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Miel Amarga: II Los primeros amigos, Ahmed Elamraoui

Ensayo

Respecto al problema de los papeles de residencia, o mejor dicho mi‘’ irregularidad’’, me lo sentía solamente cuando buscaba trabajo, porque exceptuando a la agricultura, muy poca gente se atrevía a aceptar a sin papeles. En lo demás todo iba normal: circulaba tranquilo en la calle, sin ningún registro policial. Frecuentaba bares para tomar café o para ver partidos de futbol como los demás. Viajaba en el metro o en el autobús a Valencia capital, para disfrutar de la guapa que es esa ciudad. Contemplaba los monumentos de la zona vieja, que es una mezcla de lo que dejaron los romanos y los Almohades, cerca de los barrios: el carme y el botánic y el barrio Ruzafa, donde había muchas tiendas de ropa china y de alimenticios árabes: especies, carnes, pan…en esta zona se cruzan muchas calles con nombres de América latina: Cuba, Argentina, Jamaica, Brasil…pero a los marroquíes les calle bien llamarla a esta zona como la calle Cuba aunque es solamente una calle dentro de aquel distrito.

En una visita acompañado de Lola y otro chico argelino, conocimos a un caso que no era del todo raro, pero era la primera vez que lo sentí de cerca. Es que mientras estábamos tomando café, entró una chica de entre trece y catorce años. A mí me llamó la atención lo que llevaba en su mano: no era un libro entero sino solamente una parte, que normalmente se da para los que quieren memorizar el Corán poco a poco. Se lo dije a Lola, quien mi incitó a preguntárselo a la chica. Resultó que la chica, era un fruto de un matrimonio mixto entre padre argelino y madre española. Dijo que ella eligió la religión de su padre y la otra hermana eligió  la de su madre, y que por lo tanto estaba ahí para aprender el árabe y poder leer el Corán luego,  porque iba  a la pequeña mezquita de la zona.

Había muchos casos en Valencia, igual como este. El más llamativo en el asunto era ver como la gente española veía esos matrimonios mixtos, y estos enlaces que se producían con emigrantes del Magreb. Y había que ver también como estos emigrantes llevaban el fardo encima, soportando o dejándolo caer (en muchos casos) a causa de este contraste y diferencia de idiomas y religiones y culturas. Pues para los españoles, la reacción se variaba entre el rechazo rotundo y el acuerdo permisivo, dado que las personas son libres de elegir lo que les parecía conveniente para sus vidas.

Otro caso iba a conocer más tarde, cuando estaba trabajando con un señor mayor en su vivienda grande. Una vez llamó a su nieta con un nombre árabe. El abuelo me contó como tendría que llevar a la chica el verano de aquel año, para que conociera a sus abuelos árabes en el país de su padre.

  • ¿Y el padre, por qué no lo hace?

  • Es que, si vuelve a entrar en aquel país árabe, lo detendrán en seguida porque ha huido del servicio militar, ya llevaba aquí casi veinte años sin poder visitar a su tierra, y la chica tiene que conocer a su origen, su idioma, su religión…yo me encargaré de eso, porque soy una persona abierta y comprensiva.

Aquel verano de 2002 se coincidió con la copa del mundo que tuvo lugar en Corea  y Japón. Los canales televisivos españoles no transmitían los partidos. Por lo tanto había que buscar “el canal plus” en los bares de la ciudad. Había un bar pequeño en la calle: Carrer San Vicente Portoles. Su dueño era Dominique, un francés de unos 45 años. En el bar había un ordenador conectado a internet. Pues ahí, acudía a veces y pasaba mucho- y luego ya era asiduo – tiempo navegando y chateando, y al mismo tiempo intercambiaba comentarios con Dominique en francés. Era un hombre alegre y me contó como visitó, en los años ochenta, la ciudad imperial de Fez en Marruecos.

Un día, entraron dos mujeres y un chaval con rasgos árabes. Se veía que esta gente frecuentaba antes que yo, a menudo aquel bar; porque Dominique les servía bebidas enseguida. El chaval se puso a  hablar con el camarero en su idioma. Cuando empezaron a hablar de los partidos programados para aquel día, intervine para decir, bromeando, en francés:

  • No os calentéis la cabeza, el que va a ganar la copa será el equipo nacional de mi país (no participaba).

Así empezó la relación con Fudel el argelino francés, quien enseguida me presentó a las dos mujeres: Lola y Carmen. Dos hermanas casadas y con hijos.

Lola era la mayor, con un pelo corto y rubio, cara sonriente y siempre era la quien iniciaba el saludo y la conversación. Su hermana Carmen, con su pelo encrespado y su mirada tranquila y sonriente, comentaba y hablaba poco. Eran dos personas de las mejores que conocí en España. Al principio, pensaba que la naturaleza de su trabajo les exigía ser tal como eran, pero al final descubrí que eran así, de naturaleza.

