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Jornaleros Ahmed Elamraoui

Reflexión

 

Antes de que nazca el día, se despiertan y salen en seguida. Salen de las mantas podridas y malolientes, sin embargo son personas dignas y honradas.

A la aurora, recogen, de prisa, sus herramientas sagradas: la pala y el pico, y se dirigen hacia el centro. Sí, porque ellos viven en el margen de todo y de todos, pasan inadvertidos. Sus vidas también carecen de sabor y de valor.

A la aurora, se filtran como hormigas trabajadoras para agruparse o estar  solos frente a la vida, esperando una oportunidad para sentirse vivos: trabajar. Viven para trabajar nada más,  que sí señor, ellos no trabajan para vivir, ahí está el labirinto cotidiano.

Como aquel pobre hombre, no he visto en mi vida. Un trabajador de una altura considerable. Un esqueleto que anda, es que sus rodillas se tocaban entre si de tanta delgadez, anda esperando algo que el mismo no puede imaginar siquiera. A pesar de ello, sus manos son muy fuertes, el trabajo las había adiestrado, y no se distinguen de la manga del pico o la pala. Se sabe que sale siempre del barrio aleatorio, marginado, insalubre, pero no se sabe con exactitud de que cueva o de que chabola viene. Esta rozando los setenta, y tampoco se sabe si está casado o no, pero nunca se ha visto con una mujer o con algún crio o cría. La vida le ha castrado sin piedad. ¡Mujer dices! Anda hombre, que el pobre no tiene ni calcetines,  es verdad que se calza unas zapatillas de deporte, viejas  (de marca) recogidas del contenedor de basura, y a veces son zapatillas de diferentes pies,  o sea zapatillas bizcas  ¿y los calcetines? Unas bolsas de plástico en pleno frio invernal.

De sus ojos rojos sale algo raro, tal vez algo de tristeza o de odio, chispas de fuego. Unas miradas perdidas pero amenazadoras, sin potencia, con”cometer” algún hecho de vida. Su filosofía en la vida no va mas allá del cigarrillo de tabaco muy negro: “casa”. Entre otros se gastan la broma que dice: el canal por donde pasa el tabaco negro, comería la porquería sin duda alguna. Así ven la vida con tanta amargura.

Ahí, acechan en la esquina de la muralla del zoco, o pegados al postre de la luz de buena madrugada. Calientan las manos frotándolas o encienden el fuego y se acuclillan rodeándolo. Cerca de ellos una anciana, quien “ha construido un “restaurante” de plástico, con una pequeña bombona de gas, una tetera y un sartén. Su gran alegría es cuando llueve de repente: el “restaurante”, albergándoles, se llena, algún huevo se come, y alguna moneda al bolsillo se lleva.

Forman una clase social aplastada y machacada, que pasa el santo día fuera de casa, esperando llenar un camión de piedras o de arena de la valle cercana.

La pregunta es: ¿quien escucha al sufrimiento de estos “sin voces”?

Ahí está el señor de la campaña, baja del coche negro. Nadie de ellos corre en su dirección. Les dirige la palabra: oigan hermanos de mi alma quiero…le dan las espaldas, y vuelven a sus preocupaciones cotidianas.

¡Váyase señor candidato, que algunos ni siquiera tienen tarjeta de identidad para votar!

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