Tú, por ejemplo

LA ÍNSULA BARATARIA ESTAMPAS DE UNA ESPAÑA DESNORTADA Capítulo 31

PABLO IGLESIAS Y LA JORNADA DE REFLEXIÓN

 

No  conozco  a  Pablo  Iglesias.  Jamás  he  cruzado  una  palabra con él. Ni en persona, ni por teléfono, ni tan siquiera a través de SMS, WhatsApp o correo electrónico. Tampoco tenemos amigos en común.

Digo esto en aras de la transparencia. Para que quede claro que el aprecio que le tengo es estrictamente intelectual. En estos momentos, Pablo Iglesias me parece el político español más claro y coherente y, algo que aprecio mucho, más educado. Este hombre deja hablar a los otros y, sólo tras escucharles, les responde; una rareza en la jaula de grillos carpetovetónica.


      Entro en materia: Pablo Iglesias me decepcionó la pasada semana cuando dijo que la Jornada de Reflexión es “algo muy

importante”.  La  cosa  venía  a  cuento  de  que  el  15-M  había declarado que pretendía manifestarse en la Puerta del Sol el próximo 23 de mayo, víspera de los comicios municipales y autonómicos.


La Jornada de Reflexión, estimado Pablo, es una gilipollez, una de las muchas que arrastramos desde los tiempos de la Transición. ¿Se supone que la familia española se reúne ese
día, en medio de un atronador silencio político y mediático, para leer junta los programas electorales, debatir sobre ellos y tomar una decisión? Así, el domingo, tras ir a misa, los Alcántara de “Cuéntame” votarán con serenidad y pleno conocimiento de causa.


¡Paternalismo! En Estados Unidos no hay n
ada semejante. Allí hasta puede hacerse campaña en las cercanías de los colegios electorales en el mismísimo Election Day, como reconoció la sentencia del Tribunal Supremo en el caso Burson v. Freeman, de 1992. Y por supuesto, a nadie se le ocurre prohibir manifestaciones ese día o, ya no digamos, el anterior.


Resulta significativo que en España haya q
ue recordar que la libertad de expresión, en la que está incluida la de manifestación, es el principal pilar de una democracia; esto  es algo que tienen claro en Estados Unidos, donde, sin duda, padecen otros defectos. La libertad de expresión está por encima de cualquier reglamentismo electoral, faltaría más. Nada ni nadie debería impedir a un grupo de ciudadanos expresarse en la calle, siempre y cuando lo hagan pacíficamente. Miles lo hicieron el 13 de marzo de 2004 frente a la sede del PP en la calle Génova. Y hasta el Tribunal Constitucional  español,  que  en  absoluto  es  un      órgano libertario, tuvo que reconocer que estaban en su derecho.


En Estados Unidos la gente se manifiesta f
rente a la Casa Blanca, quema banderas con las barras y estrellas -o las usa para decorar condones-, insulta al Jefe de Estado, publica panfletos tremebundos… y no pasa nada. Las campañas de la derecha norteamericana para ilegalizar esos y otros comportamientos   se   han   estrellado   con   sentencias del Supremo   de   Washington   (Texas   v.   Johnson   y    otras) reiterando que la Primera Enmienda de la Constitución (Free Speech) es más sagrada que, por ejemplo, un trapo. Por muchos sentimientos patrióticos que ese trapo despierte entre mucha gente.


Sería triste que, en busca de un fantasmal centro político,  a fuer de escuchar los machacones cantos de sirena de los voceros del sistema, Pablo Iglesias y los suyos se rindieran y aceptaran el marco de la Transición. Su vigor inicial, lo que   les hacía atractivos para millones, era precisamente su descaro y osadía, la franqueza con que decían que aquello pudo estar bien en su momento, pero era preciso reformarlo de los pies a la cabeza. Tal había sido el mensaje, la auténtica
revolución mental, del 15M.


Si empiezas aceptando el marco lingüístico del sistema, estás derrotado de antemano. Terminas tragando con todo, incluida la razón de Estado y el supremo interés de las grandes empresas y entidades financieras. Es lo que  demostró George Lakoff.


La democracia nacida de la Transición española fue fruto  de la correlación de fuerzas del momento. Es absurdo pretender retrospectivamente que, con el franquismo vivito y coleando, podía sacarse mucho más. Los poderes fácticos –el Ejército, el capital, la Iglesia, la Administración del Estado y    el indudable apoyo de buena parte de la población a la derecha y el centroderecha– dejaron muy claro que era aquello o nada.


No hubo ruptura, ni, mucho menos, revolución como en Francia o Estados Unidos. La democracia española nació así teñida de autoritarismo. La ley y el orden, la gobernabilidad,

la sagrada unidad de la patria, los privilegios de la Iglesia, el perdón y hasta el olvido de los crímenes franquistas, el canon educativo nacional-católico, la monarquía, la bandera rojigualda y la Marcha Real, el sistema electoral bipartidista, todas éstas cosas, se incluyeron en el código genético del nuevo régimen. También la Jornada de Reflexión para la familia Alcántara. Era aquello o nada, insisto; así que, bueno, la mayoría de los antifranquistas lo aceptó.

El espíritu libertario, el que otorga primacía a la libertad frente a la autoridad, quedó relegado a lo festivo y lo cultural, y de ahí nació la Movida. Pero nada de bromas en las cosas del comer: el policía siempre tiene razón frente al manifestante, el interés del banco siempre prima frente al del desahuciado, el corrupto de cuello blanco siempre tiene más derechos que el robagallinas. Si no piensas de esta guisa, eres  un antisistema y, quién sabe, quizá un etarra.

El  15-M,  del  que  se  acaban  de  cumplir  los  cuatro  años, propuso abandonar esa baraja y comenzar una partida pacífica y democrática con cartas nuevas. Introdujo la idea de que un cambio era posible y necesario, y sólo por eso dejó huella. Juan Carlos tuvo que abdicar, Rubalcaba tuvo que irse, nació Podemos, el IBEX replicó apadrinando a Ciudadanos…


Escribí  aquí  mismo  hace  dos  semanas  que  la  parte más inteligente  del  régimen  entendió  que  debía  mover algunas fichas… y lo hizo. Puede terminar consiguiendo que todo siga igual con dos o tres cambios cosméticos; puede que no haya proceso constituyente o reconstituyente, ni tan siquiera una reforma seria de la Constitución de 1789.


Se le facilitan, desde luego, las cosas si se acepta jugar con sus naipes y reglas de juego.

 

 

(infoLibre, 20 de mayo de 2015)


 

 


 

 

 

 

 

 

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