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Especial Día Internacional del Arte Islámico – 18 de noviembre de 2022: En un lugar de al-Ándalus

Foto reportaje

Fotografías: Manuel Ruiz Toribio · Texto: Natacha Espinosa Ferrández

En el Prólogo de la Primera Parte de El Quijote, correspondiente a la primera edición de 1604, Cervantes plantea un juego literario atribuyendo la autoría de su obra a un sabio y cronista musulmán, de nombre Cide Hamate Benengeli, y su traducción a un moro aljamiado cuyo trabajo hubiera pagado el propio Cervantes como personaje.

Los arabismos de esta obra universal son innumerables y forman parte de su cosmología como en la propia configuración de la identidad española tras compartir con los árabes nueve siglos de convivencia; tiempo que, como se muestra en El Quijote, vuelve a las fronteras más porosas y adelgaza las líneas que separan a los otros de nosotros. Esa coexistencia iniciada en al-Ándalus con la llegada de la Dinastía de los Omeyas cambió las trayectorias culturales desde el Índico hasta el Atlántico proyectando su memoria visual con lo cotidiano, aún hoy, en las tierras de La Mancha recorridas por el hidalgo Don Quijote, como relata el manuscrito imaginariamente hallado en Alcaná de Toledo donde empieza nuestro viaje para celebrar el Día Internacional del Arte Islámico.

                  Panorámica de Toledo y del barrio árabe junto al río Tajo. Foto: Manuel Ruiz Toribio

La topografía imposible de Toledo, elevada sobre un risco de piedra bajo el que discurre ajeno al tiempo el río Tajo, sin duda determinó un pasado tan laberíntico como su paisaje, plagado de paradojas, integrador y resistente al cambio. Como antigua capital del reino visigodo y su enclave fronterizo frente a los Reinos del Norte, la inicial rebeldía de la ciudad contra los emires Omeyas tuvo por respuesta la evitación de éstos que ya, desde el primer momento, señalaron hacia el Sur para establecer su sede, finalmente instalada en Córdoba desde dónde el filósofo y escritor Ibn Hazm (994 – 1.064 d.C.) escribiría unos versos que bien sirven para describir esa esencia, aparentemente austera, de Toledo: “Yo soy empero tierra durísima, pedernal puro, / del todo remisa a los esquejes, insumisa, / si bien aquella planta que en mí arraiga / ya no tenga –en primavera- cuidado de las lluvias”.

Conocida por los árabes como Tulaytula, quedó sometida al emir Abd al-Rahmãn III en el año 932 (320 hiyra), quien ordenó destruir las murallas y edificar una fortificación intramuros con la remodelación del alcázar y del puente sobre el río Tajo, en cuyas orillas se estableció una significativa comunidad mozárabe marcadamente arabizada hasta la conquista cristiana por Alfonso VI en 1085, pero la cultura árabe continuaría muy presente, especialmente, en la arquitectura. Desde entonces, aunque Toledo ha vivido muchos cambios nunca ha mudado la piel mudéjar de sus intrincadas calles por las que la imaginación de artistas como El Greco, Rilke, Neruda o Paco de Lucía ha paseado al borde del horizonte e intuyendo, quizá, que la atemporalidad y la paz son el corazón del laberinto.

                                            Iglesia de El Salvador (Toledo). Foto: Manuel Ruiz Toribio

El popular renombre con el que se conoce a Toledo como “La ciudad de las Tres Culturas” es una simplificación excesiva de la compleja expresión de su vocación integradora. La interculturalidad aquí, por obvias limitaciones geográficas, se erige en vertical y, sobre todo, porque en el relevo generacional de las distintas culturas fueran éstas capaces de aprovechar en afortunadas ocasiones la herencia de las diferencias recibida.

