El rey español en el funeral de quienes mató la frontera Por Abdelaziz Gougas

Entre la memoria de los migrantes fallecidos y las heridas de la historia, Ceuta y Melilla siguen planteando una cuestión colonial pendiente.

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Highlights
  • La visita de Felipe VI al cementerio de Ceuta reabre el debate sobre las muertes en las fronteras, la responsabilidad europea y el legado colonial de España en el norte de África.

Del cementerio de Ceuta a la cuestión de liberar los últimos enclaves coloniales en el norte de África

Lo que más invita a la amarga ironía es que los herederos de la historia colonial dominen las normas de comportamiento en el funeral de la víctima antes de aprender el valor de cuestionar el sistema que hizo posible su muerte. Europa no debe limitarse a llorar a los muertos del Sur, sino contribuir a construir un mundo en el que los habitantes del Sur no tengan que morir a sus puertas. La justicia no consiste en que las autoridades depositen un ramo de flores sobre la tumba de un migrante desconocido, sino en situar la salvación de la persona viva por encima de la protección de la imagen del Estado. Solo entonces la visita al cementerio podrá transformarse, de una escena protocolaria profundamente contradictoria, en el comienzo de una verdadera revisión histórica.

Hay escenas de la historia cuya paradoja alcanza tal magnitud que la ironía resulta más elocuente que el análisis y una sola imagen puede revelar aquello que miles de discursos políticos son incapaces de poner al descubierto. Una de esas escenas es la del rey español Felipe VI, acompañado por la reina Letizia, ante las tumbas de los migrantes que fueron engullidos por el mar cuando intentaban llegar a la orilla europea a través de Ceuta. Un rey permanece en actitud de recogimiento ante los muertos, mientras a sus espaldas se extienden siglos de expansión colonial, décadas de políticas de fronteras cerradas y un sistema europeo que ha convertido la libertad de circulación en un privilegio geográfico y el derecho de las personas a buscar una vida digna en una aventura que puede terminar en el fondo del mar.

¡Qué paradoja tan cruel! El representante de una antigua institución monárquica europea acude a presentar sus condolencias a las víctimas de un sistema fronterizo del que su país es uno de los guardianes. La escena recuerda a quienes aprenden a caminar con solemnidad en el funeral de una persona y han contribuido, en distintos grados, a crear las condiciones que condujeron a su muerte. No se trata aquí de acusar personalmente al rey español de haber matado a estos migrantes, ni de afirmar que el colonialismo sea el único responsable de todas las tragedias contemporáneas, sino de cuestionar la estructura histórica y política que convierte la muerte en las fronteras en un resultado recurrente y que después la trata como un incidente excepcional que exige un minuto de silencio, y no una revisión profunda de sus causas.

El rey español se detuvo ante unas tumbas que, en muchos casos, no llevan los nombres de sus ocupantes, sino números fríos que reducen vidas enteras a una cifra. Detrás de cada número hay una persona que tenía un nombre y un rostro, una madre que la esperaba y quizá un niño que soñaba con su regreso, con un pequeño regalo de Europa. Sin embargo, el camino hacia el paraíso europeo prometido no le concedió la oportunidad de llegar, ni siquiera el honor de ver su nombre escrito en su lápida.

Aquí comienza la verdadera tragedia: Europa, que otorga un nombre y derechos a una persona cuando llega a su territorio conforme a sus condiciones, puede dejarla reducida a un número anónimo cuando muere intentando alcanzarlo. Quizá lo que más interrogantes suscita es que este gesto humanitario se produjera en el marco de una visita cargada de mensajes de soberanía sobre Ceuta y Melilla, las dos ciudades situadas en la costa marroquí que España considera parte integrante de su territorio, mientras que Marruecos, junto con la historia y la geografía, las considera una prolongación de su espacio territorial y una herencia del dominio extranjero. Así, en una misma escena confluyeron dos discursos contradictorios: el de la compasión, que se inclina ante los muertos, y el de la soberanía, que reafirma las mismas fronteras que se han convertido en su cementerio.

Las lágrimas no borran la responsabilidad histórica

El problema de esta escena no reside en el acto de rendir homenaje a las víctimas, pues la compasión humana, cualquiera que sea su origen, constituye un valor noble. El problema comienza cuando la compasión se convierte en un sustituto de la responsabilidad y se nos pide que nos conformemos con la belleza de la imagen mientras la política que la hizo posible permanece al margen de todo cuestionamiento.

