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Los relatos del Corán (o de los Profetas), de: Muhammad Ahmed Jad al-Moula Muhammad Abu al-Fadel Ibrahim Ali Muhammad al-Bajaoui Al-Saïd Chahata Traducido al español por Said Jedidi (Dar Al Kutub Al Ilmya- Beirut)

Especial Ramadán

                                                     MOISES

                                     Su nacimiento y su educación

 

El Faraón era un rey inicuo, mostrándose altero y obraba como un impío. Era el ser mas descarriado y el más orgulloso de su siglo. Se tomaba por un dios al que no se debía desobedecer o negar lo que sea. Trataba a su pueblo de la manera más detestable y no vacilaba en afligir a una categoría de sus súbditos crueles e insoportables castigos. Ejercía el poder de manera anacrónica. Bajo su dominación, los judíos, Vivian duramente, privados y perseguidos, pero se mostraron pacientes a pesar de que la tiranía ejercida contra ellos era única en su género. Un día, mientras que la gente sufría atrozmente debido a la escasez y la sequia asi como del total altruismo de la gente del poder, un sacerdote se acercó al Faraón, anunciándole que un niño judío iba a nacer. “Este niño – dijo el sacerdote-  va a poner fin a tu nobleza. Te hará perder el poder y el prestigio”.

Ante esta declaración, el Faraón cogió una rabieta, con un rostro rojo decidió precipitar los acontecimientos antes de que se produzcan. Entonces acentuó la intensidad de sus actos ofensivos, perseverando en su extravío y pidiendo a sus dignatarios de matar a todos los recién nacidos entre los hijos hebreos y dejar las mujeres sin fecundidad.

Por su gracia, Allah Decidió impedir la ejecución de este plan tan pérfido. Los pobres y los ofendidos estaban predestinados, desde su nacimiento a ser sucedidos en tierra y herederos del imperio de este rey déspota. La voluntad divina fue determinada a acabar con la dignidad del Faraón el altanero a través de un p que vivía en el palacio como hijo adoptivo. Este niño era, en realidad, una flor rodeada de espinas, un resplandor de llamas en el seno de las tinieblas.

Los hebreos se sucedieron en la tierra gracias a Allah que Infligió al Faraón, a Hamman y a sus ejércitos lo que se merecían. Allah Quiso favorecer a los que eran oprimidos en este país, designándolos dirigentes y herederos.

Ukaid[1] se retiró a un lugar protegido de la casa, siendo sorprendida por los dolores del parto. Pidió a una comadrona venir a ayudarla. En unos instantes dio a luz un hijo, apoderándose el miedo de su corazón. ¿Cómo podía ocultar este nacimiento? Miró al recién nacido, sintiendo por él un amor excepcional. Por ello decidió ocultar su nacimiento y no revelar la noticia del feliz acontecimiento. Hizo todo su posible para que el Faraón y sus espías no supieran nada de su presencia. Era difícil…muy difícil. Tres meses después el Faraón volvió a enviar a sus emisarios para asegurarse de que no había ningún nuevo nacido entre la comunidad hebrea. Allah insinuó a la madre de Moisés de ponerlo en un baúl y arrojarlo en el Nilo. Le Ordenó también enviar a su hija mayor a la otra rivera del Nilo para informarse del destino del hijo y poner al tanto a la madre. Allah Tranquilizó a la madre sufriente, Prometiéndole Salvar a su hijo y Pidiéndole mostrarse paciente y no perder confianza en el Señor. Ukaid se entregó a Allah, disimulando su dolor y arrojando a su hijo en el Nilo. La hija mayor siguió de lejos el baúl como el resto de los egipcios, siendo inmensa su sorpresa al constatar que el baúl se fue a parar justamente cerca del palacio del Faraón. La misericordia de Allah abarcó al inocente crio. Al verlo, la esposa del Faraón sintió un gran afecto por él y no vaciló en pedir a su marido adoptarlo. Ukaid, la madre de Moisés se sintió entonces aliviada. Durante esta difícil prueba, en ningún instante perdió confianza en Allah ni manifestó la menor duda de que su hijo iba a ser salvado. Era una promesa de Allah y las promesas de Allah son una certeza.

