CrónicasFeaturedSociedad

Los relatos del Corán (o de los Profetas), de: Muhammad Ahmed Jad al-Moula Muhammad Abu al-Fadel Ibrahim Ali Muhammad al-Bajaoui Al-Saïd Chahata Traducido al español por Said Jedidi (Dar Al Kutub Al Ilmya- Beirut)

Especial Ramadán

 

                               XII-  ISMAIL EL INMOLADO

 

 Abraham no había olvidado a su hijo. Venía a verlo de vez en cuando y le visitaba periódicamente para asegurarse de su salud y de consolarse, viéndolo crecer día tras día. Al alcanzar Ismail la edad de pubertad, haciéndose lo suficientemente fuerte para trabajar y ocuparse de él mismo, su padre tuvo una visión que, en realidad era una revelación verídica en la que se le ordenaba inmolar a su hijo[1]. Las visiones de los profetas nunca son ilusiones sino verdaderas insinuaciones, inspiradas de Allah.

Una vez más se encontraba sometido a una dura prueba: en avanzada edad con la espalda jorobada por el efecto de la acumulación de los anos, objeto, desde su más tierna infancia a los peores tormentos, abandonado por su propia familia, una vejez sin progenitura, un emigrado de ciudad en ciudad para proteger su vida, con, como progenie, por la gracia de Allah, un hijo único que aun en una edad muy tierna tuvo que transportarlo con su madre, por voluntad de Allah, a un lugar inhóspito, árido y desértico, dejándolos sin protector ni vecino. Se veía sometido, aquél día, de nuevo, a la voluntad divina, que aceptaba con placer. Tenía total confianza en la misericordia del Señor absoluto. Su creencia estaba consolidada, inquebrantable. Estaba seguro de que El que lo había Creado Era, indudablemente Digno de protegerlo. Su esperanza no podía ser pasto de dudas y no era en vano: allí estaban su esposa Hagar y su hijo Ismail colmados de las gracias de Allah con las que nunca se había sonado. Luego…después de todos los sufrimientos se le ordenaba inmolar a su hijo único. ¡Qué dura prueba! Hasta las montanas inmóviles sucumbirían bajo el peso de esta carga.  ¡Cuando su hijo alcanzó la edad de acompañarlo, se le ordenaba inmolarlo! Las grandes desgracias no asolan más que a los hombres valientes que son, eso sí, los únicos en cumplir estas enormes responsabilidades. Esta prueba  estaba a nivel de la dignidad de Abraham, a la medida de su certeza y de su creencia, yendo en par con su nobleza y su elevado rango. Allah ¿no lo había considerado como Su amigo intimo?

Respondió al llamamiento de Allah, sacrificando toda su existencia al Señor de los mundos, emprendiendo el camino con destino a Palestina. Allí se encontró con su hijo a quien anunció lo que había visto en su sueño. ¡Qué noticia! Lo más sólido del universo se derrumbaría con este anuncio y los corazones más duros se estremecerían ante la amplitud de esta desgracia. Abraham dijo: “Mi querido hijo, vi en el sueno que te inmolaba. ¿Qué piensas? Abraham evocó ante su hijo esta visión a fin de no asustarlo, poniéndolo al tanto de manera improvisada o inmolándolo por fuerza.

La reacción del hijo resultó, cuando menos, asombrosa, dando sin vacilar su acuerdo diciendo: “Padre, ejecuta la orden que se te ha inspirado. Veras que, si Dios Quiere, seré de los que soportan. ¡Que piedad ! ¡Que fe ! Esta confianza en la justicia de Allah es absolutamente incomparable. Ismail se sometió a la voluntad de su Señor sin vacilación, con el alma tranquila, el corazón aliviado y la resolución firme[2].

Al ver a su padre perturbado, Ismail quería hacerle fácil su tarea. Trató de consolarlo, minimizando la gravedad de este asunto. ¿Cómo se puede inmolar a su propio hijo único? ¿Cómo se atrevería a hacerlo ?

Ismail dijo: Mi padre, aprieta firmemente mi atadura, anuda bien mi cordón para que no pudiera temblar. Despoja mi túnica para que no se moje de sangre porque si mi madre la viera, estallaría en sollozos y morirá bajo el paso del dolor. Quiero que mi recompensa sea completa. Afila bien el cuchillo y pásalo rápidamente sobre mi gaznate para que no sienta el golpe de la muerte. Transmite mis saludos a mi querida madre y si quieres aportarle mi túnica, hazlo tal vez, viendo algo que me pertenece, le podría consolar. Evocará mi recuerdo cada vez que la tomará entre sus manos. Besara mi silueta cuando me buscara entre la multitud y no me encontrara”.

