No tengo nombre. Tengo memoria.
Mi hermana volvió del hospital de Nuakchot con la vida a cuestas. El resto de mi familia sigue varada en Tinduf, entre el polvo y la espera. Allá, donde los discursos sobre derechos humanos se evaporan como el rocío en el desierto.
Mi hermana volvió del hospital de Nuakchot con la vida a cuestas. El resto de mi familia sigue varada en Tinduf, entre el polvo y la espera. Allá, donde los discursos sobre derechos humanos se evaporan como el rocío en el desierto.
Mientras el Frente Polisario organiza conferencias sobre derechos humanos en Tinduf y el embajador argelino en Bruselas pronuncia su enésimo alegato sobre los crímenes del colonialismo, la Unión Europea acaba de asestar un pequeño, jabonoso y demoledor golpe diplomático: Argelia entra en la lista negra de países con “alto riesgo de lavado de dinero”.
Una actualización rutinaria, dirán los tecnócratas. Un capricho geopolítico, gritarán en El Mouradia. Pero lo cierto es que Bruselas no se ha limitado a escribir un comunicado; ha levantado un cartel bien visible: “Cuidado: detergente sucio circulando”. Y lo ha hecho sin aspavientos, con esa elegancia europea que consiste en sancionarte mientras te sirven café.
Por supuesto, el comunicado menciona « deficiencias estructurales » en los mecanismos de control financiero. Un eufemismo brillante. Es como decir que la lavadora funciona, pero sin tambor, sin agua y sin factura de compra.
¿Y qué implica todo esto? Que cualquier banco europeo que reciba fondos desde Argel tendrá que activar protocolos de “diligencia reforzada”. O lo que es lo mismo: mirar dos veces, fruncir el ceño, y consultar con el jefe antes de tocar un solo euro vinculado al país de los kabranat enriquecidos y las maletas diplomáticas misteriosamente abultadas.
Mientras tanto, países como Emiratos o Panamá, otrora sospechosos habituales, han salido de la lista. En otras palabras: hasta Mónaco se blanquea más limpio que Argelia. Qué ironía. El país que pretendía dar lecciones sobre derechos y transparencia desde los márgenes del desierto resulta que ni siquiera puede lavar su reputación sin dejar rastro de espuma sospechosa.
Pero no hay que preocuparse. Seguro que pronto algún editorial en El Moudjahid nos explicará que todo es culpa del Mossad, la OCP, el FMI y Netflix. Que la inclusión en la lista europea forma parte de un « complot internacional contra la autodeterminación de los pueblos ». Y que en realidad, lo que se lava en Argelia no es dinero, sino el honor nacional.
A presión.
Con lejía.
Y sin centrifugado.
Con lejía.
Y sin centrifugado.