Ya que Moisés era muy pequeño se había recorrido a mujeres para que le sirvieran de nodrizas, pero el pequeño se negó a tocar sus senos. El pequeño casi moría de hambre y de sed. ¡Qué milagro ! Se negaba rotundamente a probar la leche. Haman que estaba presente dijo al Faraón: “Aquella muchacha seguramente lo conoce. Vamos a detenerla hasta que nos dijera la verdad”. La muchacha aprovechó para decirles: “Solo busco daros consejos. Os puedo indicar una niñera que se encargará de él”. El faraón ordenó a la muchacha a traer a la pretendida nodriza. Lo curioso era que el propio Faraón cogió al bebé entre sus manos calmándolo para tranquilizarlo. La muchacha no tardó en llamar a su madre para que se dirigiera hacia el palacio real. Al llegar, cogió al pequeño entre sus brazos, comenzando a darle de mamar, apreciando el pequeño lo que le sucedía, cesando de llorar.

El Faraón preguntó luego a la mujer si sabía a quién pertenecía este niño. ¿Quién eres? ¿Cómo es que el pequeño rechaza a todas las nodrizas, excepto tu? “Soy una mujer conocida por tener una leche muy apreciable para los recién nacidos” dijo Ukaid antes de precisar: “cada vez que me traen a un bebé logro servirle fácilmente de nodriza. Un día me trajeron a un pequeño que se negó a tocar mil nodrizas antes de mí. Sin embargo, desde el instante en que me lo confiaron logré domarlo fácilmente”. El Faraón se mostró convencido, confiando inmediatamente Moisés a la mujer, la cual regresó a su hogar con el pequeño en sus brazos. De este modo fue devuelto a su madre para dejar de sufrir debido a su ausencia y para que sepa que la promesa de Allah siempre es verídica.

Ukaid estaba inmensamente contenta de ver a su hijo volver a casa, encargándose, como se lo había ordenado el Faraón, de servirle de nodriza. Estaba segura de que Allah Preparaba a Moisés a hacer frente al Faraón y a sus dignatarios; haciéndose un enemigo para ellos.

Moisés será, indudablemente, una causa de la tortura para esta banda de perversos e inicuos. Cuando Ukaid terminó el periodo de lactancia materna, devolvió al pequeño, después de alcanzar cierta edad, a sus padres adoptivos, viviendo Moisés en el palacio bajo la estricta vigilancia de la esposa del Faraón hasta alcanzar la edad de la razón. Fue en esta edad cuando recibió una revelación de Allah Anunciándole la profecía y Acordándole su gracia. Los tiranizados lo consideraban como un apoyo. Aspiraban a liberarse mediante Moisés, de esta carga tan dolorosa que les atormentaba desde hacía mucho tiempo. Se aliaron con él, instándole a poner término a esta pesadilla tan atroz y tan horrible. Los ofendidos eran sus conciudadanos y sus familias. Moisés consideraba que este vínculo consanguíneo exigía de él que lo tomara en consideración.

Moisés era de una nobleza y de una honestidad incuestionable. Había sido educado por Allah lo que le facilitaba adquirir las características y las cualidades de la nobleza. Sacaba su dignidad de la dignidad divina, habiendo sido ilustrado incluso por la bondad del Señor. Prestó juramento de acudir a ayudar a la gente, antaño oprimida por lo que se fue a ver la situación en que vivía la gente y qué genero de vida llevaba.

Un día emprendía el camino hacia la capital, aprovechando un momento de descuido de la población. Al llegar encontró a dos personas que se peleaban: uno era hebreo mientras que el otro era un súbdito del Faraón, un copto influyente y autoritario. Al llegar junto a ellos quiso ayudar a su correligionario después de qué este se lo pidiera. Moisés quiso contrarrestar al adversario, asestándole un golpe en la cabeza, resultando el súbdito del Faraón muerto al acto. Moisés lamentó haber cometido este crimen, volviendo a Allah para pedirle perdón por haber obrado sin reflexión. Allah Aceptó su demanda, Acordándole el perdón.

Moisés juró no repetir nunca este error, expresando su alivio a raíz del perdón y de la misericordia divina. Juró ante Allah no apoyar nunca más a ningún criminal sino a los oprimidos: “Señor, obré por injusticia hacia mí mismo si no me perdonas me perderé” dijo Moisés.