             Lola y Carmen dirigían con otra gente -según entendí entonces- un proyecto de los trabajadores sociales de la Bancaja: la asociación tenía el nombre de “la red”, cuyo local, estaba ubicado en la calle Ausias March, en el casco histórico de Liria. El local era una casa vieja restaurada de una manera perfecta para servir como sede de una asociación social. En la primera conversación que mantuve con Lola, me preguntó:

  • ¿Cuánto gastas cada vez que te sientas en aquel bar?

  • La verdad es que no voy ahí para tomar algo, sino más bien para navegar por internet.

  • Ah, bueno, aquí en “la red”, puedes acudir cuando quieras, y estar conectado todo el santo día si lo necesitas. Así ahorraras esos gastos laterales.

Mi cara se iluminó y le dije:

  • Muchísimas gracias.

 Como si la gruta de tesoros se me hubiera abierto. Desde entonces “la red” se convirtió en mi segundo lugar y las dos hermanas eran mis nuevos amigos.

Frecuentaba diariamente y con mucha alegría – menos el sábado y el domingo- el local, para aprender la lengua, y navegar por internet para descubrir otros mundos. A veces me llamaban para trabajar y hacer tareas con otra gente.

Lo del chat me ayudó mucho en mejorar mi castellano, hasta tal punto que algunos españoles mantenían las conversaciones conmigo sin problemas y sin darse cuenta de que no era español. Pero algunos, cuando se enteraban del nombre, empezaban las preguntas y los comentarios provocativos:

  • ¿Cómo? Eres moro? ¿Estás de acuerdo con lo que hizo y hace Bin Laden?

  • ¿Cómo puede ser que os casáis con cuatro mujeres al mismo tiempo?

En fin, se olvidaban de todo y se centraban, chateando, en la religión y la cultura arabo musulmana. A la gente, quien me parecía estar sedienta de verdad, de saber cosas sobre el Islam o nuestra cultura en general, contestaba con todo lo que sabía, dando ejemplos -que sabía perfectamente- de la historia, y que algunos de ellos desconocían, entonces se prometían a leer y buscar. Según  recuerdo, era yo el único marroquí, quien navegaba por internet en “la red”. A veces venían rumanos o búlgaros, pero para otros asuntos: como para ser atendidos por el abogado voluntario que venía a “la red” cada miércoles por la tarde.

Yo había aprendido a manejar el ordenador antes de irme a España. Esto fue cuando estaba trabajando en una librería en la ciudad donde acabé mi carrera: Beni Mellal. Un amigo mío, quien era profesor de informática, cuando se dirigía a su trabajo, pasaba también a saludarme de buena mañana. Un día me propuso enseñarme como se tecleaba. Así, pasaba a darme lo básico, y por la tarde me hacia un test. En el plazo de un mes pude aprender lo que se aprendía en seis meses -como me dijo él- en los institutos privados de informática, que proliferaron a finales de los años noventa en todo el país. Y luego llegó la ola del ciber café. Era cuando cree mi primer email.

Todos estos conocimientos adquiridos de esta menara gratis y sencilla, los transmitía a mi amigo Ahmed.

El y yo teníamos que andar la distancia entre nuestro pueblo(del horno) y la ciudad donde se encontraba el ciber, que era casi cuatro kilómetros, por la noche para ocupar un puesto delante de la caja mágica: el ordenador. A veces teníamos que coger el turno. A la sazón venia muchísima gente: pequeños y mayores. Algunos pasaban la noche chateando con el otro lado del atlántico hasta el levantamiento del sol, por la diferencia del horario. Claro, todos estaban orbitando sobre una buena oportunidad para emigrar, eso sí, salir fuera del país.

Por esto también se intensificaron los cursos acelerados de idiomas: inglés, italiano y francés. Este fenómeno duró casi tres o cuatro años: el resultado era lo siguiente: más de diez personas que yo conocía, pudieron emigrar a los Estados Unidos mediante el matrimonio con diferentes tipos de mujeres con nacionalidad americana: gordas, bajitas, altas, delgadas, medio bellas…

Cuando mis compatriotas llegaban ahí, se sorprendían: otro mundo y otra forma de vivir con estas mujeres les esperaba. Después de un cierto tiempo empezaban los verdaderos problemas de convivencia conyugal, sobre todo en caso de tener hijos, claro, no siempre correr es alcanzar.

