INFOMarruecos y Con Acento marroquí Presentan El nuevo libro de JAVIER VALENZUELA LA ÍNSULA BARATARIA ESTAMPAS DE UNA ESPAÑA DESNORTADA (27) ESPAÑA LIBERTARIA

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Javier Valenzuela

Al colocar el retrato de Fermín Salvochea en su despacho de alcalde de Cádiz, José María González Santos,   conocido como Kichi, hizo no sólo un acto de justicia reparadora, sino también algo no demasiado frecuente en los actuales movimientos progresistas españoles: señalar sin complejos sus raíces, proclamar los vínculos con su propia tradición. Salvochea, en efecto, fue uno de los más ilustres luchadores decimonónicos por la libertad en una tierra, Cádiz, pródiga en ellos.


Es triste el desconocimiento que tienen tantos líderes y activistas de la joven izquierda española de los hitos, personajes y movimientos que les precedieron a lo largo del siglo XIX y el primer tramo del XX. La larga noche del franquismo es, en gran medida, responsable; la dictadura desarrolló una política brutal y sistemática para desenraizar  al pueblo de izquierdas de su pasado. La promoción de la amnesia acordada por los tenores de la Transición hizo el resto.


La tradición libertaria española es, sin duda, la principal víctima de esa Solución Final aplicada a un pensamiento.  La
mayoría de nuestros hijos y nietos ignoran por completo que España fue durante décadas una tierra fértil, quizá la más fértil, para las ideas antiautoritarias. Éstas entroncaban con algunos elementos sustanciales de cierto carácter español. Si siempre ha existido una España cobarde, aborregada y conservadora, la de Sancho Panza y el Vivan las caenas, también ha existido otra idealista, individualista  y aventurera, la de El Quijote y el asalto al Cuartel de las Atarazanas.


S
alvochea   (1842-1907)   pertenecía   a   la   segunda.   Buen lector de Thomas Paine y otros librepensadores del XVIII, llegó a la conclusión de que Kropotkin y Bakunin eran en el XIX los continuadores de esa estirpe. Fue alcalde y presidente del cantón de Cádiz durante la Primera República, y uno de los introductores de las ideas federalistas y anarquistas en España. Lo pagó con diversas estancias en presidios del norte de África.


A su entierro en Cádiz acudieron 50.000 personas,  una cifra enorme para el lugar y el momento. Los desheredados  de la zona lo consideraban un santo laico. Había vendido la sabrosa herencia recibida de su familia para repartir sus ingresos entre gente necesitada y, desde entonces, siempre había vivido en la pobreza.


El homenaje rendido a Salvochea por Kichi, el flamante alcalde de Cádiz, ha sido, pues, más que merecido, y honra a su autor. También cabría hacérselo a Francesc Pi y Margall (
18241901),   presidente   de   la   Primera   República   y,   según Ricardo Mella, “el más sabio de los federalistas, casi un anarquista”. Pi y Margall soñaba con una España construida desde abajo hacia arriba, y no al revés; una España  cuyos pueblos asumieran la unidad desde la libertad. Luchó siempre por cosas como la separación de la Iglesia y el Estado, la abolición de la esclavitud o la enseñanza obligatoria y gratuita.


A
nselmo   Lorenzo   (1841-1914)   es   otro   de   los   pioneros injustamente olvidados en la actualidad, excepción hecha de los pequeños círculos ácratas, que lo  consideran cariñosamente su “abuelo”. Lorenzo vio con claridad esos gérmenes de autoritarismo presentes en el pensamiento de Marx que terminarían llevando al bolchevismo y el estalinismo. En 1910 fue uno de los fundadores de la CNT.


Si no hubiera sido por la feroz represión a las que les sometía el régimen de la Restauración, podría decirse que las ideas que otorgan primacía a la libertad encontraron un paraíso en España durante las primeras décadas del siglo XX. Me refiero, claro está, a esas que, en la línea de Rousseau, consideran que la sociedad debe organizarse para permitir al individuo desarrollar al máximo su albedrío. Y que, por supuesto, no hay albedrío posible sin un pan que llevarse a la boca, un techo para protegerse, una escuela donde llevar a los hijos, un hospital donde ser atendido y una pensión en caso
de no poder trabajar por razones ajenas a tu voluntad.


