en la Meca y sobre todo en la Mezquita Sagrada.
Una mañana, el clima era tan sereno, tan refrescante que la calma y la tranquilidad reinaban en los espíritus. La esperanza se convirtió en una realidad como si una voz divina así lo Anunciara. Hoy ha amanecido. La mañana tenia aquél día un gusto excepcional, inhabitual y la alegría y el regocijo disipaban el dolor y el cansancio. Esta expedición que había salido con destino a la Meca estaba formada exclusivamente por valientes hombres, llenos de confianzas en Allah. Hombres determinados a responder al llamamiento del Señor. Era una tropa unida, fuerte y solidaria. Hoy los traidores y los hipócritas no tenían sitio entre los fieles. Las alegaciones lanzadas por los que se habían quedado atrás, no habían incitado ni directa ni indirectamente a los musulmanes, a desviarse o a renunciar a su Profeta, Que Allah Bendiga y Dé paz. Los escépticos decían: “Nuestros bienes y nuestras familias nos han retenido”. Pero Dios y Su Enviado saben que mentían, que decían con sus lenguas lo que no había en sus corazones. Los propagadores de falsas noticias se burlaban de los musulmanes diciendo: “El profeta y los creyentes nunca volverán a sus hogares”. Decían barbaridades y Allah Sabe que lo hacían para asustar a los musulmanes. No obstante, los musulmanes no escuchaban este tipo de rumores tendenciosos y proseguían su camino en toda quietud, los corazones sólidos y una voluntad de acero.
Habiendo recorrido una buena distancia, a medio camino de la Meca, los musulmanes escucharon a Bacher Al Khozai decir al Profeta (SAW): “O Enviado de Allah, me he ido, como me lo pediste, a seguir las noticias de Koraich y he descubierto desgraciadamente que estaban al corriente de nuestra intención de entrar en la Meca este año. Me pregunto ¿Cómo lo han podido saber? ¿Quién se ha atrevido a divulgar la revelación que Allah te Ha Inspirado? ¿Qué medio han utilizado para enterarse de nuestro plan? Interminables preguntas me ocurren sin encontrar respuesta alguna”.
-“Bien – dijo el Enviado de Allah- dime ¿Cómo han reaccionado ante este nuevo desarrollo?
– “Han salido todos sin excepción portando con ellos sus camellos. Pusieron sus acorazados, revistiéndose con un blindaje y han jurado nunca dar a los musulmanes la oportunidad de ver aunque solo sea de lejos, la Meca. Khaled Ben Al Walid, el hombre que todos consideran bravo y valiente salió al mando del ejército para administrar el asunto y dirigir la guerra. Están ahora en un lugar no lejos de aquí”.
El Profeta, que Allah Bendiga y De paz soltó un profundo suspiro y dijo: “¡O mi dolor por los koraichitas! Se han convertido en obsesionados por el amor de hacer guerras. Hubieran dejado a los árabes la tarea de hacerme frente. En este caso si me asesinan, ellos saldrán indemnes y aliviados. No obstante, si tomo, la revancha se convertirán al islam como el resto de las tribus árabes. Por Allah si deciden hoy hacer la guerra a los musulmanes será como si la hicieran a Allah. ¿Qué piensan? Voy a combatir por la causa divina para ganar las dos buenas cosas: la victoria o el martirio. ¿Qué busca Khaled en realidad? Nosotros no hemos salido para hacer la guerra. Para nosotros no puede tratarse de esto ni tampoco es un tiempo idóneo. Solo queremos cumplir las prácticas rituales y punto. Ahora os pido proponerme alguien de vosotros capaz de indicarnos un camino por el que no estaremos obligados a encontrar a los koraichitas durante nuestro viaje. Un camino protegido que ningún espía de Koraich haya pisado nunca. Un hombre del clan de Aclame[2] que conocía perfectamente aquellos lugares se presentó para cumplir esta tarea. Tomó el cabestro de la camella[3] del Profeta (SAW) y avanzó, atravesando caminos accidentados y relieves hasta penetrar en lugares difícilmente accesibles y en otras vías difíciles de transitar. Cansados, a penas capaces de mover sus pies, los musulmanes seguían al guía que al cabo de cierto tiempo relativamente corto les condujo a un camino ancho y allanado.
A lo largo de este viaje, los musulmanes velaban unos por otros, no perdiendo la esperanza en ningún instante en que todo volvería a entrar en orden. Por su parte, el Profeta oración y la paz sobre él, no escatimaba esfuerzo alguno para suscitar en ellos el amor del Yihad y a recordarles que Allah no Olvidará el enorme esfuerzo que desplegaron y despliegan para defender su causa divina. De pronto, la camella se detuvo en medio del camino, negándose a avanzar o de retroceder. Los musulmanes exclamaron: ¿De qué se trata? ¿Acaso el Profeta ha cambiado de opinión o bien acaba de recibir una revelación pidiéndole dar marcha atrás o de cambiar el sentido de dirección?
Se intentó infructuosamente obligar a la camella a moverse, agachándose en pleno centro del camino. Esta noticia se propagó rápidamente entre los musulmanes que comenzaron a deshojar la margarita de las posibilidades que presentaba la situación. Al enterarse de lo que la gente contaba o se imaginaba, el Profeta que Allah Bendiga y le Dé paz se levantó y les dijo: “Por Allah, la camella se niega a avanzar por una causa que ignoramos. Es dócil. Nunca desobedeció mis órdenes. No es del género que puede desobedecer a un profeta. Allah, por su misericordia le Ordenó detenerse como Había Ordenado en otros tiempos al elefante de no moverse de su lugar. Debe haber una buena razón. Juro por Allah que si Koraich me pide hoy hacer un compromiso lo haré a condición que respete las obligaciones divinas”. El Enviado de Allah comprendió, pues, que la voluntad divina le Pedía más paciencia y de detenerse en espera de una orden que aconsejaría hacer otra. Ordenó a sus compañeros ir a descansar esperando las noticias. Los musulmanes se detuvieron en un lugar llamado Houdayba, erigiendo el campamento y esperando impacientemente noticias tranquilizadoras.
“Una silueta penetra en las tinieblas, el ruido de sus pasos se hace cada vez más cerca. Seguramente avanza hacia nuestra posición.
¡Si es Badil ben Quarkaa Al Khouzai! ¡No pasa nada! Es un hombre de Khouzaa, esta tribu con la que tenemos muy buenas relaciones. Somos al fin y al cabo, aliados y fieles unos a otros. Badil va a darnos cuenta de lo que sucede en la Meca ya que necesitamos conocer las noticias de Koraich”.
De repente Badil se encontró asediado por una multitud que quería saber el motivo de su visita, bombardeándole con una serie de interminables preguntas: ¿De dónde vienes? ¿A dónde vas? ¿Nos has traído noticias? ¿Si vienes de la Meca dinos cómo están los koraichitas? ¿Han movilizado sus fuerzas? ¿Cómo han recibido la noticia de nuestra salida? ¿Qué han preparado?…
“No me obliguéis a responder a vuestras preguntas –dijo Badil- Dejad de preguntar por sólo preguntar. No responderé a ninguna pregunta. Me niego a dirigiros la palabra salvo si me indicáis donde se encuentra el Enviado de Allah”.
Le abrieron inmediatamente el camino, avanzando hacia la tienda de campaña donde estaba el Profeta, que Allah Bendiga y le Dé paz. Una vez allí comenzó diciendo: “O Muhammad, He venido a verte enviado por Koraich. Te traigo una mala noticia, cuyas consecuencias temo por ti. Veo en ella un mal augurio. Si. He venido a informarte de un asunto muy grave: Ayer, como de costumbre pasé a ver a los koraichitas que, como sabes, se reúnen cada tarde para discutir. Nunca los vi tan rencorosos y nerviosos. ¡Salta a la vista! Tienen muy malas intenciones porque consideran tu llegada como una humillación para ellos como si vayas a profanar la Meca. Han decidido, pues movilizar sus fuerzas para hacerte frente. Son serios y han jurado por sus grandes dioses que no entrarás a la Meca mientras sigan vivos. Han tomado a Allat, Ouzza y a Houbel como testigos de su sinceridad.
Personalmente he sentido miedo de que te mataran a lo improvisto. Aquí me tienes ante ti y soy serio y sincero. La decisión final te incumbe. Ahora no puedo añadir nada más”.
“Pero Badil –dijo el Profeta que Allah Bendiga y le De paz- solo queremos efectuar el peregrinaje. Es todo. No buscamos hacer maniobras o a combatir a los koraichitas, sobre todo ahora. Nuestra salida tiene un solo objetivo: cumplir las obligaciones religiosas. ¿No ves que no llevamos con nosotros armas? Nuestras espadas están en las vainas y nuestros hombres están desprovistos de toda protección. No llevan ni acorazado ni armadura. Puedes, si quieres ayudarnos, aclarar a los koraichitas, decirles el verdadero objetivo de nuestro viaje. Tal vez lograrás poner fin a esta animosidad que reina entre nosotros y nos ahorrarás con ello una desastrosa guerra. ¿Quién sabe? igual logras evitar el derramamiento de sangre”.
Badil volvió a la Meca, encontrando allí a los koraichitas, como la primera vez aún discutiendo respecto a Muhammad, oración y la paz sobre él, pero presintiendo, esta vez, en su tono cierta inclinación hacia la posibilidad de concluir un armisticio con él en vez de recurrir a la guerra. En realidad querían salir victoriosos pero, por otra parte, no estaban realmente entusiasmados ante la idea de emprender alguna lucha para conseguirlo, habiendo tomado todas y cada una de las disposiciones para declarar la guerra pero al final renunció a comprometerse en esta vía. Por ello se reunieron para debatir esta nueva idea y por ello al ver a Badil se precipitaron a interrogarlo, persuadidos de que aportaba interesantes noticias inherentes de abrirles un feliz desenlace.
