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Leido en El Mundo Argelia, ¿fin de régimen? RAFAEL BUSTOS*

Otra vez como hace 30 años, en octubre de 1988, el sistema toca fondo. Bloqueado, es incapaz de resolver sus propias contradicciones al tiempo que sube la tensión. A la crisis del Parlamento descabezado de su presidente ha seguido la crisis en la jefatura del FLN. Las purgas en estas instancias usando una mezcla de bloqueo y artimañas no son nuevas pero esta vez son el humo que tapa el cráter de un volcán en erupción. Argelia podría estallar y el sistema político hacer implosión, tal y como sucedió en 1988, cuando las revueltas populares acabaron de golpe con la era del partido único y la economía socialista. La foto fija del presidente enfermo, sus contadas apariciones en público ya no tranquilizan. Se vislumbran cada vez más las fallas de un sistema que hace aguas. Se han disparado las alarmas.

En una situación casi cómica, un Parlamento con apenas actividad se niega a trabajar. Una rebelión de los diputados de los partidos mayoritarios en la cámara baja ha conseguido después de un plante de varias semanas al presidente, Said Buhaya, bloqueando la mesa del Parlamento, colocar a otro presidente, también del FLN, que eligió a Buhaya para el puesto hace 18 meses. El único motivo aparente es que Buhaya cesó al todopoderoso secretario de la cámara, Bachir Slimani. En cuanto al puesto de secretario general del FLN, Uld Abbes, de baja por enfermedad, ha sido apartado en medio de la confusión de declaraciones por el nuevo hombre fuerte, Muad Buchareb, quien asume la presidencia provisional.
Lo cierto es que el sistema de comunicación entre la camarilla que maneja al presidente enfermo y las máximas autoridades del país está cortocircuitado. El extraño sistema político argelino funciona de tal manera que un grupo reducido entre el que se encuentra el hermano del presidente, Said Buteflika, organiza y orquestra las salidas a escena del mandatario. Esa camarilla con poderosos lazos empresariales (capitalistas de Estado) es la que da instrucciones al resto de poderes formales del Estado, haciendo funcionar el sistema con la aceptación tácita de los clanes.
Sin embargo, el juego parece terminado. Las instrucciones del palacio de la Presidencia ya no son inequívocas; unos se las atribuyen y otros las niegan. Los hombres fieles al presidente están siendo atacados o apartados por casos de corrupción. Lo que es peor, la lucha entre clanes por repartirse la crema de la renta petrolera -descarnada y a través de personas interpuestas- se hace cada vez más visible. La razón es que el tamaño de la tarta se ha reducido. En los últimos años la caída de ingresos petroleros ha obligado a poner serias restricciones a las importaciones, cuyas licencias son uno de los negocios más lucrativos en Argelia.
La salida técnica de acudir al artículo 88 de la Constitución que permitiría al Parlamento declarar la incapacidad del presidente, ni siquiera está en el debate actual. El sector inmovilista sigue apelando a un quinto mandato de Buteflika para las próximas elecciones, previstas en abril de 2019. Pero esta técnica de “momificación del poder” ya no produce unanimidad entre los clanes y la clase política. Son bastantes, empezando por los militares en la reserva, los que vienen reclamando la salida de una situación a todas luces insostenible. Cierto es que no hay candidato de reposición, con Buteflika se marcha la generación que hizo la guerra de liberación.
Acabar con el teatro
La sociedad civil argelina, debilitada por la falta de libertades, la represión y la cooptación del sistema, hace tiempo que reclama acabar con este régimen de teatro en la sombra. El miedo a un enfrentamiento como en los 90 y la paz social que ha comprado el régimen a través del gasto público mantienen desactivada a la población. Pero por poco tiempo. El malestar es creciente y no hace falta mucho para que estalle la cólera. Como la sociedad civil está desconectada de la clase política, no va a ser fácil desplegar una transición ordenada. Es más probable una irrupción social violenta.
Decía la socióloga Theda Skocpol que los regímenes autoritarios pueden durar mucho tiempo, incluso cuando carecen de apoyos sociales, siempre y cuando los cuerpos de seguridad se mantengan unidos. En su ausencia pueden caer de la noche a la mañana como un castillo de naipes. Las disputas entre los servicios de Inteligencia argelinos (DRS) y la jefatura de las Fuerzas Armadas llevan tiempo produciéndose. Ejemplos de ello han sido la gestión del ataque a la planta de gas de In Amenas o el permiso de sobrevuelo a los aviones franceses en el sur de Argelia para intervenir en Mali en 2013.
La impaciencia aumenta también fuera. Los socios de Argelia como Alemania o Francia han dado muestras visibles de cansancio. La anocracia de este gigante africano, paralizado como su presidente, le impide seguir el pulso de la agenda internacional. En aras de la estabilidad, el hartazgo diplomático puede disimularse, pero de vez en cuando se manifiesta sin disimulos.
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