Mi amigo Ahmed se lió con una mujer, quien, entonces, le llevaba unos quince años de edad. Casada y con hijos. Empezaron el chat por internet, y luego por teléfono móvil. Aquella mujer no buscaba hombre al parecer, sino buscaba conocer otras culturas. Por esto la relación entre ellos duró y se mejoró mucho, y se mejoró también el inglés de Ahmed  rápidamente. A finales de agosto de 2002, Ahmed me hizo una  llamada telefónica:

  • ¿Sabes dónde estoy ahora? ¿Y con quién?

Es que cuando yo “salí para estar fuera del país”, él siguió yendo solo para navegar y chatear respetando la misma puntualidad, por eso adiviné así:

  • Estarás en el ciber para lo de siempre: soñar con irte a los Estados Unidos ¿verdad?

Oí su carcajada, y sin dejarme en suspenso dijo:

  • No, no amigo, los Estados Unidos han venido hasta aquí. Estamos en el parque, tomando bebida fresca: Joyce la mujer, a quien conocí por internet, y yo. Y menos mal que ha aterrizado con su marido, esto acallará las bocas que pudieran hablar mal. Se quedarán un par de días, están muy sorprendidos de lo que están viendo, sobre todo la distancia que teníamos que andar para hablar con ella, por eso me ha comprado una moto en la espera de otras sorpresas, ojala.

Le desee mucha suerte, sabiendo que un día sus esperanzas se harían hechos reales. Cosa que no tardó mucho. Porque en octubre le hicieron una invitación especial para los Estados Unidos, y se fue a vivir con esa familia en West Virginia.

Vengo de mencionar esta buena experiencia, porque entonces empezaba yo, a ensimismar la idea de buscarme una mujer por internet para obtener los papeles de residencia. Pero esto fue en vano después de mucho tiempo intentándolo dentro y fuera de Europa.

Es verdad que no conseguí mi objetivo para encontrar mi media naranja, pero encontré otra cosa guiado por  mi intuición nada más.

En aquellos días de largo chat con diversas personas, inicié una charla con una mujer. Pero la manera de conocer a esta mujer fue la que más  sorprendió tanto a mí como a ella. De hecho, al intercambiar las primeras palabras, me dijo que era de Andalucía, y me acuerdo que luego me corrigia varias veces como se pronuncia este magnífico nombre (porque yo lo prenunciaba sin tilde). Pues enseguida le dije que dado que era de aquel sitio, su nombre tenía que ser: Carmen.

Una larga seria de dibujos y signos de exclamación se figuraban en la pantalla. Entonces me percaté de que mi intuición (que raras veces me fallaba)  acertó esta vez también. Luego me preguntó si yo era un futurólogo. Le conté, primero, que no era español. Y que siendo extranjero, tenía que saber muchas cosas sobre la cultura española aunque tenía de antemano muchas ideas sobre su historia. Entre estas cosas culturales, figuraban los nombres, tanto de personas como de ciudades. En lo que a las personas concierne, pues, descubrí que cada zona tiene unos nombres típicos, a veces según el nombre del padrón o la virgen de la ciudad; y que lo de Andalucía era Carmen para las mujeres. De esta manera, Carmen se incorporó a la lista de mis amigos, mis grandes amigos, y la verdad es que le mentí para no perderla al decir que tenía papeles: porque al contrario, pensaba yo, ella hubiera pensado que buscaba mujer para tener los papeles de residencia.

Pasado cierto tiempo me invitó a visitarla en su ciudad, pero inventé muchas excusas para no hacerlo. En la primera conversación telefónica que mantuve con ella, pidió perdón primero por el acento andaluz que era diferente del resto de España.

  • Es que tenemos un acento peculiar ¿no sé si vas a pillar algo de lo que te digo o no?

  • Tranquila, que te voy a entender.

A decir la verdad, el acento andaluz es diferente del resto de los castellanohablantes. Me parece que a veces “tragan” algunas letras de palabras como cuando te dicen: eta mañana, en vez de esta mañana. O cuando dicen: muher (así me suena), en vez de mujer. O cuando dicen chico en vez de pequeño. O cosas por el estilo. De igual manera hablan también los gitanos. Con el tiempo, podía distinguir entre los acentos del español (dentro y fuera de España). En mi opinión, el de los mejicanos es el más adecuado y fácil para nosotros -los marroquíes no nacidos en España-. Pues los mejicanos pronuncian la “C” como la “S”. Los que aprenden el castellano, les resulta fácil usar así las dos letras, sin empeño. A veces lo de hablar exactamente igual que los españoles, en mi opinión, resultaba negativo al pedir un trabajo, te miraban un poco asustados: hablar bien el idioma significa poder denunciar.

