CrónicasFeaturedFin de Trayecto

Mi Teléfono. Por Miguel Gila

Sonríe, por favor

Miguel Gila (1919-2001)

Con su inconfundible humor, Miguel Gila nos lleva en un viaje a través de las peripecias telefónicas de antaño y el avance tecnológico en esta divertida actuación sobre el querido teléfono.

Y ahora les quiero hablar de este aparato. Además de que le tengo un cariño muy particular por la cantidad de años que lleva conmigo, le quiero porque es un aparato muy útil; fíjense ustedes si este aparato es útil que hace unos días estaba yo leyendo un diccionario de sinónimos y había tres palabras que, según el diccionario, querían decir lo mismo, que eran “molestar”, “irritar” y “obrar con mala leche”. Y dije yo: no es lo mismo.

“Molestar” sería si yo marco un número cualquiera, a bulto, el primero que se me ocurre, y pienso también un nombre a bulto y digo:

—¿Está Basilio…? Perdone, perdone.

Esto sería “molestar”, pero si marco el mismo número a las once de la noche y digo:

—¿Está Basilio…? Perdone”.

 Esto sería “irritar”’, pero sí lo hago a las cuatro y media de la mañana y digo:

— Soy Basilio. ¿Ha preguntado alguien por mí?

 Esto sería obrar con mala leche.

Con lo que queda demostrado que el diccionario se equivoca y el teléfono no. Lo que parece mentira es cómo va progresando este aparato con el correr del tiempo; ya los hay inalámbricos, que te los traen en el restaurante a la mesa, que el primer día que me trajeron uno, dije: “¡Vaya hombre! ¡No me he tomado la sopa y ya viene este desgraciado con la calculadora!”. Y era el teléfono.

Y aún avanza más, porque ahora están los teléfonos portátiles, que los llevan en el bolsillo o en el coche, y cuando paran en un semáforo, sacan el teléfono, marcan un número y dicen: “¿Quién eres? Ah, hola hijo, dile a mamá que estoy en un semáforo”, y al rato vuelven a repetir la historia: “Dile a mamá que ya estoy en otro semáforo”.

Pero lo que más asombro me produce es llegar a un teléfono público, marcar el prefijo y hablar directamente con otra ciudad o con otro país. De todas maneras, aunque esto es muy práctico, creo que era más divertido antes, cuando se hacía a través de la Telefónica. Y si no, escuchen:

Señorita, la conferencia que pedí yo a mediados de marzo, ¿usted sabe si tiene demora? ¡No me diga! Sí, señorita, espero, sí, sí, sí, sí, no, no cuelgo. ¿Cómo dice?, sí señorita, insista, es que tienen el teléfono al fondo del pasillo y tardan, sí, gracias. Peee… sí, señorita. No, no corto, antes me corto las venas. Sí, sí… Pepeeee… Pepe… ¿Cómo estás? Soy Eladio. No la radio, Eladio. Sí. ¿Cómo estás? ¿Que cómo estás? Es que por San José, como es tu santo, dije: este año en lugar de mandarle una postal le llamo por teléfono. Que dije yo, por San José, que este año, en lugar de felicitarte con una postal, era mucho más original felicitarte por teléfono, que dije yo, que este año… ¿Usted quién es? ¡Yo que voy a ser Mari Conchi! Señorita, ¿qué pasa? No sé, que hay un señor que me dice cosas. Pues no me tira un beso el guarro. Dice: “¿Quién te va a comer a ti el hocico?”. (La culpa la tienen las operadoras, que meten la clavija en cualquier agujero y mira)… Sí, señorita, gracias. Pepe, soy yo, que dije… es que ha habido un cruce, que dije yo, por San José… Que ha habido un cruce. No, eso no lo dije por San José. Lo del cruce lo digo ahora, por San José dije: este año en lugar de felicitarle con una postal, le felicito por teléfono, que dije yo por San José… Pepe, ¿me oyes? Yo te oigo flojo…, no cojo, flojo, que digo que te oigo flojo, espera… Señorita, no me oye Pepe. Es que si grito más no me hace falta el teléfono, me salgo a las afueras con un canuto y me ahorro la llamada… Pepe, que dije yo por San Canuto… ¡Anda la madre…! ¿Me oyes ahora? ¿Que si me oyes ahora? ¡Pepe, te mando la postal! ¡Adiós! »

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