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España/terrorismo Ha llegado el momento de la autocrítica Imrani Idrissi Hamid

 

 ¿Recuerdan el juego “el escondite inglés, sin mover las manos ni los pies”, en el que uno apoya la cabeza en la pared gritando esa frase, mientras que el resto de los jugadores, desde una línea a distancia tras él, avanza sigiloso (o menos) durante el breve instante que no se los mira,  para acercarse y que cuando deja de vociferar se voltea raudo para ver a quien descubre en movimiento? Si no ve a nadie, todos tienen la opción de seguir avanzando, hasta otro nuevo grito. Si descubre a alguien moviéndose, señalado, debe regresar al punto de partida, con lo que tiene menos posibilidad de llegar victorioso antes que otros compañeros.

 Este juego, permítanme mi imaginación, me recuerda la injusticia, el despropósito, la intolerancia, la mentira… todos avanzando “de puntillas”, pero que al darte la vuelta, niegan estar ahí… siempre negándose, hasta que sin darte cuenta han llegado a tu pared, ganándote la partida.
Sigilosos movimientos que nos hacen preguntarnos, ¿es cierto que está pasando lo que está pasando? Y no nos damos cuenta, hasta que están encima. Esta táctica es utilizada por muchos gobiernos y poderes para introducir restricciones a la libertad. Si todo sucediese en un solo movimiento, todos detectaríamos la intención. Pero cuando todo acontece poco a poco, la maniobra triunfa y uno queda embobado sin entender muy bien cómo ha llegado la situación a estar como está…
Nada sucede en un instante sin que derive  de la suma de otros sucesos. Y el tema que vamos a ver hoy es qué ha pasado en España, en Barcelona, para que una pandilla de chicos normales, como los adolescentes que tienes en casa, o los que ves dirigiéndose al instituto, formándose para acceder a la profesión con la que se sueñan… puedan llegar a transformarse en asesinos terroristas, como planteaba el lunes la educadora social de Ripoll, “¿Qué hemos hecho mal?” ¿En qué momento no vimos que se acercaban demasiado a nuestra pared de la seguridad?
España se considera estado aconfesional, es decir que no reconoce pertenecer a religión alguna, si bien queda reflejado en su constitución que “mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”.  Y la religión musulmana es la profesada por el 4% de la población, entre españoles y extranjeros que viven en España, siendo Barcelona la primera provincia de España, seguida de Ceuta, Madrid y Melilla, en la que se concentra el mayor número de musulmanes (Según estudio elaborado por la Unión de Comunidades Islámicas de España, UCIDE)
Ha llegado el momento de la autocrítica, de analizar qué fallos han permitido que ahora tengamos que llorar la muerte de tantos inocentes en Cataluña.  El estado español  ha cometido su primer error por pecar de soberbia. La ignorancia generalizada sobre el islam y el musulmán, es un hecho, y los responsables de supervisar quiénes representan en cada una de las mezquitas a la comunidad islámica, no han hecho bien su trabajo. Hay en España censados más de 2.000.000 de musulmanes, que siguen aquí sus costumbres religiosas. Y los representantes políticos según han ido surgiendo incidentes, han ido respondiendo a salto de mata, sin coordinación entre las administraciones, sin una postura clara y sin el asesoramiento adecuado. Quizá accedan al control de las grandes mezquitas, pero no a las múltiples que se reparten por el territorio español en pequeñas comunidades y barriadas.
Ya en febrero, el ex ministro de Exteriores marroquí  ofrecía al Gobierno Español los servicios del Instituto Mohamed VI de Formación de Imames, de Rabat, siendo consciente de la facilidad con que uno en España puede nombrarse imam. Su homólogo español, Alfonso Datis, recogería la información pero no se ha hecho nada al respecto.
Y no es baladí la importancia de quien está asignado a ser el imam de una mezquita. Su formación religiosa es una premisa, pero su impecable condición humana y sus características personales también lo serían, aparte de conocer la sociedad y la realidad del país donde desarrollarán su labor como guía espiritual, una magna responsabilidad.
Países como Francia, reciben asesoramiento directo de especialistas en jurisprudencia islámica. Ha firmado un acuerdo con Marruecos para formar a 50 imames al año, y cuya formación se incrementa con otra adicional centrada en el país donde ejercerán su labor religiosa (sociología, teología, dominio de la lengua y los valores amparados en su república) La tendencia al radicalismo estaría controlada.
En España, la denuncia de la falta de formación de los imames viene de la propia comunidad islámica, no del gobierno.
En España los que dicen ser especialistas en el tema del islam, muchas veces meten la pata en sus declaraciones, creando confusión, y no hay nada peor que un ignorante que no sabe que lo es y que difunda caos a los cuatro vientos.
El islam se ha convertido en un autobús urbano, quien quiera paga su ticket y sube, sin ninguna condición. ¿El que se deja la barba crecer y se vista con chilaba ya puede ser imam? ¿Cualquier garaje puede ser una mezquita? Esta podría ser la primera causa en la “creación de terroristas”, lugares de captación de chicos normales a los que se les puede manipular paulatina pero radicalmente. Seamos humildes y favorezcamos el bien hacer de los verdaderos conocedores de esta cultura, porque nos compete, estamos obligados a convivir, pero esta obligación no tiene por qué ser traumática para nadie, como quieren hacernos pensar los radicales. Es posible una convivencia pacífica, pero hay que trabajar para ella y a que los responsables no les sirva como una mera propaganda política.
Cuando una organización cristiana, como sería el KKK, o judía, o budista comete un crimen, la forma en la que los informadores se refieren al atentado no lo nominan terrorismo cristiano, ni terrorismo judío ni terrorismo budista. Y lo que nuestros oídos están acostumbrándose a escuchar, aunque sea erróneamente, es: atentado cometido por individuos que dicen ser musulmanes igual a terrorismo islámico. Usemos con exactitud los términos cuando escribamos y comuniquemos, evitando la generalización donde todo sea lo mismo: hablemos de terrorismo de Daesh, no islámico.   
Muchos ciudadanos musulmanes tienen que levantarse cada mañana justificando que el color del cielo es azul, y es cansado.
 
 
 
 

 

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