Crónica internacional

Esglobal Los embajadores de Estados Unidos: experiencia o dinero  Alana Moceri

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Bandera de Estados Unidos en la embajada americana en Londres, Reino Unido. (Scott Barbour/Getty Images)

El presidente estadounidense, Donald Trump, cumple con sus promesas de campaña y en las primeras semanas de mandato muchas han sido las críticas a sus acciones, entre ellas los nombramientos a los embajadores. ¿Se diferencian sus elecciones de las de sus predecesores?

Me sorprendió, hace poco, una animada discusión por Whatsapp entre activistas demócratas. Uno de ellos estaba contando que el presidente electo Trump había despedido a todos los embajadores estadounidenses. Yo sabía que no era verdad, así que intervine para decir que es habitual que los embajadores de designación política dimitan coincidiendo con el día de la toma de posesión. Ya quedó muy claro en el invierno de 2009 que el presidente Barack Obama no tenía necesidad, ni interés alguno, en mantener a los que había nombrado George W. Bush, como Eduardo Aguirre, que había sido embajador aquí, en España.

El embajador Aguirre, como todos los demás embajadores designados por Bush —aproximadamente el 30%—, dejó su puesto antes del 20 de enero de 2009. Con una rápida búsqueda en Google, descubrí que la única verdadera diferencia de Donald Trump con otros presidentes anteriores (en este aspecto concreto, por supuesto) es que no ha pensado en conceder ninguna prórroga, algo que suele darse, por ejemplo, a los embajadores que quieren que sus hijos terminen el curso académico. Es decir, que Trump no está siendo especialmente elegante —cosa poco sorprendente—, pero tampoco se diferencia mucho de lo que hacían sus predecesores.

Sin embargo, el hecho de que alrededor del 30% de los embajadores de Estados Unidos sean de designación política, frente al 70% restante que son diplomáticos de carrera, es un fenómeno atípico en el mundo. No es que en otros países no haya embajadores nombrados directamente, y la reciente dimisión de Federico Trillo como embajador de España en Reino Unido es un oportuno recordatorio. Casi todos los países cuentan con representantes designados por su especial familiaridad con el país en cuestión o, como en el caso de Trillo, por la posición que ocupa dentro del partido en el Gobierno.

Lo que diferencia a los embajadores de designación política en Estados Unidos, aparte del gran número que hay, es que el motivo de su nombramiento suele ser que han recaudado mucho dinero para la campaña del presidente.

Estados Unidos ha designado a enviados diplomáticos y embajadores de confianza desde sus primeros tiempos: ya Benjamin Franklin fue como representante a Francia en 1778 para pedir ayuda en la lucha por la independencia. En 1893, otros países, conscientes de la importancia creciente de Estados Unidos, empezaron a enviar a sus embajadores, y Estados Unidos correspondió nombrando a los suyos. Todos aquellos enviados, cónsules y embajadores se designaban en función de sus lazos con el presidente, hasta que se profesionalizó el cuerpo diplomático, en la primera mitad del siglo XX. Desde mediados de siglo, la proporción entre diplomáticos de carrera y embajadores de designación política ha sido siempre de dos tercios a uno, más o menos.

No todos los presidentes han abordado los nombramientos de la misma forma. El presidente John F. Kennedy intentó renovar el servicio exterior con la designación como embajadores de periodistas e intelectuales. Como es sabido, su propio padre había sido embajador en Reino Unido, nombrado por Franklin D. Roosevelt por sus contribuciones a la campaña. Sin embargo, tuvo que dejar su puesto en circunstancias vergonzosas, después de hacer una proclamación muy poco diplomática: “La democracia ha muerto en Inglaterra”. A medida que las campañas presidenciales se encarecieron, los donantes adquirieron más influencia y muchos se vieron recompensados con embajadas. Richard Nixon elevó la costumbre a unas cotas sin precedentes cuando puso precio a los nombramientos para presidir embajadas en los lugares más codiciados para vivir.

Después de la elección de Obama, dos politólogos trataron de cuantificar el precio de ser embajador en los países más deseables. Como muestran sus datos, Europa Occidental es el destino preferido de los embajadores de designación política, sobre todo los que lo han conseguido a base de donar o recaudar fondos para la elección del presidente. Los motivos son, por un lado, que estos países son lugares maravillosos para vivir y, por otro, que son aliados y democracias estables, que, en teoría, tienen menos necesidad de un diplomático experimentado. En la lista de embajadores de designación directa, el que fuera embajador en España y Andorra Alan Solomont aparece como responsable de haber recaudado 500.000 dólares (unos 460.000 euros) para la campaña de Obama.

El embajador y su mujer, Susan Solomont (solían presentarse como coembajadores) son un ejemplo magnífico de lo que una persona designada por motivos políticos puede aportar al cargo de embajador. Los Solomont dieron especial importancia al voluntariado y la sociedad civil, así como a reforzar el papel de la mujer en actos e iniciativas. Quizá no soy imparcial, porque trabajé muy bien con ellos y participé en algunos de esos actos, pero no me cabe duda de su valía. También colaboré con el embajador Solomont en una serie de vídeos sobre las elecciones estadounidenses en 2012.

Podría decirse que su sucesor, el embajador James Costos, tuvo una metedura de pata al principio de su estancia en España que un diplomático de carrera posiblemente no habría cometido. Hizo una complicada declaración sobre las perspectivas de futuro para los negocios entre Estados Unidos y Cataluña, en caso de que se independice de España, una cuestión que los extranjeros que aparecemos en los medios de comunicación no tocamos ni de lejos. No obstante, su énfasis en el espíritu emprendedor y su voluntad de utilizar sus antecedentes y sus contactos en HBO en beneficio de España, sobre todo al traer aquí los rodajes de Juego de Tronos, han sido dos aspectos muy positivos.

