La visita de Felipe VI a Ceuta, bajo soberanía española, y el peso de la historia: ¿Cómo afrontó Marruecos las sucesivas provocaciones? Por Dr. Lahoucine Bekkar Sbaaï. 

Entre historia, soberanía y diplomacia, Marruecos apuesta por la prudencia ante las tensiones.

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Highlights
  • La visita del monarca español pone de relieve el peso de la soberanía, la política interna y la cooperación entre Madrid y Rabat.

La visita del rey Felipe VI a Ceuta: simbolismo soberano, tensiones políticas internas y equilibrios estratégicos entre España y Marruecos

La visita del rey Felipe VI a la ciudad de Ceuta, bajo administración española y reivindicada por Marruecos, no puede analizarse al margen del contexto político y mediático de tensión que la ha rodeado, ni reducirse a un mero acontecimiento protocolario.

La ciudad constituye un punto de encuentro complejo entre la cuestión de la legitimidad nacional española, la competencia entre los partidos políticos, la gestión de la inmigración irregular y la sensibilidad de las relaciones bilaterales entre Madrid y Rabat.

Ambos países tratan de preservar un equilibrio basado en la conciencia de que sus intereses comunes son más importantes que los intentos externos de perturbarlos. Desde esta perspectiva, el desplazamiento del monarca español a la ciudad trasciende la mera reafirmación simbólica de la presencia del Estado español en este espacio geográfico y se proyecta sobre un ámbito africano en el que confluyen la historia, la geografía y la soberanía, y donde las discrepancias persisten pese a los intereses estratégicos que vinculan a ambos países.

Comprender las distintas dimensiones de esta visita exige distinguir entre los hechos constatados y las interpretaciones que han surgido en torno a ella. Algunos medios de comunicación españoles y europeos, junto con determinados medios argelinos próximos al estamento militar, han tratado de presentar el acontecimiento dentro de un relato que sugiere la obtención de beneficios políticos y simbólicos, sin que todos los datos difundidos permitan verificar de manera concluyente sus antecedentes y objetivos.

Lo mismo sucede con las informaciones relativas a la visita de Felipe VI y su esposa al cementerio de Sidi Mubarak, así como con las referencias a un supuesto homenaje a inmigrantes marroquíes fallecidos. Este gesto puede analizarse desde distintas perspectivas humanas, políticas y mediáticas, siempre que se diferencie entre lo que acreditan los hechos y las conclusiones que se extraen de ellos.

Todo ello se produce en un momento de intensa competencia política en España entre el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y el Partido Popular (PP), al tiempo que Vox gana protagonismo. Esta dinámica ha influido en el ambiente que rodea la celebración de la Fiesta Nacional de España, convirtiendo la visita en una ocasión en la que se entrecruzan los mensajes dirigidos a la opinión pública española y las señales relacionadas con las relaciones exteriores, la soberanía y las fronteras.

Desde el punto de vista político y mediático, la presencia del rey de España en Ceuta cumple una función simbólica: reafirmar la continuidad del Estado y poner de relieve la vinculación de la ciudad con la concepción española de la unidad nacional.

Sin embargo, esta imagen festiva no refleja necesariamente la realidad cotidiana de sus habitantes ni permite resumir los desafíos sociales y económicos a los que se enfrentan, cuestiones que también han sido abordadas por los medios de comunicación españoles.

Con esta visita, la institución monárquica ha tratado de presentarse como un símbolo de la unidad y la continuidad del Estado en un momento marcado por la intensificación de las discrepancias políticas internas. La paradoja que merece atención es que quienes expresaron su apoyo al rey no fueron necesariamente las mismas personas que manifestaron su rechazo al Gobierno y a sus representantes. Esto pone de manifiesto la existencia de una diferencia entre la actitud hacia la institución monárquica y la posición respecto al poder ejecutivo y sus políticas.

En una ciudad de especial sensibilidad en materia de soberanía, esta dimensión simbólica adquiere una relevancia adicional. La visita transmite a sus habitantes el mensaje de que la ciudad recibe la atención del Estado y no es considerada un territorio olvidado.

Al mismo tiempo, envía al exterior una señal mediante la cual Madrid reafirma su posición sobre Ceuta y deja claro que no considera su estatus una cuestión abierta a la negociación política. Esta postura también se inscribe en el contexto de la persistente disputa entre España y el Reino Unido por Gibraltar, que sigue siendo una de las cuestiones de soberanía relevantes para la política exterior española. Sin embargo, por intensa que sea la cobertura mediática de la visita, esta no basta para concluir que las relaciones entre Marruecos y España se encaminan hacia una confrontación inminente.