“Ven aquí, siéntate, Badil – le dijeron- ¿Qué nos vas a anunciar? ¿Muhammad ha preparado su ejército para conquistarnos y tratar de humillarnos? ¿No ha encontrado satisfacción, matando a nuestros hombres más valientes, más sabios? El recuerdo de nuestros mártires están aun frescos en nuestra memoria. Atba, Chiba, Hanzala y el hijo de Hicham eran unos de nuestros mejores guerreros y los más valientes. Amr ben Wed cayó mártir y no encontramos la consolación desde su muerte. Las mujeres lloran aún sus muertos. ¿Qué busca Muhammad, exactamente? ¿Quiere que la historia de la venganza se repita cada día? ¿Tiene la intención de hacer una guerra destructora? Ha vuelto hoy a renovar el dolor. ¿Qué has aportado, tú? ¿Dinos y danos vuestra opinión?
“Os equivocáis si pensáis que Muhammad es un hombre que desea derramar sangre. He encontrado en él una sensatez que seduce. Ha sido preciso pero por una razón desconocida no me dijo claramente lo que quiere. Me encargó de transmitiros un mensaje. Además, he observado cosas que os puedan interesar. Si queréis puedo aclararos y poneros al corriente de lo que he visto y escuchado.
“Entonces cuéntanos pero debes saber que nosotros también tenemos algo que decirte. Vamos a esperar tu mensaje para decirte lo que pensamos”.
“Me presenté ante Muhammad, entablando con él una conversación durante la cual le he pedido su opinión y le pregunté sobre su intención. Me dijo, así de simple y asi de racional, que no desea hacer la guerra sino solo busca efectuar el peregrinaje. Me tranquilizó al respecto por lo que consideré como un buen augurio. He constatado en sus propuestas una solución aceptable para las dos partes, tanto para él como para vosotros. Este es su mensaje: “Que se abra ante mí el camino para poder efectuar el peregrinaje tranquilamente. Os propongo concluir un armisticio conmigo y dejarme ver lo que tengo que hacer con las demás tribus. Si emprendo una lucha contra éstas y salgo vencido, os ahorraréis la pena de combatirme, pero si las venciera os daré la oportunidad de hacer lo que queráis: o bien abrazar el Islam como las demás tribus o continuar profesando vuestro culto. Estas dos opciones son de naturaleza a poneros a salvo y debe evitar que me hagáis la guerra”. Por Allah yo veo en esta propuesta constituye un arreglo justo con el que no soñabais. El odio que reina entre vosotros y Muhammad va a desaparecer para siempre. El derramamiento de sangre no os aportó más que desgracias. Por mi parte soy un mensajero de confianza y he sido realmente fiel al transmitiros el mensaje que Muhammad me encargó de hacer. De este modo seréis ganadores en todos casos”.
“¡Es un desastre! – dijeron – una opinión que va en contradicción de la razón. Badil ¿No tratas de conducirnos hacia el extravío o a confundir las cosas ante nuestros ojos para que, una vez acosados, no podremos tomar ninguna decisión? ¿Quieres arrojarnos en la ignorancia, obligarnos a colocar nuestras espadas en las vainas? ¡Qué humillación! Cerramos los ojos y dejamos pasar a Muhammad tranquilamente. No somos débiles ni innobles para aceptar parecida propuesta. Creemos que eres un traidor que busca comprometernos en algún truco. ¿No eres de Khaza’a, esta tribu que mantiene buenas relaciones con Muhammad y que tus antepasados y los suyos habían vivido juntos en una total distensión. Tus consejos tienen el amargo sabor del veneno. Cállate y ¡ojo! No te metas más en este asunto”.
“Sois libres. Tenéis pleno derecho de decidir ahora pero mañana veréis que yo era, para vosotros, un consejero digno de confianza”.
Los koraichitas se dirigieron hacia Abu Sufian, su jefe para pedirle consejo y deliberar con él. Éste les propuso enviar a un comisionado para negociar con Muhammad. Les dijo: “Al Hallis ben Alkama, el jefe de Al Ahabich[4]está presente aquí entre nosotros. Es uno de nuestros fieles aliados y entre nosotros existe una larga historia de buena vecindad. Además es un hombre sabio y razonable. Es tan clarividente que analiza las cosas tanto desde su buena como mala perspectiva. Puede esclarecer las cosas por más ambiguas y complicadas que fueran. Enviadle puede que tenga éxito en convencer a Muhammad y a inducirle a renunciar a su plan. Por nuestra parte no podemos hacer nada que pueda paliar la tensión actual”.
Al Hallis aceptó esta misión, comenzando inmediatamente sus buenos oficios.
Al verlo llegar, el Profeta, oración y bendición de Allah sobre él, dijo a sus compañeros: Koraich nos ha enviado hoy al Hallis como negociador. Se trata de un hombre ascético conocido por su honestidad. Soltad los camellos que hemos preparado a la inmolación como ofrenda a Allah para que sepa que no hemos venido a hacer la guerra. Al ver los camellos en tal estado, oblicuamente y desnudos, entabló una breve discusión con Muhammad (SAS), regresando rápidamente a la Meca, irritado y enfadado. Se presentó ante los koraichitas diciéndoles: – – “¡Desgraciados! ¿Qué mala acción habéis llevado a cabo? Os habéis equivocado de camino. Prohibís la visita a la Casa Sagrada a gente que sólo desea efectuar el peregrinaje, gente que ha salido sólo para responder a la llamada de Allah. Dejáis a las bestias efectuar el peregrinaje y cortáis el camino ante los hijos de Abdul Muttalib. Este hombre con el que no podéis igualar ni en su posición ni en su dignidad, nieto y bisnieto de vuestros jefes y próximo pariente de nuestros generosos guerreros. ¿Buscáis vuestra pérdida? No hemos concluido con vosotros un acuerdo para ofender a la gente y hacer frente a Allah. Si estáis decididos a impedir a Muhammad visitar la Casa Sagrada voy a invitar a mi pueblo a enfrentarse a vosotros. Si. Vamos a salir en expedición contra vosotros para infligiros un cruel castigo. Juro por Allah que vais a ser víctimas de vuestra perfidia.”.
“Cálmate –le dijeron- acuérdanos un plazo. Hasta ahora no hemos decidido nada”.
De pronto, se sintieron consternados y silenciosos. El suspense les paralizaba. Discutían silenciosamente pero la tristeza y la indignación dominaban el curso de sus conversaciones: “Muhammad está en la entrada de la ciudad a punto de atacarnos. Hemos movilizado nuestras fuerzas y preparado al ejército pero ¿A qué va a servir provocar otra guerra? ¿Qué utilidad puede tener una decisión en este sentido? Muhammad desea efectuar el peregrinaje – dijeron- en compañía de gente a la que hemos hecho la guerra. Los compañeros de Muhammad, como todos sabemos y como ya hemos observado son valientes y bravos. Han dado prueba de mucha paciencia, más particularmente en el campo de batalla, manifestando una elevada facultad en todo lo que concierne a la habilidad y al arte de la guerra. Son, todos, guerreros muy valientes. Durante esta larga historia de confrontación con ellos hemos cosechado considerables pérdidas. Hemos perdido a gente brava y valerosa. Badr era, para nosotros, una cruel experiencia. En un día funesto, esta batalla nos ha costado carísima ya que después con la batalla de Uhud habíamos recuperado un poco de esperanza, creyendo que nunca se atreverían a volver a provocarnos y que les habíamos dado una inolvidable lección. Pero a nuestra gran sorpresa ha vuelto el día de la fosa más fuertes y más resueltos, venciéndonos.
Hoy vienen a imponernos condiciones cuando ayer las imponíamos nosotros. Se atreven a atacarnos cuando antes se limitaban a rechazar nuestros ataques. Debéis saber que si la batalla tiene lugar nos vencerán. Somos incapaces de combatirlos y sin duda seremos vencidos. Por un lado estamos acorralados y no podemos permitirnos el lujo de dejarlos entrar en la Meca tranquilamente porque sería una humillación, por otro. Las demás tribus van a burlarse de nosotros lo que significaría la pérdida de nuestra dignidad. Estamos muy bien estimados y todas las tribus buscan acercarse a nosotros para ganar adherentes fuertes. ¿En qué se convertiría esta situación si aceptamos la propuesta de Muhammad? Todo el mundo nos tomará por cobardes. Estamos hoy entre la pared y la espada. Las cosas se embrollan ante nuestros ojos hasta el punto de no saber qué decisión debemos tomar. ¿Cuál será nuestro destino? ¿A qué consecuencias nos enfrentaremos si aceptamos la propuesta musulmana?
Al verlos tan confusos y vacilantes, Naïm ben Massaoud les dijo:
“O koraichitas, sabéis muy bien que soy de un noble origen. Considero superfluo recordar que soy hijo y nieto de dignatarios, de una familia muy rica y bien reputada. Estoy muy estimado en Thakof y en Taif. Mi palabra, mis órdenes y mis propuestas han sido siempre respetadas. Todo el mundo me pide consejo y creo que soy capaz de desempeñar este papel. Si mi país natal está lejos de aquí, es necesario tomar en consideración que existe entre yo y vosotros lazos de sangre muy sólidos. Vuestros antepasados son también míos y he vivido entre vosotros durante mucho tiempo, teniendo la suerte de conocer a fondo vuestras costumbres y vuestros secretos así como lo que os incomoda y lo que os hace felices. Sé como pensáis y analizáis las cosas. Habéis observado que fui siempre, para vosotros, un fiel consejero. En ningún momento mi sinceridad ha sido cuestionada y mi lealtad, para vosotros nunca ha sido puesta en tela de juicio. He sido siempre claro con vosotros. Durante mi estancia con vosotros aquí, habéis observado que era serio, sincero y verídico, nunca mentiroso, engañoso o traidor. En otros tiempos había pedido a la gente de Oukaz ayudaros pero al no prestar el suficiente crédito a mi solicitud, abandoné a mi pueblo y busqué refugio aquí, entre vosotros. He traído conmigo a mi familia y a los que compartían mi opinión. Os debo, hoy, una cosa y debéis escuchar mis consejos y respetar mis sugerencias. Dejadme ir a ver a Muhammad. Encargadme de esta misión y os prometo obrar de la mejor manera posible por vuestra satisfacción. Voy a negociar con él para llegar a una decisión favorable para nosotros y para él. Quiero ser vuestro negociador, vuestro aliado, uno de vosotros que busca aportar a su pueblo la victoria. Confiad en mí y no olvidéis que soy un koraichita, no un extranjero. Solo quiero aportaros buenas noticias”.
