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« Historias de los Profetas » (Relatos del Coràn) hoy: 7-ABRAHAM EL PROFETA[1]

De Mohamed Ahmed Jad Al Maula, Mohamed Abu Al Fadel Ibrahim y Ali Mohamed Al Bajaui Al Said Chatta. Traducido por Said Jedidi y editado, por Dar AlKotob Al Ilmiya (Beirut)

Gracias a la ilimitada gracia de Allah, la gente de Babel había vivido en la quietud, en medio de abundantes riquezas y de inagotables recursos. En efecto, rodaban en el abismo del extravío, perdidos como un no vidente que emprende el camino por la noche sin un guía. Habían esculpido exhaustivamente ídolos, poniéndose  posteriormente a venerarlos, instituyéndolos como dioses, adorándolos en vez de Allah quien los Ha Creado y Colmado de gracias aparentes y ocultas.

Nemrod, hijo de Kana’n, hijo de Kouche llevaba las riendas del poder en Babel. Se había autoproclamado señor absoluto. Era un rey inicuo y déspota. Al sentirse colmado con los favores, dotado de un poder absoluto y poseyendo todo refuerzo útil para mantener su imperio: sus ciudadanos estaban descarriados e ignorantes con los corazones sellados se auto-proclamó como dios, pidiendo a la gente adorarlo. ¿Por qué no obligarlos a someterse a su voluntad, a adorarlo y a venerarlo ya que la ignorancia era general y la gente misma se encontraba en un evidente descarriamiento? ¿No habían adorado piedras mudas e ídolos esculpidos sordo-mudos incapaces de serles útiles o inútiles mientras que él poseía la facultad de hablar, sentir e incluso de reflexionar?

De conformidad con su voluntad, podía colmarlos con sus beneficios o privarlos de ellos si lo estimaba conveniente. Era capaz de hacer del pobre, rico y del fuerte, humillado y débil. ¿Acaso no era él, el omnipotente y el fuerte por excelencia? O por lo menos él, Nemrod se lo creía.

En este perverso medio y en una ciudad de este reino llamada Fdam Aram, nació Abraham, hijo de Azar, permaneciendo allí hasta la edad de pubertad. Gracias a Allah, Abraham descubrió la buena dirección, siguiendo la buena vía desde su más tierna infancia. Gracias a su buen sentido y a su despertado espíritu y gracias a una revelación divina, descubrió que Allah Es Único, que Es el Omnipotente y el Omnisciente por excelencia. Realizó que estos ídolos adorados y aquellas estatuas esculpidas eran, en realidad algo inútil. Entonces tomó la resolución de invitar a la gente a adoptar la religión monoteísta, decidiendo  salvar a su pueblo de la práctica politeísta. Se preparó a llevar a cabo este plan a fin de reconducir a su pueblo en la buena vía, tomando todas las disposiciones.

Abraham era un hombre de un espíritu sereno. Era creyente con una confianza y una certeza en el poder absoluto de Su Creador. Estaba profundamente convencido de lo que se le había revelado. Es decir: la resurrección después de la muerte y la existencia del Día del Juicio Final cuando la gente en la otra vida será resucitada y retribuida según sus obras. Pero quiso, por otra parte, reforzar su certeza, su creencia y su confianza en Allah, aspirando a descubrir la señal manifiesta respecto al Juicio Final y la prueba procedente de Allah, que probaría resurrección. De este modo, pidió a su Dios Revelarle cómo Hace para resucitar a la gente después de estar muerta y convertida en cadáver. Allah le Dijo: “¿A caso no crees?”, respondiendo Abraham: “¡Claro que sí! Me Has  Ofrecido revelaciones. Estoy totalmente convencido y tengo una creencia inquebrantable de que Tu Eres la Verdad, pero tengo una viva tentación de ver el signo de la resurrección con mis propios ojos. Aspiro a tocar esta prueba con mis propias manos para tranquilizarme más y para que mi certeza se refuerce. Es solo para la serenidad de mi corazón[2]”.

Ya que Abraham tenía la intención de afianzar su certeza y tener el corazón aliviado, Allah Escuchó su demanda, ordenándole aportar cuatro aves y contemplarlas para constatar la diferencia entre ellas y de meditar en torno a la manera con la que Allah les Había Dado forma. Luego Allah le Encargó de cortarlas en pedacitos finos y dispersarlas de tal manera que cada trocito fuese colocado en una montaña. Luego le Pidió llamarlas, viendo que corrían hacia él sin retraso con la ayuda de Allah. Cuando Abraham ejecutó lo que Allah le Ordenó, observó cómo, como, si de magia se tratara, cada miembro se unía a su conjunto, que los miembros separados volvieron a ocupar sus lugares ya designados. Inmediatamente después, las aves volvieron a ser como eran antes, corriendo la vida en sus venas de nuevo, siendo resucitadas, volviendo hacia Abraham. En aquél instante Abraham vio con sus propios ojos el signo manifiesto del poder prodigio del Señor, realizando que ninguna fuerza puede reducir a Allah a la impotencia.

Allí estaban estas aves que desde hacía poco tiempo estaban muertas rígidas, los cuerpos desgarrados en pequeños trozos finos, luego dispersados ante los ojos de Abraham. Y… ¡De repente! Cuando éste las llama vuelven a cobrar cuerpo, precipitándose hacia él. Allah las había resucitado por Su fuerza.

