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La coyuntura latinoamericana demanda una diplomacia prospectiva e inteligente Por Hassan Achahbar

Hassan Achahbar experto marroqui en cuestiones latinoamericanas

América Latina vive en estado de metamorfosis, explorando nuevas vías de renovación y superación por lo cual tratar de acompañar desde afuera los actuales cambios en el continente resultaría una misión alto compleja.

   No obstante, Marruecos ya invirtió ingentes esfuerzos para mejorar su presencia y elevar el nivel de sus relaciones con el conjunto de la región. Esto no basta para alcanzar el alto grado de claridad deseado en torno a los asuntos que el Reino pretende profundizar y expandir.

   En relación a la cuestión del Sahara, tema de mayor relevancia para el pueblo marroquí, el grupo latinoamericano mantiene, en su conjunto, una posición distante y es obvio que para la mayoría de los gobiernos de la región un conflicto de baja intensidad como el que se vive en el Norte de África aparece anecdótico y ni de lejos forma parte de las prioridades de ningún Estado.

   En esta región vital del mundo, van dos décadas desde que Marruecos decidió en la primavera de 2000 y por iniciativa del Rey Mohammed VI, meterse de lleno en la lucha por recuperar los espacios cedidos en años anteriores frente al beligerante militarismo argelino.

   Hoy, la realidad se pinta destina, más alegre, porque Marruecos así se lo propuso, hizo su tarea, ha afianzado sus posiciones y desfruta de avances sustanciales en cuanto a un acercamiento paulatino a la abrumadora mayoría de gobiernos en defensa de sus indiscutibles derechos.

   Son méritos propios y el resultado es fruto de dedicación y perseverancia, por lo cual Marruecos puede estar seguro que si el conjunto de los países de la región no comparten su posición, al menos entienden el fondo del problema y la verdadera motivación del burdo y fallido intento argelino de plantar en el desierto marroquí un ente virtual con el nombre de “República Saharaui” a todas luces funcional a los intereses hegemónicos de la metrópoli.

El régimen militarista de Argel, hay que admitirlo, pegó duro cuando pudo, invirtiendo en su malévola empresa enormes fondos, sin reservas ni restricciones, y empleando sin contemplaciones todos los medios a su alcance para perjudicar al país vecino.

   Darle tregua pues, ahora que su ofensiva diplomática se ha debilitado y sus apoyos locales neutralizados, sería un error imperdonable.

   Del lado latinoamericano, celebramos el firme compromiso con la legalidad internacional de Argentina, Brasil  y Chile que, pese a fuertes embestidas de diferentes lobbies argelinos, se mantuvieron inamovibles en su posición de principio. También saludamos el coraje de muchos otros países del continente que finalmente remendaron errores de años pasados, retirando o congelando el reconocimiento dado a la virtual República Saharaui.

   Es de sobra conocido que el conflicto del Sahara fue exportado hacia Latinoamérica en la postrimería de la guerra fría por la España franquista, cediendo al chantaje de Argelia que alentaba el separatismo canario y apoyaba ataques terroristas del Polisario contra pesqueros españoles en aguas del Sahara.

El régimen militarista argelino, animado por el inconfesable deseo de expandir su hegemonía al resto del Magreb, instrumentó al Polisario para golpear a Marruecos. El coronel-presidente Houari Boumediene, apeló y presionó al entonces jefe del gobierno español, Adolfo Suarez, para llevar el Frente Polisario al altar latinoamericano e inyectar el tema saharaui en la agenda de las últimas dictaduras trasatlánticas.

    Fue así como el Polisario empezó su andadura latinoamericana a mediados de 1979 estando al frente del ejecutivo español el franquista Adolfo Suarez, y al mando en Panamá y Nicaragua respectivamente el general Omar Torrijos y el sandinista Daniel Ortega. La Cuba de los Castro se sumó, ese año, al carroñoso festín y lo mismo hizo, en 2002, el chavismo triunfante en Venezuela.

