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« Historias de los Profetas » (Relatos del Coràn) hoy: 8- ABRAHAM HACE TRIZAS LOS IDOLOS[1]

De Mohamed Ahmed Jad Al Maula, Mohamed Abu Al Fadel Ibrahim y Ali Mohamed Al Bajaui Al Said Chatta. Traducido por Said Jedidi y editado, por Dar AlKotob Al Ilmiya (Beirut)

Abraham estaba completamente decepcionado por el hecho de que su padre se haya negado a escuchar su llamamiento. Se sentía literalmente abatido. Exhortándolo a adorar a Allah Eterno, aconsejándolo a seguir la verdad absoluta, el padre manifestó un tajante rechazo, abandonando a su hijo y separándose de él. Sin embargo ni la rudeza ni el desafecto manifestados por el padre obligaron al hijo a abstenerse de predicar entre la gente o a cesar de declararse inocente de lo que hacía esta gente asociando a Allah ídolos.

En efecto, Abraham estaba rigurosamente determinado a borrar estas ideas perversas y erróneas aunque se expusiera, como consecuencia de sus actos, a un mal que le amenazara o a una punición severa por parte de su pueblo.

Abraham era muy inteligente, clarividente y razonable. Tenía un espíritu muy despierto. Debido a lo cual, descubrió que la prueba fehaciente y el argumento esgrimido y expresado por palabras no podían dar resultados tangibles no convenientes a pesar de estar más claros que el sol que brilla. Entonces trató de convencer a la gente, no limitándose a pruebas abstractas, sino también concretas. Este objetivo no podía ser accesible sin presentar ante la gente la prueba concreta a través de la cual podría ver la verdad, no solo gracias a su conciencia y su perspicacia, sino asimismo con sus propios ojos y su buen sentido. Tal vez, de esta manera lograsen descubrir el objetivo de su mensaje que les hiciera volver a la razón y arrepentirse ante Allah. Esto le condujo a entablar, con toda franqueza, una discusión con ellos, invitando a una conversación lógica, diciendo: “¿Qué habéis adorado hasta ahora?, respondiendo ellos con detalles en torno a sus ídolos, mostrándose muy orgullosos de adorar estas estatuas inertes y enteramente seguros de someterse con abnegación a ellas. Le dijeron: “Adoramos estos ídolos en el templo donde efectuamos diariamente un reposo espiritual”.

Abraham se fue directamente al grano, planteando esta cuestión ganando la primera ronda. Actuaba como si fuera un médico, diagnosticaba la enfermedad antes de aconsejar el remedio o como si fuese un juez que obliga a un criminal a confesar antes de juzgar e inculpar. Logró de este modo circunscribir el círculo de la disputa y reunir los puntos de controversias en uno solo, pudiendo asi desmentir uno por uno sus argumentos y desbaratar sus alegaciones. Los colocaba frente a frente con la verdad cruda y entonces solo les quedaba seguirlo y obedecer su llamamiento. Se esforzaba en criticar sus erróneas y perversas ideas, mostrándoles las verídicas y las justas. Les dijo:  » Estos ídolos  ¿Os escuchan cuando les habláis o ven por lo menos vuestra abnegación cuando os sometéis a ellos? ¿Os pueden inquietar o ser útiles?

Como la imitación es repugnante y las astucias de Satanás horribles, una de ellas os ha incitado a imitar a vuestros ancestros a seguir sus pasos, siendo ellos como votos, ingratos y politeístas. La verdad es que fue Satanás quien os ha llevado a glorificar estas estatuas y a hacer acto de sumisión ante ellas.  ¿Por qué os cubráis para adorar restos ídolos? ¿Me parecéis tan ignorantes cuando creéis tener razón? Luchaban encarnizadamente contra esta acusación, defendiendo su convicción, disputando con mentiras con los que habían seguido la buena vía. Lo que decían era grave y fútil lo que pronunciaban. “Hemos encontrado a nuestros antepasados sumisos a este culto”, decían, recociendo que estaban sordos, mudos e impotentes y que adoraban estas estatuas por imitación a sus ancestros. Recurrían a todo tipo de pruebas sutiles para justificar su ignorancia. A veces, decían: “Ya que nuestros antepasados obraban de esta forma, nosotros debemos imitarlos y seguir sus pasos”. Otras pretendían que “la antigüedad constituye una prueba cabal de que estos ídolos eran dignos de ser adorados y venerados”. Abraham respondía entonces: “estáis, tanto vosotros como vuestros ancestros, en un extravío manifiesto”. Lo que provocaba su protesta: “¿Desprecias a nuestras divinidades y críticas a nuestros ídolos? ¿Eres serio o bromeas?”. Abraham replicaba: “Soy serio y no bromeo de manera alguna. He venido a transmitiros la verdadera religión. Soy el mensajero que os anuncia la existencia de una verdad absoluta y que os guía en la buena vía. Allah el Único es digno de ser adorado. Fue Él quien Creó los cielos y la tierra, que Ordena a las cosas y que Vela para que todo esté en orden. De hecho, estos ídolos no son capaces ni siquiera de inquietar o de socorrer. Son piedras sordas y mudas. Estatuas erigidas y mantenidas por pilares. Debéis abstenerse a este culto insensato y cesar de prosternarse con sumisión ante estas estatuas, sino blasfemáis. ¡Cuidado con la seducción de Satanás! Reflexionad de manera razonable y clarividente. Allah os guiará con toda seguridad en la buena dirección. Yo he sido el primero en abstenerme a vuestras divinidades. Les abandoné. Si fueran verdaderas deben por lo menos perjudicarme o infligirme un cruel castigo. ¿No veis que estoy sano y en  perfecto estado?