Esta actitud, desde luego, no ha sido exclusiva de los embajadores nombrados por Obama: la misión que le encomendó el presidente George W. Bush al embajador Eduardo Aguirre fue arreglar la relación (espectacularmente mala) con el entonces presidente José Luis Rodríguez Zapatero. Personas así se convierten en amigos de España para toda la vida. Solomont, hoy decano de la Escuela Jonathan M. Tisch de Ciudadanía y Servicio Público en Tufts University, sigue visitando el país a menudo, da conferencias y mantiene la relación con grupos de la sociedad civil.

No todo el mundo está de acuerdo en que haya que marginar a los diplomáticos de carrera para sustituirlos por personas de designación política, y la Asociación Americana del Servicio Exterior (AFSA) ha alzado la voz al respecto. En un artículo aparecido en The Washington Post en 2013, Susan R. Johnson, presidenta de la Asociación, Ronald E. Neumann, exembajador de Estados Unidos en Afganistán y presidente de la Academia Americana de Diplomacia, y Thomas R. Pickering, antiguo subsecretario de Estado, decían: “Cuando la mayor parte de sus jefes son personas de paso, nombradas por motivos políticos, el Servicio Exterior se deteriora. Esta situación favorece el oportunismo y la corrección política, debilita el espíritu de equipo en el ministerio y destruye la memoria institucional”.

En el segundo mandato de Obama, como se vio en algunas sesiones de la correspondiente comisión del Senado, hubo una fuerte reacción en contra de que los puestos de embajador fueran a manos de personas que habían recaudado mucho dinero pero no sabían absolutamente nada sobre los países a los que iban destinados. Uno de esos casos fue la escogida por Obama para la embajada en Hungría, Colleen Bradley Bell, una productora de culebrones televisivos que mostró una bochornosa falta de conocimientos cuando el senador John McCain le preguntó sobre los intereses estratégicos de Estados Unidos en el país. Por lo menos, podría haberse preparado la sesión.

Es posible que, como dice un diplomático que prefiere permanecer anónimo, el debate entre embajadores políticos y diplomáticos de carrera no tenga sentido. Hay embajadores buenos y malos de los dos tipos; lo que pasa es que lo que hemos visto hasta ahora de la nueva presidencia es una vertiginosa avalancha de desprecio hacia los profesionales de cualquier categoría.

El nuevo secretario de Estado, Rex Tillerson, en el Departamento de Estado. (Mark Wilson/Getty Images)

El secretario de Estado designado por Donald Trump, Rex Tillerson, expresidente de ExxonMobil, es la primera persona que ocupa ese cargo sin tener experiencia militar ni en la administración. Antes de que recibiera la confirmación, durante su primera visita a la sede del Departamento de Estado en el barrio de Foggy Bottom, cuatro altos cargos del departamento presentaron inesperadamente su dimisión, entre ellos el subsecretario de Gestión, Patrick Kennedy, que había ocupado el puesto durante nueve años, la secretaria de Estado adjunta de Gestión, Joyce Anne Barr, la secretaria de Estado adjunta de Asuntos Consulares, Michele Bond, y el director de la Oficina de Misiones en el Extranjero, el embajador Gentry O. Smith.

Todos ellos son funcionarios de carrera de Exteriores que, como todos los diplomáticos, han trabajado tanto con presidentes demócratas como republicanos. Existe cierta confusión sobre su marcha, porque el equipo de Trump asegura que los han despedido y el Departamento de Estado dice que es un cambio normal tras el tiempo transcurrido.

Aunque la idea de que Trump había despedido a todos los embajadores no era más que un meme de Facebook que corrió entre la gente de izquierdas, su desdén hacia los profesionales y los expertos ha sido un tema recurrente en toda su campaña y en los primeros días de su presidencia. La designación de Tillerson fue una de las primeras señales, igual que su desprecio declarado por la CIA. Quizá la mejor prueba sea el hecho de que el presidente ha colocado a su estratega jefe, Steve Bannon, un tipo procedente de los medios de comunicación, sin ninguna experiencia militar seria, en el comité directivo de la Agencia de Seguridad Nacional, al tiempo que ha ordenado al director de los Servicios de Inteligencia y al presidente de la Junta de Jefes del Estado Mayor que asistan a las reuniones solo cuando se discutan “cuestiones relacionadas con sus responsabilidades y conocimientos”, tal como figura en un memorándum presidencial.

Después de las protestas por el decreto del presidente Trump que prohíbe temporalmente la entrada en Estados Unidos a las personas procedentes de siete países musulmanes, ha recorrido el mundo una circular del canal de disidencia que cuenta ya con más de mil firmas de funcionarios de la Administración y el servicio diplomático. El canal de disidencia se creó en 1971, durante la Guerra de Vietnam, y las normas del Departamento de Estado establecen que todas sus circulares deben llegar hasta los máximos cargos del Ministerio, incluido el secretario de Estado, y que este debe responder. Claro que, en estos tiempos, puede ser peligroso firmar este tipo de documentos, dada la tendencia del presidente a tomar represalias contra quienes discrepan de él.

Los únicos designados hasta el momento para ocupar cargos diplomáticos son Tillerson y la antigua gobernadora de Carolina del Sur, Nikki Haley, que no tiene absolutamente ninguna experiencia en el ámbito internacional pero ya ha sido confirmada como embajadora ante Naciones Unidas. AFSA va a seguir observando los nombramientos y confirmaciones en su página web. Los primeros días del mandato del 45º presidente están siendo mareantes, pero lo que está haciendo, en realidad, no es sino cumplir sus promesas de campaña, especialmente la promesa de desestabilizar.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

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