    La inversión de la tendencia llegó a mediados de los 90 con la significativa decisión de congelamiento de las relaciones con la “República saharaui” anunciada, entre otros, por Colombia y Perú. El desplome del chavismo en Venezuela, a partir de 2013, marcó un nuevo punto de inflexión, coincidiendo, además, con el inicio de la nueva crisis petrolera que desnudó inapelablemente los contubernios antimarroquíes del Eje del Mal Argalia-Cuba-Venezuela. El naufragio de las finanzas públicas en Argelia y Venezuela hizo el resto, afectando en primer plano al conglomerado de los funcionales movimientos de “solidaridad” e impactando a las ONGs parasitarias.

  El caso más ilustrativo es el de Chile con su niet definitivo a reconocer la republiquita saharaui. También lo es el de Perú, donde el Polisario perdió toda chance de volver a poner los pies después del escándalo protagonizado por la separatista, la loca Jediyetu el Mohtar, el 9 de septiembre de 2017 en el aeropuerto internacional Jorge Chávez de Lima, presentándose como “embajadora” sin credenciales.

Más duro todavía ha sido el desengaño de Ricardo Sánchez Serra, un militante de derechas quien, por desavenencias con la exembajadora marroquí en Lima, se ensayó en cuerpo y alma contra el Reino y sus instituciones apoyando hasta más no poder las pretensiones del separatismo saharaui.

   Hoy, afortunadamente, RSS está arrepentido. Su descontento con Argelia remonta al año 2012, sí bien no se consumó públicamente hasta después de conocer los resultados de la elección presidencial peruana de 2016. Sucedió después de que la embajada de Argelia en Lima decretara la desintegración del “Consejo peruano de solidaridad con la república saharaui”, un grupo fundado y liderado por el propio Sánchez Serra.

   También en distintos otros puntos de la geografía latinoamericana y caribeña, la diplomática marroquí hizo su tarea, ciertamente con notables carencias, pero con resultados bastante alentadores como desalojar al Polisario y a su republiquita de los grandes escenarios regionales.

   Eso sí, Marruecos no acierta todavía el remate final pese a una coyuntura favorable, en parte porque su diplomacia se resiste a pisar a fondo el acelerador. Tampoco ayuda la miopía de perspectivas en ciertos diplomáticos mantenidos en el puesto a pesar de los cambios en desarrollo en toda la región.

    En la coyuntura actual el imperativo fundamental es pasar a una velocidad superior en la cooperación económica con potencias como Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Perú, sin descuidar intereses vitales en países como Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras y Paraguay,

Además, Marruecos hizo bien en reanudar los lazos políticos con países que por décadas le han sido hostiles como Cuba y Panamá y lo hizo sin menoscabo de atender con la misma dedicación y eficacia a otras naciones de la región de parecido signo ideológico. Todo esto para que Argelia entienda de una vez por todas que nada detiene al Reino en su política de acercamiento a Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Uruguay, Venezuela y algunos miembros de la Comunidad del Caribe (Caricom).

   Cualquier titubeo sería interpretado como signo de debilidad y aprovechado por el régimen argelino, que aún no se da por vencido, para retomar la ofensiva y hasta animarse a querer llevar el desafío, como lo hace estos últimos días, a países inexpugnables como Argentina y Brasil.

   No cabe duda que Marruecos está en condición de ganar el pulso al rival en toda Latinoamérica y el Caribe siempre y cuando su diplomacia actué con estrategia, inteligencia y sentido de compromiso y responsabilidad. No sirve una actitud pasiva. Tampoco sirve aprovechar el actual estado de calma para activar el piloto automático. Esto equivaldría a darle tregua al separatismo y permitirle soñar con “volver a empezar”. Hacerlo resultaría cuando menos imprudente. Además, que pare de una vez la hemorragia de gastos mal invertidos en la inútil y mal llamada “diplomacia parlamentaria”.

   El Canciller Nasser Bourita realizó en junio una gira relámpago, tardía pero oportuna, por tres capitales del Caribe, Suramérica y Centroamérica, pero son 33 los países de la región.

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