“Si, Naïm. Estás fuera de toda duda. Eres un hombre conocido por su sinceridad. Asume la responsabilidad. Te encargamos oficialmente de ser nuestro delegado ante Muhammad”, le confiaron.
Naïm se presentó ante el Enviado de Allah, encontrándolo rodeado de un grupo de jóvenes bravos y valientes, dispuestos a sacrificarse para hacer del Islam una religión universal y un llamamiento internacional. Guerreros que obedecen a su Profeta, que le escuchan atentamente cuando habla y bajan la voz en su presencia, musulmanes que le hablan en voz baja, creyentes que le respetan en su presencia y en su ausencia. Naïm vaciló, contemplando incluso volver lo antes posible de donde vino, abandonando este lugar. Pensó un instante, respirando muy hondo antes de avanzar silenciosamente, tratando de reunir sus fuerzas. Al llegar cerca de Muhammad, que Allah bendiga y le De paz, le dijo:
“O Muhammad, dime ¿Con que objetivo has movilizado tus fuerzas y has reunido a tus adherentes? Veo que la hez del pueblo te sigue. Abusas de esta gente para humillar a tus próximos. Deseas exponer a la Meca al pillaje a manos de algunos vagabundos pobres y desamparados. Te atreves a aliarte a extranjeros contra tus próximos y tus parientes, contra Koraich, esta tribu conocida por su generosidad y su influencia. Los koraichitas son guerreros valientes que no temen ni la muerte ni el padecimiento, sino aspiran siempre a vencer. Desde siempre, hace muchas generaciones, los, koraichitas eran conocidos por su valor y su valentía. Todo el mundo es testigo que son superiores de naturaleza, que habían hecho frente a dificultades con una voluntad de acero. Estaban dotados de una irreprochable paciencia, habiendo heredado estas cualidades. Hoy se enteraron de que has venido a conquistar la Meca y reservar el peor castigo a sus habitantes. Debes saber que han jurado no dejarte hacerlo y de cortar el camino ante tus maniobras. Te veo mañana, sólo, rechazado por los que pretenden ser fieles creyentes a ti pero que en realidad sólo buscan sus propios intereses. Debías tomar todas las precauciones. Quiero decir: no provocar la animosidad de tu pueblo contra ti. ¿No ves que mal destino te espera y a quién haces frente hoy?”.
“He dado ya aclaraciones sobre mis intenciones a Badil y a Hallis. No busco causaros problemas. No haré la guerra ni a Koraich ni a nadie. Solo quiero efectuar el peregrinaje. Esto es todo. Mis adherentes comparten el miso criterio. Entonces, di a los koraichitas de dejarnos pasar tranquilamente, que no corten el camino ante nosotros, sino vamos a ver lo que Allah nos Ordene y entonces nadie nos podrá detener”.
Naïm ben Massaoud regresó a la Meca con las manos vacías sin lograr convencer a Muhammad a cambiar su opinión.
Los koraichitas que esperaban con ansias el resultado de la negociación, encontraron con Naïm la misma respuesta aportada anteriormente por Badil y Hallis aunque esta vez creían que su comisionado debió hacer lo que pudo.
“Dinos, ¿Es que has logrado convencer a Muhammad? Desearíamos realmente escuchar buenas noticias – se anticiparon los koraichitas- ¿Has logrado ahorrarnos las nefastas consecuencias de la guerra? En realidad tememos perder nuestra dignidad o que nuestra ciudad sea escenario de pillajes. Queremos proteger el Templo Sagrado”.
“Por Allah – respondió Naïm- La verdad es que he sido enviado muchas veces ante gente conocida por su riqueza y su dignidad. Negocié con reyes. Me entrevisté con Najachi, pero nunca he visto a un hombre tan estimado por sus adherentes como Muhammad. Lo tratan con deferencia, respetando su palabra. Le han confiado las riendas del poder y obran según sus órdenes. Nunca se le niega una solicitud o se opone a una obligación. Decidid, pues lo que tenéis que hacer y no toméis decisiones ligeras. Sed atentos y sabed que sois los únicos que tienen el derecho de decidir”.
Los koraichitas se entusiasmaron. Respondieron:
“Jamás les dejaremos hacer lo que quieren. No somos cobardes para dar a los musulmanes la ocasión de elevarse contra nosotros. Muhammad no pisará nuestro país hasta que lo pague al precio de oro. Nunca le facilitaremos la tarea. Debe pagar caro para realizar su objetivo”.
Los koraichitas comprendieron entonces que Muhammad, oración y bendición de Allah sobre él, estaba decidido a efectuar el peregrinaje, cueste lo que cueste. Pese a su ingeniosidad, los comisionados habían fracasado en su tentativa de convencer al Enviado de Allah a dar marcha atrás. Estaba tan determinado y tan preciso y conciso en su exigencia hasta el punto de cortar el camino ante todo alegato de los koraichitas, los cuales, como último recurso, enviaron al hijo de Makraz al frente de una delegación constituida por guerreros conocidos por su valentía para ver lo que se debía hacer con Muhammad, que Allah Bendiga y le De paz. El hijo de Makraz era un hombre bueno, experimentado en la toma de decisiones por lo que los koraichitas le confiaron la responsabilidad de elegir a los miembros de la delegación, aconsejándolo a comportarse con toda vanagloria ante el ejército musulmán con la esperanza de asustar a sus miembros, dándole de esta forma la última oportunidad para pensar dos veces antes de declarar abiertamente la guerra.
A una hora muy avanzada de la noche, el delegado de Koraich se infiltró cubierto por la obscuridad de la noche en el campamento musulmán. De repente se asustó diciendo a sus compañeros: “¡Alto mis amigos! ¿Quién custodia los campamentos musulmanes? Me parece que es Muhammad, hijo de Maslouma. Si es él. Conozco a esta alta estatura y este cuerpo robusto. Es un hombre vigilante y ágil ¡Cuidado con él! Es un guerrero feroz como un zorro o un león que espera la ocasión para arrojarse contra su presa. Si nos descubre nunca podremos rechazarlo o vencerlo. Es como un lobo que duerme con los ojos medio abiertos. Es él el que anima la lucha”.
Al escuchar este relato, la delegación tuvo miedo. Estremeciéndose vacilaba perturbada. De pronto, el hijo de Maslouma escuchó un ruido, soltando sus oídos atentamente, descubriendo inmediatamente que este ruido no era una ilusión. Adivinó rápidamente la identidad de los forasteros en el campamento musulmán. Entonces se fue corriendo a advertir a sus compañeros: “¡De prisa! Los koraichitas se han atrevido a atacarnos en nuestro encinto. Quieren hacer la guerra y rebosan la perfidia. Desenvainad vuestras espadas y preparaos a hacer frente hoy a guerreros conocidos por su valor”.
Al comenzar el conflicto, quedó claro que se trataba de una escaramuza: En menos de una hora el hijo de Makraz y sus compañeros estaban detenidos. Sin embargo, el Profeta, oración y la paz sobre él, que era consciente del verdadero objetivo por el que salió con sus compañeros, se negó a conservar a los cautivos, queriendo, de este modo, manifestar su buena intención y decir a los koraichitas que no buscaba desencadenar una guerra, sino sólo responder al llamado de Allah y de efectuar el peregrinaje, que su único objetivo se resumía en esto y que es consciente de que la lucha no le aportaría ventajas sino más bien inconvenientes, por lo menos a corto plazo. Por ello pidió a sus compañeros liberar a los cautivos y dejarles partir con la esperanza de hacer converger las miradas de Koraich hacia un punto esencial: Los musulmanes no tienen interés en suscitar la animosidad de quien sea contra ellos, que, al contrario, son conciliadores, no quieren hacer daño a nadie y que han salido por una causa puramente religiosa. Esta tentativa podría, pues, dar a los koraichitas una nueva oportunidad de meditar un poco más sobre la perspicacia de su decisión.
El Profeta, oración y paz sobre él, envió a uno de sus hombres, Khourach ben Omaya para indagar en torno a la reacción de los Koraich y ver como recibirían a los recién liberados. El Enviado de Allah vaciló porque no había garantía alguna de que su gesto fuera evaluado en su justo valor.
Al regresar de su misión, Khoraich contó al Profeta, que Allah Bendiga y le De paz de qué mala manera Koraich recibieron la noticia de la liberación: “O Enviado de Allah, los koraichitas tienen aún las mismas malas intenciones. El odio que sienten hacia nosotros no les deja ver la realidad. Allí, todo el mundo nos detesta. Inmolaron mi camello y trataron de matarme. Pero Al Ahabich les ha impedido hacerlo.
El Profeta, oración y bendición de Allah sobre él, se quedó callado un instante. Parecía como si la noticia aunque mala no haya afectado su sabiduría y su paciencia. Reflexionó un instante y luego dijo: “Debemos dar hoy prueba de mucha paciencia. Actualmente la situación nos exige devolver el mal con el bien y no hacer lo que hacen. Es posible que podamos extraer los gérmenes del mal arraigado en sus corazones aunque la enfermedad es durísima. Puede que hayan tomado con ligereza nuestro gesto.
“Tú Omar ben Khattab tu eres koraichi de una familia muy estimada. Prepárate a asumir esta responsabilidad y haz tu posible para explicarles que sólo queremos efectuar el peregrinaje no la guerra. Tal vez lograrás esclarecer las cosas, poniendo fin a esta controversia”.
“O Enviado de Allah – dijo Omar- no tengo la intención de desobedecer tus órdenes. Pero insisto en decirte una cosa: los koraichitas me detestan mucho. Tienen muy malas intenciones hacia mí. Antes tenía, entre la gente de Ouday[5] un sólido apoyo pero abandonaron la Meca y no tengo actualmente ningún apoyo o asistencia a los que puedo pedir socorro si las cosas salgan mal. En realidad tengo miedo de que me maten o que me hagan algo horrible. Envía más bien a Othman ben Affan, él tiene próximos parientes allí. Además existe entre él y la gente de Omaya un lazo familiar muy sólido. Encontrará asistentes y una protección segura. Mouaouia y Abu Sufian, Okba y Aban ben Said ben Al Ass le protegerán”.