Al día siguiente se encontraba en la ciudad temeroso y atento, dominado por el arrepentimiento y la confusión. El miedo lo había obsesionado. De repente, vio al hebreo que le había pedido socorro en las vísperas. Éste le pidió de nuevo ayuda. Moisés le acusó de ser un maleante y un descarriado, preparándose a atacar a su enemigo común. El judío tuvo miedo, pensando que Moisés quería matarlo. Entonces gritó : “¿Me vas a matar ? ¿Me vas a condenar al mismo destino del hombre que mataste ayer? Quieres obrar como un tirano en la tierra y no en tanto que reformador. Al escuchar esta declaración el súbdito del Faraón corrió para anunciar la noticia a su pueblo, impaciente, desde el día anterior, de conocer la identidad de quien había asesinado a un dignatario, súbdito del Faraón, cuyos consejeros se congregaron para decidir del destino de Moisés, poniéndose de acuerdo para castigar a Moisés de manera ejemplar.

Allah Salvó, una vez más a Moisés: un hombre procedente de los arrabales de la ciudad vino corriendo para advertir a Moisés: “Huye de esta ciudad. Vete hacia Allah te Conduzca. Es un buen consejo que te doy”.

A raíz de lo cual Moisés abandonó la ciudad temerosa y al acecho, prefiriendo el exilio en espera de ser salvado de la perfidia de los injustos. Anduvo durante ocho días consecutivos, emprendiendo el camino de la costa[2] de Madyana. No tenía ni compañero ni asistente, sino solo el cuidado de Allah y la luz divina como guía. Nunca se había imaginado este destino por lo que no había pensado en las provisiones. Los pies nudos, cubiertos de lesiones y de sangre, pero Moisés avanzaba a trancas y barrancas.

Sentía un hambre mortal. En pocos días se adelgazó considerablemente, convirtiéndose en débil y pálido. A medida que avanzaba perdía fuerzas, pero desplegaba enormes esfuerzos para seguir avanzando. No tenía más que un deseo: Alejarse cuanto más mejor del Faraón, de sus dignatarios y de sus espías, poniéndose a salvo de los que le perseguían.

Al llegar a un punto de agua en Madyana encontró a un grupo de personas en un bebedero que abrevaba su ganado. Cada uno de ellos se apresuraba, temiendo que el agua se agotara, no escatimando en ello esfuerzo alguno para empujar al, prójimo. Entre esta tumultuosa multitud vio a dos mujeres que se mantenían alejadas, tratando de controlar a su ganado para que no se mezclara con el resto del ganado de los demás. Le parecieron débiles e incapaces de cumplir lo que por ello estaban allí. Se acercó a ellas, proponiéndoles su ayuda.

Antes de abandonar Egipto había jurado ayudar a los pobres y a los débiles, considerando aquella una ocasión propicia para cumplir su promesa.

  • “Estamos esperando que esta gente termine de abrevar para hacerlo nosotros con nuestro ganado. Es que no podemos empujar a los hombres para llegar. Estamos obligados de hacer este trabajo porque nuestro padre es muy viejo para esta tarea”, le dijeron.

Moisés se acercó a donde estaban para ayudarlas. Dio de beber al ganado antes de retirarse discretamente a una sombra para descansar, diciendo: “Señor. Necesito ahora las que nunca Tu ayuda. No tengo nada y no poseo ni siquiera para saciar mi hambre”.

Contrariamente a lo que ocurría siempre las dos muchachas regresaron muy temprano a su vivienda. Inquieto su padre se precipitó para indagar el motivo, contándole, ellas la historia de aquél desconocido que fue muy generoso hacia ellas. El anciano no vaciló en enviar a una de sus hijas a invitar al desconocido a su residencia. El voto de Moisés fue realizado. La muchacha llegó tímidamente hasta donde estaba Moisés y le dijo: “Mi padre quiere verte para agradecerte por lo que has hecho por nosotras”.

Moisés aceptó voluntariamente la invitación. Cuando se presentó ante del anciano, le contó su desventura siendo recibido calurosamente por el padre de las dos muchachas quien le dijo: “No temas este salvado del pueblo injusto”.

Moisés se emparentó a la familia del anciano, encontrando la paz interior y exterior en compañía de esta acogedora familia. Se sentía como uno de sus miembros. Por ello estaba muy contento por haber tenido este destino no tardando en tener confianza en el anciano y era normal porque ambos eran creyentes y fieles a Allah. Moisés dio prueba de una honestidad y de una generosidad proverbial, lo que incrementaba su capital de respeto y consideración por Chouaïb y sus dos hijas. Si modestia y sus caracteres nobles indujeron a una de las hijas a pedir al padre conservar a Moisés con ellos. En realidad, su facultad física y su honestidad atraían a la muchacha. Esta familia necesitaba acuciantemente a un hombre tan fuerte como Moisés para protegerse de la perfidia de la gente: “O padre contrátale – dijo la hija- el mejor asalariado que debes contratar debe ser fuerte y honesto”.