Después les habló del poder prodigio de Allah y de Su extraordinaria creación a fin de que se dieran cuenta de cómo Allah Es Sabio, que ellos se habían equivocado al colocarlo en el mismo rango que sus imposturas.

 ¿Habéis dejado de reflexionar? ¿Qué valor tiene lo que adoráis, vosotros y vuestros más lejanos ancestros en vez del Señor de los mundos? Considero a los que adoráis como enemigos. Es el Señor de los mundos quien me Ha Creado y es Él el que me Guía, me Alimenta y me Da de beber. Es Él el que me Cura cuando estoy enfermo y me Hace morir para Resucitarme. De Él espero el perdón de mis errores en el Día del Juicio”, les dijo.

Al desviarse obstinadamente del camino recto, negándose a volver a la razón y rechazando todos los argumentos, despreciando todas las amenazas y cuando se negaron a escuchar lo que Abraham predicaba, que sus oídos estaban sellados y sus corazones impregnados con  efímeras ilusiones¸ las de la idolatría¸ decidió actuar contra éstos, destruyéndolos. Con ello quería mostrar a su pueblo sus incapacidades y sus inexistentes poderes. ¿Como podían rechazar un mal amenazante si eran realmente incapaces de protegerse? ¿Acaso podían hacer daño si alguien se abstuviera a adorarlos o de aportar algún bien si se les sometiera?

Aquella gente tenía una costumbre muy arraigada: organizaban un peregrinaje anual en el desierto, fuera de la ciudad al que todo el mundo concurría. Esto daba lugar a grandes demostraciones de piedad y de júbilo. Antes de irse, se colocaban manjares ante estas estatuas en señal de ofrendas para acceder al templo. Luego, una vez terminada la fiesta, regresaban al lugar, comiendo los alimentos con un vivo regocijo. Pensaban que las divinidades les darían, de esta forma, su bendición para incrementar su riqueza.

De esta manera, al llegar el día convenido, la gente se disponía a abandonar la ciudad, pidiendo a Abraham de acompañarles. Pero éste se negó a estar con ellos. La verdad es que estas prácticas rituales, que se basaban en fundamentos puramente heréticas le resultaban repugnantes. En el fondo estaba determinado a destruir estos edificios divinizados y hacer trizas estos ídolos. Entonces fingía enfermedad, pretendiendo sufrir. En realidad sufría, viendo lo que hacían. Estaba completamente decepcionado. Le era insoportable ver a su pueblo politeísta. ¿Qué es lo que se podía esperar de un pueblo que había renunciado voluntariamente al llamamiento de Abraham? Pero ¿Cual era la causa de esta testarudez? Una sola suposición se impone: el temor de ver propagarse el mensaje de Abraham entre ellos. Por ello no insistieron ante Abraham para que les acompañara, mostrándose más bien satisfechos de que aquél joven tan valiente declinara su invitación. No obstante, pretendían estar convencidos, tomando la alegación de Abraham muy en serio, dirigiéndose a su fiesta alegres y aliviados.

La ciudad que se vaciaba y el templo se quedan sin sus adivinos ni sus vigilantes. Todo el mundo se fue a festejar aquél día fuera de la ciudad a excepción de Abraham que había decidido intencionadamente abstenerse.