Aban ben Said escuchó que se llamaba a su puerta, abrió encontrando a Otman.
“Bienvenido mi primo. ¿Cómo pudiste llegar hasta aquí en una hora tan tardía?”.
“He sido encargado de transmitir el mensaje de mi Profeta a Koraich. He venido a poner término a este mal entendimiento que se instaló entre nosotros, siendo mi intención explicar a Koraich nuestra buena intención. Tal vez pueda llegar con ellos a un arreglo equitativo para las dos partes: para los musulmanes y para Koraich. ¿Quién sabe? a lo mejor se convertirían en aliados después de un largo periodo de separación y se acercasen uno al otro. Quisiera establecer un plan susceptible de poner en pie el estado de paz entre nosotros. No obstante, me temo que los koraichitas no lo juzgarían así y me pueden hacer daño. Prométeme dar asilo y protección. Somos, al fin y al cabo, próximos parientes.
Inmediatamente después Aban le acompañó al lugar donde se congregaban de costumbre los koraichitas. Llegando allí, Aban dijo a éstos: “Es mi primo. Un delegado de Muhammad portador de un mensaje a transmitir. Le he jurado protegerlo. Escuchemos lo que nos va a decir”.
Los Koraichitas se irritaron pero aceptaron la palabra de Aban, diciendo: “Nunca Muhammad entrará en el encinto del Templo Sagrado. Rechazamos formalmente esta petición. No somos cobardes para aceptar esta tontería. No obstante, si quieres efectuar el peregrinaje, puedes comenzar ahora. Te damos a ti sólo el permiso de visitar el Templo Sagrado.
Otman juró no franquear nunca el suelo de la Casa Sagrada mientras que a Muhammad y a los musulmanes se les está prohibido hacerlo. Otman se dirigió secretamente a visitar a los musulmanes de la Meca que fueron impedidos a emigrar con los demás, prometiéndoles que la victoria será apoteósica “y que el día del ajuste de cuentas con Koraich no está lejos”.
Los koraichitas se enteraron de lo que Otman había dicho a los musulmanes impedidos de salir de la Meca. Lo detuvieron y lo metieron en la prisión para sofocar la sublevación.
El Profeta que Allah Bendiga y le De paz que esperaba impacientemente el regreso de Otman recibió a través de un desconocido que su delegado ha sido asesinado. Esta noticia suscitó la irritación de los musulmanes que enojados sacaron sus sables par desencadenar la guerra y dar a los koraichitas una severa lección por haber asesinado a un comisionado desarmado. El Enviado de Allah se sintió al borde de la depresión y de la desesperación. Por más vueltas que le daba al asunto no veía otra alternativa a la guerra que tanto hizo para evitarla. Anunció a los musulmanes su intención de no volver a la Medina hasta combatir a los koraichitas. Se apoyó en un árbol, esperando la decisión de sus compañeros. Estando así Abu Sanae se acercó a él y le dijo:
“Dame tus manos voy a prestarte el acto de pleitesía”.
“¿Para hacer qué?” preguntó el Profeta que la oración y la bendición de Allah estén con él.
“Para sacrificarme, para dar lo que más quiero al islam y para que la palabra de Allah sea respetada. Voy a luchar por la causa divina, combatir a los enemigos, soportar todos los sufrimientos por el Islam y su Profeta”.
Los musulmanes vinieron también a ver al Enviado de Allah, prometiéndole seguir estrictamente sus órdenes. El Profeta (SAW) descubrió con esta ocasión lo que sentían por su religión, rogando a Allah Colmarlos con su misericordia y de Cubrirlos con Su bendición.
Los musulmanes comenzaron a movilizar sus fuerzas, desenvainando sus sables y reuniendo sus tropas. De repente, vieron venir de lejos a un jinete al frente de un grupo de hombres poco numeroso. Se fueron a recibirlos para conocer la identidad del caballero. ¿Quién es este hombre? ¿Con qué objetivo estaba allí?, se preguntaban. Continuaron observándolo avanzar cuando de pronto uno de ellos se fue a ver al Profeta, oración y bendición de Allah sobre él, gritando: “Si. Si es Suhail ben Amor. Le conozco muy bien”. El Enviado de Allah agregó: “Si es Suhail, los koraichitas han optado por la conciliación”.
El Profeta, oración y bendición de Allah sobre él, tenía razón. Cuando Suhail llegó a donde estaba el Profeta (SAW) dijo: “O Muhammad. Nos hemos enterado de que los musulmanes te han prestado el acto de pleitesía sobre dos cosas: la victoria o el martirio. Los koraichitas han visto en este juramento una amenaza. Estiman que sus propios intereses están en peligro. En realidad temen incurrir en un error y tener que soportar sus consecuencias. Han reconocido su error cuan detuvieron a Otman como prisionero. Ahora lamentan su comportamiento, considerando la detención de Otman como una falta que se debe a su impaciencia y su negligencia. Otman no ha sido matado. Está, eso sí, en detención.
Soy un enviado de Koraich portador de un mensaje y un sincero llamamiento. Os invito a concluir un compromiso con Koraich, un tratado de paz. Tal vez pueda establecer un nuevo periodo de paz y de comprensión mutua entre vosotros y nosotros a fin de evitar el derramamiento de sangre y paliar la intensidad del rencor que reina entre nosotros desde hace mucho tiempo. Te garantizo que Otman será liberado desde el instante en que me darás tu acuerdo”.
El Profeta, que Allah bendiga y le De paz, que quería concluir un acuerdo de paz y que anhelaba evitar el derramamiento de sangre y sobre todo respetar la dignidad de la Casa Sagrada encontró en la palabra de Suhail un arreglo respetable. ¿No había enviado antes a Badil, Khourah y Otman en busca de esta paz? ¿No era sincero cuando puso al corriente a Naïm de sus intenciones? Koraich ha venido a pedir paz y esta iniciativa prueba que ha vuelto a la razón y que ha cesado de ser testaruda. Le ha tendido la mano cuando envió a un comisionado para firmar el tratado de paz. Al Profeta que Allah Bendiga y le De paz que deseaba concluir un compromiso, no le quedaba más que leer las condiciones de Koraich. Por ello llamó a Suhail para discutir juntos y ver si las condiciones eran idóneas.
Ambos se sentaron en un lugar retirado y entablaron una corta discusión, después de la cual se pusieron de acuerdo sobre lo que sigue:
El aplazamiento del peregrinaje del Profeta y su ejército hasta el año próximo.
Terminado el plazo, el Profeta y su ejército visitarán la Meca que estará reservada durante tres días para los musulmanes, los cuales, a su vez no deben llevar ningún arma, sino solamente sus espadas en sus vainas.
Concluir un armisticio válido para diez años.
Los que, en Koraich, viniesen a aliarse con los musulmanes serán rechazados y los musulmanes que quisieran enrolarse con los musulmanes también serán aceptados y no expulsados.
La no intervención de los koraichitas a favor de sus aliados.
Invitar explícitamente a las tribus árabes a aliarse con Muhammad.
Al conocer la noticia de este tratado los musulmanes no ocultaron su irritación. Algunos de ellos permanecieron serenos y razonables pero otros no pudieron conservar su calma ni soportar esta decisión, viendo en ella una humillación y una conciliación injusta y no equitativa. Pensaban que los koraichitas habían logrado a imponer su voluntad por la fuerza. ¿Por qué impedían a los musulmanes y dejar a los que no lo son?
Omar ben Khattab valoró este tratado como humillante, arritándose tanto que se acercó a Abu Bakr diciéndole:
“Te lo ruego, dime, ¿Muhammad es un Profeta? ¿Entonces por qué aceptamos un tratado tan humillante?”.
“Omar, obedece sus órdenes y sus prohibiciones. Juro que Muhammad es el Enviado de Allah”.
“Yo también juro que es el Enviado de Allah. Te confío que yo estaba siempre seguro de su sinceridad, pero esta vez comienzo a tener dudas. La sospecha encontró su camino hacia mi corazón y no me siento seguro.
“El único remedio para ti es ir a ver al Profeta. Sé franco y dile todo lo que piensas y todo lo que pasa por tu espíritu. No le ocultes nada”.
Omar no vaciló en ir a divulgar sus pensamientos a Muhammad, oración y paz sobre él.
“Soy el Enviado de Allah –dijo el Profeta (SAW)- un servidor que busca la satisfacción de mi Señor. Jamás desobedeceré sus órdenes”.
“¿Pero si nos has prometido ir a visitar la Kaaba?”.
“Si, os lo he prometido. ¿Pero, acaso dije que esto tenía que ser este año?”.
“¿Entonces vas a hacer, sin duda, la vuelta ritual en torno a la Kaaba?”.
Omar comenzaba a sentirse mejor, lamentando haber obrado como lo hizo, sin reflexión. La duda se disipó y la tranquilidad volvió a ocupar su corazón.
El Profeta que la oración y la bendición de Allah estén con él, encargó a su primo Ali escribir las condiciones del tratado, sentándose éste junto al Enviado de Allah y Suhail. Preparó su pluma, esperando la orden del Profeta (SAW), el cual le pidió comenzar por la siguiente fórmula: “En nombre de Allah, Todo complaciente, Todopoderoso”. Suhail le cortó, rechazando esta propuesta, alegando: “Ignoro esta fórmula y me siento incómodo al pronunciarla. Más bien escribe: ‘En nombre de Allah’. Ali esperaba la aprobación del Profeta, oración y la paz sobre él antes de volver a escribir. Después el Profeta, Él le Bendiga y le Dé paz le ordenó escribir en lo alto la siguiente expresión: “es el contenido del tratado establecido por Muhammad, Enviado de Allah y Souhail ben Amr”: Hemos concluido un tratado tendente a poner en pie un armisticio durante diez años durante los cuales la gente vivirá en seguridad, al abrigo de todo conflicto. Si un koraichi se enrola con Muhammad sin pedir el permiso de sus jefes será devuelto. En cambio el, de entre, los aliados de Muhammad decida aliarse a Koraich será aceptado. Nadie tiene el derecho de manifestar su animosidad hacia su adversario. La violación y la traición están prohibidas. El, entre los árabes, que quiera aliarse a Muhammad será bienvenido y si desea aliarse a Koraich la vía permanecerá también abierta. Muhammad regresa a la Medina y no visita la Meca este año. No obstante, el año próximo entrará con su con el derecho de permanecer durante tres días. Los musulmanes no deben llevar armas y sus espadas deben permanecer en sus vainas”. Después de terminar los procedimientos inherente de poner en vigor este tratado, testigos koraichitas y otros musulmanes firmaron junto a los principales protagonistas.
