Serenidad es la calidad de sereno, es decir apacible o sosegado.
La serenidad es un estado de paz, calma y tranquilidad mental y emocional, caracterizado por la ausencia de agitación, estrés o ansiedad, permitiendo mantener el autocontrol y la claridad de pensamiento incluso ante la incertidumbre o situaciones difíciles, siendo una cualidad que se puede cultivar mediante la autoconciencia, la aceptación de lo incontrolable y hábitos como la meditación y la gestión emocional.
La serenidad es un estado físico y mental que nos permite una actitud adecuada y autoprotectora ante lo que nos ocurre. Se identifica con sensaciones de calma, capacidad para observar cómo estamos respirando, capacidad para analizar la información con claridad, pensamientos ajustados al tema y a la situación que estamos abordando, sensación de capacidad para tomar decisiones y para asumir las consecuencias de esas decisiones.
Es importante conocer en qué medida somos capaces de mantener la serenidad y ante qué circunstancias podemos perderla. Anticiparse, ante las circunstancias que nos alteran, facilitará un mejor control de las situaciones.
¿Sabemos cuándo estamos serenos? ¿Sabemos mantener la serenidad?
El estado de calma ante las emociones y sensaciones es real o aparente.
Porque la serenidad es la garantía más importante en la toma de decisiones; tomar decisiones en estado de alteración seguramente incidirá en que no sean las mejores, o que perjudiquen nuestro estado emocional y mental.
El control de nuestra vida y de nuestras emociones está directamente vinculado con la serenidad, porque es la actitud correcta para enfrentar la vida y sus desafíos y nos permite buscar las mejores soluciones a las estímulos que se nos aparecen a diario.
Es cierto que el mundo que vivimos no ayuda a mantenernos serenos.
La vida moderna es conflictiva, violenta, apurada y de escasos valores.
De ahí la nota inicial, la naturaleza es serena, nos convida a seguir sus caminos y mantenernos firmes pero tranquilos, sin embargo el hombre se siente el amo del mundo, se siente superior y trata de cambiar esa serenidad por el ímpetu y el encono en sus decisiones.
Esta pulsión, esta situación de crisis nos produce dos emociones que contrastan con la serenidad, el estrés y la culpa.
La necesidad de cambio, el planteo constante de situaciones diferentes para sobresalir, para competir y ser los mejores, nos estresa, nos saca de quicio y nos pone en una situación crítica.
El estrés es una de las condiciones patológicas más perjudiciales en nuestra existencia y condiciona nuestra conducta, nuestras relaciones y nuestra proyección hacia el futuro.
La situación desde nuestro orgullo, genera un complejo de culpa, uno de los sentimientos más antiguos y complejos en la vida de los hombres, creado desde nosotros, para nuestro perjuicio.
Recuerdo que el personaje de la Nana Fain decía, la culpa no existe, es un invento de mi pueblo, y en parte tiene razón, hay cosas correctas e incorrectas, buenas y no tanto, legales e ilegales, adecuadas e inadecuadas, pero el concepto de culpa tiñe la psiquis humana, nubla el conocimiento, impide una adecuada respuesta a las situaciones, generando comportamientos no siempre adecuados.
Cómo conseguir la serenidad.
Con la paz y la armonía interior.
Hay que distinguir la proyección del resultado, pareciera que la vida no puede ser serena, puesto que es cambio, vorágine, movimiento, velocidad, pero esa es la forma en que la existencia dura y se posesiona, la existencia en sí, es otra cosa, es la actitud vital del ser, es la conciencia de estar vivo, es la fe y la esperanza en el futuro, que desemboca en un comportamiento que es el amor.
Porque este proceso culmina en una conducta amorosa, llena de bondad, de solidaridad, de empatía, de amor por el prójimo y por la naturaleza.
El ser consciente de su rol, desde su armonía y su paz interior, maneja serenamente las emociones, los sentimientos, dirige sus actos, conformando un comportamiento ejemplar, que hace a su bien, a su felicidad, pero también a la de los demás.
Serenamente, sin rispideces, sin violencia, ni voces altisonantes, desde la calma de la paz y del amor.