“Moisés – siguió diciendo la hija- destapó solo el pozo cuando se encontraba débil y muy cansado a causa del viaje, mostrándose virtuoso e integro cuando me enviaste a invitarle. Era tan tímido que no se atrevía a lanzarme alguna mirada fugitiva. Andaba ante mí, evitando mirarme de manera sospechosa. Quiere continuar siendo casto incluso en su pensamiento para no pecar de indecencia.

La propuesta de la joven no sorprendió al padre para quien era una declaración expresiva de lo que pensaba él mismo: contratar a su invitado.

Moisés no solo era necesario sino también y sobre todo deseable. El padre contemplaba pedirle continuar con la familia, pero vaciló por razones conocidas: era padre de dos hijas y no tenía hijo varón. La solicitud de su hija le estimuló a manifestar su deseo. Se levantó y dijo: “Quisiera casarte a una de mis hijas presentes a cambio de que permanezcas a mi servicio durante ocho años, pastando a mi ganado, ayudándome y consolidándome. Si deseas ir mas allá de diez anos, no sería mal. Sería un favor que me hagas. No te impondré absolutamente nada difícil ni penoso y si Allah Quiere, encontraras en mi el ser mas integro y el más amable. Moisés era un extranjero, solo y buscado por los egipcios. Su familia y sus amigos estaban al otro lado del mundo. Se sentía abandonado y rechazado. Por lo que ha aceptado la propuesta de Chouaïb sin pensarlo dos veces, expresando incluso su alegría por haber sido honrado por tan generosa oferta. La vida le abría nuevos horizontes y magníficos desenlaces. Respondió: “Estoy muy contento de poder formar parte de vuestra familia. No escatimaré esfuerzo alguno para ayudarte y consolidarte”.

Al día siguiente Moisés se disponía a llevar a cabo su promesa, asumiendo la responsabilidad de la mejor manera posible. Transcurría el tiempo y Moisés vivía en toda quietud con esta familia, llevando una vida tranquila y fácil, recuperando de nuevo la esperanza en la vida, pastoreando el ganado durante diez años y ayudando activamente al anciano en sus labores cotidianas. El cuidado de Allah no lo abandonó en ningún instante. Al cabo del plazo convenido, Moisés se casó con una de las dos hijas. El suegro le ofreció en señal de generosidad el ganado. La nostalgia le incitó a contemplar el regreso, preparándose entonces a volver a Egipto. Comenzaba a sentirse obsesionado por este deseo hasta el punto de que dejó de soportar la estancia en Medyana.        

De este modo, el día convenido, Moisés preparó sus cosas y emprendió el destino de Egipto. Antes de irse se despidió de su suegro, pidiendo a Allah de mantenerlo bajo Su protección. Moisés se dirigió hacia el sur con pocas provisiones. No tenía ni asistente ni apoyo a excepción de su familia. Al llegar al Monte Sinaí se encontró perdido. Convergió su mirada hacia el inmenso desierto que se extendía ante sus ojos, no sabiendo que dirección emprender, dándose cuenta de que estaba perdido. Entonces se entregó a Allah, no perdiendo la esperanza en la misericordia del Creador.

Moisés divisó un fuego a lo lejos… por el lado del Monte Sinaí. Se paró, pidiendo a sus acompañantes de hacer lo mismo. “Diviso a lo lejos un fuego, si voy a verlo, tal vez podré aportaros alguna noticia o por lo menos una antorcha que os protegerá del frio”.

Al trasladarse al lugar del fuego, fue interpelado, en el valle, en el sitio bendito, cerca del árbol, en medio de esta noche clara y sonriente: O Moisés. Yo Soy, en realidad, Allah, Señor de los mundos”. Se trataba, pues de las primeras manifestaciones de su profecía. Una dignidad sin par de Allah. La primera Iniciativa tendente a encargar a Moisés a transmitir el mensaje del Señor. Cerca de este fuego, Allah le dijo: “¿Qué llevas, ¿Moisés, en tu mano derecha?” Incapaz de encontrar una respuesta adecuada, se limitó a responder: “Es mi fusta sobre la cual me apoyo, que me sirve a deshojar los arboles para mis corderos y otros usos”. Moisés había creído que debía precisar los intereses o las cualidades. Ignoraba que la pregunta constituía una introducción a una enorme responsabilidad… una nueva declaración.