Un día, en el aeropuerto de el menara de Marrakech, antes de subir a la sala de espera, vi a una pareja de ancianos extranjeros con unos papeles en la mano, dando vueltas y miradas de un lado a otro. Entonces dije a mi compañero del vuelo:

  • Vamos a echarle una mano a esta gente.

Así, les dirigí la palabra:

  • ¿Buenas, en qué puedo ayudarles a ustedes, señores?

  • Ah, sí hijo, gracias. No sabemos cómo rellenar este papel.

  • ¿Son ustedes de Argentina, verdad?

  • Ah, sí hijo, me parece que somos los primeros argentinos que visitan este país, ¿pero es usted español, verdad?

  • No señor, soy de aquí, voy a España ahora.

  • Ah que bien, vaya con Dios hijo.

Carmen era una funcionaria, y me dijo que hablaba ingles. Estando, ella, en Andalucía, veía como la gente en aquella zona trataban a los emigrantes de África en general. Varias veces tuvo que intervenir en favor de ellos. La primera cosa que hizo Carmen, era mandarme a “la red”, un paquete repleto de material escolar para mis sobrinos, y algunas pomadas gel de articulación y músculos para mí, porque se enteró de la naturaleza penosa de mi trabajo.

Cuando Lola me llamó para entregarme el paquete enviado desde Andalucía,  me informó también de que había una chica española que quería aprender el árabe.

 Sheila, quien se presentó con el nombre de Sheima acercándose más a nuestra cultura, de esta manera maja, acudía de otro pueblo cercano: la Eliana. Decía que quería viajar al mundo árabe y disfrutar de las cosas que no tenían en España. Y que unos amigos suyos le habían hablado de la hermosura de Marruecos, y sobre todo el norte del país donde se podía disfrutar unos días en el mar, la montaña y….otras cosas que gustaban a los jóvenes de España. Pues la chica fumaba mucho y se sorprendió cuando vio que un ‘’marroquí’’ emigrante no fumaba, ni hachís ni ‘’cannabis” “kifo’’, ni cigarros. Uno, quien iba a la mezquita. Yo no quería cobrar los diez euros por hora que me ofreció, con la buena intención de uno, quien quería enseñar presentar a su cultura con lo que pudiera.

Cuando Lola se enteró de que yo rechazaba cobrar, me dijo unas palabras que se me quedaron en mi memoria, y para el resto de mi vida, me sacudió y me despertó de mis ideales:

  • Si no pides dinero en cambio de tu trabajo -la enseñanza-, la gente de aquí, entenderá una sola cosa: tú no vales nada y no sabes nada y lo que haces lo puede hacer cualquiera de estos que andan por ahí. Olvídate de que tú estás en tu país, si no quieres cobrar, lo haré yo y te daré el dinero: es que cuando más pagan más vienen aquí.

En la segunda sesión de clases, acepté una recarga de teléfono de quince euros, y Sheima me propuso lo siguiente:

  • Tú me enseñas el árabe, yo te enseñaré el castellano, ¿de acuerdo?

  • Vale, acepto.

Al final de la sesión me dijo:

  • Oye, no te puede dar mucho en español, porque ya sabes mucho, te falta poco para hablarlo como nosotros. De la gramática española yo sé poco, tengo limitados mis conocimientos.

 Lo que dijo Lola era verdad, porque la chica se fue después de cuatro sesiones. Me llamó por teléfono pidiendo perdón y que se iba a Cataluña.

Lola me propuso mejorar mi castellano con los voluntarios que trabajaban en “la red”: un grupo de chicos y chicas de otros países: Francia, Italia, Alemania, Hungría, Portugal…eran jóvenes que vivían juntos en una casa en una calle lejos del centro de la localidad. Según entendí entonces, hacían estudios sobre proyectos sociales como: la integración o la marginación, y las ayudas sociales o temas por el estilo. Se quedaban tres o cuatro meses y luego volvían a sus países para que otros vinieran. Yo me limitaba en asistir a las clases para no tener que explicar porque no bebía alcohol o porque no fumaba algo.

La profesora española, quien me enseñaba la gramática se extrañaba de la rapidez de mi aprendizaje de la conjugación. Pero un día me puso mala cara, cuando oyó mi conversación en francés con una chica francesa:

  • Oye estás en España, además se supone que quieres aprender el español no el francés. Me dijo secamente.

Para demostrar mi voluntad de aprender, empecé a escribir historias, memorias, recuerdos y traducciones del árabe al castellano y las llevaba para que ella me las corrigiera. Me daba ánimos, hasta que llegó aquel día cuando escribí algo sarcásticamente, criticando la política de la derecha Europea en general, pensando que toda la gente de la izquierda se simpatizaba con los extranjeros.

