Crónica internacional

Esglobal Europa y Oriente Medio: los límites culturales fijos no existen  Francis Ghilès

 

¿Son tantas las diferencias entre Europa y Oriente Medio?


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The Love of Strangers, What Six Muslim Students Learned in Jane Austen’s London

Nile Green, Princeton University Press, 2015

 


El autor de este libro es un detective, un auténtico detective forense. Con ayuda del diario escrito por el estudiante persa Mirza Salih, las cartas de sus acompañantes y los amigos que hicieron en Inglaterra, distintos archivos, artículos de periódico y cuadros, ha construido un apasionante relato sobre seis estudiantes iraníes en la Inglaterra del periodo de la Regencia, entre 1815 y 1819. Estos adaptables inmigrantes llegan guiados por el capitán Joseph d’Arcy, a quien han conocido en su país y de quien pronto prescinden. Su misión es dominar las ciencias modernas que han permitido el rápido ascenso de Reino Unido y Europa en general, pero las circunstancias que les obligan a comprender un país lleno de energía y deseoso de salir al mundo requieren coraje, ingenio, simpatía y dinero a partes iguales. La frustración y la camaradería de estos jóvenes mientras logran hacerse un hueco en la alta sociedad y las columnas de cotilleos de una prensa en expansión quedan patentes en su búsqueda de alojamiento, las escuelas a las que asisten y la gente a la que visitan en Cheltenham, Bristol, Oxford y Cambridge.

Una mujer iraní sentada en el patio de la tumba del poeta persa Hafez, en la ciudad de Shiraz. Behrouz Mehri/AFP/Getty Images

Una mujer iraní sentada en el patio de la tumba del poeta persa Hafez, en la ciudad de Shiraz. Behrouz Mehri/AFP/Getty Images

Al principio viven en Croydon, que está próximo a Addiscombe, donde la East India Company había construido el East India College para educar a sus oficiales. Allí enseñaban las artes de la guerra pero también las lenguas necesarias para dirigir sus regimientos de soldados indios. En la región occidental y Oxford son bien recibidos por los Dissenters (los disidentes religiosos), que están dispuestos a traducir la Biblia a urdu y árabe con la esperanza de que un proyecto educativo tan ilustrado permita el acceso a las simples verdades de la escritura y, de esa forma, venza la superstición. Sus acompañantes en Oxford y Cambridge son profesores que son hombres de ciencia y, al mismo tiempo, profundamente religiosos, pero eso no parece importar a nuestros amigos persas, que parecen contentos de hablar de religión. La fragmentación religiosa de la Inglaterra de la Regencia es tan compleja como la del islam. Cerca de Oxford visitan una de las primeras imprentas que funcionan a vapor, propiedad de un hombre muy religioso, ávido defensor de las nuevas técnicas de impresión y duro patrón para sus empleados; la religión y la industria eran buenos socios.

El autor señala que algunos de los nuevos descubrimientos científicos “planteaban tantos problemas a los intelectuales cristianos europeos como podrían haberlo hecho a los pensadores musulmanes en Irán. El profesor de geología de Oxford William Buckland decía a sus alumnos que ‘la geología coincide con lo documentado en la Historia Sagrada’”. La Inglaterra de la Regencia era “una sociedad en la que el nuevo aprendizaje científico no se había liberado aún de las cadenas de la ortodoxia religiosa. No existía ese modelo innato que a algunos hoy les gustaría proyectar sobre el pasado de una Europa racional y científica y un Oriente Medio irracional y religioso“.

Su anfitriona en Bath, la escritora Hester Piozzi, entre cuyos invitados habían estado Samuel Johnson y Oliver Goldsmith, destaca que sus amigos persas hablan bien inglés y tienen tal refinamiento social que son “verdaderamente un poco mejor educados que el resto de la compañía”. Eso le sirve al autor para afirmar que el relato de los límites culturales fijos y las diferencias innatas e irreconciliables entre el mundo musulmán y el cristiano, que nuestros políticos y nuestros medios nos sirven sin cesar, es una simplificación excesiva. Dice que tiene poco sentido tanto utilizar el marco poscolonial de “resistencia y oposición” para comprender algunas de las cosas que hace Mirza Salih como invocar los “procesos cotidianos de hegemonía” teorizados por Edward Said. No le falta razón cuando alega que “en referencia a los iraníes de clase alta, al menos, y al periodo de Mirza Salih, se da demasiada importancia a las premisas actuales de hegemonía política y cultural”.

