Esglobal ‘Fidelismo’ y ‘franquismo’: el falso mito de la transición española  Susanne Gratius

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Un cartel en la Havana, 27 de noviembre de 2016. (Yamil Lage/AFP/Getty Images)

Un cartel en la Havana, 27 de noviembre de 2016. (Yamil Lage/AFP/Getty Images)

¿Qué ocurrirá en la Cuba posfidelista?

En España, es tentador comparar la muerte de Fidel Castro, el mismo mes pero cuarenta y un años después de la del dictador Francisco Franco, con el comienzo de una transición. Según algunos, el fallecimiento del máximo líder de la Revolución provocará un cambio hacia la democracia liberal y la economía de mercado. Pero Cuba no es España. El liderazgo de Fidel, la cúpula política, el sistema económico, la oposición y, sobre todo, el contexto regional e internacional nada o poco tienen que ver con lo que ocurrió tras la muerte del dictador español.

En primer lugar, aparte del autoritarismo y la centralización del poder, Fidel Castro no tiene mucho en común con Francisco Franco. No fue un dictador aislado sino un símbolo de la izquierda latinoamericana. Representó el nacionalismo contra la injerencia externa, la lucha por la independencia y la justicia, así como el rechazo frontal del capitalismo y la democracia que en alguna ocasión llamó una “pluriporquería”. Inició constantes batallas contra su enemigo Estados Unidos y justificó la opresión y el autoritarismo internos con la amenaza externa. Cuando tuvo que abrirse al capitalismo, tras la caída del Muro de Berlín, lo hizo a regañadientes y sólo durante un tiempo limitado hasta que forjó, al inicio del siglo XXI, la lucrativa alianza con Venezuela que ahora está llegando a su fin. Fue uno de los grandes líderes latinoamericanos, odiado por muchos y admirado por otros. El largo adiós de Fidel Castro cierra un capítulo en Cuba, pero a diferencia del franquismo su legado será continuado por Raúl Castro que ya lleva diez años en el poder.

Segundo, diferente al régimen franquista en la España de los años 70, la élite cubana no revela ningún tipo de divisiones internas, y las tímidas reformas no han generado una clase media comparable con la española. El debate sobre la velocidad y la profundidad de las reformas iniciadas durante la presidencia de Raúl Castro demuestra las diferencias internas, pero siguen siendo especulaciones en un régimen más hermético que el español en aquel entonces, y es difícil determinar quienes representan la ortodoxia y quienes el reformismo. Otra diferencia es la escasa relevancia del turismo como motor de apertura, ya que en Cuba está subordinado al intercambio con Venezuela entre recursos humanos y petróleo. Aunque este negocio se redujo, a diferencia de España que a partir de los años 60 se insertó económicamente en Europa, por el embargo, Cuba apenas tiene relaciones económicas con Estados Unidos.

Tercero, la oposición no está en el exilio mexicano o europeo, como ocurrió en España, sino mayoritariamente en Estados Unidos. La oposición interna es pequeña, fragmentada y dispersa y, a diferencia de la oposición española, su programa político no cuenta con importantes apoyos en Cuba. Como señaló la fiesta por la muerte de Fidel Castro en Miami, la extraterritorialización del conflicto y las posiciones de los más duros de uno y otro lado siguen siendo el principal impedimento para una apertura.

Lo que ocurrirá en Cuba después de Fidel depende en gran medida de lo que hará Donald Trump que en enero de 2017 asumirá la presidencia de Estados Unidos, un año antes de que Raúl Castro, si cumple lo que promete, se retire del poder. Diferente al gran incentivo de cambio que representó la Comunidad Económica Europea (CEE) -con la que ya había firmado en 1970 un acuerdo comercial preferencial- para España, salvo durante las presidencias de Jimmy Carter y Barack Obama, Estados Unidos ha sido el principal obstáculo a una transición democrática. El embargo, las demás sanciones y el apoyo de la oposición crearon una agenda negativa al ofrecer un chivo expiatorio para mantener intacto el régimen. Si esto responde a una lógica interna de ganar las elecciones siguiendo el juego a los más radicales del exilio (que dominan el Congreso) o a la convicción de que sólo la fuerza y la imposición externa pueden provocar cambios en Cuba, los últimos 70 años señalan el fracaso y la irracionalidad de esta política. Si Trump vuelve a este paradigma de la guerra fría prolongará la vida del régimen. Si mantiene el compromiso constructivo de su antecesor, podría acelerar los cambios, máxime cuando esta estrategia coincide con la de América Latina, Canadá y la Unión Europea que firmará en diciembre un Acuerdo de Diálogo Político y Cooperación Económica con Cuba.

Diferente a la relación entre España y la CEE, Cuba y Estados Unidos todavía están muy lejos de resolver sus controversias históricas y el hecho de que el poder mundial está en manos de un magnate inmobiliario que tiene poca experiencia política no guarda ninguna relación con los líderes europeos de aquel entonces ni tampoco con el contexto internacional de la guerra fría y la clara pertenencia de España al bloque occidental. El embargo sigue frenando el desarrollo cubano, legitima el partido único y justifica el fracaso económico en gran parte atribuible a la Revolución. Si la relación con EE UU sirve de desincentivo para cambiar el régimen y el sistema económico, en el caso de España, cuando murió Franco, la perspectiva de ingresar en la Comunidad Económica Europea fue un enorme incentivo para iniciar la transición democrática. Hoy, el liberalismo ha perdido fuelle y está amenazado en Europa, Estados Unidos y América Latina por el populismo de derechas e izquierdas que pone frenos a la globalización, al libre mercado y a la democracia representativa.

Tampoco la vecindad latinoamericana y caribeña de Cuba ofrece grandes incentivos para una transición hacia la democracia. La situación política, económica y social en Haití, República Dominicana o Centroamérica es muy mala, y en pocos países latinoamericanos existen democracias liberales consolidadas con justicia social y participación ciudadana. Las tasas de homicidios en Centroamérica, Brasil, Colombia y Venezuela, acompañados de sistemas judiciales y de seguridad poco funcionales señalan el alto riesgo de Estados democráticos, pero débiles donde la inseguridad ciudadana socava las libertades y derechos. En este contexto regional, el Estado cubano es autoritario, pero funcional, por ejemplo a la hora de impedir víctimas humanas en catástrofes naturales o garantizar un mínimo de cobertura de salud y educación a los ciudadanos.

Por todas estas razones es erróneo aplicar el mito de la transición española a Cuba. Sin duda, la muerte de Fidel Castro tendrá importantes repercusiones sobre el régimen y la sociedad cubana. Pero no necesariamente, Cuba seguirá los pasos de España en los años 70. Otros ejemplos señalan que la desaparición del máximo líder de un régimen autoritario no siempre provoca un cambio democrático. En China, el unipartidismo sobrevivió a Mao, la muerte del líder supremo norcoreano Kim II- sung en 2011 no puso fin al régimen totalitario, y la desaparición de Gadafi en Libia no ha creado ninguna democracia. En los países que finalmente transitaron hacia la democracia, como por ejemplo Chile, no fue la muerte del dictador sino su ocurrencia de convocar un referéndum que le obligó a entregar el poder, y también en México y Nicaragua fueron procesos electorales que iniciaron el cambio o en Argentina una derrota militar. Nadie sabe qué pasará en la Cuba posfidelista, pero las transiciones en otros países permiten muchas conclusiones y hay que ver el caso cubano en un contexto más amplio que en clave nacional.