No sólo el anarcosindicalismo de la CNT consiguió la adhesión de cientos de miles de trabajadores de las ciudades y el campo de la piel de toro, también florecieron en ese período multitud de iniciativas inspiradas en las ideas libertarias: ateneos populares, cooperativas de trabajadores, escuelas infantiles, sociedades de socorro mutuo, restaurantes vegetarianos, diarios y semanarios, editoriales como  La  Revista  Blanca  y  La  Novela  Ideal  de  la    familia
Urales… Los conceptos de asamblea, autogestión, democracia directa, control de los dirigentes  desde  la  base,  tolerancia cero con la corrupción y otros de este tenor, felizmente rescatados  en  la  España  contemporánea  por  el  15-M,  eran comunes en el lenguaje de las clases populares españolas.


Y sin embargo, el anarquismo de entonces, el anarquismo en general, está hoy asociado en la mente de la inmensa mayoría de los españoles con el terrorismo. Hubo, ciertamente, atentados atroces cometidos por anarquistas desesperados, pero también hubo, y hay, una sistemática campaña del poder para identificar el todo con una parte, para satanizar unas ideas a partir de los desvaríos de unos cuantos.


F
rancesc Ferrer i Guardia (1859-1909) fue una víctima mortal de esa campaña. Lo fusilaron en el castillo de Montjuic como responsable intelectual de la insurrección popular barcelonesa llamada Semana Trágica. No tuvo nada que ver con el asunto; su juicio en consejo de guerra fue una farsa denunciada en su momento hasta por personalidades burguesas de Londres y París. Seguidor del humanismo de Rousseau, pedagogo libertario, fundador de la Escuela Moderna, el primer centro laico y mixto de Barcelona, Ferrer i Guardia era, por el contrario, un abierto opositor al uso de la violencia y proponía la huelga general pacífica como instrumento de lucha.           


“El  Gobierno español”, escribió escandalizado The Times, “ha confundido la libertad de conciencia e instrucción, el derecho innato a razonar y expresar el pensamiento propio, con una agitación criminal”. “Empieza por contar las piedras, luego contarás las estrellas”, dicen unos versos de León Felipe, el poeta  que cantaba a la libertad. León Felipe fue uno de los intelectuales abiertamente libertarios de la España anterior al franquismo, pero hubo muchos otros –Pío Baroja, Azorín, Valle Inclán, Blasco Ibáñez…- que expresaron en uno u otro momento, de una u otra forma, simpatías por las ideas que fermentaban en amplios sectores del pueblo español. Periodistas como Eduardo de Guzmán y Ramón J. Sender –autor asimismo de una gran obra novelesca- publicaban con regularidad en los diarios y revistas anarquistas.


Llegó el 18 de Julio, la decisiva participación de los ácratas en el fracaso en muchos lugares del golpe de Estado, las experiencias de Ni Dios ni Amo en Cataluña, Aragón y otros lugares, la toma del poder por los comunistas en lo que quedaba de República, la derrota y el exilio finales de todos aquellos que no se sometían al Caudillo de España  por  la Gracia de Dios. Un telón de acero de olvido se abatiría en las décadas siguientes sobre el componente libertario de España. Socialistas y comunistas –mucho más activos los  segundos que los primeros- lograrían llegar al final del túnel gracias a sus apoyos internacionales. Los ácratas no los tenían, fueron desvaneciéndose.


Curiosamente, hubo un breve reverdecer de la España libertaria en los primeros años de la Transición. Los mítines  de la CNT, con la octogenaria Federica Montseny como estrella, abarrotaron plazas de toros en grandes ciudades; las Jornadas Libertarias Internacionales llevaron al barcelonés Parque Güell a medio millón de personas en el verano de 1977; una multitud compuesta tanto por anarcosindicalistas que peinaban camas como por jóvenes que reclamaban, y practicaban, el amor libre, la despenalización de las   drogas
blandas, la igualdad de los géneros y la fiesta popular.