Cualquiera que viera esta escena nunca podría negar o renegar su autenticidad o dejar que la duda se apoderase de su corazón en lo que concierne al poder absoluto de Allah en Resucitar a los muertos y a Devolverles la vida. ¡Gloria a Él! Que cuando Desea una cosa, nada lo puede descartar.

ABRAHAM OBRA CON BONDAD HACIA SU PADRE, INCITANDOLO A ADORAR ALLAH

Azar adoraba a los ídolos. Los esculpía y los vendía. Por su parte, Abraham valoró este acontecimiento positivamente. Desde el punto de vista moral, se encontraba mas concernido en invitar a su padre al culto de Allah, estimando que debía ser aconsejado con sinceridad y guiado en el buen camino. Para Abraham, este deber era una exigencia que le imponía la piedad filial hacia su padre quien invitaba a la gente a adorar y  glorificar las estatuas. Azar era en esta óptica el propagandista que incitaba a la gente a cometer pecados, sembrando con este acto la corrupción en la tierra. Invitar a su padre al monoteísmo era pues un acto que podría Satisfacer a Allah.

Abraham entendió que obrar de esta manera, podría extraer los gérmenes del mal y arrancar las raíces del extravío. Estaba muy entusiasmado, ejecutando sus votos. Por lo que trazó un minucioso plan para atraer a su padre hacia él. Denigrar a los ídolos o criticar las divinidades podría causar la repugnancia de Azar y de allí, y es lógico, desoír a su hijo, acusándolo de ingrato y de desagradecido. Entonces Abraham preparó su discurso de la manera mas exhaustiva, dirigiéndose amablemente a su padre con una cortesía digna de elogios[3], comenzando por recordarle el lazo familiar entre ambos a fin de ganar su simpatía y seducirlo.

En primer lugar, le preguntó sobre la calidad de lo que adoraba y la razón por la que se consagraba a estos ídolos, habida cuenta de que ni escuchaban su oración ni sus glorificaciones y no comprendían el valor de su abnegación, de su deferencia y de su sumisión a ellos. Asimismo son incapaces de evitar un mal que pudiera amenazar o de ofrecer donaciones y que ni siquiera le son útiles ni nefastos. Abraham tenía miedo de ser rechazado por su padre, el cual, por su parte, podía reaccionar malévolamente, calumniando el criterio de su hijo o cuando mas, despreciarlo. Abraham dijo: “O querido padre, he recibido de la ciencia una parte que tú no has recibido, adquiriendo un conocimiento que tú no has adquirido. No me des la espalda y no desperdicies la ocasión de mi llamamiento aunque fuera tu hijo y que te debo el favor de estar en vida, siendo más joven que tú”. Imploró a su padre a seguir sus pasos, escuchar su llamamiento con un corazón abierto y optar por la buena vía, la de la salvación. Quiso exhortarlo a renunciar a estos ídolos y a abstenerse a adorar estas estatuas mudas, explicándole que, debido a que practicaba el politeísmo, dejándose someter a la voluntad de estos ídolos inertes, es como si adorara de una manera indirecta al diablo, refugiándose en estas piedras mudas. Le recordó que el diablo había desobedecido a Allah, prometiendo seducir a la gente y que fue y será siempre el enemigo que conducirá a la gente al extravío y que solo busca hacer daño.

Trató de introducir el susto en el corazón de su padre, explicándole hasta qué punto la consecuencia de sus malas acciones, será horrible y su destino desgraciado. Sin decirle de manera explícita que se le iba a infligir un cruel castigo y una severa punición porque no era agradecido hacia Él. Lo respetaba y sentía piedad por él.

Cuando Abraham presentó a su padre el mensaje de Allah le prodigó sus consejos, negándose el padre Azar a seguirle, dudando de la calidad del hijo, desaprobando su simpatía y su cariño por él, mostrando una dura expresión en su rostro. Lo calumnió, mostrándose asombrado por su audacia, reprochándole el haberse atrevido a pronunciar aquellas palabras. Dijo: ̋O Abraham ¿subestimas mis divinidades? Te lapidaré si no te abstengas a calumniar a estos ídolos y si no vuelvas a la razón. Empecinado insistes en el extravío. Te acusaré de decir tonterías. ¡Cuidado con irritarme o que me enfade!. Desaparece durante cierto tiempo. Desde ahora en adelante, no tendrás un sitio ni en mi casa ni en mi corazón. No encontrarás en mi corazón ningún sentimiento hacia ti”.

Abraham recibió este anuncio con un corazón abierto. Tenía el alma tranquila. Habló con su padre cortésmente y su respuesta manifestaba su sinceridad y su reconocimiento hacia quien debía el estar allí. « Que la paz sea contigo, imploraré mi Señor para que te Perdone. Es Condescendiente hacia mí. Me separo de ti y de estas divinidades que invocáis en vez de Allah. Mi plegaria será hacia Allah.
Abraham se despidió de su padre con el corazón triste y afligido, sin haber logrado convencerlo porque se negó a escucharlo. Se separó de él y de lo que adoraba para que no fuera considerado como una conspiración, uno de los adherentes ingratos que practicaban el politeísmo.

[1]  La Vaca (Al Baqara: 26)

[2]  El que predica con la gente el culto de Allah debe estar absolutamente convencido de la sinceridad de su llamamiento sino fracasa en pasar el mensaje. Allah Reveló a Abraham algunos signos procedentes de Él para fortalecer todavía mas su fe.

[3] El adorno (az-Zukhruf): 26-28; Las bestias (al’Anâm): 74; El arrepentimiento (Tawba): 144; María (Maryam): 41-48; Los profetas (al’Anbiyâ’): 25.

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