Una vez solo. No había nadie para acecharlo o a vigilarlo, entró en el templo hasta el centro, considerado como santo, encontrando un pasillo muy amplio, lleno de estatuas y de ídolos esparcidos aquí y allá y ante ellos grandes cantidades de alimentos. Se dirigió a ellos irónicamente diciendo: “¿Por qué no coméis? Recibiendo el eco como única respuesta a sus exclamaciones. Luego añadió: “¿Por qué no habláis?, reclamando: “¿Como una piedra puede hablar y estatuas inertes pueden razonar?”.

En aquél instante no sentía más que asco hacia su pueblo y sus ídolos considerados como divinizados. Comenzó por asestarles fuertes golpes como lo había jurado. Luego invadido por una violenta cólera se apoderó de una enorme hacha, lanzándose contra ellos. Continuó destruyéndolos hasta reducirlos a pequeños trozos…todos a excepción del mayor de ellos.

A éste dejó intacto para que cuando viniera su gente a preguntar quién cometió este acto y se atrevió a penetrar en este lugar santo, realizara la incapacidad de sus divinidades y quizás volvería a la razón. Si la menor de las estatuas era incapaz de defenderse y de asegurar la protección de las demás divinidades o por lo menos de justificar lo que había pasado, la gente sensata comprendería el mensaje.

Abraham se fue aliviado, dejando detrás de él los restos de estos ídolos en ruina. Tenía la conciencia tranquila puesto que había borrado las huellas del politeísmo y extraído los gérmenes del mal. Se ocultó para examinar la reacción de sus paisanos y ver la influencia de lo que acababa de hacer sobre ellos, preparándose a responder a sus acusaciones. Ahora estaba dispuesto a proseguir la discusión hasta el final.

Terminada la fiesta, la gente, después del peregrinaje regresó para visitar a sus ídolos encontrando un verdadero desastre. Se quedaron atónitos, con la boca abierta, azotados de estupor ante la dimensión de la catástrofe, preguntándose: “¿Quién ha cometido este sacrilegio contra nuestras divinidades?” ¡Debe ser realmente un criminal!

Algunos de ellos dijeron: “hemos escuchado a un joven llamado Abraham calumniándolos. Debe ser él el odioso quien se ha atrevido a cometer tan criminal acto haciéndonos esto”. Fue asi como descubrieron la identidad de quien se había atrevido a atacar a sus divinidades, tomando la rigurosa decisión de infligirle un cruel castigo como retribución a lo que había cometido. Luego, tras largas concertaciones decidieron presentar a Abraham ante la multitud para que confesara públicamente a fin de inculparlo.

De hecho, Abraham soñaba con tal ocasión: ver a sus conciudadanos reunirse en la misma plaza era, para él, una oportunidad que no se debía desperdiciar. Esperaba pues aprovechar esta ocasión para explicar a propios y extraños sus argumentos y presentar la prueba cabal que desmentiría su convicción.

La gente vino de todas partes. Cada uno de ellos quería vengarse la dignidad de sus divinidades. Nada les podía aliviar salvo ver al culpable humillado, castigado ante todo el mundo para saciar su sed y volver a dar la dignidad a sus ídolos intencionadamente envilecidos y despreciados por aquel joven.

Lo trajeron ante esta multitud indignada antes de declarar la apertura de sus recursos penales. Los asistentes, los dientes apretados de cólera, se limitaban a desplegar enormes esfuerzos para no lincharlo inmediatamente, preguntándole: “¿Fuiste tú, Abraham, quien hizo esto con nuestros ídolos?

Era pues la ocasión que, desde hacia tiempo, esperaba. Abraham comenzó por pulverizar sus argumentos, emprendiendo, a veces, una discusión con ellos con amabilidad y otras abriéndoles nuevos caminos que conducían al mismo resultado, planteando las hipótesis y sacando las consecuencias a fin de mostrarles la falsedad de su convicción. Con ello, buscaba atraer la atención hacia algo esencial: Es sincero y verídico y obra no para ganar un sueldo y una recompensa a cambio, sino para aportarles lo que es inherente de llevarlos hacia el remanso de la paz. “No – afirmó- es el mayor de los ídolos ¿Por qué no le preguntáis si puede contestar?”.