Abraham le dijo: “Que Allah te bendiga, querido hijo. Que Él, Esté satisfecho de ti”. Lo apretó cariñosamente contra su corazón y lo besó muy fuerte.

Abraham volvió el rostro de su hijo hacia la dirección del sur: la de la Kaaba, atándolo firmemente. Cogió el cuchillo en sus manos. Llorando, examinaba a veces el cuchillo, mirando a su hijo otras. Se sentía agobiado, sin fuerzas, expirando un suspiro de lamento por este hijo tan joven luego colocó el cuchillo sobre el gaznate de su hijo y con un gesto muy rápido lo pasó…en vano. El cuchillo perdió su eficacia. La gracia de Allah lo devolvió mellado. ¡Qué misericordia! El afilado de esta hoja sufrió una rotura en el momento en que Abraham reunió sus fuerzas para inmolar a Ismail quien dijo a su padre: “Me querido padre, dirígeme de manera a colocar mi cara contra la tierra porque cuando me miras de cara, tus fuerzas se desvanecen y tendrás piedad de mi. Ejecuta la orden de Allah, querido padre”. Abraham lo hizo, colocando el cuchillo sobre la nuca de su hijo, pasando la hoja bruscamente como lo había hecho antes…en vano. Entonces se quedó estupefacto, no sabiendo qué hacer. Se dirigió a Allah, pidiéndole Proporcionarle un desenlace y de Tener piedad de él. Allah Escuchó su rogatoria, Teniendo piedad de su debilidad: Lo hemos llamado: O Abraham has agregado fe a tu visión. Es asi como Atribuimos a los fieles”.

Abraham y su hijo se alegraron al escuchar este llamamiento. Estaban muy contentos de que Allah los haya Salvado de esta desgarradora situación, además, Gratificándolos con una buena retribución. Se tranquilizaron, consolidando su fe. Abraham acababa de pasar por la prueba más dura de su vida.

Allah cambió a Ismail con otra inmolación considerable[3] que surgió súbitamente ante ellos. Invadido por una inmensa alegría, Abraham avanzó precipitadamente hacia esta inmolación, sacrificándola con el mismo cuchillo que hacia justo unos instantes estaba mellado, degollándola. La sangre el suelo. Era un rescate ofrecido por Allah para salvar a Ismail. Desde entonces la inmolación se convirtió en una práctica observada por los musulmanes que conmemoran cada año con ella el recuerdo de este acontecimiento y agradecen a Allah por su gracia.

Hemos contado más arriba que los vuelos de los pájaros habían arremolinado el cielo del lugar mismo donde estaba Hagar con su hijo buscando una fuente de agua. Este lugar sin cultivo alguno conocerá un nuevo periodo: el de la prosperidad y la productividad con la llegada de la gente de Gerham. Esta gente se había instalado antes de una región muy baja de la Meca. Más tarde descubrieron la existencia de una fuente de agua, allá donde se encontraba Hagar, gracias al movimiento inhabitual de un vuelo de pájaros que, insólitamente volaba a baja altitud por encima de este lugar conocido por su sequia. Este acontecimiento atrajo su atención, abriéndoles los ojos sobre la posibilidad de la existencia de una fuente de agua. A raíz de una exploración de uno de ellos, la suposición se convirtió en cierta y la buena noticia se propagó entre ellos.

La gente de Gerham se precipitó separadamente o en grupos, tomando este lugar por residencia no sin antes pedir el permiso y la aprobación de Hagar para residir allí, aceptando ésta, pero imponiéndoles, por otra parte, condiciones muy simples: Que sean invitados sin derecho alguno sobre aquél punto de agua.

Los Gerham aceptaron, gustosos, estas condiciones, enviando a uno de ellos para anunciar la buena noticia a los demás, los cuales encontraron en esta invitación una ocasión propicia¸ aceptándola y decidiendo hacer del lugar su residencia. Fue asi como la ciudad creció y se desarrolló;

Ismail vivió en este lugar hasta alcanzar la mayoría de edad, adquiriendo una firmeza de carácter que, junto a su buena reputación entre su gente, le convirtió en una notoriedad pública. Viviendo pues entre ellos aprendió su legua que era el árabe e la que logró expresarse correctamente.

