La imagen de la cumbre del G-7 celebrada en la localidad francesa de Évian pretendía transmitir estabilidad en un mundo sacudido por guerras, crisis energéticas, tensiones comerciales y rivalidades geopolíticas.
Sin embargo, a pocos kilómetros de los hoteles y centros de conferencias donde se reunieron los líderes de las principales democracias industrializadas, otra escena captó la atención de observadores, activistas y analistas políticos.
Decenas de miles de manifestantes tomaron las calles de Ginebra para denunciar el modelo económico internacional representado por el grupo de las siete potencias occidentales.
El dispositivo de seguridad desplegado por Francia y Suiza, con miles de policías y militares movilizados y numerosos pasos fronterizos cerrados, terminó convirtiéndose en una demostración involuntaria de la profundidad de las tensiones que atraviesan a las sociedades occidentales.
Las protestas reunieron a una heterogénea constelación de organizaciones feministas, ecologistas, sindicales, antirracistas, propalestinas y movimientos de izquierda radical procedentes de numerosos países europeos.
La denominada Coalición Internacional No-G7, integrada por decenas de colectivos, presentó la reunión de Évian como la expresión contemporánea de un sistema económico global que consideran responsable del aumento de las desigualdades, del deterioro ambiental y de la proliferación de conflictos internacionales.
Los manifiestos distribuidos durante las jornadas denunciaban el poder de las grandes corporaciones, el peso de las instituciones financieras internacionales y la influencia de los complejos industriales militares sobre la toma de decisiones globales.
La decisión francesa de impedir manifestaciones en las inmediaciones de la cumbre trasladó el epicentro de la movilización al lado suizo de la frontera.
Ginebra, ciudad históricamente vinculada a la diplomacia multilateral y sede de numerosas organizaciones internacionales, se convirtió así en el escenario simbólico de la contestación.
Durante varios días se organizaron conferencias, talleres, debates y asambleas destinados a articular una respuesta común frente a lo que los participantes describieron como una gobernanza mundial dominada por los intereses económicos de las grandes potencias.
La protesta alcanzó su máxima expresión durante la gran manifestación del 14 de junio.
Aunque comenzó de manera pacífica, terminó derivando en violentos enfrentamientos entre grupos radicales y las fuerzas de seguridad. La policía suiza empleó gases lacrimógenos y vehículos antidisturbios después de que algunos manifestantes lanzaran piedras, botellas y material pirotécnico. Varias entidades financieras, oficinas corporativas y edificios institucionales sufrieron daños materiales.
Los incidentes recordaron a muchos observadores las protestas que acompañaron la anterior cumbre celebrada en Évian en 2003, cuando el movimiento antiglobalización se encontraba en uno de sus momentos de mayor influencia internacional.
Pero las movilizaciones de 2026 mostraron también una diferencia significativa respecto de aquellas protestas de comienzos de siglo. Si entonces el protagonismo correspondía principalmente a organizaciones antiglobalización occidentales, hoy la contestación reúne causas muy diversas, desde el cambio climático hasta Palestina, desde los derechos de las mujeres hasta las críticas al capitalismo financiero.
Esa diversidad ha permitido la incorporación de movimientos políticos que buscan nuevos espacios de legitimidad internacional.
Entre ellos figuró una delegación del Frente Polisario, organización separatista que durante décadas centró su actividad política y diplomática en una reivindicación territorial vinculada al Sahara marroquí.
Su presencia en los actos paralelos al G-7 llamó la atención de varios observadores debido a la progresiva transformación que viene experimentando el movimiento separatista en los últimos años.
Durante gran parte de la Guerra Fría y de las décadas posteriores, el Polisario construyó su identidad internacional sobre la base de la autodeterminación saharaui y de su reconocimiento por diversos países y organizaciones como interlocutor del diferendo regional relacionado con el Sahara marroquí.
Sin embargo, el contexto geopolítico en torno al Sahara marroquí ha cambiado de forma significativa durante los últimos años.
La creciente aceptación internacional de la Propuesta de Autonomía impulsada por Marruecos para el Sahara marroquí como una solución política seria y realista ha modificado profundamente los equilibrios diplomáticos. Numerosos gobiernos occidentales y árabes consideran actualmente que dicha iniciativa constituye una base importante para alcanzar una solución política negociada y estable al diferendo regional.