Pero… ¡Qué argumento perentorio! Fue como si les habría sacudido, despertados de una profunda pesadilla en la que se les haya atraído la atención sobre el hecho de que poseían una facultad de espíritu. Dominados por la confusión, comenzaron a acusarse mutuamente y a reprocharse, unos a otros, diciendo: “Si somos nosotros los injustos”. Estaban totalmente asombrados y confusos, no sabiendo ni que qué decir ni que hacer. Se les acabaron los argumentos. Permanecieron silenciosos un instante, haciendo orden en sus ideas y reanudando su concentración y al final, dirigiéndose a Abraham le dijeron: “Tu sabes pertinentemente que estos ídolos no hablan y que no responden jamás a nuestras preguntas. ¿Por qué, entonces, nos pides que le preguntáramos o de tomarlos por testigos?” Esta espontanea respuesta  abrió las vías par en par ante Abraham para lanzar su ataque.

¿No han declarado que son impotentes, débiles, incapaces de defenderse y de conocer lo que se desarrolla en torno a ellos? ¿No han declarado que estas estatuas están privadas de toda facultad de palabra, de audición o de recepción? Si. Lo han reconocido a través de su respuesta. Han reconocido que sus ídolos son incapaces de protegerse contra todo ataque criminal o de defenderse ante la tiranía.

Abraham reprochó a     sus conciudadanos, acusándolos de ser ignorantes al adherirse a falas y perversas ideas sin apoyo, criticando su manera de enorgullecerse obstinadamente mientras que la verdad estaba clara y nítida ante sus ojos como el sol que brilla. Les invitó a reflexionar mil veces antes de pronunciar parecidas futilidades y a meditar y reexaminar la sinceridad de su culto. Les dijo: “Pero… ¡Qué pasa! ¿En vez de Allah, adoráis lo que en nada os pudiera ser ni útil ni perjudicial? ¡Ay de vosotros y de lo que adoráis en vez de Allah! ¿No podéis razonar un poco?”.

Pero desgraciadamente tenían los ojos vendados y no podían ver, los oídos tapados y no podían oír y los corazones sellados y no podían razonar. Estaban vencidos, no sabiendo que responder por temer a que fuesen difamados. En realidad no poseían ningún pretexto o alegación para rechazar los argumentos de Abraham. Para simular su fracaso recurrieron a la única arma que tenían: “Quemadle para vengar a nuestras divinidades si queréis salvaguardar vuestra dignidad”.

Los conciudadanos de Abraham decidieron entonces arrojarlo al fuego por la única razón de haber dicho: “Allah es mi Señor”. Estimaban que había cometido un pecado al despreciar a sus divinidades y al dudar de la sinceridad de su culto. Se sentían ofendidos.

¿Abraham, no se había declarado monoteísta? ¿No había instado a la gente públicamente a seguirle? ¿O acaso no se había declarado salvador encargado de liberar a los servidores de la esclavitud ejercida contra ellos por unos tiranos inicuos? Abraham divulgó las malas intenciones de sus notabilidades y advirtió a los inocentes, aconsejándolos no caerse en la trampa de sus jefes que les incitaban a no dar crédito a su mensaje.

¿No podía estimular este llamamiento a los ofendidos a revelarse contra sus  verdugos que, si Abraham alcanzaba su finalidad, se quedarían privados de sus privilegios y de toda autorización tendente a ejercer el poder de una manera anacrónica y autoritaria?

En su ceguera, la gente se dejó devorar por un solo deseo: Entregar a Abraham a su verdugo. ¿Pero, de qué manera? En efecto, lo iban a echar al fuego como el que ardía en sus corazones. Una sola chispa podía quemar a toda una ciudad. Pero ¿Podía esto calmar su sed de ver a Abraham castigado? Por ello preparaban un fuego pasmoso.

Inmediatamente después se pusieron a recoger la leña con entusiasmo como si quisieran presentar una ofrenda a Allah o a hacer acto de reconocimiento hacia sus divinidades. Por su parte, las mujeres enfermas querían tomar parte por si ello resultara una providencia para que se sintiesen mejor.

De este modo amontonaron una enorme cantidad de leña y de paja en el templo…tanto que todos sus rincones estaban llenos de leña y paja. Después construyeron una inmensa hilera de donde salía un fuego muy vivo, enrojecido bajo el efecto del carbón quemado.

Los puños y los pies atados, Abraham fue arrojado al fuego. Ante él su pueblo escuchaba, con regocijo, los gritos de socorro de Abraham, creyendo que pedía pidiendo.

En efecto, incluso en medio del fuego, Abraham no perdió su confianza en la buena misericordia de Allah[2]. En su corazón no cabía otra cosa que la fe. No sentía la menor sospecha de que por la gracia de Allah saldrá sano y salvo: indemne. Por ello ni el fuego encendido ni las calamidades le habían inquietado o sacudido su fe, avanzando con paso seguro y un corazón tranquilo.