Algunos medios contrarios a Marruecos han intentado vincular el acontecimiento con la posibilidad de una escalada militar, difundiendo afirmaciones sobre la presencia de unidades o buques de la Marina Real marroquí cerca de Ceuta. No obstante, tales afirmaciones requieren pruebas independientes y fiables antes de poder servir de base para un análisis político o de seguridad.

Por tanto, la visita puede interpretarse como una expresión de la voluntad española de consolidar su posición simbólica y política respecto a la ciudad, sin renunciar a mantener abiertos los canales de comunicación y cooperación con Marruecos. La reafirmación de las posiciones soberanas no implica necesariamente abandonar los intereses comunes, del mismo modo que la continuidad de la cooperación no supone la superación automática de las discrepancias históricas existentes.

Frente a este contexto, la actitud marroquí ante la visita puede interpretarse como una apuesta por no dejarse arrastrar por el ruido mediático ni convertir los mensajes simbólicos en una crisis política abierta. Por su propia naturaleza, la visita no confiere al rey de España la facultad de adoptar unilateralmente una decisión soberana sobre el futuro de la ciudad; más bien, le permite utilizar el simbolismo de la Corona para reafirmar la posición oficial española y reforzar su presencia en el ámbito interno.

Desde esta perspectiva, puede entenderse como un intento de añadir capital simbólico a la imagen del Estado y de atraer a distintos sectores de la sociedad española, incluidos determinados sectores del ámbito catalán, en torno al concepto de unidad del Estado y de la nación española.

Por su parte, el Gobierno de Pedro Sánchez se enfrenta a una presión creciente de la oposición, que utiliza las cuestiones relacionadas con la unidad nacional, la inmigración y la seguridad como instrumentos fundamentales para cuestionar su gestión.

La competencia entre el PSOE y el PP ya no se limita a los programas económicos y sociales ni a la gestión de los servicios públicos, sino que también abarca la cuestión de qué fuerza política está mejor preparada para defender los intereses españoles, proteger las fronteras y preservar la cohesión del Estado. Vox, por su parte, pretende orientar el debate público hacia un enfoque más restrictivo en materia de fronteras e inmigración, así como hacia una posición más dura en las relaciones con Marruecos.

Para ello, se beneficia de la preocupación por la seguridad y la inmigración, así como de cualquier pérdida de confianza en las instituciones políticas. Si bien los sondeos de opinión pueden reflejar cambios en la popularidad de los partidos o avances de determinadas fuerzas políticas, la importancia de estos indicadores no se limita a la posición relativa de cada formación, sino que también reside en la posibilidad de que el debate político se desplace hacia cuestiones de identidad, soberanía y seguridad.

Esta evolución sitúa a Pedro Sánchez ante una ecuación delicada: debe preservar la cooperación con Rabat y, al mismo tiempo, evitar la percepción de que su Gobierno está haciendo concesiones en cuestiones de soberanía. El Partido Popular afronta un desafío similar, pues debe encontrar un equilibrio entre presentarse como una alternativa política capaz de gobernar y la tentación de adoptar el discurso más duro de Vox para recuperar una parte del electorado de derechas.

De este modo, la visita a Ceuta se convierte en algo más que un desplazamiento protocolario, ya que se inscribe en una pugna interna por definir el concepto de soberanía nacional y determinar qué fuerza política puede utilizarlo con mayor eficacia. Mientras la institución monárquica trata de proyectar una imagen de continuidad del Estado, los partidos políticos buscan aprovechar las cuestiones relacionadas con las fronteras y la unidad nacional para reforzar sus posiciones en el escenario político.

A la luz de estos elementos, los abucheos dirigidos al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante el desfile militar organizado con motivo de la Fiesta Nacional de España, que se celebra cada 12 de octubre, pueden interpretarse dentro de este contexto. Esta jornada fue establecida como festividad oficial mediante la ley de 7 de octubre de 1987 y está vinculada históricamente al aniversario de la llegada de Cristóbal Colón al continente americano en 1492.

Para los españoles, constituye una ocasión para evocar distintos aspectos de la historia, la cultura y la identidad nacional del país. En este contexto, cabe plantear la hipótesis de que la decisión de realizar la visita de Felipe VI a Ceuta al día siguiente de la Fiesta Nacional permitió aprovechar la presencia del monarca en un momento políticamente delicado, en el que las instituciones españolas buscan proyectar cohesión frente al descontento y la división existentes en la sociedad. Sin embargo, afirmar que el objetivo directo de la visita era salvar al Gobierno de las protestas constituye una interpretación que requiere pruebas y no debe presentarse como un hecho demostrado.

