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Kaïs Saïed y la maldición argelina, por Mustapha Tossa

Análisis

MustaphaTossa
Politologo
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Lo que era esperado y anticipado por todos sucedió. Los tunecinos han boicoteado masivamente las elecciones legislativas a las que les ha invitado el presidente Kais Saied. Esta espectacular abstención confirmó la actitud de desafío ante el cambio de la constitución por referéndum cuando el presidente tunecino pretendía tejer un disfraz institucional de dictador inamovible.

Kaïs Saïed es una caricatura de sí mismo. Ya presentado como un OVNI, el mandatario agasaja a la galería nacional e internacional con un estilo de hablar inimaginable. Con una entrega entrecortada como si hubiera salido directamente de la película Terminator, una actitud extra rígida que recuerda a la década de 1930 con su florecimiento de dictadores, Kaïs Saïed tomó fácilmente el apodo de Robocop, al principio cariñoso pero con el tiempo angustioso.

Porque los tunecinos inicialmente acogieron a este personaje que rompe todos los códigos y que pone fin a muchos años de lo que parecía una mala gestión política, hecha de corrupción política y estancamiento institucional.

Pero estos mismos tunecinos se desilusionarán rápidamente. El verdadero rostro de Kaïs Saïed ha salido a la luz. Despótico y autoritario, y con el pretexto de luchar contra el movimiento islamista, llevó a cabo un golpe político para apoderarse de todas las palancas del poder. En esto, el presidente tunecino ha querido imitar el precedente egipcio. Salvo que en su lucha contra el régimen de los Hermanos Musulmanes de Mohamed Morsi, el presidente egipcio tuvo de su lado a todo el ejército y gran parte de la opinión egipcia. ¡No es Sissi quien quiere!

Kaïs Saïed no tiene ni al ejército ni a la opinión tunecina con él. Su único muro de apoyo político y económico es el régimen argelino. Voluntariamente se puso a las órdenes de la agenda argelina en la región. Como muestra su relación antagónica con Marruecos y su recibimiento al separatista Brahim Ghali, alias Benbatouche, presidente de la quimérica república saharaui durante la cumbre África-Japón.

Además, desde que el presidente tunecino, Kaïs Saïed, se puso de pie a las órdenes de los altos mandos argelinos, empujando a ciertos comentaristas argelinos a considerar a Túnez como una provincia argelino, su caída en el infierno estaba programada.

Kaïs Saïed se enfrenta a un doble desafío. Su flagrante fracaso a la hora de convencer a los tunecinos de la pertinencia de su proyecto político. El abstencionismo históricamente bajo y los múltiples pedidos de su dimisión subrayan tanto su gran soledad como el callejón sin salida al que conduce al país.

El otro desafío concierne a los socios internacionales. Si el vecino argelino va a explotar hasta la médula esta dependencia tunecina, no podrá sustituir las ayudas de los mecanismos económicos internacionales, en particular del FMI, que probablemente aminoren los efectos de la crisis. Si el presidente francés, Emmanuel Macron, ha prometido en repetidas ocasiones ayudar a Kaïs Saïed, no ha podido hacerlo, a pesar de toda su buena voluntad, ante tal pérdida de credibilidad y una soledad tan espectacular.

La administración estadounidense, contrariamente a la percepción francesa, no se toma guantes para criticar el giro dictatorial de Kaïs Saïed. Exige una mayor integración política en Túnez. Lo que equivale a decirle al presidente tunecino que abandone su vocación de dictador inamovible. Lo que por convicción, es incapaz hoy.

Hoy Túnez vive una secuencia de gran peligro. La crisis económica sumada al estancamiento político puede provocar inestabilidad y una hemorragia sin precedentes en este país considerado por muchos como la cuna de las primaveras árabes.

Y obviamente la evocación del peligro islamista cuya existencia es indudablemente real, y la excusa de su erradicación no convencieron a los tunecinos de dar su confianza y su apoyo al proyecto político de Kaïs Saïed. Quedó solo, aislado, en un fracaso total en su intento de crear un parlamento que no pudiera censurar al gobierno ni destituir al presidente.

Toda la cuestión hoy es saber hasta cuándo es sostenible esta situación tunecina en presencia de una clase política en total ruptura con el presidente, de una opinión tunecina en actitud de desafío frente al Palacio de Cartago y de una comunidad internacional nutrida del sentimiento de desconfianza que se niega a avalar la creación de una dictadura con supuestos impulsos autoritarios.

La respuesta a estas preguntas depende de la estabilidad social y política de este país.

De: AtlasInfo.fr

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