Estaba en medio del fuego, oculto por el humo, cubierto por las llamas y dominado por las inspiraciones y las expiraciones de esta hoguera. De hecho… ¿Cómo era su reacción?

Solo las cadenas fueron quemadas. Abraham se encontraba libre y liberado. Dios lo Había Protegido y Salvaguardado. Las rabiosas llamas perdían su eficacia, su ardor su calor. Allah Ordenó al fuego transformarse en paz, Diciendo: “O fuego, para Abraham un frio saludable”.

Cuando el fuego se apagó, el humo se disipó y la hoguera se calmó, Abraham salió indemne y salvo, permaneciendo la asistencia inmóvil de asombro y asombro. Descontenta y decepcionada, se retiró arrastrando su cólera, atontada y vacilante no lograba comprender lo que acababa de ver con sus propios ojos. Este acontecimiento era pues el signo manifiesto y la prueba elocuente de la sinceridad de Abraham.

¿Cuál fue el resultado de su testarudez?

Discutiendo con él, salían vencidos. Recurriendo a la fuerza tampoco les sirvió de algo. Arrojando a Abraham al fuego, éste perdió su ardor haciéndose saludable. Intentaban usar todas las perfidias para atentar contra Abraham pero Allah  Hizo de ellos grandes perdedores. Por su parte, al ver esta escena, los espontáneos espectadores se quedaron atónitos. Casi acordaban la fe a Abraham, dándole razón y creyendo en su mensaje y designándolo como su jefe. Unánimes decretaban la necesidad de seguirlo. No obstante, había otros que prefirieron seguirá aprovechando del bien pasajero de la vida de aquí. Otros, en cambio, tenían miedo de ser castigados si respondieran al llamamiento de Abraham. Por esta razón los partidarios de Abraham eran una minoría. Pero una cosa era segura: los que habían renunciado a responder al mensaje estaban en su inmensa mayoría aterrorizados. Los notables tenían las manos largas y sus amenazas nunca habían sido ilusorias sino intencionadas y sinceras.

Un día el monarca Nemrod escuchó a la gente hablar de un milagro de Abraham. Un milagro que sorprendió a más de uno. La noticia corría como pólvora hasta llegar a los oídos de Nemrod a través de un sirviente que trabajaba en el palacio[3], enfadándose tanto porque él se tomaba por una de las divinidades despreciadas e insultadas por Abraham. Por ello ordenó a sus emisarios traer por fuerza ante él a Abraham. Una vez ante él, Nemrod fijó su mirada Abraham, gritando: “¿Qué mala falta has cometido?” Veo que Satanás te ha sugerido llevar a cabo una mala acción. ¿Qué es este alboroto que has armado? ¿Quién es este Dios que no cesas de instar a la gente tomar por culto? ¿Conoces, por casualidad, una divinidad digna de este nombre a parte de mí? ¿Existe un Dios superior, más fuerte, más potente que yo? ¿No me ves solucionando los asuntos y dirigir las transacciones? Yo, el único capaz de concluir o de anular. Mis órdenes son la fuerza que se deben cumplir y mis decisiones son indiscutibles. La gente converge su mirada hacia mí y su esperanza en mí. ¿Has encontrado a alguien desobedecerme o a un disidente oponerse a mí? ¿Por qué, contrariamente a tu pueblo, te eriges como disidente y calumnias a nuestras divinidades? ¿Cuál es la identidad de este dios por el que proclamas el proselitismo religioso invitando a la gente a su culto?”.

Abraham respondió con una impecable elocuencia: “Mi Señor Es el que Vivifica y Hace morir. Es Él el que Da la vida y la muerte, que Comienza la creación y la Vuelve a comenzar. Es Él  que da la vida y la Quita”.

Abraham se puso a agobiar a Nemrod de argumentos, no sabiendo este ultimo qué responder ante esta situación. Se quedó mudo, sintiéndose afectado en su dignidad. Para defenderse, comenzó a esgrimir una avalancha de orgullo, perdiéndose en palabrería: “Por mi gracia, soy yo quien doy vida a quien quiera. Puedo comprar a cualquiera y según mi deseo, puede vivir en paz y gozar de la vida. Por mis órdenes condeno a quien me parezca. A los que expreso mi gracia respiran de nuevo la vivacidad de la vida y el aire cuando estaban, no hace mucho, consternados, desesperados. Los condenados lamentan haber sido privados del placer mundano y pierden su esperanza. Solo mediante mi voluntad puedo volver a dársela. Soy yo, una vez más, quien hace morir a quien quiera, condenando a quien quiera que no tarde en pasar de la vida al óbito y posteriormente se apaga. Entonces tu nuevo dios no hizo nada extraordinario”.