Los musulmanes se sintieron obligados a hacer una cosa que detestaban pero aceptaron esta realidad aunque con disgusto.
Estando así sometidos a sentimientos desgarradores y confusos, vieron venir de lejos a un hombre cuyas manos y pies estaban atados y que sufría atrozmente bajo la intensidad del calor. Era Abu Jandal ben Souhail quien al llegar junto al Enviado de Allah gritó: “O Enviado de Allah. He recibido tu llamamiento. He leído el Corán y he encontrado que debía abrazar el islam. Te he acordado inmediatamente fe. No obstante, al enterarse de que he dejado de adorar sus divinidades, los koraichitas me cogieron propinándome un cruel castigo. He tratado en vano de unirme a los musulmanes pero ¡Qué lástima! Me cortaron el camino, fracasando los esfuerzos que he desplegado para franquear sus barreras. Ahora tengo miedo de que me persigan y que me obliguen a renunciar al islam. Quisiera dejar de estar expuesto a pruebas tan crueles porque si me capturan, sé que me darán una sola opción: volver a la idolatría para salvar mi vida. Me ves ahora como servidor ofendido, acéptame como un combatiente entre los tuyos. Quiero luchar por la causa divina. Sálvame de la tortura”.
A Suhail, el padre, le dio una crisis de cólera. Con el rostro crispado dijo: “O Muhammad, acabamos de firmar el tratado. Abu Jandal ha venido tarde. Quiero decir después de la firma sino podías aceptarlo. Pero como ves, tengo el derecho de llevarlo conmigo a la Meca voluntaria o involuntariamente”, respondiendo el Enviado de Allah: “Tienes razón. Lo puedes llevar”.
Suhail ató a su hijo, lo arrastró por el cuello y se lo llevó por fuerza a la Meca. Al ver a Abu Jandal suplicándolos a salvarlo, los musulmanes se sintieron extremadamente molestos. Abu Jandal comenzó a gritar diciendo: “¡O los musulmanes! ¿Voy a ser devuelto a la Meca para soportar de nuevo la tortura? ¡Qué tentación! ¡Qué tentación! Sus gritos de desesperación penetraron en la calma del horizonte, sacudiendo todos los corazones y alcanzando los sentimientos más profundos. Los musulmanes se encontraban como paralizados. Eran conscientes de que Abu Jandal era una víctima de una injusticia atroz ¿Pero qué podían hacer frente a la voluntad divina? Si el Profeta de Allah, Él le Bendiga y le Dé paz había dado el permiso a Suhail de llevarse a Abu Jandal con él. El Profeta, oración y bendición de Allah sobre él, era sin duda alguna consciente de la consecuencia de este permiso… él el infalible en sus acciones. ¿No había tranquilizado a Abu Jandal, prometiéndole la victoria y que no podía violar el compromiso porque Allah le Había Ordenado concluir? Si Abu Jandal era un verdadero musulmán que sufre de la injusticia, los musulmanes sufrieron también la injusticia. ¡Que espere pues que desaparezca esta injusticia!
Un chillón atravesó las callejuelas de la Meca anunciando a sus habitantes: “El que quiera aliarse a Muhammad o a Koraich que lo haga ahora”. A raíz de lo cual la tribu de Bakr declaró su asistencia a Koraich. En cambio los Khouzaa lo hicieron para con Muhammad y los musulmanes.
Un anunciante contó al Profeta, oración y bendición de Allah sobre él que Khouzaa habían consolidado a los musulmanes. El Enviado de Allah vio en este anuncio un buen signo y que Koraich respetó por fin su compromiso. Debido a lo cual encargó al anunciante ir a decir a sus nuevos aliados sacrificar los camellos, ya preparados para ser inmolados durante el peregrinaje, de rapar los pelos y de prepararse para regresar a la Medina. Pero el anunciador constató asombrado que nadie se ha movido de su lugar y que se negaron a responder a su llamamiento. Volvió a repetir lo mismo y una tercera vez…en vano. Por ello se fue a ver al Profeta, oración y bendición de Allah sobre él y le contó lo sucedido. Triste, el Enviado de Allah entró en la tienda de Abu Salama, la cual le aconsejó ir a inmolar un camello y a raparse, probablemente el resto de los musulmanes, al verlo, le seguirán.
Salió inmediatamente y dijo a sus compañeros: “Ahora os parece que el tratado es humillante. Pero debéis saber que lo firmé por insinuación de Allah. Encontráis muy difícil devolver a alguien que busca profesar el Islam, pero, sobre todo, no olvidéis que Dios Es un apoyo para Sus servidores. Si nos Ha Ordenado devolverlo sería porque lo Va a Proteger. En cambio, los que renuncian al islam no son dignos de ser lamentados o que sintiéramos pena para que vuelvan a la razón. No necesitamos tan débiles escépticos que se dejan atraer por cualquier cruce. Debéis saber, mis aliados, que Dios Es un apoyo para todos. Yo me entrego a Él y me refugio en su misericordia. Él Es mi Señor y Me Protegerá contra la perfidia”. Al término de esta declaración, el Profeta que la oración y la bendición de Allah esté con él, pidió que se le cortara el pelo antes de inmolar un camello.
Cuando los musulmanes lo vieron, se sintieron, un poco aliviados, disipándose el enojo y tranquilizándose los corazones, avanzando uno tras otro para imitarlo y arrepintiéndose por haber sido tan testarudos, desobedeciendo a su Profeta.
Después de rapar las cabezas, inmolar los camellos y cumplir todas las obligaciones rituales, regresaron a la Medina pero esta vez muy adheridos a la voluntad divina.
El Profeta, que Allah Bendiga y le De paz, logró evitar el derramamiento de sangre. El reto era considerable, como lo veremos en más adelante a pesar de que sus frutos no aparecieron a corto plazo. El tratado era una maniobra cuyos resultados se manifestaron a medio y largo plazos.
LA DENUNCIA DEL TRATADO
Los musulmanes regresaron a la Medina., sin haber perdido absolutamente nada sobre el plano material, regresando a sus hogares sanos y salvos aunque moralmente estaban deprimidos. Su decepción no se debía únicamente al hecho de no haber podido efectuar el pequeño peregrinaje, sino también a su convicción de que fueron entrañados a concluir un tratado en el que Koraich era el principal beneficiario.
El Profeta, arción y bendición sobre él les prometió este peregrinaje y la Meca. Esta promesa era evidentemente sincera y verídica. Nadie nunca dudó lo mínimo de palabra y de la profecía de Muhammad, este Enviado que no habla conforme a sus impulsos, sino que se basa únicamente en la revelación inspirada. No obstante, sentían una nostalgia por el país que no cesaba de crecer con el paso del tiempo. Otra preocupación les hizo frágiles y angustiados: la lucha por la causa divina y el exilio lejos de sus familias.
Antes de la conclusión del tratado, estaban seguros de sí mismos. Tenían la moral alta, una voluntad de acero y una resolución firme a desafiar al mundo entero. Pero hoy se sentían como paralizados, ni siquiera eran capaces de ayudar a un ofendido o a apoyar a alguien víctima de la tiranía. La idea de devolver a los que querían convertirse al Islam a los koraichitas les era insoportable y les atormentaba, ellos que eran los defensores del Islam y de la humanidad. Estimaban que fueron privados de un derecho tan humano y tan moral. ¿Cómo se podía devolver a un ofendido a sus torturadores, un fiel que ha respondido a la llamada de Allah? ¿Devolverán a un desesperado a sus torturadores infieles e inicuos? ¿Qué garantía se podía dar a las víctimas de la tiranía? Se les pedía paciencia pero ¿Qué harían si los que hayan recurrido a ellos en busca de ayuda y apoyo, estuviesen entre la vida y la muerte? ¿Qué se puede hacer si los ofendidos serian obligados a renunciar su convicción para impedir la muerte? ¿Qué lección podían dar a los que, de entre ellos, regresarían a la infidelidad, ahora que no tenían derecho de contrarrestarlo?
Abu Jandal mismo puede convertirse en un recuerdo…pero un mal recuerdo. Sus gritos seguían atormentando a todo el mundo. Su imagen estaba impregnada en sus espíritus, la imagen de un hombre torturado con las manos y los pies atados. Abu Jandal había desafiado el peligro y la amenaza para responder al llamamiento del Islam, recibiendo una respuesta decepcionante. Nadie se ha atrevido a tenderle la mano, a ayudarle, a consolarle, a secar las gotas de sangre que cubrían su frente. La desgracia era múltiple. Si. Abu Basir había sufrido mucho. Había llegado a la Medina con mil penas con las huellas del látigo aun gravadas en su débil cuerpo y los rastros de las cadenas aún visibles en sus manos y sus pies y ¿Qué hicieron los musulmanes para que aquello no se repita?
Abu Bassir sufrió enormemente para llegar hasta la Medina, encontrando una gran consolación, una vez entre los musulmanes como él. Su historia suscitó en ellos el dolor que tanto trataron de olvidar. Pero él resucitó en ellos antiguos y dolorosos recuerdos de un pasado que más que vivirlo, lo padecieron.
