“Nada se edifica sobre la piedra. Todo sobre la arena. Pero nuestro deber es edificar como si fuese piedra.” – Jorge Luis Borges –
Regreso a una pregunta que insiste, como una campana que no termina de apagarse, en la conciencia pública: ¿hay justicia en la Argentina? Las cartas recientes que leí, algunas celebrando un sistema judicial en movimiento, otras denunciando una maquinaria fatigada y parcial, reflejan dos miradas que, aunque sinceras, no alcanzan por sí solas a explicar la complejidad del problema. Entre esos extremos se encuentra un territorio más real y más humano donde vale la pena detenerse, no para dictar sentencia, sino para pensar. Escribo desde muchos años de tránsito por los pasillos judiciales. Fui empleado, secretario de la Corte, fiscal y juez. Conozco la Justicia en sus luces y en sus sombras, en sus aciertos silenciosos y en sus tropiezos dolorosos. Esa experiencia me enseñó que ningún análisis serio puede sostener fanatismos ni absolutos. La Justicia, como toda obra humana, respira matices. La ciudadanía observa. Espera. Evalúa. Cuando un expediente avanza con velocidad sorprendente y otro permanece quieto bajo un polvo que no debería existir, la confianza pública se resiente. No se trata de sospecha infundada, sino de una demanda razonable: la Justicia, para merecer su nombre, debe ser pareja, clara, accesible y, sobre todo, previsible. No puede depender del ánimo del momento ni de la identidad de los involucrados. El principio de igualdad ante la ley es más que una promesa constitucional: es una necesidad moral. He conocido magistrados íntegros, fiscales comprometidos, empleados que sostienen la estructura con la fuerza silenciosa de quienes creen en su trabajo. Pero también he visto demoras que lastiman, explicaciones que no llegan y engranajes que parecen ajenos al tiempo real de las personas. La Justicia argentina existe y muchas veces funciona bien, pero también arrastra deudas que no pueden ignorarse. A veces llega a tiempo; otras, llega cuando el daño ya está consumado. Y la tardanza, incluso vestida de legalidad, puede transformarse en un modo de injusticia. Sin embargo, nada de esto debería llevarnos a la resignación. Las críticas que hoy circulan no destruyen: iluminan. La pluralidad de voces no erosiona la República: la sostiene. Lo peligroso no es el debate, sino el silencio; no es la crítica honesta, sino la indiferencia. Por eso tampoco corresponde caer en el simplismo de afirmar categóricamente que “sí hay justicia” o que “no hay justicia”. La verdad es más compleja y más honesta: hay jueces valientes y jueces temerosos; investigaciones profundas y otras que necesitan mayor impulso; fallos que honran la Constitución y otros que merecen revisión; independencia institucional, sí, pero a veces falta audacia; imparcialidad, sí, pero a veces falta explicación. La Justicia no es una máquina perfecta: es una construcción humana, frágil y noble, que requiere revisión permanente. Escribo estas líneas porque creo, con íntima convicción, que una sociedad sin justicia o sin confianza en ella pierde cohesión, esperanza y futuro. La pregunta “¿hay justicia en la Argentina?” no debe entenderse como un reproche, sino como un faro. Una invitación. Un llamado. Una oportunidad para mejorar lo que aún duele y para sostener lo que aún funciona. Mientras esa pregunta siga viva, mientras siga resonando en la conciencia de nuestro pueblo, mi deber como abogado, como ciudadano, como hombre que dedicó su vida a los estrados es seguir escribiendo. Y seguir creyendo, profundamente, que podemos construir una justicia más clara, más ágil y más cercana. Una justicia que mañana sea mejor que la de hoy.

