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LA MANO DE « DIOS » Elías D Galati (Argentina)

Tribuna infomarruecos.ma

 

La muerte de Maradona ha provocado emociones muy profundas y desnudado situaciones personales, grupales  y sociales no resueltas.

Hemos escrito antes sobre la idolatría, como la necesidad que todos tenemos de un poco de autoestima para poder sobrevivir a los avatares de la existencia, y que al no poder conseguirla impostamos en nosotros la estima de los que convertimos en ídolos, como si nos pusiéramos en su lugar.

Pero no somos el ídolo, solo nos creemos serlo y eso nos permite avanzar en nuestro camino con la conciencia interior que nos estamos engañando.

Al ídolo hay que considerarlo desde su dimensión humana, y desde el don que se le ha dado.

Es superlativo y sobresale por un talento natural, otorgado, pero también por la voluntad y la constancia, de ponerlo en práctica y demostrarlo.

Son muchos los talentos perdidos, por quienes no los han usado por desidia, falta de voluntad o indiferencia.

Hay una sobrevaloración de la idolatría, considerando que el don específico para una situación deportiva, científica, cultural, humanística, solidaria o espiritual, lo hace superior en todas las áreas de la vida.

Esto termina con la idolatría total y la consideración de dicho ser como un semidios y a veces como un dios.

Cuando la vida personal, que siempre está expuesta, es considerada anormal o no conveniente, muchas veces se termina convirtiendo la situación personal como parámetro del mismo, y se lo descalifica, aún en aquello que es superior por su talento y su constancia.

Los talentos existen, en cada caso especial, y la capacidad de usarlos, promoverlos, ejercerlos para bien o para placer de sí mismo y de los otros también.

La consideración del ídolo como un dios humano, lleva a la conciencia individual y muchas veces a la conciencia social, a la creencia que el comportamiento general del mismo y de todos puede ser considerado desde esa idolatría, y entonces, las falencias, los yerros, las conductas inapropiadas no sólo se aceptan en él, sino en nosotros.

La ética pasa a ser una moral conveniente desde la idolatría.

El comportamiento personal y social, ya no es a la manera del mandato ético superior, que considera lo correcto y lo incorrecto, lo verdadero y lo falso, la bueno y lo dañino, y hace responsables a los que lo cometen, con las sanciones pertinentes, sino que el mandato aceptado de un dios humano, permite la consideración de una conducta particular porque el dios se equivoca y yo también, y debe aceptarse.

La falta de responsabilidad se convierte de una persona, a una consideración general, y se imposta como modelo en la sociedad.

El ídolo no tiene nada que ver; él hace su trabajo, el exponencia sus dotes, expande sus talentos, en aquello que es capaz, apto y sobresaliente.

Somos nosotros con la proyección del talento a todos los aspectos de la vida los que tergiversamos la idolatría.

¿Cuál es la condición psíquica que nos lleva a esa conclusión?

En una consideración normal, que alguien realice actos reñidos con la ley o con la moral, no nos autoriza a realizarlos a nosotros impunemente, ni tampoco lo exime de responsabilidad al autor de ellos.

Pero si un dios humano los hace, porque no podemos hacerlo nosotros.

Ya he escrito en otra oportunidad que la mano de Dios, es el símbolo de nuestra conciencia interior, que podemos faltar a las normas, que podemos violar las reglas, que podemos conseguir con conductas inapropiadas lo que queremos, más si ello exalta nuestro deseo y nos produce placer.

Es la mano de un dios humano, es un fulgor, un resplandor, que nos ciega, nos halaga, pero nos aleja de la verdad, de la virtud, de la honestidad y de lo que es correcto.

¿Cuál es la mano de Dios?

La que golpea una pelota, en contra de las reglas, o la que se nos extiende amorosamente para que seamos mejores, bondadosos, pacíficos, solidarios y hombres dignos.

Elias D. Galati

Donde está Dios

Dios está en mí

yo no lo soy

El está allí

Quien soy yo

un pequeño alfil

duende perspicaz

que quiere vivir

quizás como Dios

quizás me perdí

quizás se cayó

el momento  feliz

solo el amor

me acercara a ti

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