Se casó con una mujer de Gerham, lo que consolidó su relación con ellos, integrándose como si fuera uno de ellos. Sin duda, estaba satisfecho de su situación puesto que poseía todas las comodidades susceptibles de facilitarle la tarea de llevar a cabo una vida decente y feliz. Pero la suerte tenía otro rostro: La muerte de su madre que, para él, era una pérdida muy grave, llorándola amargamente. Para él esta pérdida era muy difícil, recordando que, siendo aun muy pequeño le rodeaba con su cariño. Hagar era para él una solución…la solución que le protegía en los momentos difíciles y se ocupaba de él hasta el último suspiro.

Abraham no había olvidado a su hijo, el ser más querido para su corazón. Venía a visitarlo de vez en cuando para informarse de su vida y sus peripecias. Durante una de estas visitas a la Meca, se fue, como era habitual, a ver a su hijo, el cual no se encontraba en casa donde solo había su esposa. Abraham le preguntó sobre Ismail sin revelarle su identidad, contestándole que Ismail salió en busca de algo para comer antes de enlazar en una interminable serie de quejas y lamentos sobre la difícil situación en la que vivían, privados, según ella, hasta del pan cotidiano.

Abraham la consideró entonces una mujer de mal augurio, viendo en ella la mujer desobediente que no se contenta con lo que Allah le Ha Designado y que se lamenta eternamente sobre su destino. Abraham la consideró indigna de compartir la vida conyugal con su hijo puesto que se quejaba de su situación como esposa a un pobre. Trató de evitarla, sentándose a horcajadas sobre su bestia listo para irse de allí. Pero antes de emprender el camino, le pidió transmitir sus saludos a su hijo y de aconsejarlo cambiar el umbral de su casa. Se trataba, en realidad, de un sincero mensaje para su hijo tendente a pedirle de manera indirecta a divorciarse y de volver a casarse con otra mujer más digna de llevar su nombre.

Como de costumbre, Ismail regresó al hogar un poco tarde como si presintiese que algo desagradable iba a suceder durante su ausencia. Al llegar a casa, preguntó a su esposa si alguien vino a verlo, respondiendo ella afirmativamente, describiendo las cualidades de este hombre de quien ignoraba su identidad: “Me preguntó sobre ti, expresando una inhabitual impaciencia de verte y de conocer cómo van tus cosas. Por mi parte, le conté todo lo que quería saber, describiéndole la austera vida que levamos”. Descontento, Ismail le dijo:

  • ¿No ha dejado un mensaje para mí?

  • Si, respondió. Te saludó y te pidió cambiar el umbral de su casa.

  • Era mi padre, replicó inmediatamente Ismail, separándose de su esposa sin contemplaciones.

Abraham volvió pocos meses después a ver a su hijo. Llegado a la casa tampoco encontró a su hijo, pero si a su nueva esposa. Entonces le preguntó dónde estaba Ismail, respondiéndole que salió en busca de algo para comer. Antes de dar media vuelta para irse, le preguntó cómo iban las cosas con ellos, contestándole ella que vivían en la quietud llevaban una vida tranquila¸ gozando de las riquezas y que, por la gracia de Allah, poseían todas las ventajas de vivir en el bienestar.

Abraham se sintió aliviado, alegrándose de ver a la esposa de su hijo preferido obediente y frugal, piadosa y agradecida, encargándola de transmitir sus saludos a Ismail y de decirle de conservar el umbral de su casa, emprendiendo el camino de regreso, contento y satisfecho.

Por la noche Ismail regresó al hogar, preguntando a su esposa como pasó el día.

  • Un anciano de aire respetuoso y decente vino a verte. Es como si estuviera rodeado de una aureola venerable. Se descansó un poco, preguntándome sobre ti. Le conté un poco el bienestar en el que vivimos y antes de irse me encargó de saludarte y de transmitirte su consejo consistente en conservar el umbral de tu casa.

  • Era mi padre, replicó Ismail, precisando: me encargó de conservarte.

Satisfecho, Ismail sacó el buen augurio de este consejo, colmando a su esposa con su cariño y su cuidado. Juntos vivieron en plena quietud y fundaron un hogar basado en el respeto mutuo y la piedad.

Desde su última visita a la Meca, A1braham permaneció mucho tiempo sin ver a su hijo. Un día apareció repentinamente, pero esta vez la visita tenía un objetivo diferente. Si en el pasado pasaba a informarse de la situación de su hijo y a aliviar su corazón viéndolo en buena salud, esta vez estaba allí para llevar a cabo un asunto tan importante como urgente: Allah le Ordenó construir la Kaaba y edificar el primer templo para los musulmanes. Abraham obedeció la orden de Allah, comenzando la ejecución del trabajo sin temor o lamento. Se fue directamente a Al Hidjaz, buscando por todos lados a su hijo, al borde del rio, entre la población, encontrándolo por fin  junto a un árbol afilando dardos cerca de Zemzem.