La profesora me corrigia lo que escribía, y mencionaba los errores (la mayoría de ellos era  de acentos esdrújulos y algo de conjugación, al mismo tiempo alababa algunas buenas expresiones) pero después de la última obra no dijo nada, me devolvió el cuaderno callada: dejó de enseñarme, hablarme, o saludarme. Mientras que  la relación con Lola y su hermana iba mejorando.

A las diez de una mañana veraniega, cuando yo almorzaba,  Lola  paró su coche delante de la casa donde vivía, y me llevó a ayudar a su padre en otro pueblo: estaba haciendo reformas en el suelo de la parte trasera de la casa, poniendo nuevas y buenas baldosas, limpiando piscina y otras cosas (algunos mayores españoles que conocí sabían hacer muchísimas cosas al mismo tiempo: albañilería, carpintería, cerrajería, fontanería y electricidad).

Trabajé tres o cuatro días con Miguel el padre, y haciendo amistad con el resto de la familia, sobre todo Miguel el hijo, que era casi de mi edad. Ahí, por primera vez iba a saber que la mayoría de las familias españolas daban el nombre del padre o la madre al hijo o hija mayor. Pues esa familia me trató como uno de la casa ni más ni menos. Lola la madre,  me preparaba buena comida sin carne, ni carne de cerdo. Tal como la había aconsejado Lola hija, quien sabía y entendía perfectamente porque yo no comía aquellos productos. Yo me sentaba en la misma mesa que ellos. Por la tarde tomábamos café, viendo el canal 9( nou)  sus películas americanas de los cowboys con el padre, esperando que me llevara Lola a donde vivía.

En aquel verano Lola y la gente de “la red” pensaron en hacer algo que beneficiara al conjunto de los emigrantes con o sin documentos.

Pues los regulares tenían el problema del carnet de conducir: había que homologarlo por otro que tuviera valor en España, porque la mayoría llevaba uno de Marruecos que no permitía conducir dentro del país ibérico, mientras que los que no lo tenían, les resultaba difícil sacar uno, por falta de conocimientos suficientes para cursar o contestar a las preguntas del examen.

Y el proyecto para los irregulares, era enseñarles el idioma español.

Yo llevaba en Liria un tiempo suficiente que me permitió conocer a mucha gente de mi país, por eso, en “la red” pidieron mi opinión para organizar las clases. Pues mi propuesta era empezar por un pequeño test para dividir los grupos: algunos no sabían coger el bolígrafo, otros sabían escribir letras árabes solamente, y pocos sabían letras latinas: articuladas o escritas.

El anuncio que escribí en árabe y español atrajo a mucha gente el día siguiente. Al entrar, se sentaron todos en la sala grande de conferencias, y después, formaron los grupos como se adelantó: los afortunados iban con la guapa española Silvia en el aula n°1, y quienes sabían algo iban con la francesa Laura en el aula 2, ¿y los que no pueden distinguir entre la letra I y una llave inglesa, con quién?

  • Contigo, ¿y por qué no? Ya sabes mucho en castellano, con el árabe puedes ayudarles en escribir el latino.

  • A pesar de ello, no me aceptarían.

  • ¿Cómo lo sabes? No seas pesimista. Dijo Lola riéndose.

En el día siguiente, la gente entraba codo a codo en el aula donde estaba Silvia. Uno vino hacia me y me preguntó:

  • Oye ¿después de aprender esas mentirijillas, nos ofrecerán trabajo o no?

Silvia, con todas las pedagogías y métodos que sabía (porque era maestra), encontró problemas en hacerles entender algo.

  • Tenéis que estar en la otra habitación para aprender primero como se coge el bolígrafo.

  • Queremos asistir aquí para comprender mejor.

Lo que memorizaron de verdad en sus mentes, era el trasero de la chica, intercambiándose guiones de ojos sobre su volumen.

Cuando llegó el tercer día, vino muy poca gente de los que ya sabían, y luego  ya no venía nadie, excepto yo.

Como recompensa por mi trabajo, ¡no realizado!, y por mi buena intención, Lola me ayudó a sacar la tarjeta sanitaria (SIP), que me fue de gran utilidad para beneficiarme de las consultas del médico y de los fármacos de manera gratis. Y me orientó también hacia la lectura sacando la tarjeta de la biblioteca municipal: ALMODI ubicada en la calle: la purísima.

El tiempo que me sobraba en verano, me lo aprovechaba leyendo la gramática española, rodeado de novelas en castellano, casi todas traducidas del inglés americano. Me acuerdo de algunos títulos como: los inmigrantes, los insaciables, el largo camino a casa… cuando algún libro de esos me gustaba, me lo pasaba a Lola, quien no tenía tiempo para leer novelas, para hojearlos. Lo sorprendente era que Lola un día me pidió otras novelas como aquellas, porque empezó a interesarse por la lectura también más que antes.