¿Qué significa visitar la tumba de un migrante que murió intentando atravesar una frontera cerrada si el gesto no va acompañado de preguntas sobre la eficacia de las políticas que cercan a los migrantes, la ausencia de vías seguras para la migración y el asilo, la realidad de las sociedades que empujan a sus habitantes a lanzarse al mar y las enormes desigualdades entre dos mundos separados por apenas unos kilómetros, pero divididos por un profundo abismo económico y social en cuanto a las oportunidades de sus habitantes?

A lo largo de su historia, el mar Mediterráneo ha sido mucho más que una barrera natural entre el Norte y el Sur. Fue un espacio de intercambio e interacción entre civilizaciones antes de convertirse progresivamente en una de las líneas de desigualdad más crueles entre dos mundos. En el centro de esta geografía se alzan las vallas de Ceuta y Melilla, testigos de la paradoja de que las fronteras exteriores de la Unión Europea se extiendan por territorio africano y de que el paso de una orilla a otra se convierta en una prueba de ciudadanía, nacionalidad y capacidad económica.

Los hechos confirman que la tragedia fronteriza no puede reducirse al incidente de julio de 2026. En junio de 2022, los alrededores de Melilla fueron escenario de una catástrofe que dejó, según las investigaciones de Amnistía Internacional, al menos 37 muertos, además de decenas de desaparecidos. La organización denunció un uso excesivo e ilegítimo de la fuerza, así como deficiencias en la prestación de asistencia médica, y exigió a las autoridades españolas que esclarecieran la verdad y garantizaran la justicia.

¿Basta, después de todo esto, con inclinar la cabeza ante las tumbas mientras las grandes preguntas siguen sin respuesta? Respetar a los muertos comienza por respetar a los vivos. La fidelidad a las víctimas no se demuestra únicamente depositando flores o guardando silencio, sino esclareciendo las circunstancias, determinando las responsabilidades y garantizando que las fronteras no se conviertan en una máquina que produzca tragedias de manera recurrente. El duelo que no revisa las causas de la muerte puede transformarse, por muy buenas que sean las intenciones de quienes lo protagonizan, en un simple protocolo destinado a maquillar la impotencia política.

El colonialismo no se marcha cuando se pliegan sus mapas

La visita del rey español abre una cuestión más profunda sobre la memoria colonial de la que las relaciones entre Europa y África todavía no se han liberado plenamente. El colonialismo fue una ocupación militar de territorios, una reconfiguración de la economía, la geografía y las relaciones sociales, y una vinculación desigual entre el centro y la periferia. Los imperios coloniales europeos contribuyeron a establecer sistemas económicos basados en la explotación de los recursos y en la orientación de la producción y los mercados al servicio de los intereses de las potencias dominantes. Las consecuencias de esas estructuras no desaparecieron con la independencia de los países colonizados, sino que algunos de sus desequilibrios persistieron bajo nuevas formas de dependencia económica y de desigualdad en las condiciones del intercambio, la tecnología y la inversión.

Es cierto que las crisis actuales del Sur no pueden atribuirse exclusivamente al colonialismo, pues las élites políticas y económicas locales también tienen graves responsabilidades, desde la corrupción y la distribución desigual de la riqueza hasta las deficiencias del desarrollo y el bloqueo de las perspectivas de futuro. Sin embargo, reconocer estas responsabilidades no elimina el hecho de que los países africanos entraron en la etapa poscolonial soportando cargas históricas que no eran equivalentes a las que heredaron los Estados europeos en términos de acumulación de riqueza, instituciones y poder.

De ahí la enorme paradoja. Históricamente, las potencias europeas se beneficiaron de la circulación de recursos, riquezas y mano de obra a través de los mares. Sin embargo, cuando se trata del desplazamiento de los pobres hacia los centros de riqueza, invocan de repente la sacralidad de las fronteras y la rigidez de la soberanía. Las riquezas circulaban, la explotación circulaba y las mercancías circulaban. Pero la persona que busca su parte de dignidad se encuentra ante alambres de espino, cámaras, patrullas marítimas y acuerdos de readmisión y expulsión injustos.