Los visitantes adquieren conocimientos prácticos de todo tipo, entre otros, el uso de la imprenta, en las bocacalles de Fleet Street. Casualmente, en esos días estaba empezando a usarse por primera vez en la historia el vapor con fuente de energía en la imprenta: el inventor alemán Friedrich Koenig adaptó una prensa para imprimir The Times en 1814. Salih se lleva una pequeña imprenta cuando vuelve a Irán, la segunda que entra en el país (otro persa se le había adelantado al volver con una de San Petersburgo). Consiguen que les dejen entrar en hospitales, observatorios y fábricas alimentadas con máquinas de vapor. Quieren conocer y adquirir la tecnología para defender a Irán contra Rusia. El autor hace notar que, mientras los seis iraníes estudian en el arsenal real de Woolwich, estaban construyéndose cohetes para bombardear “el último enclave de los piratas musulmanes en Argel”. Un comentario tan despreciativo muy bien habría podido escapársele a un ministro en París cuando Francia estaba a punto de conquistar Argelia en 1830, pero no encaja con el conocimiento tan matizado del autor sobre las complejas relaciones entre Europa y Oriente Medio.

Hay anécdotas muy divertidas e instructivas: una de ellas describe el horror de Salih cuando, al llegar a Cambridge, sale dando tumbos de un coche de caballos tras descubrir que “las mujeres inglesas no llevan nada debajo del vestido”. También es muy reveladora la consternación de los ingleses cuando se tiñe la barba con henna y se siente como en casa en los Bartholomew’s Turkish Baths de Leicester Square. Los visitantes persas y los ingleses aprenden cosas unos de otros. Las anfitrionas de la alta sociedad no disimulan lo atractivo que les parece el embajador persa. Plus ça change…

Beber es una buena manera de hacer amigos y, dado que el consumo de vino era habitual en los círculos cortesanos iraníes, no es extraño que nuestros persas encarguen que les lleven champán de Francia. Un diplomático alemán, Moritz von Kotzebue, que viajó a Irán formando parte de la delegación rusa en 1817, elogió a los musulmanes iraníes, de los que dijo que eran “esforzados bebedores”, capaces de ingerir toda una botella de ron sin que se les notara ninguna molestia posterior. Los visitantes persas son también muy aficionados al té, una costumbre social útil porque a principios del XIX la bebida se había incorporado a la cultura inglesa y estaba generalizándose en Irán. Van al teatro varias veces en Londres, una ciudad que disfruta de una vibrante cultura escénica desde hace siglos.

El autor sitúa la cultura persa y musulmana en el contexto de la era sin recurrir a marcos poscoloniales; muestra a sus estudiantes disfrutando de Londres sin “ninguna idea sobre la cultura intrínsecamente colonialista de Europa”. La sinceridad de las amistades que forjan es “un factor de corrección del inevitable choque de culturas”. La historia de las relaciones entre Oriente Medio y Europa se cuenta hoy demasiadas veces como una historia de enemistad. Nile Green ha vivido en Londres, Lahore, Teherán y Hamburgo, y da clases en UCLA, en Los Ángeles. Habla de un mundo que comparte con sus amigos musulmanes, personas que critican su propio legado. Mirza Salih llamaba a Inglaterra vilayat-l azadi, “la tierra de la libertad”.

Hace unos años, en Disorienting Encounters, Susan Gilson Miller narró la historia del desconcertante encuentro entre un embajador marroquí y el París del rey Luis Felipe. Hablaba de cómo el embajador descubrió un mundo vuelto del revés, en el que el tiempo estaba regulado por relojes, no por el ritmo ritual de la oración. The Love of Strangers, escrito en torno a una trama dramática digna de un buen novelista, puede ser a veces torpe cuando trata de contrarrestar la idea del choque de civilizaciones, pero es un buen antídoto contra tantas cosas que se escriben sobre el islam y los países musulmanes, muchas de ellas grandilocuentes y llenas de prejuicios. Por lo menos, debería servir para que los lectores occidentales sepan que muchos “otros” sentían la curiosidad de descubrir los mecanismos en los que se basaba la prosperidad de Europa. Como retrato de una era evangélica e imperial, los diarios de Mirza Salih son un complemento de Orgullo y prejuicio. Indican que, en la época de Jane Austen, Londres ya era la ciudad cosmopolita que sigue siendo hoy y que siempre será, con terrorismo o sin él.

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