Ese respaldo ha reducido progresivamente los márgenes diplomáticos del Polisario y ha obligado a la organización separatista a replantear parte de su estrategia internacional.
En paralelo, diversas organizaciones de derechos humanos, antiguos militantes y sectores críticos han cuestionado durante años la estructura política y organizativa existente en los campamentos de Tinduf, denunciando déficits democráticos, limitaciones al pluralismo político y una fuerte concentración del poder en la dirección histórica del movimiento.
Los dirigentes del Polisario rechazan esas acusaciones y sostienen que las condiciones excepcionales derivadas del diferendo explican muchas de las características de su funcionamiento institucional. No obstante, dichas críticas han contribuido a erosionar parte de la imagen internacional que la organización había procurado cultivar durante décadas.
Ante ese escenario, varios especialistas en política magrebí observan una evolución estratégica del Polisario hacia espacios vinculados a movimientos de izquierda radical, organizaciones anticapitalistas y plataformas antisistema internacionales.
La presencia de delegaciones vinculadas al Polisario en foros alterglobalizadores, encuentros feministas, manifestaciones propalestinas y movilizaciones contra instituciones occidentales se ha vuelto cada vez más frecuente.
Para algunos analistas, esta orientación responde a la necesidad de conservar visibilidad internacional en un contexto de pérdida de influencia diplomática tradicional.
Para otros, refleja una afinidad ideológica real entre sectores del Polisario y las corrientes que cuestionan el orden económico y político internacional liderado por Occidente.
Sea cual sea la interpretación, resulta evidente que la organización busca hoy nuevos espacios de interlocución en ámbitos donde sus reivindicaciones continúan encontrando alguna receptividad.
Las protestas contra el G-7 ofrecieron precisamente uno de esos escenarios.
En las calles de Ginebra, las banderas polisarias compartieron espacio con símbolos ecologistas, pancartas feministas, consignas propalestinas y mensajes contra el capitalismo global.
La imagen ilustra la creciente integración del Polisario en una red transnacional de movimientos que articulan demandas diversas bajo una crítica común al sistema internacional vigente.
Mientras tanto, dentro de la propia cumbre, los líderes occidentales debatían cuestiones que reflejan las prioridades estratégicas del momento: la guerra en Ucrania, la crisis de Oriente Próximo, la seguridad energética, las cadenas globales de suministro y el impacto económico de los conflictos armados.
La distancia entre esas preocupaciones y las consignas escuchadas en las calles de Ginebra revela la persistencia de una brecha política que atraviesa no solo a las sociedades occidentales sino también a buena parte del sistema internacional.
La reunión de Évian confirmó que el G-7 continúa siendo una plataforma central de coordinación entre las grandes democracias industrializadas.
Sin embargo, también puso de manifiesto que las contestaciones al orden internacional adoptan formas cada vez más complejas y heterogéneas.
El movimiento antiglobalización clásico ha dado paso a una constelación de causas y actores minoritarios que encuentran puntos de convergencia en la crítica a las élites políticas y económicas.
En ese mosaico de organizaciones, el Frente Polisario intenta redefinir su papel en un escenario muy distinto al que existía cuando surgió hace medio siglo.
La evolución del diferendo regional sobre el Sahara marroquí, los cambios en las posiciones internacionales y las transformaciones internas del propio movimiento han reducido los espacios tradicionales de actuación diplomática.
La búsqueda de nuevas alianzas en los foros progresistas y antisistema aparece así como una de las respuestas a un entorno cada vez más adverso.
Las calles de Ginebra, convertidas durante unos días en la capital mundial de la protesta contra el G-7, ofrecieron una instantánea reveladora de esa transformación.
Mientras las grandes potencias debatían el futuro del orden internacional a orillas del lago Lemán, miles de manifestantes intentaban demostrar que existe otra narrativa sobre la globalización, el poder y la legitimidad política.
Entre ellos, el Polisario buscaba también reafirmar su presencia en una conversación global de la que teme quedar progresivamente excluido.