Esta es una de las contradicciones más profundas del orden internacional contemporáneo: defiende la libertad de circulación de capitales y mercancías, pero impone a los desplazamientos humanos un sistema extremadamente selectivo, en el que el valor del pasaporte determina en gran medida las oportunidades de una persona para vivir. No se puede responsabilizar únicamente a España de la pobreza del Sur, pero, al igual que otras potencias europeas, está obligada a revisar su relación con un legado histórico que contribuyó a generar desequilibrios cuyas consecuencias siguen vigentes. Europa también debe contemplar la migración como una cuestión humanitaria y de desarrollo compartido, y no únicamente como una amenaza para la seguridad que exige aumentar la altura de las vallas y reforzar las alambradas.

Ceuta y Melilla: cuando la historia se convierte en una muralla

Ceuta y Melilla representan un nudo histórico y político en el que confluyen las cuestiones de soberanía, identidad, fronteras y migración. Ceuta, ciudad marroquí, quedó bajo ocupación portuguesa en 1415, antes de pasar a la Corona española en el contexto de las transformaciones europeas, mientras que Melilla quedó bajo control castellano en 1497. España se apoya en esta continuidad histórica y en el estatus de ambas ciudades dentro de su ordenamiento constitucional para reafirmar su soberanía sobre ellas. La posición marroquí, por su parte, considera que su permanencia bajo administración española constituye la prolongación de una situación histórica cuyos efectos no se han resuelto desde la perspectiva de la integridad territorial.

Es necesario comprender aquí que esta disputa no coincide jurídicamente con todos los procesos de descolonización que ha conocido el mundo. Sin embargo, esto no elimina la legitimidad del debate histórico y político sobre el estatus de ambas ciudades, ni impide buscar una vía de negociación pacífica para abordar el desacuerdo.

La paradoja reside en que España, que reivindica sus derechos sobre ambas ciudades basándose en una larga historia de control y administración, encuentra dificultades para aceptar esa misma historia cuando otros la interpretan como una historia de desmembramiento territorial y ocupación. ¿Basta el paso del tiempo para convertir toda situación heredada en una realidad moral incuestionable? ¿Puede la soberanía jurídica, por sólidos que sean sus argumentos, eximir a los Estados de examinar las circunstancias históricas en las que se originó?

Estas preguntas no deben afrontarse mediante consignas o amenazas, sino a través de un diálogo histórico, jurídico y político serio. Resultó significativo que el rey Felipe VI eligiera durante su visita reafirmar que la soberanía española sobre Ceuta y Melilla no es negociable. Se trata de una posición clara del discurso oficial español, pero que también revela la función política de la visita: no fue únicamente una expresión de consuelo a los habitantes de ambas ciudades o de solidaridad con las familias de los migrantes fallecidos, sino también una declaración simbólica destinada a reafirmar la soberanía.

De este modo, la escena se volvió aún más compleja: un rey que rinde homenaje a los muertos que intentaron cruzar las fronteras y que, al mismo tiempo, afirma que esas mismas fronteras forman parte de una soberanía que no puede ser cuestionada.

En principio, no existe contradicción entre la protección de las fronteras por parte de los Estados y el respeto a los derechos de los migrantes. La contradicción comienza cuando la protección fronteriza se convierte en un valor absoluto, mientras que la vida humana pasa a ocupar un lugar secundario, cuya atención queda en manos de los cementerios una vez concluidas las operaciones de seguridad.

Una Europa que vigila sus puertas y necesita a quienes llegan

Resulta imposible comprender la migración contemporánea sin tener en cuenta las contradicciones demográficas y económicas que atraviesa la propia Europa. La misma Europa que endurece sus leyes migratorias cuenta con amplios sectores económicos que necesitan mano de obra extranjera, ya sea en la agricultura, la construcción, los servicios o la atención sanitaria y social. Además, varias de sus sociedades se enfrentan al envejecimiento de la población, que plantea interrogantes cada vez mayores sobre el futuro del mercado laboral y de los sistemas de protección social.

Sin embargo, la necesidad económica de trabajadores migrantes no se ha traducido en un reconocimiento político pleno de su dignidad. Una persona puede ser recibida como fuerza de trabajo necesaria y, al mismo tiempo, ser presentada en el discurso electoral y mediático como una carga, una amenaza o una competidora por los servicios públicos. Esta contradicción no afecta únicamente a España, sino que se extiende a unas políticas europeas que oscilan entre la necesidad de la migración y el miedo a ella, entre la proclamación del compromiso con los derechos humanos y la ampliación de los mecanismos de disuasión y expulsión.

