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LA VOZ INTERIOR Elias D. Galati (Argentina)

Tribuna infomarruecos.ma

 

 

Todo lo que sucede a nuestro alrededor nos estimula.

Ese estímulo provoca una reacción del yo, acorde con quienes somos, con nuestras convicciones y con el nivel de aceptación que tengamos hacia los estímulos.

Uno de los estímulos más importantes es la palabra, por la riqueza de su significado y de su símbolo.

Las palabras que escuchamos en nuestra existencia, casi siempre junto a  imágenes visuales, a veces táctiles, olfativas o gustativas, asociadas a nuestros sentidos, nos acompañan permanentemente con dicha asociación.

Dicen  que el sentido del olfato, es el más profundo de los sentidos y los recuerdos asociados a él, nunca se olvidan y son los primeros que surgen a nuestra mente.

La influencia de la palabra en el hombre es indudable, desde la formación a partir de la familia, aquello que se nos dice en la impronta del nacimiento y durante toda la vida, hasta la palabra de la enseñanza, desde la escuela hasta el último nivel de aprendizaje, pasando por las palabras apreciadas y queridas, de los amigos, de los amores, de los deseos, de aquello que nos produce placer, como también de las palabras trágicas, no deseadas, violentas, rencorosas e injuriosas.

Todas esas voces son almacenadas en nuestra memoria, y forman un capítulo importante de nuestra personalidad y de nuestro carácter.

Pero hay otra voz, que nos acompaña siempre, en todo instante y durante toda la vida, que es la voz interior, y que es como la forma interna del yo, la esencia y numen de quien soy y como soy.

Esa voz parece ser nuestro pensamiento, o por lo menos creemos que surge de allí; interactúa con nosotros en todo momento y nunca nos abandona.

Es difícil sostener que uno no piensa en nada y está con la mente en blanco; porque aún está pensando en no hacer nada.

Hay un diálogo, una dialéctica entre el yo y la voz interior, entre nosotros y nuestros pensamientos que nos mueve, nos acucia a seguir, a cambiar, a mejorar, a progresar.

Esta conversación con nosotros mismos, surge de la razón, de la memoria, de los deseos, de los ideales, de las distintas áreas de nuestra mente y nos hostiga para tomas decisiones o resolver problemas.

Es como nuestra neurosonoridad. Somos nosotros mismos hablando desde nuestro interior.

Aunque a veces subvertimos la voz y pensamos que es una voz dentro nuestro pero proveniente del exterior, como la situación de aquellos que han sufrido traumas o enfermedades, la de los profetas y la de los poetas que se sienten iluminados por las musas.

Estan en nosotros pero impostadas desde el exterior, por otros, por Dios o por las musas, la voz del Dolor, la Voz de Dios, la voz de las Musas.

Son también nuestras voces y conviven con las auténticamente nuestras.

La condición más importante para escucharlas es la meditación.

Condición humana poco ejercida en nuestras sociedades y con poca predisposición a poder enseñarse e instalarse como modelo.

Pero no hay nada como la meditación para escucharse a uno mismo, escuchar las voces interiores y aquellas que creemos nos dicen desde el exterior de acuerdo a nuestras creencias.

Solía decirse que había tres áreas en la mente humana, la razón, la voluntad y el sentimiento.

Nuestros sistemas emocionales son los depositarios de las voces, y para ello hay que conocerlos. Cuales son nuestras emociones.

Decia Buda debemos conocernos y cuidarnos de nuestra propia mente.

 El psicólogo Paul Gilbert señalo tres tipos de sistemas emocionales, el sistema de amenaza, que es la voz del crítico interno que nos conmina por lo que nos pasa y no es adecuado. El sistema del logro, que es una voz placentera y nos acompaña en nuestros éxitos y el sistema tranquilizador, que es la voz de la satisfacción, de la seguridad.

Es nuestra decisión adherirnos a las voces interiores. ¿Qué voces escuchamos?

Aquellas que surgen de la práctica contemplativa, de la meditación, de la sensatez, o la voz del impulso, del rencor, del odio, de la confrontación.

Nuestras voces están en la realidad, del hoy, de lo que sucede, o escuchamos las voces del pasado, que si bien nos ofrecen lecciones y enseñanzas, ya fueron, no son en realidad.

Ponemos ese pasado como hoy y le damos realidad, dando vuelta el presente, o escuchamos el presente, con la visión del futuro, y lo aprendido en el pasado.

Escucho sólo mi voz, o creo que hay otras voces exteriores, creo en la alegría y en el dolor, en la Voz de Dios, en la voz de las musas, y en la voz de la humanidad.

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