Abu Bassir que logró escaparse se presentó ante ellos, aterrorizado, contándoles, desde su llegada, su triste historia con los koraichitas:
“Cuando Muhammad, oración y paz sobre él, abandonó la Meca, me fue muy difícil soportarlo. Al comienzo tomé su mensaje por una impostura, una herejía. Lo detesté porque vi en él un disidente que buscaba sembrar la discordia y el mal entendimiento entre los koaichitas. Pero un día cuando estaba fuera, en medio de la noche escuché a un desconocido leer unos versículos del Corán, su voz me impresionó. Su recitación llegó hasta lo más profundo de mi corazón. Le escuché atentamente, no tardando en descubrir hasta qué punto estaba descarriado y estúpido. El Corán era lo que siempre había buscado. Me convertí al islam en secreto y decidí entonces unirme a vosotros lo antes posible. Los koraichitas que adivinaron mis intenciones me detuvieron y me encarcelaron. Me torturaron atrozmente hasta que me desmoroné, entregándome a ellos. Empero, un día aproveché su ausencia, rompí las cadenas y me di a la fuga. Abandoné la Meca con un solo objetivo: Continuar a ser musulmán, fiel a Allah y al Islam. Quiero con todas mis fuerzas estar con vosotros y luchar por la causa divina”.
Abu Bassir lo había dicho pensando en que el tiempo del sufrimiento había terminado para siempre. Había creído que se había convertido en hombre libre y que había logrado, después de un enorme esfuerzo, escapar a la pena de muerte, pero ignoraba lo que había pasado.
Avanzó hacia la tienda de campaña del Profeta, que Allah Bendiga y le De paz y…. ¡Qué sorpresa! Encontró con el Enviado de Allah a dos koraichitas que le reclamaban, escuchándoles decir: “O Muhammad sabemos que eres un hombre sincero. Cuando estabas entre nosotros aún joven apenas maduro eras siempre honesto. Creemos que debes seguir siéndolo hoy. Hoy eres un hombre y debes cumplir con tu promesa. Abu Bassir ha renunciado a nuestro culto. Ha venido a pedirte asilo y protección. El tratado que hemos firmado te prohíbe recibirlo. Hemos venido a ver si aún respetas sus cláusulas.
“Efectivamente. sigo respetándolo. El tratado sigue en vigor. Podéis llevar a Abu Bassir con vosotros. Tal vez Allah le diera la consolación. Allah ha prometido proteger a sus servidores”.
Inmediatamente Abu Bassir fue llevado por fuerza por los dos koraichitas. Con el corazón destrozado y los ojos llorosos, los musulmanes le siguieron de lejos. Minutos después Abu Bassir volvió asustado:
“He matado a los dos hombres y he liberado al otro, – confesó Abu Bassir – no he violado la promesa del Profeta. Me fui con ellos como me lo pidió él. Al que he liberado va a contar a Koraich que yo soy culpable. No nos van a acusar de ser traidores o mentirosos. En lo que me concierne veo que os debo dejar ahora. No quiero meter a nadie en una delicada situación”.
Al conocer la noticia de este suceso, el Profeta, oración y bendición de Allah sobre él, dijo a sus compañeros: “¡Qué valiente! Pero en todo caso debe abandonar la Medina. Va a encontrar refugio por donde vaya. Pero que sepa que Allah existe en todas partes. Si se entrega a Allah, Él lo va a Cubrir con Su misericordia”.
Abu Bassir salió decepcionado esta vez. Se le buscaba, pero esta realidad no le causaba tristeza. Su única preocupación era salvar a sus amigos: centenares de ofendidos expuestos diariamente a la muerte sin contar con el derecho de poder un día huir. Los musulmanes estaban también entre la espada y la pared incapaces de salvar a quien anhelaban salvar.
Pasaron los días y los musulmanes seguían siendo objeto de angustia y el estrés, sin remedio a su dolor, cuya intensidad se agravaba con el paso del tiempo hasta hacerse asfixiante. Un día un koraichita vino a verlos. Decepcionados, los musulmanes se acercaron a él y le preguntaron:
“¿Has venido a pedir protección o asilo? Te rogamos no poner el dedo en la llaga. La Medina es incapaz de recibirte y de realizar tu esperanza. Existe entre Koraich y nosotros un tratado, cuyas cláusulas, esperamos que no las ignoras. Los koraichitas te reclamarán y no podremos evitar que te lleven por fuerza. Salva tu vida y encuentra refugio en un lugar más seguro. Allah Ira a Darte consolación”.
“Os equivocáis – replicó el forastero- No soy musulmán ni un refugiado. No he renunciado al culto de mi pueblo ni adoptado una divinidad extranjera a mí y a los míos. He venido portador de un mensaje a Muhammad. Se lo debo transmitir personalmente”.
Los musulmanes lo acompañaron hacia donde se encontraba el Profeta, que Allah Bendita y le Dé paz y esperaron impacientemente lo que les iba a contar. El hombre dijo: “Koraich me envió a pedirte una cosa. Abu Bassir, el hombre que has devuelto, no se ha limitado a matar a nuestros dos valientes guerreros, sino se ha atrevido a encontrar refugio en un lugar llamado Saif Al Bahr, convirtiéndolo en su fortaleza en la que recibe a los emigrados koraichitas. Por nuestra parte no hemos acordado gran importancia a lo que hacía. No obstante, Abu Bassir se ha convertido en un temible bandolero, cortando el camino ante nuestras caravanas procedentes o con destino a de/o la Meca como sí quisiera hacernos la guerra y obligarnos a jugar su juego. Nos ha asediado…tanto que tememos hoy hacer comercio, porque nos exponemos a la muerte. Hemos estimado conveniente pedirte que recibieras a los emigrados koraichitas que pudieran venir a solicitarte asilo o protección. En realidad, hemos caído en la trampa que nosotros mismos nos hemos tendido. Te solicitamos ahora aceptar nuestra solicitud y sé que el interés mutuo asi lo exige”.
¡Qué alivio! Los musulmanes no creían sus oídos. Ahora descubrieron hasta qué punto Allah Es generoso con ellos. Por fin, iban a encontrarse con sus hermanos y con sus familias. La noticia les ha aliviado tanto que se olvidaron de los tantos años de nostalgia y agobio.
Sin embargo seguían teniendo la vida envenenada. La nostalgia no era algo pasajero o coyuntural. Se trataba de una verdad desgarradora. Es verdad que Koraich había respetado su promesa y que un año exactamente después de la firma del tratado había abandonado la Meca para dejar la vía libre a los musulmanes durante tres días para el peregrinaje. ¿Pero tres días eran suficientes para saciar sed acumulada durante años de sufrimiento y privación? Los musulmanes esperaban con ansias andar por las calles y callejuelas, visitar los barrios donde habían nacido muchos de ellos. Rezaron precipitadamente. La verdad es que tomaban las precauciones en caso de que fueran atacados imprevisiblemente cuando no poseían ninguna arma para defenderse.
Una noche, tras la oración de la noche, un grupo de musulmanes se retiró a un lugar para conversar. Discutían de todo y de nada hasta encontrarse evocando la historia de la gente de Bakr y de Khouzaa, las dos tribus víctimas de una animosidad que reinaba entre ambas desde hacía mucho tiempo. Uno de los asistentes que estaba al tano de esta historia desde su estallido dijo: “Sé lo que ignoráis respecto a estas dos tribus. Estoy seguro de que su historia va a atraer vuestra atención pero, desgraciadamente es muy tarde y veo que todo el mundo debe descansar”.
“¡No, hombre! – reclamaron los demás- no abandonaremos este lugar hasta que nos cuentes esta historia”.
“Un día – comenzó contando el hombre- mi padre me contó, como tenía la costumbre de hacer, que Bakr y Khouzaa eran dos tribus fieles aliadas. Existía entre ambas un lazo de parentela y una relación de convivencia pacífica muy sólida. Hacían comercio juntas, viajaban juntas… en una palabra: había entre ellas una relación fundada en la buena vecindad y piedad. Estaban siempre aliadas contra sus adversarios. Una ayudaba a la otra en estado de guerra. Vivieron así durante mucho tiempo hasta que Malek ben Abad, aliado de Bakr salió un día a hacer comercio en Khouzaa, siendo atacado por un alelado que por una razón desconocida lo mató. Desde entonces la guerra fue desencadenada entre las dos tribus y la calma y la tranquilidad que antes reinaban entre ambas se transformaron en una pesadilla mortal. De la noche a la mañana se hicieron enemigos. Los dignatarios de las tribus árabes han tratado, en más de una ocasión, conciliarlas pero en vano. Se negaban a escuchar la voz de la razón. La llegada de Muhammad atrajo su atención, por lo que se olvidaron un poco de sus propias preocupaciones, cesando provisionalmente de enfrentarse.
Tras el tratado de Houdaybia, los Khouzaa apoyaron a Muhammad y Bakr a Koraich. Esta nueva situación ha resucitado su animosidad, impulsando el antiguo estado de mal entendimiento que prevalecía entre las dos tribus. Ahora solo Allah Sabe como terminarán las cosas”.
Al término del relato que escucharon atentamente, se levantaron para volver, cada uno, a su domicilio pero el ladrido de un perro los detuvo. “Seguramente se trata de un extranjero – dijeron-. Vamos a ver lo que pasa, a lo mejor es un pasajero que se equivocó de camino o un refugiado que busca asilo durante esta obscura noche”.
Minutos después apareció Abu Amr ben Salem al Khozai. Estaba cansado y agotado como si padeciera una enfermedad maligna o que ocultaba una horrible noticia.
“¿Qué te pasa, Amr? Le preguntaron. ¿Por qué has venido a esta hora tardía? Los rasgos de su rostro reflejaban malos augurios. ¿Pero qué ocultas en tu corazón? Tienes aspecto de alguien abatido. ¿Dinos, qué es lo que te entristece? ¡Qué coincidencia! estábamos hablando de Khouzaa, tu tribu. El estado de guerra que reina entre vosotros y los Bakr ha ocupado la gran parte de nuestra discusión”.
