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“LAS MODAS DE HOY Y DE AYER” – No tengo miedo del mañana, pero añoro el pasado – Dr. Jorge Bernabé Lobo Aragón

Tribuna infomarruecos.ma

¿Te acordás, hermano? ¡Qué tiempos aquéllos! ¡Veinticinco abriles que no volverán! ¡Veinticinco abriles, volver a tenerlos, si cuando me acuerdo me pongo a llorar ¡, dice el tango “Tiempos viejos”. Es verdad. Pero, aunque me apuren nunca voy a decir que todo tiempo por pasado fue mejor. Es que no tengo miedo del mañana porque he visto el ayer y me encanta el hoy y el mañana será mejor. Con mis vuelos astrales a cuesta y con mis alas en remojo para completar mi travesía en este verano bastante inquieto hacia lugares que solo el Señor me indicara, me puse a releer sobre los indios Mapuches, y a renglón seguido me llamó la atención una nota de un periódico sobre los indios huarpes, los últimos que quedan. Es decir, los últimos en estado de indígena pureza, puesto que habrá una buena porción de la población Sanjuanina que lleve en sus venas algunas gotas de su sangre. Estos eran sin dudas huarpes puros, legítimos, y además salieron fotografiados. En la fotografía me sorprendió la ropa. Vestían vaqueros, chombas y remeras con letreros en inglés, igual que cualquier joven de cualquier calle de cualquier ciudad del mundo. Entendiendo que la educación es nuestro pasaporte al futuro y que el mañana pertenece a las personas que se preparan. Que cada pueblo tenía su cultura, y la ropa formaba parte de esa cultura. Los tejidos respondían a técnicas y materiales que cada pueblo usaba para hilar, y los cortes a gustos que la tradición afianzaba. Ahora, por lo económico de la fabricación en serie, todo el mundo usa ropa del mismo tipo, ya sea que se la fabrique en el país o que debido al fomento de las importaciones se la traiga de Corea o de China. La ropa también tenía su correspondencia con el trabajo, con las funciones, con el rango social. Mi mayor preocupación es que ropa usare en mi próximo viaje. Muchos me tratan de pez volador otros de pájaro y mi bilocación continua sin tener nombre propio. Siendo Fiscal y Juez en mi provincia siempre utilice traje y corbata. Pero seguimos diciendo togados a los altos magistrados porque vestían la toga, un manto amplio y largo que confería majestuosa dignidad a quienes la vestían, pero era inadecuada para el trabajo. Los hombres de espada usaban la capa, que permite moverse con desenvoltura. Hasta hace poco los curas se vestían de curas y nos parecía natural y apropiado. Cada oficio tenía su particular forma de vestir. De chicos oímos las historias de Pedro Ordimán, que a veces se vestía de gobernador o se vestía de carpintero, y nos parecía lógico que la gente se engañara al verlo así vestido. Eso de vestirse de lo que no era, Pedrito lo hacía por ser un tunante, ya que la gente normal veía como natural y lógico vestir conforme a su oficio, calidad, estado. Una señora de manto no era señora de manto simplemente por ponerse un manto, sino por las condiciones que la hacían respetable, merecedora de considerársela una « señora de manto”. Hasta hubo épocas en que se dispuso que las prostitutas se conocieran por la ropa que debían vestir, nada escandalosa ni provocativa como en la actualidad. Hacer ciertas proposiciones a quienes no vistieran así resultaría ridículo, mientras a ellas podía acudirse sin otra duda que el precio. No sólo tenían su propia ropa los oficios sino también las ocasiones. Se vestía de diario, de faena, de entrecasa, de vestir, de paseo, de visita, de ceremonia, de domingo, de largo. Las ropas litúrgicas tenían tanto simbolismo que en la Edad Media se escribieron varios tratados describiéndolas y explicándolos. Esto de vestirnos todos, hasta las huarpes, a la moda norteamericana, es mucho más moderno. Los Mapuches usan colitas y anteojos negros. Tal vez el presente sea mejor. Desde que nuestro padre Adán buscó una hoja de parra para cubrirse, las modas han ido cambiando las vestimentas. Todos los pueblos han buscado vestidos por pudor, por defensa de la intemperie, por protegerse de las espinas, y cada uno los ha adecuado a su ambiente, a los materiales disponibles, a sus necesidades, a su carácter, a su particular sentido del gusto. Han seguido cambiando. Así se originan las modas. Las más evidentes se relacionan con el vestido, pero también hay modas en las relaciones sociales, en el trato, en las formas de hablar, de pensar, de votar, de comportarse. Hoy está de moda que los políticos cambien de mujeres. Cuando una forma nueva es aceptada y bien vista, se dice que « está en boga ». Fue la prensa y los medios de comunicación los que pusieron al alcance de todos las costumbres y modalidades que nacieron tal vez de la farándula, de los artistas y actores en general. El pueblo los tomó de paradigmas, como ejemplos imitables. ¿Que son muestras que carecen de elegancia?, tampoco importa. La literatura antigua también revelaba la importancia y el valor simbólicos del vestido. Los textos sagrados (La Biblia) y los poemas épicos (La Ilíada y La Odisea) marcan hitos en la configuración y valoración del traje como expresión y emblema no sólo del aspecto, fisonomía o nivel de los personajes y protagonistas sino de su calidad moral, su configuración externa, sus sentimientos o su religiosidad. Es muy difícil alcanzar la elegancia, y las maneras que exhibe el « mundo de la moda » en la actualidad. Pero por lo menos tiene una coquetería. Es mucho más fácil de imitar: “… diga, diga mi suegra ¿qué vestido me ponía? ponte tu vestido negro que muy bien que te estaríaComo eres rubia y muy blanca, lo negro bien te estaríaVestida iba de seda Calzada de plata fina ¡Viva, viva mi Don Pedro la prenda que más quería! …Las doncellas van de negro, ella de oro y gasa finaHace unos años se me casó una hija, ya llevo cuatro y me faltan dos, miren si no sabré de moda si hasta me vistieron de pingüino y ahora pretenden que me calce un chupín. ¡Te acordás, hermano qué tiempos aquellos ¡Eran otros hombres, más hombres los nuestros, no se conocían coca, ni morfina, Los muchachos de antes no usaban gomina! ¡Te acordás, hermano, qué tiempos aquellos! Veinticinco abriles que no volverán, Veinticinco abriles, volver a tenerlos… ¡Si cuando me acuerdo me pongo llorar!

 

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