Las manifestaciones celebradas en Madrid, Cataluña y otras zonas de España han mostrado que las festividades nacionales no siempre permanecen como espacios de celebración compartida, sino que también pueden convertirse en escenarios de competencia partidista y de intercambio de mensajes políticos. Asimismo, estas movilizaciones han puesto de manifiesto la fragilidad del consenso en torno a determinadas cuestiones nacionales y la persistencia de desacuerdos sobre las políticas gubernamentales y el rumbo que debería seguir el país para afrontar sus desafíos internos y externos.

En este sentido, destaca el contraste entre las muestras de apoyo recibidas por el rey y las protestas dirigidas contra los representantes del Gobierno de Sánchez. Esta diferencia refleja la posibilidad de separar la lealtad a la institución monárquica del rechazo al poder ejecutivo: los ciudadanos pueden expresar respeto hacia el rey como símbolo del Estado y, al mismo tiempo, oponerse a las políticas del Gobierno o a su forma de gestionar determinadas cuestiones.

No obstante, una utilización mediática excesiva de este contraste puede entrañar riesgos para la propia institución monárquica, especialmente si se la incorpora directamente a las alineaciones partidistas. El simbolismo del que se nutre la Corona al presentarse como una institución situada por encima de la competencia política podría erosionarse si apareciera como una parte más del enfrentamiento entre los partidos, en lugar de seguir proyectándose como una institución representativa de la continuidad y la unidad nacional.

Por ello, la escena política española que rodea la visita no puede reducirse a una imagen de apoyo popular al rey o de rechazo al presidente del Gobierno. Refleja, más bien, la interacción entre la legitimidad simbólica de las instituciones, la competencia por el poder y las distintas concepciones sobre cómo deben protegerse los intereses nacionales.

La inmigración sigue siendo uno de los factores principales que confieren a los acontecimientos simbólicos en Ceuta una dimensión cotidiana y práctica. Las ceremonias, por importantes que sean desde el punto de vista político, no eliminan los problemas relacionados con la vivienda, el empleo, los servicios sociales y la exclusión, ni resuelven los desafíos vinculados a la acogida de inmigrantes, la protección de los menores y el control fronterizo.

Desde esta perspectiva, la capacidad del Estado español para consolidar su presencia en la ciudad no puede medirse únicamente por la exhibición de banderas, la organización de celebraciones o la difusión de declaraciones oficiales, sino también por el éxito de sus instituciones a la hora de garantizar la seguridad, los derechos y los servicios esenciales a todos sus habitantes.

La soberanía, entendida desde este enfoque, no es una mera declaración simbólica, sino una responsabilidad práctica que exige mejorar las condiciones sociales y económicas y abordar las deficiencias que afectan a la vida cotidiana.

En cuanto a la visita al cementerio de Sidi Mubarak y a las informaciones sobre un supuesto homenaje a inmigrantes marroquíes fallecidos, el episodio puede analizarse desde dos perspectivas complementarias. La primera es la dimensión humanitaria, que permite recordar el sufrimiento de las víctimas de la inmigración y las consecuencias humanas y sociales de estas tragedias.

La segunda es su dimensión política y mediática, ya que este tipo de iniciativas puede utilizarse para proyectar un discurso de convivencia y reconocimiento del sufrimiento de los inmigrantes, así como para ofrecer una imagen de la manera en que Madrid aborda la cuestión migratoria ante sus socios europeos. Sin embargo, un gesto humanitario no constituye, por sí mismo, una prueba de que se haya producido un cambio en la política española de control fronterizo o de gestión de los flujos migratorios.

Estas cuestiones están sujetas a consideraciones complejas de carácter jurídico, diplomático y de seguridad, y su gestión requiere una cooperación seria y sostenida entre ambas partes, especialmente dada la sensibilidad de la frontera compartida y las consecuencias de la inmigración irregular.

La expresión de solidaridad con las víctimas puede contribuir a moderar la dureza del discurso político y abrir espacio a un enfoque más humanitario.

Sin embargo, no exime a las autoridades competentes de sus responsabilidades a la hora de abordar las tragedias migratorias e investigar las circunstancias en las que se produjeron, ni elimina la necesidad de extraer enseñanzas de los episodios trágicos relacionados con las llegadas masivas de inmigrantes. Por consiguiente, evaluar esta visita exige no limitarse a su dimensión humanitaria o a su simbolismo político, sino examinar también en qué medida se traduce en cambios efectivos en las prácticas relativas a los derechos de los inmigrantes, la gestión de las fronteras y la cooperación entre Madrid y Rabat.