La
revista Ajoblanco aunó durante unos años las dos corrientes: la que heredaba la tradición ibérica con la que incorporaba el espíritu de Mayo del 68 y la contracultura norteamericana. Su propuesta politeísta iba mucho más allá que el establecimiento de una raquítica democracia formal, incorporaba temas tabú en la España de entonces como los derechos de los gais, la ecología, las radios libres y las comunas. Soñaba con una Transición mucho más amplia y profunda.


En aquellos tiempos se leía El corto verano de la anarquía, la biografía de Durruti escrita por el alemán Hans Magnus Enzensberger y publicada en 1975. Contaba a las nuevas generaciones la extraordinaria peripecia de aquel líder obrero y recreaba el período, el primer tramo de la Guerra Civil, en que sus sueños se materializaron en la revolución social que vivió buena parte del noreste peninsular. Enzensberger decía que aquella etapa del anarquismo español había sido “una de las aventuras más fascinantes del siglo XX”, y lamentaba que “la pureza de aquella gente” ya no existiera.


La resurrección no sobreviviría a los años 1970. Suárez, Fraga, González y Carrillo pactaron la transición a una democracia ni carne ni pescado en la que no tenía cabida la España libertaria. Acosada por tirios y troyanos, ésta quedaría relegada, como mucho, a lo cultural y lo festivo, y algunos de sus ecos resonarían en la Movida. Sucesos mortales como el caso Scala –probablemente una provocación policial-, la irrupción de la heroína en los barrios populares, las crónicas querellas de familia de las capillas ácratas y lo que dio en llamarse “el desencanto”, sirvieron de puntillas.

 

Aquel último –o penúltimo- reverdecer libertario  contó con nombres ilustres. El actor Fernando Fernán Gómez fue uno de ellos; el poeta, gramático y filósofo zamorano Agustín García   Calvo   (1926-2012),   otro.   García   Calvo,   autor   de   la extraordinaria letra del Himno de la Comunidad de Madrid  por el precio simbólico de una peseta, escribió contra el trampantojo de la democracia burguesa. La consideraba un instrumento del poder del dinero, el supremo monoteísmo de nuestro tiempo.


Fernando Savater comenzó como discípulo de García Calvo, pero fue envejeciendo intelectualmente de modo penoso. El escritor que había enarbolado la negra bandera de los piratas y había aplaudido las gamberradas de Guillermo Brown, terminaría defendiendo monotemáticamente la sagrada unidad de España, la fortaleza del Estado central y el liderazgo de Rosa Díez. Como a otros, la barbarie terrorista de ETA iría escorándole cada vez más hacia la derecha.


En 1996 se estrenó la película Libertarias, dirigida por Vicente Aranda e interpretada por Ana Belén, Victoria Abril, Ariadna Gil y Loles León. No es una gran película, pero cuenta una gran historia, la de Mujeres Libres, la organización feminista libertaria que, entre 1936 y 1939, se enfrentó tanto a la insurrección militar como al machismo que impregnaba a las izquierdas españolas. Silenciada primero por el franquismo y luego por el canon fijado en la Transición, la experiencia de Mujeres Libres es menos conocida por muchas de las actuales feministas españolas que, por ejemplo, la de las sufragistas anglosajonas.


En mayo de 2011, un año y medio antes de morir, García Calvo tuvo noticia de que en la Puerta del Sol se habían
concentrado miles de jóvenes de edad o de espíritu para denunciar las clamorosas carencias de la democracia y el sistema socioeconómico que padecían. García Calvo se plantó allí  y  se  dirigió  a  los  concentrados  del  15-M.  Saludó  aquella explosión de descontento popular surgida de abajo y le instó a no jugar con las cartas y las reglas del régimen. Unos le aplaudieron, otros no le entendieron. La inmensa mayoría, declararía luego el propio García Calvo en una entrevista con un diario zamorano, no tenía la menor idea de quién era aquel señor tan mayor y con las patillas tan tupidas y tan nevadas. Y sin embargo, añadió: “Yo estoy en el 15-M”.


La libertad individual en el seno de una comunidad solidaria es, junto al amor, la más humana de todas las aspiraciones. Nadie puede  enterrarla  definitivamente, termina reapareciendo como el Guadiana.  Ahora  también está expresada en el retrato de Salvochea que cuelga en el despacho del nuevo alcalde de Cádiz.

 

(tintaLibre, verano de 2015)