Allah Preguntaba a Moisés sobre la naturaleza de su fusta para revelarle una nueva verdad. Esta fusta le iba a servir de prueba cuando llegará el tiempo de la invitación al culto de un Dios Único, que esta fusta será un signo manifiesto, que pone el acento sobre el poder prodigio de Allah, un favor, una gracia a favor de, no solamente, Moisés, sino de la humanidad entera.

Allah Ordenó a Moisés de tirar el bastón que se transformó en una serpiente reptante. Al ver que la fusta crecía, convirtiéndose en un reptil con ojos negros, Moisés trató huir, pero la Voz le decía: “Moisés, no tengas miedo. Mis mensajeros no deben tener miedo”.

Moisés se sintió aliviado por esta afirmación, buscando obtener el título de la profecía por merito y a mostrarse digno de un tal favor. Otro milagro le esperaba: la Voz le Ordenó de nuevo a poner la mano en el bolsillo de su túnica para que saliera muy blanca sin ningún esfuerzo por la gracia de Allah.

Estos dos milagros estaban destinados a convertir la vía trazada ante Moisés para que pudiese guiar a la gente por el camino recto. Constituían una prueba cabal que ponía el acento sobre su sinceridad y servirían de signo al faraón y a su pueblo…un medio para sacar a los habitantes de Egipto de las tinieblas hacia la luz y recordarles la misericordia de Allah.

El faraón y sus dignatarios habían vivido en Egipto, país del Nilo. Eran soberanos de los hebreos y de los coptos y se comportaban como impíos, sin escrúpulos para impulsar la corrupción en la tierra y oprimir a la gente. Eran tan orgullosos que se declararon dioses dignos de adoración y de veneración. Esta imposición de obligar a la gente dar asociados a Allah fue uno de los actos más ignominiosos. No se limitaban a someter a la gente a la esclavitud, sino también ofendían a los hebreos, los cuales habían sido reducidos a la impotencia, convirtiéndose en súbditos ofendidos y a ofender. Trabajan día y noche sin poder garantizar ni siquiera su pan cotidiano, mientras que el Faraón y los suyos vivían en medio de una opulencia sin límites, no pensando más que en una sola cosa: saciar sus deseos, cueste lo que cueste. La gente del poder y sus jefes se habían descarriado del camino recto y se negaban a volver a la razón. Los efímeros placeres eran su objetivo supremo. Se habían desviado de la buena vía pese a las pruebas más que fehacientes de su error y de su pecado.

La necesidad de enviar a un mensajero a este pueblo era imperiosa e incluso urgente. Allah es Generoso hacia la gente. Al ver que se ignoraba la vía recta y que se dirigía directamente hacia el abismo y la perdición, les Envió un mensajero que hablaba su lengua y que compartía con ellos la misma preocupación, los mismos modos de vida y las mismas aspiraciones a fin de facilitarles las cosas, trazarles el camino para adquirir la capacidad de distinguir lo verdadero de lo falso y entre el bien y el mal. De esta manera, Allah Confió a Moisés la naturaleza de su misión. ¨Aquí tienes dos pruebas de Tu señor, destinadas al Faraón y sus dignatarios que son gente perversa. Estas dos pruebas tienen por papel consolidarte en tu misión y reforzar tus argumentos. Vete a ver a los que obran como tiranos para tratar de sacarlos de las tinieblas hacia la luz. Haz que reine la verdad en el país del Nilo para que la luz del monoteísmo se extienda entre los habitantes y se infiltre en sus espíritus descarriados.