Tenía un problema con estos libros que compraba y leía: ¿donde los dejo? Como yo cambiaba de vivienda a menudo, esos libros eran un fardo, un peso y una carga más. Me los compraba muy baratos, del rastro de Valencia cerca del campo de futbol el Mestalla, o de las casas de libros usados en el barrio Ruzafa en Valencia capital. Antes de descubrir una buena costumbre entre la clase lectora de los españoles: cuando acaban de leer un libro, lo dejan en espacio abierto: un parque, una parada de autobús, en los bancos de la plaza mayor…, antes de descubrir todo eso, yo recogí todos mis libros, y me los puse en un saco de medio tamaño. Era el único recado que dejé en las manos de un amigo mío, quien iba a realizar un viaje a Marruecos. Cuando vio el saco me dijo bromeando:

  • Oye, vosotros los instruidos son gente rara y extraña. Los emigrantes envían dinero, y tú mandas un saco de libros, ¡qué barbaridad!

  • ¿Quién sabe, a lo mejor los necesitaré luego, en el futuro?

Para mejorar mi entendimiento al castellano hablado, Lola me aconsejó ver la televisión española, y sobre todo los informáticos en los famosos canales: Antena Tres, Telecinco, la Primera,  y más tarde la Sexta y el Cuatro, cuando aparecieron, usando el teletexto que permitía escuchar y leer lo que se decía. No faltaba  a sus horarios del telediario,  sobre todo por el medio día, si no estaba trabajando. Eso me facilitó comprender muchísimas cosas sobre la política y el deporte y a veces hasta los acontecimientos culturales. Poco a poco iba distinguiendo entre los discursos políticos de la derecha y de la izquierda, girando más hacia el grupo político del señor Don José Luis Rodríguez Zapatero ¿por qué?, pues por el mero hecho de que la otra masa política derechista usaba un lenguaje muy racista, en mi opinión, hacia todo lo que es árabe o musulmán, dijeran lo que dijeran. No aguantaba mirar a Aznar diciendo cosas terribles sobre los árabes, como cuando dijo que el terrorismo entró en España en el año: 710 después de Jesús Cristo. Me acuerdo de que algunas voces sensatas no se callaban, criticándole sus tonterías, y  sobre todo cuando decidió subir al mismo barco con dos criminales de guerra George Bush y Toni Blair. Me viene a la memoria la voz del escritor Antonio Gala quien dijo que: “eran los árabes quien nos enseñaron el arte de la poesía”.

 Un día, vi en la tele como aquel presidente del gobierno de España rechazó visitar la zona que bombardeó Ronald Reagan en Libia en el año 1986, cuando el presidente del país lo invitó, pero aceptó enseguida un obsequio muy precioso: un caballo de pura raza árabe. Y lo mismo hizo cuando el palacio real de Marruecos invitó al Rey de España para la boda del Monarca marroquí, Aznar ordenó que no asistiera el monarca español, y esto lo leí en un periódico.

Y cuando vi en la tele que aquel hombre político era un fan del real Madrid, y que no faltaba a sus partidos, y después de ver un reportaje sobre las ultras del real Madrid, y que sus objetivos eran los inmigrantes: “moros y negros”, deduje que estaba ante algo que olía al racismo, entonces decidí cambiar el equipo( es que en España es casi una obligación tener un amor hacia un club de futbol: o eres del Barca o tienes que ser del Real) por cualquiera que lo vencía: Barcelona, Sevilla, Valencia…lo que fuera.

En algunos encuentros que se organizaban en “la red”, hablábamos sobre la integración de los emigrantes, y a veces el tema era eso: ¿Te has encontrado algún día con algo que te discriminaba como extranjero? ¿En concreto como Marroquí?

 Después de citar algunos casos, Lola concluía la charla así:

  • Hay que saber que un racista no nace sino se hace, y ninguna sociedad carece de ese tipo de gente. El racista no actúa cuando está solo, sino cuando está con la manada. Los países del mediterráneo están considerados como sociedades abiertas al mundo, porque esa cuenca ha sido siempre un punto de encuentro de civilizaciones: del oriente y del occidente, en mi propia opinión si venís aquí es para recuperar lo que se había robado de sus países en la época colonial, España ha sido un país de emigrantes hacia todos los puntos cardinales cuando estaba bajo la dictadura, el hambre o la guerra, pregúntenselo a los gallegos. Todos cabemos aquí trabajando y currando para el bien de todos.

Todo lo que dijo Lola, lo entendí mejor cuando, más tarde, vi una película española divertida llamada: un Franco Catorce pesetas.