“De hecho, he venido por esta misma causa. Lo que me ha obligado a venir a esta hora no está lejos de vuestro tema de discusión. La guerra ha tomado hoy otra dimensión, mucho más detestable y abominable. Los Khozaa nos atacaron en un lugar llamado Watir, un espacio que se extiende entre Arafah y Ad-dam. Hemos perdido nuestros valientes guerreros. Pero cuando salimos a vengar a nuestros mártires hemos constatado que Koraich ha violado su compromiso y proporcionaba a los Bakr los materiales de guerra, encontrándonos ante una dramática situación. Total: hemos buscado refugio en la Casa Sagrada. ¡Pero qué audacia! Ni siquiera respetaron el encinto de este lugar sagrado. Trataron de penetrar por fuerza. Entonces nos huimos hacia Badil ben Quaeaq como último recurso. Sin Badil habríamos sido asesinados y saqueados…todos sin excepción”.
Al día siguiente la noticia se propagó entre los musulmanes. La catástrofe pasó de boca a oído de una manera rápida y exagerada: “Pues Koraich viola su compromiso y ayuda fuertemente a su aliado contra el aliado de Muhammad”.
Los musulmanes estimaron que era necesario ir a ver al Profeta, oración y bendición sobre él para asegurarse de la autenticidad de estos rumores y de la versión de Abu Amr. Encontraron al Envido de Allah en la Mezquita y junto a él Amr ben Salam, los ojos llenos de lágrimas y el rostro crispado murmurando lamentaciones fúnebres[6].
Al ver el estado en que se encontraba Amr, el Profeta, sobre él oración y la paz, le consoló, prometiéndole apoyarlo para que todo el mundo sepa que los musulmanes no eran ni incapaces ni débiles, sino valientes guerreros capaces de responder al desafío con el doble de lo que haya hecho el adversario. El Profeta, que Allah Bendiga y le De paz levantó las manos hacia el cielo diciendo: Señor, te solicito cegar a los koraichitas para que mañana se despierten encontrando a nuestros guerreros en sus domicilios”.
Los koraichitas no se habían dado cuenta de la enorme falta que habían cometido, propagándose rápidamente la historia de sus traiciones. Habían denunciado el tratado con Muhammad como si ignoraran las consecuencias de esta traición. Los musulmanes debían aprovechar esta imprudencia para recordarles lo que eran. El conflicto seria ahora desigual debido a que los koraichitas no estaban totalmente preparados a una guerra, no habiendo preparado ni sus armas ni movilizado sus fuerzas.
Para precipitar los acontecimientos, se reunieron en el domicilio de uno de sus notables para llegar a una decisión inherente de evitar el derramamiento de sangre y de tratar de convencer a Muhammad a renovar el tratado. De esta manera eligieron a Abu Sufian como delegado debido a su reputación y su dignidad entre los koraichitas y porque todo el mundo lo consideraba como uno de sus jefes más respetados.
Abu Sufian salió portador de una recomendación de renovar el tratado y prolongar su plazo. Estaba convencido del éxito en su tentativa de engañar a los musulmanes, fingiendo inocencia. Todo el mundo vio en él el salvador capaz de abrir los accesos de socorro y colocar a Koraich en la vía de la salud. Abu Sufian tenía pues una difícil responsabilidad: solucionar lo que algunos ignorantes habían cometido.
Al llegar a la Medina encontró que la noticia había circulado rápidamente y que los musulmanes estaban irritados, esperando impacientemente vengar a sus mártires. Comprendió entonces que, en estas circunstancias no podía obtener absolutamente nada y volvería a la Meca con las manos vacías. Los musulmanes estaban extremadamente agitados, lo que le ha inquietado mucho, pensando que lo que había presagiado se ha convertido en una realidad. La situación no era propicia para llevar a cabo iniciativas como la que contemplaba cumplir en la Medina. Reflexionó un buen momento antes de decidir volver a la Meca sin ningún resultado tangible. ¿Cómo podía admitir la idea de un fracaso, él el jefe de Koraich y uno de sus hombres más estimados en la Meca? Permaneció inmóvil y desconcertado, sin saber cómo proceder, totalmente perdido en medio de la incertidumbre. Vacilaba entre la necesidad de volver o de correr el riesgo viendo a Muhammad, oración y la paz sobre él para expresarle las justificaciones. Finalmente decidió intentar negociar que a lo mejor lograría convencer al Enviado de Allah y salir ganando. “De todo modos, pensó, no tengo nada que perder”.
Se dirigió con pasos lentos hacia el domicilio del Profeta, que Allah Bendiga y le De paz, pero la vacilación lo frenó súbitamente, deteniéndose en el patio, reuniendo sus fuerzas, secando el sudor de su frente y avanzando con pasos vacilante hacia la puerta. Tocó levemente en la puerta abriéndose rápidamente. Ante él había su hija, Umm Habiba[7] a la cual trató de convencerla de intervenir en su favor ante el Enviado de Allah lo que ella rechazó amable pero tajantemente. ¡Otro fracaso! Vio al Profeta, oración y bendición de Allah sobre él quien, por su parte rechazó también su requerimiento. Lo mismo hizo Abu Bakr el cual se negó a interceder en su favor. Incesantemente decepcionado, Abu Sufian decidió regresar a la Meca con las manos vacías y, además, con noticias decepcionantes.
En efecto, el Profeta (SAW) pidió a su ejército a prepararse a conquistar la Meca. Dirigiéndose a sus miembros dijo: “El que, entre vosotros que cree en Allah y en la inevitable llegada de la Hora, ira ayunar Ramadán en la Meca”.
A raíz de la orden del Profeta, oración y bendición de Allah sobre él, los musulmanes ensillaron los caballos, preparado las armas e instaron a las tribus árabes a integrar el ejército musulmán. Tribus como Mazinah, Khaffar, Ashja o Soulam respondieron favorable y rápidamente al llamamiento musulmán. El ejército musulmán multiplicó el número de sus efectivos, haciéndose más y mejor organizado. El Profeta, que Allah Bendiga y le De paz, prodigó a sus hombres algunos consejos y algunas órdenes para cumplir mejor y más eficazmente la contienda: “Debéis tomar la precaución de no divulgar nunca vuestros secretos, simulando vuestras intenciones. Es posible atacar a Koraich de manera improvista y es también probable que entremos a la Meca sin combate y sin derramar sangre, habida cuenta de que los koraichitas no están preparados a hacernos frente. Insisto en que se debe evitar el derramamiento de sangre en este lugar sagrado. No quiero dejar detrás de mí a víctimas. La guerra suscitaría la animosidad de Koraich contra nosotros en un momento en que necesitamos acuciantemente su simpatía. Aspiro entrar en la Meca sin tener que hacer la guerra. Para mí, se trata de un objetivo primordial. En cambio, si nos vemos obligados a afrontar lo inevitable, sabed que caeremos en un círculo vicioso lleno de venganza y de rencor”.
El ejército musulmán emprendió el camino[8] dirigido por el propio Profeta, oración y bendición de Allah sobre él.
De pronto un hombre fuerte y robusto, de alta estatura se presentó ante ellos. El hombre estaba acompañado por un pequeño grupo de hombres. Los musulmanes convergieron sus miradas hacia él descubriendo que se trataba de Al Abbas ben Abdul Muttalib. El Profeta (SAW) ordenó a todo el mundo escuchar lo que Al Abbas iba a decir.
– “O Enviado de Allah –dijo Al Abbas- estás al corriente que me he convertido al islam hace mucho tiempo y decidí ocultarlo para evitar el castigo o la tortura. He tratado de ser paciente pero el tazón rebosó por lo que tuve que abandonar la Meca con mi esposa y mis hijos para reunirnos con vosotros aquí en la Medina y aquí me tienes ante ti con la esperanza de que me recibas y me aceptes”.
-“O mi tío. Te felicito por haber elegido la verdad absoluta. Serás siempre bienvenido. Que Allah te Bendiga. Envía a tu familia a la Medina y únete a nosotros. Quiero que asistas a lo que va a pasar”.
Al Abbas miró hacia fuera, viendo un ejército que llenaba los valles y los montes. Entonces comentó: “¡Allah ten piedad de Koraich! Si esta expedición entra en la Meca por fuerza, los koraichitas serán arrasados sin excepción. No quedará ni mujer, ni niños, ni viejos. Todo el mundo estará expuesto a la muerte”.
Al Abbas sintió una profunda pena por sus paisanos. Se fue y se detuvo en medio del desierto esperando el paso de algún viajero para confiarle un mensaje a Koraich, aconsejándolos a enviar, lo antes posible, a sus notables e ilustres personalidades para pedir perdón a Muhammad, oración y bendición de Allah sobre él, de jurar entregar las armas y de asignar la protección de la Casa Sagrada a los musulmanes como un último recurso si no quieren que las consecuencias de su intransigencia resultasen infinitamente nefastas.
Al poco tiempo vio las siluetas de dos hombres que se acercaban.
“Mira este fuego y mira este ejército – dijo uno de ellos – ¿has visto en tu vida un ejército tan numeroso?”.
“Debe ser Khouzaa”, respondió el otro.
“¡Pero cállate, por Allah!, Khouzaa es infinitamente más humilde, muy débil como para reunir a un ejército tan impotente”.
Al Abbas se trasladó hacia donde se encontraban, encontrando, para su sorpresa, de que se trataba de Abu Sufian y Abu Hanzala.
“¡Hombre! –Lanzó un grito de estupor- ¿Pero qué hacéis vosotros aquí? ¿Pero qué hacéis en un lugar tan aislado en una hora como ésta?”.
“Mi preocupación por Koraich me ha traído hasta aquí –dijo Abu Sufian- Es el revés de la fortuna que me empujó a venir aquí. Te confío que he salido para indagar sobre tu sobrino. Koraich ha adivinado que los musulmanes se preparaban a invadirnos. Estábamos seguros de que cuando menos lo pensáramos, los musulmanes nos atacarían porque hemos violado el compromiso, ayudando a Bakr. He presagiado la mala suerte desde entonces. Esta es la razón de mi presencia aquí”.
“¡Desgraciado! –Dijo Al Abbas- el ejército que ves ahora ante tus ojos es el de Muhammad, oración y bendición de Allah sobre él. Los musulmanes han salido para conquistar la Meca y como ves son numerosos. ¡Date prisa! Salva tu pellejo. Ven conmigo que puedo interceder en tu favor ante Muhammad, tal vez te perdone. Para ti, es la única manera de salvar tu vida, sino te van a linchar si caes entre sus manos. No me gustaría verte asesinado. Tú eres el jefe de Koraich y yo sigo de todos modos siendo un Koraichi”.
