En un rincón donde el tiempo no corre y la luz tiene aroma de eternidad.
El abogado y el Pez Volador se encontraron.
No habían llegado por méritos ni coronas, sino porque Tata Dios así lo quiso.
El Pez, suspendido entre un salto de estrellas y espuma, le habló:
“Aquí, donde nada duele, los hombres que vuelan y nadan sin cuerpo aprenden que la soledad no es castigo, sino refugio de quienes saben soñar.”
El abogado, con la mirada encendida por los reflejos del océano celestial, respondió:
“Es verdad, amigo.
En esta dimensión de silencio y luz mi soledad me abraza como un manto.
Me permite volar sin alas, nadar en mi propia bilocación, y escribir versos que nacen de la profundidad de mi alma.
Pero en la vida diaria… ¡ah, cómo disfruto las cosas simples!
Los nietos que me trepan al corazón, los amigos que encienden la risa, mis hijos, la mesa compartida, la naturaleza y sus pájaros, el perfume de lo mundano que es, en el fondo, divino.
El Pez Volador sonrió, y en su sonrisa había cielo y mar:
“Entonces entiendes el secreto:
La soledad es la lámpara, pero la vida cotidiana es el aceite que la mantiene viva.
Quien sabe abrazar ambas se convierte en un viajero eterno entre olas y constelaciones.
Y juntos, el abogado y el Pez, volaron sobre las aguas de la memoria y nadaron bajo las estrellas del espíritu, mientras Antonio Machado, desde algún sendero de luz, susurraba:
“Caminante, no hay camino…el alma que vuela y nada lo va haciendo al escribirlo.”
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