En España, que es un país acogedor de una masa muy importante de emigrantes, aparecieron algunas películas de este tipo en la primera década del tercer milenio. Cito como ejemplo: las Hijas de Mohamed (de Silvia Mont 2003), y también el trabajo cinematográfico antes mencionado: Un Franco, 14 Pesetas, dirigido por Carlos Iglesias, y con la participación como actores: del mismo director y Javier Gutiérrez, Isabel Blanco y Nieve De Medina. Y eso se realizó  con la colaboración de la televisión de Galicia en 2006.

La salida de estas películas, se coincidió con la subida notable de número de extranjeros en España. Esta nueva situación hizo que la emigración ocupara el segundo lugar entre las preocupaciones de la sociedad española después del terrorismo interior o exterior que este país sufrió a la sazón. Y en aquellos años (2005) también, hubo una regulación de millares de residentes ilegales (el narrador incluido), decretada por el presidente José Luis Rodríguez Zapatero; cosa que provocó el enfado y el desacuerdo de la derecha política liderada por el PP que rechazaba lo que entonces llamaba “el efecto llamada de la emigración”, sobre todo la arabo-musulmana.

Lo que caracteriza la película: un franco 14 pesetas, es su manera de elaborar el tema de la emigración española hacia fuera en la época dictatorial del Caudillo en los años sesenta. Su importancia pues, está en su tratamiento universal de la emigración y sus motivos, y es ¬ en mi opinión¬ una bofetada artística a la derecha política, porque este trabajo hizo hincapié en las condiciones donde vivía el pueblo español bajo la dictadura que alimentó las ideas racistas altaneras del partido popular.

El tema de la película me incita a comparar el contenido del escenario con situaciones semejantes, en las que fui testigo. Y mi objetivo es decirles a los de la derecha que lo que hacen o hacían algunos inmigrantes, ya lo habían hecho sus compatriotas estando fuera de España, y que a fin de cuentas, se trata de diferencias y choques entre culturas emigrantes y otras autóctonas, y no de la superioridad de una raza sobre otra.

 Recapitulo la historia en pocas palabras: había dos jóvenes españoles casados (Martin -Carlos Iglesias-, y Marcos -Javier Gutiérrez-) que decidieron irse a Suiza en los años sesenta, porque en su país les echaron del trabajo. Y después de algún tiempo sus mujeres les alcanzaron.

Al comienzo de los hechos, el cineasta nos demostró cómo vivía una clase de la sociedad española¬ entre pobre y media¬. Algunos escritores de la época como Juan Goytisolo, describieron también como algunas zonas y ciudades eran marginadas: Andalucía y Almería por ejemplo. Los emigrantes de estas zonas hacia ciudades como Madrid y Barcelona vivían incluso en chabolas, excluidos y marginados.

Cabe, aquí, destacar la semejanza de los motivos que empujan a los seres humanos a pensar en cambiar de sitio y buscar otros horizontes; porque España era un país exportador de la mano de obra por culpa de la política dictatorial, y la guerra civil y el modesto nivel de vida de entonces.

Los hechos eran reales según el crédito de la película, y se puede dividirlos entre  los espacios donde se desarrollaron: Madrid y otra ciudad Suiza cuyo nombre no pudieron pronunciar bien los personajes. El cineasta eligió también algunos sitios por su gran importancia en la vida de los emigrantes.

Madrid o la ciudad amada :(en la vida de cada emigrante hay un punto de salida que a veces jura que no vuelva a verlo nunca, pero al final vuelve).

En Madrid se ven las crisis de entonces: el sufrimiento de hombres y mujeres en los medios de transporte público, más la crisis de vivienda. Al mismo tiempo la cámara se mueve entre la túnica de las monjas  y el tacón alto de una mujer: el inicio del cambio social.

Estas circunstancias, más el desempleo, son el motivo de la reunión familiar para decidir sobre el futuro. Y como es habitual, la madre se opone a la partida de su hijo diciendo lo de siempre: lo que come uno, lo comen seis. Mientras que el padre se pone al lado del hijo. Lo que hizo la familia española así en los años sesenta, lo hicieron las familias de las zonas pobres de Marruecos, de otra manera en los años noventa, apretando el cinturón para recoger el dinero para la emigración clandestina y rezando que las cosas pasaran bien, o recaudando un dineral para un contrato de trabajo (muy a menudo como pastor en Cantabria o Teruel).

