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LA GRANDEZA Y LA MISERIA HUMANA Elias D. Galati

Tribuna Infomarruecos.ma

La existencia es un camino que el ser recorre construyendo su vida.

Ese camino es su historia personal, y en su historia hay hitos, sucesos, acciones, ideas que le dan un colorido especial a cada existencia, y que permite que de alguna manera se le atribuya un valor, que en realidad es la valoración de la persona que construye esa historia

El hombre en su trayectoria puede hacer de su vida una situación de grandeza, una condición inexpresiva e irrelevante, o una situación de miseria

Aunque en realidad la grandeza y la miseria forman parte del ser, lo constituyen y están en su innata condición.

En él están los actos heroicos y las acciones más perversas: es capaz de dar la vida por su hermano, como convertirse en sicario y matar por dinero para otro.

A veces es un camino que se elige, otras veces una situación accidental o azarosa que lo lleva hacia un lado o hacia el otro.

Dos cosas contribuyen a esa decantación, la primera es el ser en sí, su génesis, sus antecedentes, sus ancestros, y la otra es la formación, en especial, la impronta de los primeros estímulos y la educación.

La condición genética influye de manera especial en el comportamiento humano, y a veces condiciona ciertos aspectos no sólo de su conducta sino de su formación, pero también los modelos y las enseñanzas que recibe, y el contacto con el ambiente y con las costumbres de su pueblo en cierta forma lo condicionan.

No lo exime de responsabilidad, ya que posee la suficiente libertad para poder elegir, y su conciencia obra de control moral de sus actos.

La conciencia es un elemento fundamental, no solo por el control personal, sino en cuanto a la conciencia general, el concepto que el hombre se forma de quien es, donde está, cual es su relación con el otro y la naturaleza, y en que condiciones debe desempeñar su rol en la vida, y en el contexto general de la naturaleza.

Sin embargo la condición humana, lo hace distinto, hay un plus diferencial en su ser.

Dice Kant, el hombre es un fin en si mismo, la existencia es un valor absoluto, y el hombre merece la dignidad de ser considerado un individuo  único e irrepetible, libre de elegir y responsable de sus acciones.

A cada instante y durante toda su vida, debe enfrentarse con situaciones que debe resolver, y actuar en consecuencia.

Si bien hay una conducta preferencial, en cada hombre, no todos sus actos, ni todas las situaciones se resuelven de la misma forma.

El hombre es hombre con todas sus falencias, sus carencias y con todas sus virtudes; no hay ángeles ni demonios, quienes hacen todo bien, ni quienes hacen todo mal.

Hay actitudes y preferencias, y ahí el hombre elige en ser grande o mísero, a los golpes, con dificultades, no de una forma uniforme, sino con la manera que le da su condición de hombre.

Puede cometer transgresiones en medio de actos de grandeza, o pequeños actos virtuosos en medio de actitudes miserables.

El hombre de fe, se siente imagen y semejanza de Dios, el que no cree se siente parte del reino animal.

La conciencia que tenga de sí mismo hará privilegiar ciertos aspectos que hacen a su comportamiento.

Pero algo es cierto, con el correr del tiempo, y con los desafíos del conocimiento y de la tecnología, el hombre tomo conciencia de su finitud, de su pequeñez en el universo, pero al mismo tiempo de su capacidad maravillosa para aprovechar lo que sabe y poner a su servicio cosas y aspectos que lo superan.

Se siente grande en medio de su miseria.

Si algo lo diferencia es su aptitud moral.

El hombre es apto para comprender el universo, entender su relación con el mismo y con sus hermanos, asumir su rol y su compromiso con el deber, con lo que debe ser  por quien es.

Allí surge su grandeza, aun con la conciencia de sus errores, de sus faltas, de sus dificultades y deficiencias, entendiendo que debe superarlas, que debe cumplir su misión, que a pesar de sus caídas debe levantarse y seguir creciendo en el camino de su historia, que no está sólo y es responsable de sí, de sus hermanos, y del mundo que habita.

Esta humilde concepción que nace de su pequeñez, y de la aceptación de su rol y de su deber como su destino, lo hace grande.

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