Moisés respondió a la llamada de su Señor, comenzando a prepararse sin vacilar a cumplir su misión. El llamamiento divino no era el único que le inducia a consagrarse a esta misión. Es verdad que las pruebas que se le había ofrecido habían reforzado su determinación, pero había otra razón para acatar esta espontanea aprobación. Moisés era buscado por el faraón y sus súbditos por haber cometido un homicidio por imprudencia. Estaba condenado. No tenía siquiera la oportunidad de defenderse o de justificar su falta. Además, Moisés estaba seguro de la injusticia del Faraón, razón por la que huyó a Medyana durante diez años en espera de un feliz desenlace. Había soportado la amargura y el resentimiento del exilio, lejos de los suyos para salvar su vida. Había llegado el tiempo para volver a Egipto, con la resolución y reforzado con la bondad divina. Había sufrido atrozmente durante esta espera. Nunca había olvidado su país natal y estaba impaciente de volver a ver a su familia, a su tierra donde jugaba cuando era pequeño con sus contemporáneos. Durante este exilio forzado y forzoso acariciaba continuamente la esperanza de volver a su tierra. Pero… ¿Qué hacer ?  Estaba ante una situación lamentable… ante una decisión o un impedimento innegable. ¿Podía hacer frente solo al faraón, a Haman y a sus ejércitos? Había pasado diez años de su vida esperando un desenlace conveniente. Con paciencia, buscaba consolarse cuando las ganas y el deseo de ver a su pueblo dominaban su corazón. Cada vez que suspiraba por el regreso la desesperación lo colocaba cara a cara ante la cruda realidad. Debido a todas estas razones, Moises encontró en su nueva misión la ocasión tan anhelada. En efecto ahora puede sonar con volver a su tierra. La frustración y el exilio se convertían en un recuerdo lejano. Ahora estaba provisto de pruebas procedentes de Allah que le iban a dar el refuerzo y la certeza en la nobleza de su misión. Estaba seguro del éxito de la misión.

Hasta aquí Moises estaba aliviado, pero aún tenía una preocupación: una mancha negra en su vida. Buscar el perdón de Allah era su Esperanza. Allah lo Había Salvado. Esta realidad era evidente para él, pero ¿Le había perdonado su crimen ? El asesinato que había cometido contra un súbdito del Faraón le había atormentado tanto… Necesitaba estar seguro de que Allah lo Haya Cubierto con Su gracia… le haya perdonado este grave error. Entonces se dirigió a Allah: “Señor he matado a uno de ellos y tengo miedo de que me mataran”. La Voz le Anunció entonces: “Allah te Ha Perdonado esta falta. No temas de presentarte ante el Faraón y sus dignatarios. No consideres esta situación difícil. Tienes pruebas cabales. Signos susceptibles de convencer a toda mente pagana. Sabemos perfectamente que eres un creyente sincero, que el monoteísmo está arraigado en tu espíritu, que domina tu existencia y llena tu corazón. El monoteísmo es tu única preocupación”.

Moises tenía miedo de que se le tratara de mentiroso, de criminal o de provocarlo hasta el punto de no encontrar el menor argumento. Si. Quería iniciar su misión perfectamente. Era consciente de que este asunto exigía de él una elocuencia y una facultad oratoria muy avanzadas. En realidad, esta misión era muy importante. El menor error podría acabar con todo lo que había edificado. Además, tenía que responder de un crimen cometido. Los egipcios creían que se trataba de un acto premeditado. “Señor – dijo Moises- Haz que mi corazón se convierta en apto a recibir Tu revelación a fin de poder ejecutar Tu mensaje de la manera más perfecta y para lograr solucionar todas las dificultades. Facilita mi misión, Desata mi lengua para poder convencerles de la sinceridad de mi misión y para que comprendan lo que tengo que decirles. Dame un ministro entre los míos. Aarón, mi hermano. Aumenta por él mis fuerzas y Asóciale a mi misión a fin de glorificarte mucho y evocarte sin cesar”. Allah Aceptó la demanda de Su enviado, Cubriéndolo de honores y Apoyándolo en su misión. Aarón recibió una revelación de Allah que le Incitaba a unirse con su hermano Moises para apoyarlo en su misión.

Aarón que se encontraba en Egipto respondió al llamamiento de Allah. Preparó sus cosas y se fue buscando a su hermano, a quien encontró en el lado derecho del Monte de Sinaí.

Al ver a su hermano, Moises se sintió más tranquilo y más aliviado por el hecho de que Allah Haya Aceptado, una vez más su voto.

A ambos, Allah Insinuó: “Id, juntos con Mis signos y no olvidéis Mi rememoración. Id a ver al Faraón que obra como un impío. Entablad con él un lenguaje afable porque ello sería más fácil con él, sino su corazón se endurecerá tal vez sería más amable y se mostraría más dócil cuando os encontraría más accesibles. Quiero que se someta a Mi voluntad y cese de oprimir a la gente. Prestad atención y tratan de no excitarlo porque de lo contrario puede dejarse llevar contra vosotros y actuar como un impío. Muéstrenle toda prueba inherente de persuadirlo y no le dejéis ninguna alegación en la que se basaría para presentar las justificaciones fútiles e insignificantes para disimular su infidelidad. Una vez más, Os Aconsejo a invitarlo amablemente a Mi culto sin necesidad de mostraros severos o arrogantes, sino os atacara para vengar su dignidad y proteger sus privilegios”.