Nemrod trató de cambiar de estrategia con Abraham, tendiendo emboscadas como si se tratara de un animal en busca de acabar con su presa, optando por la hipocresía¸ fingiendo indiferencia para con lo que Abraham le había contado respecto a la creación, su comienzo, la vida y la muerte y procediendo a astucias de todo género. ¿Pero, podía resistir más tiempo? ¿Hasta qué limite puede seguir haciendo frente a Abraham y enfrentarse al espléndido ardor de la profecía?

Habiendo logrado acosar a Nemrod, Abraham dijo con confianza: “Allah hace venir el sol de oriente que por Su gracia, corre hacia un descansadero que le es propio. Si eres verídico y capaz o un dios como lo pretendes cambia esta milenaria ley divina y haz venir el sol de occidente”.

Nemrod permaneció mudo, realizando que era ignorante, mentiroso, descarriado y calumnioso. Fue reducido al silencio ante estos argumentos cabales y fehacientes. Para él, se trataba de una derrota…un fracaso mortal. Se encontraba amenazado, hasta el punto de poder perder su trono y sus privilegios. A raíz de lo cual comenzó a tomar a Abraham como un implacable enemigo, como el ser más odioso del mundo. ¿Pero qué podía hacer de Abraham si éste acababa de aportar nuevas ideas reforzadas por un deslumbrante milagro.

Sin género alguno de dudas, comenzaba a tener miedo de Abraham. So trono, su poder y sus privilegios pueden desaparecer. Si se atreviera a manifestar su animosidad y su odio, los sentimientos que se encenderían como un fuego en su corazón, Abraham encontraría la ocasión favorable para ir hasta el final y la multitud comenzaría a creer en el mensaje de este joven, sabio y valiente. Por esta razón, fingía haber perdonado a Abraham su falta y tomar a la ligera sus argumentos. Pero, en el fondo ardía de odio y rencor, esperando con todos los medios la oportunidad para matarlo. De este modo esperaba la primera ocasión para acabar con él, fijando a espías para seguir los movimientos de Abraham a fin de advertir a la gente contra él, prohibiendo frecuentar o escuchar a lo que Abraham predicaba.

Frente a este hostigamiento y las ofensivas llevadas a cabo contra él, Abraham comenzó a sentirse agobiado, realizando que no podía seguir viviendo tranquilamente entre ellos.

Como los demás fieles y justos mensajeros que habían padecido la tortura moral y física, Abraham encontró en la emigración una solución adecuada aunque provisional. No había elegido voluntariamente esta decisión. En realidad fue obligado a optar por esta vía. ¿Qué hacer si el odio y la amenaza le perseguían?

Veía una sola salida de esta situación: Emigrar para proteger su propia fe. ¿No había predicado entre su gente con bondad? ¿No se había expuesto a la muerte para demostrar su sinceridad?

Una verdadera lástima: todos sus esfuerzos fueron en vano.

Si. Esta tierra era realmente árida, desierta que se negaba a producir frutas sanas y limpias y rechazaba a sus hijos. Decidió emigrar hacia un lugar más acogedor, más fecundo y más fértil, lejos de su pueblo, abandonando su patria, sus conciudadanos de los que no había merecido más que el castigo. Solo buscaba complacer a su Dios y seguir siendo fiel a su credo.

¿No habían visto signos provenientes de Allah? ¿No habían elegido el politeísmo a pesar de que la verdad era clara y resplandeciente como un sol que brillaba ante sus ojos?

Abraham se fue no sin añoranza, marcando una pausa en Palestina después de un largo viaje.

[1] Los Profetas  (al ‘Anbiyâ): 52-68; Los Poetas (ash-Shu’arâ’): 69-102; La araña (al-‘Ankabût): 16, 17, 24.

[2]  Los Profetas (al’Anbiyâ’): 68-73; Los rangos de los ángeles  (as-Sâffât): 97-99La araña (al-‘Ankabût): 6,17, 24.

[3]   Es más que probable que Nemrod habría estado al tanto del mensaje de Abraham e incluso fue uno de los que entregaron a Abraham a sus verdugos.

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