La Unión Europea no se limita a construir su sistema fronterizo dentro de su propio territorio, sino que amplía la cooperación con los países vecinos para frenar los flujos migratorios antes de que alcancen las fronteras europeas. Los países del Sur, entre ellos Marruecos, se convierten así en socios en la gestión de las fronteras exteriores de Europa mediante acuerdos de seguridad, financiación, programas de vigilancia y acuerdos de readmisión injustos.

Pero este enfoque plantea una cuestión ética y política: ¿se pueden abordar las causas profundas de la migración trasladando simplemente a otros países la responsabilidad de impedirla? Convertir al Sur en guardián de las fronteras del Norte no resuelve necesariamente los problemas de la pobreza, la desesperación y la falta de oportunidades. Además, puede empujar a algunos migrantes a recurrir a rutas aún más peligrosas cuando se cierran ante ellos las vías conocidas.

La realidad es que el Estado español, dentro de su sistema constitucional contemporáneo, no se reduce a la voluntad del monarca. Las decisiones ejecutivas relativas a la migración y las fronteras se elaboran con la participación del Gobierno, el Parlamento y las instituciones europeas. Sin embargo, la monarquía, como símbolo de la continuidad del Estado, confiere cobertura moral a estas políticas cuando reafirma la soberanía fronteriza y expresa solidaridad con quienes viven dentro de esas fronteras. De ahí la legitimidad de cuestionar el simbolismo político de la visita, sin confundir la responsabilidad simbólica con la responsabilidad jurídica directa.

Temen al migrante vivo y honran al muerto

Quizá esta sea la pregunta más dolorosa que plantea la escena del cementerio de Sidi Embarek. ¿Por qué el migrante parece constituir un peligro en determinados discursos de seguridad cuando intenta llegar allí y, después, se convierte en objeto de compasión cuando su cuerpo reposa bajo tierra? En vida, se le exige demostrar su derecho a cruzar la frontera; se examinan sus documentos, sus huellas dactilares, su nacionalidad y los motivos de su partida. En la muerte, toda esa complejidad desaparece y su humanidad se vuelve repentinamente evidente, sin necesidad de documentos.

¡Qué paradoja! Una persona necesitó un visado para cruzar la frontera, pero ni siquiera necesitó un sudario para entrar en el cementerio europeo. Y lo más doloroso es que ni siquiera se llegó a conocer la identidad de algunas de las víctimas. Es decir, un sistema extremadamente minucioso en la vigilancia de los cuerpos que cruzan las fronteras fue incapaz, después de la catástrofe, de devolver sus nombres a sus propietarios. En su significado simbólico, esos números grabados en las tumbas se convierten en un documento de acusación contra un mundo que ha hecho que algunos seres humanos puedan desaparecer sin dejar tras de sí más que una cifra.

El migrante que muere en el mar pierde la vida y, con ella, también el derecho a que su madre sepa dónde fue enterrado, a que sus familiares puedan llegar hasta él y a recuperar su nombre del anonimato de la tumba. Por eso, el mayor homenaje que se podría rendir a estos muertos no debería comenzar con una visita real, sino con un programa serio para identificar a las víctimas, informar a sus familias, abrir investigaciones independientes sobre las circunstancias de sus fallecimientos y ofrecer garantías para evitar que la tragedia se repita.

La paradoja se vuelve aún más intensa cuando sabemos que algunos niños y adolescentes que consiguieron llegar a Ceuta seguían viviendo, después de la crisis del verano, en condiciones precarias, algunos de ellos sin un alojamiento adecuado. ¿Qué sentido tiene la dignidad del muerto si la protección del niño vivo no se convierte en una prioridad que no admite demora?

Ni inocencia para el Norte ni exoneración para el Sur

Sin embargo, la honestidad intelectual exige que la crítica al colonialismo europeo no se convierta en un medio para eximir a los países del Sur de sus responsabilidades. Los jóvenes que arriesgan sus vidas para llegar a Europa no huyen únicamente de la historia colonial. Algunos también escapan de un presente social que no les ofrece suficiente esperanza. Tienen derecho a cuestionar las políticas económicas, educativas y sociales de sus propios países, del mismo modo que tienen derecho a interpelar a Europa por sus políticas fronterizas y por sus relaciones desiguales con el Sur.