El análisis de la situación apunta a que, en la etapa posterior a la visita, España podría seguir combinando la firmeza de su discurso simbólico con el mantenimiento de la cooperación práctica. Por un lado, continuará reafirmando su posición respecto a Ceuta y Melilla, mientras que, por otro, las relaciones económicas y de seguridad con Marruecos seguirán siendo importantes para ambos países.

Esto convierte el mantenimiento de los canales de comunicación en un interés compartido, pese a la persistencia de la controversia sobre la soberanía. No obstante, este equilibrio puede verse alterado cuando se intensifica la competencia electoral, se producen incidentes marítimos o se registran grandes oleadas de inmigración irregular en la frontera. En tales circunstancias, el margen de maniobra del Gobierno español puede reducirse y resultar más difícil mantener las discrepancias dentro de los límites de una gestión diplomática serena.

Una cuestión que hasta entonces se gestionaba a través de los canales políticos y de seguridad puede transformarse en una prueba pública de la capacidad de las instituciones para afrontar las presiones internas y externas. Esto resulta especialmente relevante si el Gobierno se ve obligado a responder simultáneamente a las exigencias de la opinión pública nacional y a la necesidad de preservar sus relaciones con Marruecos.

En este marco, el futuro de las relaciones bilaterales no puede desvincularse de la dinámica política interna española ni de la capacidad de ambos países para distinguir entre sus discrepancias históricas y soberanas y aquellos ámbitos que requieren una cooperación constante.

Las diferencias de posición respecto a Ceuta y Melilla no eliminan la existencia de intereses comunes en materia de seguridad, economía e inmigración, pero hacen que la gestión de estos intereses dependa de la capacidad de ambas partes para contener las tensiones y evitar que se conviertan en crisis abiertas. La geografía y la historia siguen desempeñando un papel fundamental en esta ecuación: confieren profundidad al conflicto, pero también imponen una realidad regional en la que el diálogo y la cooperación resultan necesarios, por muy diferentes que sean las perspectivas políticas sobre el estatus definitivo de ambas ciudades.

La importancia fundamental de la visita de Felipe VI a Ceuta no radica en que constituya una declaración de cambio estratégico definitivo en las relaciones entre Marruecos y España, sino en la convergencia de varios mensajes políticos y simbólicos en un mismo acontecimiento.

Desde la perspectiva española, se trata de un intento de tranquilizar a los habitantes de la ciudad y reafirmar tanto la presencia del Estado como su posición en materia de soberanía. También constituye una oportunidad para proyectar la continuidad de las instituciones monárquicas en un contexto de crecientes presiones políticas y sociales.

Sin embargo, la verdadera prueba reside en la capacidad de las instituciones españolas para transformar el simbolismo en respuestas concretas a los problemas sociales y económicos que afectan a la ciudad, así como en la capacidad de Madrid y Rabat para impedir que la controversia sobre la soberanía perjudique los ámbitos de cooperación que resultan necesarios para ambos países.

Por ello, la evaluación de los resultados de la visita no debería limitarse a la cantidad de banderas y vítores ni a la intensidad de la cobertura mediática que la acompañó. Debe tener en cuenta sus efectos prácticos, sus repercusiones en las relaciones bilaterales y la capacidad de ambas partes para evitar una escalada y preservar sus intereses comunes.

En cuanto a Marruecos, la gestión de este tipo de acontecimientos sigue dependiendo de su capacidad para distinguir entre los mensajes simbólicos y las posiciones políticas efectivas, así como entre el ruido mediático y los datos verificables. La gestión de las controversias históricas y soberanas no depende únicamente de las reacciones inmediatas, sino que exige una lectura prudente de las transformaciones políticas y un seguimiento riguroso de las declaraciones de las instituciones oficiales, sin renunciar a los canales de comunicación que sirven a los intereses nacionales.

Así pues, la visita a Ceuta sigue estando condicionada por las complejidades de la historia, la geografía y la política, y su significado dependerá de lo que revelen las etapas posteriores, no solo de la escenificación ceremonial que la acompañó. Entre la reafirmación de las posiciones soberanas y la continuidad de los intereses comunes, el principal desafío consiste en gestionar las discrepancias sin permitir que se transformen en una confrontación abierta. Mientras tanto, la posición marroquí, tal como se expresa en la perspectiva de este artículo, se basa en evitar dejarse arrastrar por las provocaciones mediáticas y en defender los intereses nacionales frente a las distintas presiones.

 

Traducido del árabe por :Abdessamad Benyaich

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