Día Mundial de la Asistencia Humanitaria

Hay hombres y mujeres que llegan cuando todos se marchan.
Aparecen cuando la guerra ha dejado de ser una noticia y se ha convertido en una casa destruida; cuando el hambre ya no es una cifra, sino el rostro de un niño; cuando una inundación borra los caminos, un terremoto derriba las paredes o la violencia obliga a una familia a abandonar, en una sola noche, todo aquello que llamaba suyo.
Llegan sin preguntar el nombre, la nacionalidad, la religión ni el color de la bandera. Llevan agua, alimento, medicamentos y abrigo. Pero llevan también algo que no figura en los inventarios: una mirada capaz de reconocer al otro, una mano que se extiende y una presencia que dice, aun en medio de las ruinas: no estás solo.
Cada 19 de agosto se conmemora el Día Mundial de la Asistencia Humanitaria. La fecha fue instituida por las Naciones Unidas en memoria del atentado perpetrado en 2003 contra su sede en Bagdad, donde perdieron la vida trabajadores consagrados a aliviar el sufrimiento humano.
Aquel bombardeo no destruyó solamente un edificio. Quiso herir una idea: la de que todavía es posible acercarse al dolor ajeno sin buscar poder, recompensa ni gloria. Desde entonces, la jornada recuerda a quienes murieron cumpliendo esa misión, honra a quienes continúan realizándola y reclama la protección de todos los civiles y trabajadores humanitarios en las regiones castigadas por guerras, persecuciones y catástrofes.
He aprendido, a lo largo de mi vida, que la humanidad no se proclama: se demuestra.
Se encuentra en el médico que permanece junto al herido cuando todos temen acercarse; en la enfermera que vela durante la noche; en el voluntario que reparte alimento sin saber si alcanzará para todos; en quien abre una puerta, comparte el pan o escucha el dolor que nadie más quiso escuchar.
También está en los gestos más pequeños, aquellos que nunca aparecerán en los diarios: un vaso de agua, una manta, una palabra dicha a tiempo, el silencio respetuoso frente a las lágrimas de un desconocido.
Quizás por eso recibí con humildad el honor de ser reconocido como Embajador de la Paz Universal. No lo entendí como una distinción destinada a engrandecer un nombre, sino como un compromiso. La paz no es una medalla que se guarda ni un diploma que se contempla. Es una tarea diaria, una forma de caminar entre los hombres y una obligación de no permanecer indiferente.
En ese camino encontré el mensaje de Ambas Abdul Ghani Yahya, cuya vida ha estado dedicada durante décadas al servicio de la paz y de la humanidad. Su testimonio, como el de tantos hombres y mujeres que trabajan lejos de los reconocimientos, nos recuerda que servir es una de las formas más altas de la dignidad humana.
Desde Tafí del Valle, donde las montañas parecen conservar una memoria anterior a nosotros, pienso en quienes atraviesan desiertos, fronteras y ciudades heridas para asistir a una persona que acaso nunca volverán a ver.
Aquí, cuando la tarde desciende sobre los cerros y las sombras van ocupando lentamente el valle, el silencio adquiere otra profundidad. En ese silencio parece escucharse la pregunta que acompaña al hombre desde el comienzo de los tiempos: ¿qué hemos hecho por nuestro hermano?
No siempre podremos detener una guerra, impedir una catástrofe o remediar todas las injusticias. Pero ninguno de nosotros es tan pequeño como para no poder aliviar un dolor.
La humanidad comienza allí: en el instante en que dejamos de mirar el sufrimiento como algo ajeno. Comienza cuando comprendemos que toda herida del mundo, aunque haya sido abierta lejos de nuestra casa, pertenece de algún modo a nuestra propia historia.
Tal vez la paz no sea únicamente la ausencia de la guerra.
Tal vez comience, más humildemente, cuando un ser humano reconoce en el dolor de otro una parte de su propio destino.
Mientras exista alguien dispuesto a acercarse al herido, proteger al indefenso, alimentar al hambriento y acompañar al que ha quedado solo, la esperanza continuará respirando sobre la Tierra.
Y quizá, cuando los años hayan borrado nuestros nombres, perdure únicamente aquello que dimos.
Porque al final de todos los caminos, cuando ya no importen los cargos, los honores ni las victorias, acaso se nos pregunte una sola cosa:
si fuimos capaces de llegar cuando todos se marchaban.