Los musulmanes vieron a Al Abbas avanzar acompañado por Abu Sufian. Omar ben Khattab se levantó de prisa y dijo”
“¡O Abu Sufian! Eres un enemigo de Allah. Doy gracias a Allah por Habernos Dado la oportunidad de encarcelarte. Hoy no hay ni tratado ni alianza entre nosotros para temer las consecuencias”.
Omar. Se fue corriendo a ver al Profeta, que Allah Bendiga y le De paz, para darle la buena noticia:
“O Enviado de Allah. Abu Sufiane ha caído prisionero. Déjame matarlo. Hoy no hay entre él y nosotros ningún tratado. Nada me podría aliviar más que ver su cadáver ante mis ojos”.
“O Enviado de Allah –replicó Al Abbas- He jurado a Abu Sufiane que no le sucederá nada si se entrega a nosotros. Tú eres el Enviado fiel e indulgente. No eres de los que me podrían dejar volver decepcionado o a dar a otros la impresión de que soy un mentiroso incapaz de cumplir sus promesas”.
“Pero Enviado de Allah –volvió a enfatizar Omar- no es más que un infiel que ha instado a la gente a hacernos la guerra en Uhud y en Badr. Era el jefe de la alianza incrédula que había reunido a un fuerte ejército para sofocar la voz del islam. La suerte nos ha sonreído hoy. No hay ningún tratado entre nosotros y Koraich para soltar a este hombre pérfido. Matar a Abu Sufiane va a ahorrar más de una preocupación. Los musulmanes van a sentires aliviados y el Islam mas reforzado”.
“¡Pero qué cuentas, Omar! –Contestó Al Abbas- si fuera un hombre de Ouday seguro que no habrías dicho lo que acabas de decir. Has obrado asi porque Abu Sufiane es uno de los Abdu Manaf.
“Te has pasado –gritó Omar- Por Allah cuando te convertiste al islam he sentido una felicidad mayor de la que he sentido cuando me convertí yo. Luego descubrí que el Profeta sintió lo mismo”
Al Abbas se disponía a responder cuando el Enviado de Allah intervino diciendo a Al Abbas:
“O Abbas acompaña a Abu Sufiane a tu tienda donde pasará la noche. Mañana me lo traerás”.
Al Abbas salió en compañía de Abu Sufiane, entrando en el santuario. Allí pasó toda la noche hablando convencido de poder convencer a Abu Sufiane a renunciar a la idolatría. Por la mañana se despertó, encontrando a los musulmanes de pie, con unas extrañas miradas, en una impecable disciplina, diciendo algo que él no lograba descifrar. Los vio prosternarse y luego levantarse en un movimiento rítmico. Entonces preguntó a Al Abbas lo que estaban haciendo y diciendo.
“Es tiempo de la oración –explicó Al Abbas- Date prisa para hacer las abluciones y vámonos a ver al Profeta”. Abu Sufiane se levantó. Hizo sus abluciones rápidamente sin querer hacerlas antes de presentarse ante el Enviado de Allah, quien le ordenó que se sentara.
“¿Pero qué tienes Abu Sufiane? Le preguntó el Profeta que Allah Bendiga y le De paz. ¿No has comprendido que no hay ninguna divinidad que Allah, el Único en Su esencia?
“¡Por mi vida! Que eres generoso, indulgente y piadoso. Creí que si Allah tuviera asociados me iban a ayudar”
“Pero ¿Qué pasa, Abu Sufiane, no has realizado que soy el Enviado de Allah?”.
“Por mi vida que eres indulgente y piadoso. Por Allah tengo todavía algunas dudas en lo que cuentas”.
“O, Abu Sufiane –dijo al Abbas- la verdad es más clara y explícita que el sol que brilla. Si tienes un velo sobre tus ojos, quítalo. Pero si tienes el corazón cerrado, rompe el obstáculo que te separa de la verdad. Declara tu Islam para poder salvar tu vida. Vas a ganar la recompensa en esta vida y la retribución en la otra”.
Abu Sufiane vaciló un instante, mostrándose indeciso y extremadamente agitado pero al final dijo: “Atesto que no hay mas divinidad que Allah y que Muhammad es Su Enviado”.
El Profeta no ocultaba su felicidad y Al Abbas no podía contener su alegría, acompañando inmediatamente después a Abu Sufiane para enseñarle las abluciones y la oración e inculcarle los principios del Islam y de la buena fe.
No obstante, como Abu Sufiane era principiante, Al Abbas se acercó al Profeta, oración y la paz sobre él y le dijo: “O Enviado de Allah, todos sabemos que Abu Sufiane está prendado por la obstinación y la vanidad. Adora exhibirse. En él es una naturaleza. El islam, en este momento es algo extraño para él. No está aun totalmente convencido. Le falta la estabilidad y algo que refuerce su fe. Hazle un favor para colmar este vacío que le induce, cada vez más a jactarse, un favor que le hará más seguro de sí mismo y definitivamente convencido”.
“¿Por qué no? – le cortó el Profeta-que la Bendición de Allah y Su misericordia estén con él. El que entra a la casa de Abu Sufiane estará a salvo, el que se encierre en la suya lo será también y el que entre a la Mezquita será asimismo a salvo”.
Al conocer esta dignidad, Abu Sufiane regresó volando a la Meca, donde anunció ante todo el mundo lo que Muhammad, Allah bendiga y le De paz, había dicho: “¡O los koraichitas! Muhammad os ha aportado una cosa nueva: el que entra en la casa de Abu Sufiane estará protegido”.
Hind, su esposa se levantó y dijo: “Matad al carnoso que ya no sirve para nada. ¡Maldito seas, qué mal jefe eres!”.
“O mis conciudadanos – replicó Abu Sufiane- Ignorad a esta mujer. Os acabo de dar un buen consejo. Mi intención es de evitar el derramamiento de sangre y salvar vuestras vidas. Muhammad os ha aportado algo que habéis ignorado”.
La gente se encontraba en un terror mortal.
“¡Desgraciado! ¿Podemos todos encontrar refugio en tu casa?”
“No –respondió Abu Sufian- escuchad lo que promete: el que se encierre en su casa está cubierto y el que entre a la Mezquita estará también a salvo”.
Inmediatamente después, la gente corrió para encontrar refugio en sus domicilios.
El Profeta, que la oración y la bendición de Allah estén con él, entró tranquilamente, con su abrigo negro en las espaldas y avanzando con pasos lentos, a la Meca, inclinándose en señal de agradecimiento a Allah. Todo el mundo había entregado las armas, ningún oponente se atrevió a perturbar el curso de los acontecimientos, ningún rencoroso desenvainó su espada. Con las miradas convergidas hacia el suelo se puso a recitar: “En realidad Te Hemos Dado una clara victoria a fin de que Allah Te Perdone tus pecados cometidos y por cometer, Termine de colmarte con Sus favores y te Dirija en la vía recta y para Proporcionarte un importante socorro. Es Él quien Hace Bajar la quietud en los corazones de los creyentes para doblar el grado de su fe. A Dios pertenecen los ejércitos de los cielos y de la tierra. Él Es Omnisciente y Sabio. Hace uso de esta bondad para Hacer Entrar a los creyentes y las creyentes en jardines en los que corren los arroyos, donde permanecerán, eternamente, Hacerles remisión de sus faltas, lo que constituye ante Dios un enorme éxito y para castigar a los hipócritas, hombres y mujeres, los asociadores y las asociadoras que piensan mal de Dios. Dios Está Enojado contra ellos !Que la maldición sea sobre ellos! Prepara para ellos el Infierno. ¡Qué triste destino! A Dios pertenecen los ejércitos de los cielos y de la tierra”.
Este Enviado que fue expulsado en otros tiempos, él y sus compañeros estaba ahora efectuando la vuelta ritual a la Kaaba, pasando cerca del muro del encinto entre la piedra incrustada en el muro del Templo de la Kaaba. Los musulmanes se congregaron en la Mezquita, en espera de ver lo que el Profeta, oración y la paz sobre él iba a decirles y para contemplar sus gestos y la manera con la que cumplía los ritos.
Este Enviado que antes había sido expulsado, él y sus compañeros de su país, que le habían hecho sufrir de la peor manera y lo había soportado todo, regresaba de nuevo a la Meca victorioso. Los ha sometido por fuerza, adjudicándose una clara victoria. ¡Oh como necesitaba ver su reacción después de un largo periodo de exilio! Si hubiera sabido lo que pensaban de antemano.
El Profeta, que Allah Bendiga y le De paz se sentó en una silla y dijo serenamente:
“O gente de Koraich ¿Qué esperáis que hiciera con vosotros?”.
“Nada más que el buen tratamiento. Eres un hermano indulgente, sobrino de un hombre indulgente”.
“Id, estáis libres[9]”, les respondió, liberándolos todos
[1] Este versículo ha venido a afirmar que los musulmanes tienen también el derecho de visitar la Casa Sagrada y que este derecho no es exclusividad de Koraich y tuvo lugar después de que los koraichitas fracasado en su conquista contra los musulmanes en el marco de una amplia coalición.
[6] Señalemos que durante el periodo que separa la conclusión del tratado y la denuncia, los judíos de Khaybar se aliaron con la gente de Ghatafan con vistas a preparar una conspiración contra el Profeta (SAW) quien al saberlo salió a combatirlos. Los Ghatafan renunciaron, desencadenando contra los judíos de Khaybar un cruel castigo.
[7] Su nombre era Ramla. El Profeta (SAW) se casó con ella cuando estaba en Abisinia. Khaled ben Saad Ben Al Ass era su tutor, confiándola al Mensajero de Allah. Al Nadjachi ofreció a Ramla una dote de cuatrocientos dinares en lugar de Muhammad (SAW). .
[8] Al Accab o el ágila era el estandarte de los musulmanes.
[9] Los que han sido obligados a abrazar el Islam por fuerza
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