En el casco antiguo toledano se esconden bellísimos ejemplos, como la Iglesia de El Salvador reconstruida sobre muros tardorromanos y visigodos que, desde el siglo IX, fue una de las numerosas mezquitas que albergó la ciudad: la más antigua de todas y la segunda en relevancia. Conserva aún una torre de campanas ornamentada con cenefas visigodas sobre el primitivo alminar y en el interior resiste una pilastra, también visigoda, junto a los restos de un patio de arcos de herradura con piedra caliza, propios del arte califal, que apoyan sobre capiteles romanos. En el siglo XI fue ampliada con otra nave, probablemente al convertirse en aljama, en la que el muro de quibla orientado al sureste quedó desviado hacia el centro, en el espacio que ocupa el actual presbiterio.

Los cronistas locales relataron que el rey Alfonso VII ordenó en 1145 la conversión de la mezquita en iglesia cuando, durante una fuerte tormenta, se cobijó en su interior la reina Berenguela de Barcelona. En esta época, aunque la ciudad ya no estaba bajo la dominación árabe, fueron los alarifes musulmanes quienes siguieron construyendo las iglesias y sinagogas prolongando la magia de sus creaciones en la arquería de herradura entrelazada y los arcos apuntados poli-lobulados.

                                      Puerta de Toledo (Ciudad Real). Foto: Manuel Ruiz Toribio

Algo más de 100 kilómetros separan Toledo de Ciudad Real, capital ésta de la provincia del mismo nombre y que, junto con Toledo, es una de las cinco provincias que forman la región de Castilla-La Mancha.

En el límite de la carretera que une ambas ciudades, se encuentra la Puerta de Toledo, la única que se ha conservado de las siete puertas que tenía la muralla original.

Este vestigio de arquitectura militar de los siglos XIII y XIV es otra prueba de la integración cultural gótico-mudéjar. Construida en mampostería de piedra caliza, la obra consta de dos recios torreones de planta rectangular unidos por un cuerpo central que integra seis arcos en orden simétrico, alternando dos arcos apuntados de estilo ojival, seguidos de dos arcos de herradura del primer periodo de arquitectura árabe en el centro y, por último, dos arcos góticos en el interior. Esta reunión armónica de estilos, que guarda gran analogía con la Puerta del Sol de Toledo, ha sido siempre interpretada como un símbolo de la convivencia de cristianos y mudéjares que conformaban el tejido social de entonces. La comunidad árabe residía en el barrio de Santa María del que, actualmente, pervive la calle de La Morería como es habitual en los callejeros de otras ciudades españolas.

En 1915, la Puerta de Toledo fue declarada Bien de Interés Cultural y en 2012 se iniciaron las obras de restauración para tratar la degradación de la piedra y recuperar el entorno del monumento integrándolo en un gran paseo peatonal que sirve de espacio expositivo y marco escénico para eventos culturales, ahora como puerta siempre abierta.

                                        Minas de Almadén (Ciudad Real). Foto: Manuel Ruiz Toribio

Al suroeste de la provincia de Ciudad Real, en el cruce de caminos entre Badajoz y Córdoba, se encuentra en la pequeña ciudad de Almadén el parque minero de cinabrio principal productor de mercurio del mundo. El inicio de la explotación fue muy anterior a la llegada de los árabes, pero es bajo su dominio cuando despega como motor de la economía al incorporar, gracias a la sabiduría de alquimistas y eruditos como Yabir ibn Hayyan, los métodos y la tecnología necesarios mediante los hornos de xabecas que permitían calentar el cinabrio para extraer el mercurio y las calderas de destilación para obtener azogue. La estructura de la ciudad tiene un marcado carácter islámico, rodeada de edificios defensivos, conocidos como hisn al-ma’din, y el propio nombre de la localidad deriva directamente de المعدن (al-maʿdin), que significa «la mina».

Durante el periodo de al-Ándalus, que se extendió hasta la conquista de Alfonso VII en 1151, los materiales extraídos llegaron a exportarse a toda la cuenca mediterránea. Hasta su cierre definitivo en 2003, se estima que la mina ha producido a lo largo de la historia un tercio del total de mercurio en todo el mundo y, desde 2012, forma parte del Patrimonio Histórico de la UNESCO.