Ismail vio a su padre avanzar hacia él, tirando lo que tenía entre las manos y corriendo a acogerlo. Su rostro se iluminó al ver a su padre. Estaba profundamente alegre de volver a verlo, abrazándose cariñosamente los dos hombres, intercambiando expresiones de bienvenida.

Esta separación era tan difícil para Abraham como para su hijo. Se fueron a un lugar alejado, entablando una discusión tierna y afectiva.

Era absolutamente maravilloso ver la emoción de uno y otro y sus manifestaciones de ternura, amor y serenidad por este excepcional encuentro entre un padre indulgente y un hijo piadoso.

Permanecieron asi durante tiempo. Luego como si alguien les sacudiera, se despertaron de este magnífico sueno. Entonces Abraham contó su secreto a su hijo: O mí querido hijo. Allah me Ordenó construir un templo aquí, indicándole un lugar en una elevada colina ante ellos “y debemos comenzar desde ahora” precisó.

Ismail aceptó sin vacilar lo que su padre le acababa de pedir: “O, padre, Estoy a tu disposición. Acepto voluntariamente lo que me estás pidiendo”, avanzando ambos con esperanza reforzada por la determinación y guiados por un poder divino[4] hacia el lugar indicado por Abraham para comenzar la ejecución de la orden divina. Cavaron la tierra, construyendo las bases y los pilares de esta Santa casa. En sus labios no había más que una sola expresión: Señor, acepta de nosotros esta obra de. Tu Eres el Omnisciente. Señor Haz de nosotros musulmanes, Indícanos los ritos que debemos observar y Acepta nuestro arrepentimiento, Tu Eres el Indulgente y el Compasivo por excelencia”.

En poco tiempo, Ismail y su padre pudieron elevar el edificio, apareciendo los signos de este bendito templo. Ismail aportaba piedras y preparaba herramienta mientras que Abraham se dedicaba a construir los muros. Indudablemente estaban dotados de una fuerza divina para poder terminar este gigantesco trabajo y encargarse solos a cumplir la construcción de esta Santa Casa.

El Templo se elevaba a una gran altura, con sus muros muy altos… tan altos que obstaculizaban la labor de Abraham quien no podía continuar la construcción. Le era muy difícil transportar las piedras a la parte alta construida, pidiendo a su hijo traer una piedra sobre la que podría alcanzar la parte alta del edificio: “Mi querido hijo, apórtame una piedra para que pueda continuar construyendo los muros y al mismo tiempo para ver lo que hemos construido hasta ahora”.

Ismail se fue a buscar lo que su padre le pidió, encontrando una piedra que actualmente esta incrustada en el muro en un ángulo de la Kaaba.

Abraham utilizó esta piedra para continuar su trabajo e Ismail continuó aportando todo lo que le pedía.

Abraham trabajaba incansablemente para terminar su trabajo lo antes posible. De modo que cuando terminaba la construcción de un lado, se apresuraba a construir otro hasta terminar la construcción. La Santa Casa surgió entonces con todo orgullo. Era un lugar de visitación y un asilo seguro para los hombres que, desde entonces, no cesan de efectuar allí visitas rituales. Fue entonces cuando Allah realizó el voto de Abraham cuando éste pidió un día, al dejar a su familia sola en el desierto: “Haz de manera que los corazones de una categoría de hombres  sintieran el afecto por ellos, Aliméntalos de frutas, tal serán agradecidos”[5].

[1]   Aceptar la fatalidad que improvisa la voluntad divina es la base de la buena fe. Además, ello no impide de modo alguno, que el hombre aspirase a estar más favorecido. Se siente satisfecho por lo que le sucede y busca lo que haría de su vida futura más tranquila y más prospera.
[2]    El profeta, Allah le bendiga y le de la paz dijo: “Velad por lo que os es útil. Entregaos a Allah y no seáis desesperados”.
[3]   O Caaba, muy antiguo templo de la Meca llamada en otros tiempos la Casa de Allah y que es objeto anualmente de la peregrinación de los musulmanes.
[4]     La vaca (al-Baqara): 125-129; La familia de Amran (al’lmran): 96; Abraham (Ibrahim): 35. El peregrinaje (al-Hadj): 26.
[5] Abraham (IBrahîm): 38.    
Afficher plus

Articles similaires

Bouton retour en haut de la page