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Gustavo Petro, un presidente entre sables Abdel-Wahed OUARZAZI Profesor de economía y analista

Anàlisis

Abdel-Wahed OUARZAZI
Profesor de economía y analista

El 7 de agosto de 1819, Simón Bolívar y su ejército lograron derrotar a la Corona española. Y varios territorios suramericanos lograron su independencia, entre ellos Colombia. Fue también el 7 de agosto de 2022 cuando Gustavo Petro se proclamó primer presidente de izquierdas del país, sacando a relucir la espada del guerrillero.

¿Por qué esta reliquia ocuparía un espacio importante en la toma de posesión de Petro?

“Como presidente le solicito a la Casa Militar traer la espada de Bolívar. Una orden del mandato popular y de este mandatario”. Este fue su primer “ordeno y mando” tras jurar el cargo, dando así protagonismo al Libertador.

Un criollo de origen español y terrateniente ávido de poder. Ganó la guerra a España, con la ayuda de los indígenas, para convertirse en presidente de Venezuela, Colombia, Bolivia y Perú. Pero fracasó en su intento de unificar el continente bajo su imperio. Además, su intención nunca fue emancipar a los indígenas que consideraba como ignorantes desenfrenados, aunque sí generó un amplio sentimiento anti español que perdura. Un juego al que el rey, Felipe VI, no se prestó.

Lo de Simón Bolívar fue un “quítate tú para ponerme yo”. Vamos, un traidor a su patria. Buena parte de los historiadores coinciden en que los indígenas suramericanos habían sido (y siguen siendo) utilizados, en sus justas reivindicaciones, por oportunistas de la izquierda. Una manipulación que podría considerarse la gran fake new de la historia moderna. Conscientes de ello, y desde hace más de dos décadas, los EEUU habían dejado de intervenir en el continente, aunque siga estando bajo si lupa.

Durante la campaña electoral, Petro, candidato de la coalición de izquierdas Pacto Histórico, modificó su discurso radical por otro más moderado, apelando al cambio social. Y con ello consiguió su deseada victoria en el tercer intento.

Pero su radicalismo afloró, con la espada de Bolívar, en la misma ceremonia. Un acto donde el ex guerrillero del M-19 conseguiría promocionar a comandante Supremo de las Fuerzas Armadas del país. Seguidamente cambió la cúpula militar. Algo que se interpretó como una purga por la celeridad. Llegó incluso a tocar un asunto tan banal como simbólico al personificar la página Web de Presidencia, poniéndole su propio nombre a una URL institucional. Esto le valió las críticas de « populista”, “egocentrista” y de “culto a la personalidad”, entre otras.

Por delante tiene la arriesgada tarea del cambio social que propone. Pero antes debe lograr la paz interna. Algo que sólo podrá alcanzar con concesiones a los radicales de las diferentes izquierdas insurgentes. Lo que se antoja difícil ante el núcleo duro de la oposición derechista que incluye, además, tanto a empresarios que le acusan de querer implantar un fallido socialismo como a una prensa que no para de recordarle su pasado.

Los cambios gubernamentales en Latinoamérica suelen acarrear consecuencias. Lo que no cambia, gobierne quien gobierne, son las masacres que dibujan el violento mapa de Colombia. Homicidios, desplazamientos forzados o enfrentamientos entre bandas armadas suponen un calvario para las poblaciones indígenas contrarias al narcotráfico y al cultivo de coca.

Si además, los cambios son populistas, su alcance va más allá del continente, afectando las relaciones internacionales. Así, tras desenterrar el “hacha” de guerra, Petro priorizó la reconciliación con Cuba, Venezuela y con el derrotado grupo terrorista del Frente Polisario que llama a atentar en las Provincias saharauis del Sur de Marruecos.

Una decisión que contradice el sentir mayoritario de la Comunidad Internacional que aboga por una autonomía bajo soberanía marroquí. De hecho, su viraje es absolutamente inconsecuente además de grosero. Máxime cuando Petro es incapaz de nombrar su embajador en Tinduf, pero sí tratar con Marruecos como país observador, junto con España, en la Comunidad Andina (CAN) de la que Colombia forma parte.

El aliñamiento con el Polisario y, por ende, con el bloque pro ruso ha sido contestado contundentemente por Perú. País que, siendo igualmente miembro de la CAN, acaba de retirar el reconocimiento a la autoproclamada república polisaria, rompiendo la inexistente relación con esta entidad fantasmagórica. Al tiempo que valora y respeta la integridad territorial del Reino de Marruecos y su soberanía sobre el Sáhara.

La prioridad de Petro debe centrarse en lograr la paz social interna y en la recuperación de la soberanía de un país, como Colombia, roto en pedazos por los conflictos. Padece, además, una grave crisis de gobernabilidad a causa de los desequilibrios de poder y de la fragmentación de la sociedad colombiana. Donde grupos armados, bien estructurados, controlan de manera efectiva grandes territorios y sus municipios.

Así, disidencias de las FARC, que siguen dando guerra, el Ejército de Liberación Nacional (ELN), las bandas criminales llamadas Bacrim o grupos armados organizados (GAO), algunas con dimensión internacional, amenazan constantemente la paz y la seguridad de Colombia. Tal es el caso del Clan del Golfo o las Águilas Negras, entre otras. Más de diez actores armados se han adueñado de vastas regiones, de rentas y del comercio, ejerciendo un control socio económico, continuado en el tiempo y espacio. Hace sólo unos días el convoy del presidente Petro fue atacado a balazos en Catatumbo.

La toma de posesión de Gustavo Petro fue toda una reivindicación del marxismo religioso de la teología de la liberación. Y la presencia forzada de la espada bolivariana era una clara amenaza al statu quo, pudiendo devolver Colombia al pasado.

Proseguir en esa vía, ya fallida en Latinoamérica, olvidándose de lo que más importa ahora a los colombianos, es seguir la estela venezolana.

Un reemplazo del sistema político en un momento geoeconómico y geopolítico convulso e incierto sería desgarrador que, por otro lado, no tiene nada que ver con Bolívar. Un rico acomodado que pertenecía a la clase dirigente en una época donde la diferencia de clases era abismal.

La promesa del cambio social es un déjà vu en el continente, aunque sí sería un experimento tan novedoso como atrevido en Colombia. Razón por la cual la espada de Bolívar podría convertirse en espada de Dámocles que penderá sobre Petro a lo largo de su mandato.

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