En el Archivo Histórico de Minas de Almadén, el periodo islámico y su relevante impacto, están bien documentados. Entre las principales descripciones destacan las del ilustre cartógrafo ceutí al-Idrisī y del historiador Ibn Ḥayyān que en sus crónicas de ‘Abd al-Raḥmān IIIʼ relata que el califa mandó instalar en el salón principal del Palacio de ‘Madīnat al-Zahrāʼ una pila de mercurio, probablemente procedente de Almadén, para proyectar la luz del sol.

El cinabrio de Almadén sirvió, además, para fabricar bermellón, un pigmento de color rojo que simbolizaba el poder y el lujo por lo que fue ampliamente utilizado para teñir ropa, elaborar cosméticos y pintura empleada para la artesanía y la decoración de edificios.

Resto de azulejo árabe en relieve o cuerda seca de Calatrava La Nueva (Ciudad Real)

fragmento ceramico, calatrava la nueva Foto: Manuel Ruiz Toribio

Según un proverbio árabe de la época de al-Ándalus “el pobre vive en una casa sin azulejos”. La decoración cerámica, surgida a orillas del Tigris y del Éufrates, fue traída por los árabes a la Península Ibérica en el siglo XIII y se convertiría en un elemento central de la estética andalusí, periodo en el que alcanzaría el grado máximo de perfección y belleza.

La palabra azulejo procede del árabe al-zulaij, que se traduce, según las fuentes, como “piedra pulida”, “mosaico de cerámica” o “loseta ornamental” aunque, lo cierto, es que en sus orígenes orientales la cerámica vidriada se empleaba como material de construcción para mejorar la resistencia de los muros frente al agua antes que con fines decorativos. Sin embargo, al descubrirse la potencialidad del vidriado para moldear la superficie y añadir color, así como el menor coste comparado con el mármol, se integró completamente en la edificación de mezquitas y palacios hasta llegar a ser inescindible de la arquitectura islámica.

Los andalusíes implantaron las mismas técnicas artesanales mesopotámicas, pero elevaron considerablemente la estética en cuanto a diseño y color. Así, los tradicionales entrelazados geométricos, caligrafías y motivos vegetales evolucionaron a diseños más complejos y con elaboraciones de colores especiales y terminados metalizados al introducir materiales como el estaño y el plomo. El azulejo nazarí sigue siendo considerado el más refinado y su empleo en la Alhambra la obra paradigmática. Desde Granada y Sevilla, el azulejo viajó hasta Portugal en el siglo XV y su empleo para adornar construcciones emblemáticas, como la Catedral de Coimbra y el Palacio Real de Sintra, lo convertirían en una seña de la identidad lusa, país que junto a España, son los dos mayores exportadores de azulejos artesanales en la actualidad.

El arte islámico se vive con los cinco sentidos, ya sea en los aromáticos cítricos de los patios y la milenaria elaboración de esencias, o en su riqueza gastronómica. El sabor al-Ándalus, que tan buen maridaje hace con la cocina mediterránea, formó parte de ésta con tanta naturalidad que algunas recetas árabes heredadas en ese periodo histórico se tienen por propias desde hace siglos. Es el caso, por ejemplo, de la gallina ibrahimiya con almendra picada que aparece en el recetario almohade del siglo XIII “La cocina hispano-magrebí”, traducido por Ambrosio Huici Miranda, y que es la misma receta española del pollo en pepitoria.

Saborear exquisitos dulces y otros sabores característicos del arte culinario árabe es un deleite accesible hoy gracias a los negocios de restauración o tiendas de alimentación halal regentados por la comunidad árabe residente en España, cercana a dos millones según las cifras del Observatorio Andalusí y la Unión de Comunidades Islámicas, la mayoría de procedencia marroquí que alcanza las 800.000 personas conforme a los datos del Censo de población.

Y si la tradicional ceremonia Taḥnīk acerca a la boca del recién nacido la miel y los dátiles, así también el arte, en todas sus expresiones, nos transmite la más dulce de las enseñanzas humanistas: re-conocernos en los otros y en sus diferencias.

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