América LatinaCrónicasFeaturedSociedad

La Comunidad Toba-Qom* de Cerrito, Paraguay: “Ser y sentirse naturaleza”   Lic. Norma Mabel Domancich*

Tribuna

 Porque fui nosotros, hoy soy más que yo.

Tengo algo de mis hermanos y ellos tienen algo de mí.

                                                                                 Lic. Norma Mabel Domancich*

A veces la vida nos sorprende con regalos insospechados. Yo recibí uno de esos cuando comencé a entretejer compartirles con la Comunidad Toba-Qom de Cerrito.  Mi intención era realizar un trabajo de tesis, buscaba comprobar si esa comunidad, a pesar de vivir en condiciones de adversidad, como tantas otras en nuestra América, había podido sostener esa relación armónica con la naturaleza aprendida de sus ancestros.

Me aceptaron entre ellos, permitiéndome realizar el trabajo que nunca escribí, porque entendí y decidí que sólo ellos pueden interpretarse y definirse desde su propia cosmovisión.

Mi agradecimiento es infinito por tanto enseñarme y permitirme des-aprender, a partir de pequeños y hermosísimos compartires cotidianos.

Resulta en extremo dificultoso sintetizar lo vivido. La alegre impericia con que participé de danzas y festejos a los que me integraron. Mi inmensa emoción cuando el Consejo de Ancianos me invitó a compartir larguísimas charlas en las que las horas se detenían prendadas de los emocionantes relatos de “los tiempos de antes”.

Mi asombrada ignorancia ante los “secretos” a los que los chamanes permitían que me asomara. La maravillosa comunión de género con esas mujeres tan distintas y tan hermanas, frente a los desafíos de la vida y mi reencuentro con la alegría luminosa de las risas de los niños, quienes infructuosamente trataban de que aprendiera sus bellos idiomas.

Mi principal conclusión es que, a pesar del sistemático y feroz embate, su cultura aún sigue allí, a veces apenas visible, pero siempre presente.

Puede sentirse en esa comunión con la vida, con el agua, con la tierra, con los animales y las plantas del monte, que les lleva a tomar sólo lo necesario, sin dañar y con absoluta y solidaria conciencia de que mañana y dentro de muchos mañanas habrá otros que también necesiten. Puede respirarse en ese incuestionable respeto por los ciclos vitales de los hombres, cuando hablan con reconocimiento de sus ancianos, valorando sus saberes y opiniones; cuando los cuidan encomendándoles tareas posibles realizar pero que les permiten ser útiles a su comunidad. Los ancianos cultivan, me dijeron, porque ya no tienen fuerza para ir de caza. Puede palpitarse en la libertad de los niños y en su maravillosa concepción de la naturaleza. Como parte del trabajo, me acerqué a las dos escuelas y les pedí que la dibujaran. Con enorme sorpresa encontré en esos dibujos la cancha de fútbol y sus casas, pero y por sobre todo, cada uno de los dibujos me devolvió la imagen de personas. ¡Sí, los hombres y las mujeres y los niños también forman parte de la naturaleza! Le pregunté a uno de ellos si le parecía que la pintoresca casita de madera que había plasmado en el papel era parte de la naturaleza. Me miró con cierto asombro, tal vez considerando muy tonta la pregunta, y me respondió “Claro”. Insistí argumentando “pero…la hacen los hombres”, a lo que contestó con firmeza “Sí, pero con troncos de la naturaleza”. Incuestionable lógica. Todo es y todos somos naturaleza.

Como especialista en el tema podría teorizar horas desgranando “modernos” conceptos medioambientales. Podría hablar de equilibrio ecológico, desarrollo sustentable, cuidado del ambiente, tecnologías amigables no contaminantes. Ese niño y cada uno de los habitantes de la comunidad sabe profundamente de estos temas. Los vive cada vez que va a recoger leña o materiales para hacer cestos, o un fruto, o agua. Los tiene muy presentes cuando va de cacería al monte y respeta a las crías “para que haya más, después”. También sabe del inmenso daño que hemos hecho con nuestra civilización tecnologizada. Ese saber aparece en los ojos nublados de los ancianos cuando hablan con nostalgia de montes pletóricos de vida, comida y medicinas. Late en la mirada esforzada de los más jóvenes quienes, insistiendo en poco fructíferas cacerías, comprueban cuán lejos se ha ido el monte con sus habitantes. Palpita en las lágrimas de las mujeres ante la olla repleta de hambres infantiles. Pero también está presente en las esperanzadas pupilas de los niños cuando acechan a un pájaro con la honda, para engrosar el raleado menú de la familia.

Antes de conocerlos estaba convencida de la absoluta y urgente necesidad de un cambio radical en el modelo económico vigente que, como nunca, focaliza en la concentración de riquezas y propone modos de vida “exclusivos” para algunos pocos privilegiados a costa de importantísimos daños medioambientales, el derroche de recursos naturales vitales para las generaciones futuras y la exclusión y empobrecimiento de más de dos tercios de la población mundial. Ahora tengo la certeza de que existen otras lógicas y racionalidades que se han plasmado y siguen vivas en culturas, que como la de la Comunidad Toba-Qom de Cerrito, lejos de intentar dominar o explotar a la Naturaleza, se sienten parte de ella, sostienen una relación armónica y establecen vínculos de profundo respeto por todos los seres y las cosas. Ellos son un claro ejemplo de un modo de vida que se sustenta en concepciones filosófico-religiosas que no consideran al hombre como un ser superior omnipotente, sino como un integrante más de la Naturaleza que debe vivir armoniosamente “con ella” y “en ella”; de una cosmovisión que se manifiesta cada día a través de una forma respetuosa de relacionarse con su ambiente.

Me gustaría compartir estas frases que mi lápiz registró textualmente una calurosa tarde de verano, mientras charlaba apaciblemente con Tito, bajo el fresco cobijo de un inmenso árbol de mangos. Podría ser un poema. De hecho lo es. Un especial poema que él me regaló. Dice así:

Los hombres somos un pedazo de tierra.

Cuando vos miras la tierra tiene muchos colores.

Hay tierra amarilla, tierra colorada y tierra negra.

Y así hay personas: negras, rubias…

Pero somos uno sólo.

Vos tenéis sangre y yo tengo sangre.

Vos vivís y yo vivo.

Vos te enfermas y yo me enfermo.

La piel es diferente, pero no hay diferencia.

Somos uno sólo, el mismo.

 Cada sociedad define una forma de relación propia con la naturaleza, mediatizada por su cultura y su historia. No existen dos culturas iguales ni tampoco dos sociedades que establezcan idénticas relaciones con su medio. Los Toba-Qom siguen apostando a la vida, a la solidaridad y al respeto. Es mucho lo que tenemos que aprender si, a pesar de todo, aún quieren enseñarnos.

* Pueblo Originario del Norte de Argentina y Paraguay.

**Es Licenciada en Trabajo Social, Especialista en Ambiente y Patología Ambiental.

Afficher plus

Articles similaires

Bouton retour en haut de la page