El derecho a emigrar no debe ocultar el derecho de las personas a no verse obligadas a emigrar. Esto significa que la responsabilidad de Marruecos y del resto de los países africanos consiste en crear condiciones de vida dignas dentro de sus propias fronteras, ampliar las oportunidades educativas y laborales, promover la justicia social y combatir la corrupción y las desigualdades que, en ocasiones, convierten la partida en la única opción aparente.

Asimismo, la cooperación marroquí-española en materia migratoria no debería reducirse al enfoque de seguridad, sino extenderse al desarrollo compartido, la facilitación de la movilidad legal, la protección de los menores, el respeto de los derechos de los solicitantes de asilo y la lucha contra las redes de trata de personas.

La responsabilidad de ambas orillas no es idéntica en términos históricos ni de capacidades, pero sí existe una responsabilidad compartida respecto al presente. Sería un error exigir a Europa un debate sincero sobre su pasado colonial y, al mismo tiempo, cerrar el debate sobre nuestras propias deficiencias internas. La crítica que se niega a mirarse en ambos espejos pierde parte de su fuerza moral.

De las contradicciones coloniales al horizonte de liberación de las dos ciudades

Lo que la visita de Felipe VI pone más claramente de manifiesto es que la cuestión histórica de Ceuta y Melilla no ha perdido su capacidad de regresar al centro del debate político, a pesar de los siglos transcurridos y de los cambios en las relaciones internacionales. Lo que en el discurso español aparece como una cuestión de soberanía resuelta sigue siendo, en la conciencia nacional marroquí, una cuestión histórica abierta. Lo que desde Madrid se interpreta como una prolongación natural de la geografía política española se considera desde Rabat la continuidad de una situación colonial que requiere una solución.

Si existe un horizonte para liberar a ambas ciudades de las contradicciones del pasado, este pasa, en primer lugar, por liberar el propio debate de la lógica de la provocación mutua y de la conversión de sus habitantes en simples instrumentos de una batalla entre símbolos nacionales. Los habitantes de Ceuta y Melilla, con sus distintas identidades culturales, religiosas y lingüísticas, así como sus derechos, su seguridad, sus intereses y su participación democrática, deben constituir elementos fundamentales de cualquier planteamiento responsable.

La liberación, en su sentido profundamente humano, no consiste únicamente en que una bandera sea sustituida por otra. También significa liberar las relaciones entre los pueblos de la herencia del miedo, la exclusión y la superioridad histórica.

Por ello, el camino para abordar este legado debe ser el del diálogo, la negociación, el derecho internacional y la cooperación regional, y no el de la escalada o las aventuras que podrían convertir a los propios habitantes en sus primeras víctimas. Las relaciones entre Marruecos y España, con la interdependencia económica, humana y cultural que han acumulado, pueden constituir un espacio para repensar esta cuestión, en lugar de dejarla atrapada en un conflicto de símbolos y soberanías.

La historia no se detiene en el momento en que un Estado declara que una cuestión no es negociable. Sigue planteando sus preguntas, incluso siglos después, sobre todo cuando las antiguas contradicciones reaparecen bajo nuevas formas.

¿Puede España reconciliarse con su historia?

La España contemporánea ha experimentado profundas transformaciones democráticas y su sociedad civil, cultural y defensora de los derechos humanos ha acumulado experiencias importantes en la crítica al poder y la defensa de las libertades. No se puede reducir al pueblo español al pasado imperial ni considerar a todos los españoles responsables de los errores del colonialismo. En la propia España existen voces comprometidas con los derechos humanos, intelectuales y sectores de la sociedad que reclaman una revisión de las políticas migratorias, denuncian la violencia fronteriza, defienden los derechos de los refugiados y abren debates críticos sobre la historia colonial y su legado.

Por ello, la verdadera crítica no se dirige contra la identidad del pueblo español, sino contra la persistencia de determinadas estructuras y concepciones que mantienen las relaciones con el Sur dominadas por la obsesión por el control, en lugar de por una lógica de asociación entre iguales.