¿Existe alguien más competente en materia de inculcar el arte de la conveniencia, el saber hacer, las buenas costumbres y la delicadeza que Allah? Nunca…Jamás. El Señor de los cielos y de la tierra Es el Único apto a ensenar a la gente sus cualidades. Los que instan al culto de un Dios Único y obran con bondad serán retribuidos por Allah.

En este orden de cosas, Moises debía al Faraón el favor de la educación. Era un derecho que le exigía tratar convenientemente a su padre adoptivo.

Allah Ordenó a Moises y a su hermano de ir a ver al Faraón y de decirle: “Somos dos enviados de tu Señor”. Luego les Aconsejó invitar a este tirano a tratar con bondad a los hijos de Israel y de cesar de hacerlos sufrir injustamente. Moises y su hermano respondieron al llamamiento de Allah, regresando a Egipto y presentándose ante el Faraón, el cual se burló de ellos, tomando su mensaje con una imprudente ligereza y expresando su sorpresa ante lo que le instaban: “ ¿No re hemos criado, o Moises, cuando aun eras pequeño? ¿No has pasado años entre nosotros?” respondiendo Moises: “¿Crees que eres condescendiente conmigo porque me han tomado como un hijo adoptivo? ¿Es este el favor que me reprochas cuando tú esclavizas a los hijos de Israel? Sin tu injusticia para con los judíos nunca me hubiera separado de mi familia. Mo estancia en tu palacio se debía a razones my conocidas. Antes infligías a mi pueblo un castigo tan horrible como fiero: a raíz de la insinuación de uno de tus magos, has matado a todos los recién nacidos varones judíos, dejando a las mujeres llorar la muerte de sus hijos.

El faraón respondió irónicamente: “¿No has cometido el delito que se sabe? ¿No te has comportado como un ingrato? Eres, pues un impío”, respondiendo Moises: “Si. Lo cometí cuando era aun un descarriado. Tuve que huir temiendo tu injusticia. Ahora Allah me Ha Perdonado este error y Me Ha Asignado el poder de juzgar y Ha Hecho de mi un profeta”.

Hasta aquí, Moises logró impresionar al Faraón el cual, para ocultar su fracaso, abordó otro tema, creyendo que con él podía contrarrestar los sólidos argumentos de Moises: “ ¿Pero… ¿Quién es este Señor de los mundos del que hablas? Respondiendo Moisés: “Si quieres ser un creyente sincero y obrar en tanto que hombre que busca la verdad de la existencia, te digo que es el Señor de los cielos y de la tierra”. El faraón se enfadó, irritándose hasta el punto de no saber qué decir o qué responder. Se dirigió a sus súbditos y se burló de Moises a fin de suscitar el asombro y la desaprobación de los que asistían a esta polémica, lanzando una exclamación desdeñosa: “O mi pueblo, ¿Habéis escuchado? Le pregunto quién es este señor, cual es su verdad, sus caracteres y él se limita a contarme los impactos y los hechos de su Señor. Una vez más, Moises se limitó a decir: “es tu señor y el Señor de nuestros primeros ancestros. Es el señor de Oriente, de Occidente y de todo lo que existe entre ellos, si quieres razonar”. Furioso, el Faraón estalló de cólera porque no encontraba, haciendo uso de su fuerza y su poder para reducir a Moises al silencio, amenazándolo: “Si adoptas otra divinidad a parte de mi te arrestaré”.

A Moises no le asustó esta amenaza, mostrándose indiferente habida cuenta de que estaba seguro de su sinceridad y de la arrogancia del Faraón. Entonces dijo con una singular elocuencia: “¿Y si te aporto una prueba edificante?

Había llegado el momento de recurrir a lo que le Había Ensenado Allah. No tenía nada que temer porque poseía una prueba cabal y un milagro convincente y decisivo. Iba a reducir al Faraón a un silencio mortal.

“Muestra lo que tienes si eres un hombre verídico”, le desafió el Faraón.

Continuara

[1]    Madre de Moisés llamada también Jukabad.

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