Si España quiere convertir la visita del rey a las tumbas de los migrantes en un momento de verdadero significado moral, el camino no pasa por las imágenes conmovedoras, sino por políticas más justas, una revisión más valiente de la memoria colonial y una mayor disposición a escuchar las preguntas de sus vecinos marroquíes y africanos.

No basta con recordar a las víctimas del mar si se rechaza cuestionar las políticas que convierten el mar en un cementerio. No basta con proclamar la amistad con Marruecos si las cuestiones históricas sensibles siguen excluidas de cualquier posibilidad de diálogo. Tampoco basta con reconocer la dignidad de las personas migrantes después de su muerte si, antes de ella, sus vidas permanecen suspendidas entre la expulsión, el miedo y la marginación.

Reconciliarse con la historia no significa juzgar a los hijos por los actos de sus antepasados, sino negarse a convertir las consecuencias de aquellos actos en dogmas políticos intocables.

El cementerio es más elocuente que el discurso real

Quizá quienes organizaron la visita del monarca español pretendían transmitir un mensaje humanitario de solidaridad con las víctimas de la migración y otro político sobre la consolidación de la presencia española en Ceuta y Melilla. Sin embargo, las imágenes no siempre obedecen a los significados que sus protagonistas desean atribuirles. El cementerio que debía ser un testimonio de compasión también pudo convertirse en un testimonio de contradicción.

El rey que permanece ante tumbas sin nombres no se enfrenta únicamente a la muerte, sino también a las preguntas de la historia, la soberanía, la justicia y las fronteras. Los cuerpos que descansan bajo tierra no reclaman, desde su silencio, ninguna consigna política, pero sitúan a todos ante una verdad de la que resulta difícil escapar: estas personas no eran enemigas de Europa; buscaban una oportunidad para vivir. No eran ejércitos invasores ni portadores de un proyecto político destinado a redibujar los mapas. Eran seres humanos que intentaban atravesar la distancia entre la necesidad y la esperanza y que encontraron ante sí fronteras que no perdonan a quienes carecen de documentos oficiales para cruzarlas.

La tragedia no consiste en que el rey español visitara las tumbas de los migrantes, pues ese gesto, en sí mismo, es humanamente encomiable. La tragedia reside en que el duelo se convierta en el final de la historia, cuando debería ser su comienzo. Si la historia colonial enseñó a los Estados europeos a trazar fronteras e imponer su soberanía, su prueba moral hoy consiste en aprender a proteger al ser humano antes de verse obligados a rendirle homenaje después de su muerte.

En cuanto a Ceuta y Melilla, no pueden seguir siendo eternamente dos nombres asociados al enfrentamiento simbólico entre dos relatos históricos opuestos. Ambas ciudades exigen un nuevo pensamiento político que vincule la superación del legado colonial con la paz, la dignidad, los derechos y los intereses compartidos, y que convierta el diálogo en un instrumento para superar la lógica de la dominación histórica.

El rey español acudió al cementerio de Sidi Embarek para guardar un minuto de silencio ante las víctimas de las fronteras. Pero la historia, a diferencia del protocolo real, no conoce un último minuto de silencio. Seguirá preguntando: ¿quién levantó las vallas? ¿Quién se benefició de los desequilibrios en las relaciones de poder? ¿Quién convirtió la travesía del mar en una prueba entre la vida y la muerte? ¿Quién asume la responsabilidad de transformar los sueños de los jóvenes del Sur en números grabados en las lápidas?

Y seguirá preguntando también: ¿cuándo se liberarán las relaciones entre Marruecos y España de los últimos fantasmas de los antiguos imperios? ¿Cuándo se convertirá el Mediterráneo en un puente de cooperación humana en lugar de una barrera entre dos mundos desiguales?

Lo que más invita a la amarga ironía es que los herederos de la historia colonial dominen las normas de comportamiento en el funeral de la víctima antes de aprender el valor de cuestionar el sistema que hizo posible su muerte. Europa no debe limitarse a llorar a los muertos del Sur, sino contribuir a construir un mundo en el que los habitantes del Sur no tengan que morir a sus puertas. La justicia no consiste en que las autoridades depositen un ramo de flores sobre la tumba de un migrante desconocido, sino en situar la salvación de la persona viva por encima de la protección de la imagen del Estado. Solo entonces la visita al cementerio podrá transformarse, de una escena protocolaria profundamente contradictoria, en el comienzo de una verdadera revisión histórica.

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