Después de obtener los contratos de la empresa helvética, y visto que los papeles del consulado suizo tardaron en salir, se preparaba el viaje hacia fuera fingiendo el turismo. Y luego se pasó por la aduana con todos los problemas, que los dos hombres confrontaron: desconocer la ley, la lengua, incluso la geografía, desconocían también que el jamón ibérico no estaba bien recibido en Suiza. Y ese episodio iguala a lo que pasa con el Cordas marroquí (las vísceras del cordero secadas en el sol y manojeadas por tripas también secas) cuando se lo lleva el emigrante marroquí, después de visitar a su tierra, eso llama la atención de los funcionarios de la seguridad en el puerto: agentes y perros.

El tren en Suiza: sitio cerrado, elegante y lujoso.

Los dos hombres empiezan a comer lo que pudieron hacer escapar del registro aduanero, pero cuando acabaron, arrojaron los restos en el suelo; entonces se levantó una anciana sin decir ni una palabra para poner orden de limpieza en un gesto civilizado y elegante, pero implícitamente recriminador, ante las miradas de los dos españoles que al parecer no estaban acostumbrados a hacer tales gestos. Eso pasó en un sitio cerrado…

Nos dirigíamos, Ponce y yo (trabajando por la empresa de mi amigo Jorge), en el coche para hacer una faena del verano: montar depuradoras en la piscina, cuando abrí una lata de bebida fresca y me la tomé, al acabar me la eché por la ventanilla. Ponce grito como si fuera un terremoto:

  • ¿qué has hecho? ¿No me lo esperaba de ti?

  • Estamos casi en el desierto, hombre. Es una carretera rural.

  • ¿Y qué?

El reproche es uno, pero los medios son diferentes.

Al llegar, los dos hombres se quedaron boquiabiertos cuando compararon entre los dos países (tal como lo hice yo al principio): cuando hay mucha diferencia, la comparación es inútil. En aquel momento vuelve el problema de la comunicación, entonces empezaron a comparar las fonéticas de ambos idiomas para sacar algún sentido o significación, todo eso con la ayuda de gestos mímicos.

Aquí me acuerdo de un amigo del trabajo, quien se fue a una tienda de alimenticios para comprar huevos: en la vida del recién emigrante marroquí, los huevos tienen muchísima importancia y valor. Pues cuando se cansó de explicar, puso un dedo encima de la nariz (el pico), y puso la otra mano en su trasero, como sacando algo de ahí, añadiendo el sonido de cococo. La asistenta le entendió y le atendió enseguida. Y a decir la verdad, los comerciantes españoles te ayudan así hasta lograr tu objetivo, son hábiles en comprender los gestos.

En el hostal, van a descubrir por primera vez a unos grifos, de donde sale dos tipos de agua: fría y otra caliente, en dos sencillos gestos: derecha e izquierda. Además descubrieron un papel mágico bienoliente para limpiarse después de entrar al servicio en vez de usar papel de periódicos como lo hacían en España (y en Marruecos también hasta poco tiempo).

Un emigrante empieza siempre su nueva vida, austero porque no sabe lo que se avecina. Por eso Marcos advirtió a su amigo sobre el posible elevado precio del desayuno, y que por lo tanto había que comer poco para ahorrar. De otra parte, la camarera estaba enfadada por el desconocimiento de la lengua. Entonces les informó luego que el desayuno era gratis. El problema de la lengua les dejó también en apuros dentro de la habitación, porque en vez de cubrirse con las sabanas blancas, se durmieron por encima de ellas y se cubrieron con las chaquetas, así pasaron más frio que calor.

Finalmente aparece en el hostal alguien que hablaba castellano, para decirles que la empresa se encargó de pagar su alojamiento en el hostal, pero la alegría de superar el dilema de la lengua no duró mucho. Después de que el salvador se diera cuenta de que eran de Madrid, dijo secamente:

  • Yo soy de Barcelona, lo de que sois oficiales de primera lo sabremos en el taller.

Aquel era de Barcelona, o sea republicano, y encima es responsable en el taller donde iban a trabajar diariamente, pues las cosas no iban a ser fáciles para ellos. En la escalera de la oficina para cobrar, el catalán les sorprendió diciendo:

  • ¡Daos prisa! bajitos de Madrid.

El emigrante a pesar de todo tiene un orgullo por defender, si no es de uno las pelotas que adulan y hacen reverencias,  Martin reaccionó:

  • Somos bajitos porque tenemos un solo padre, no como otros.

 Esta era una respuesta tan violenta, que huele a algo político implícito, porque se puede entender que Martin refiere al comunismo del sexo en el pensamiento marxista comunista tan floreciente en aquellos tiempos de revoluciones, mientras que en España había una educación conservadora. También puede aludir a las muchas nacionalidades que se atrincheraron al lado republicano frente a Franco y sus falanges, pues sería una mezcla entre las dos cosas en mi opinión.

Muchas son las situaciones como esta, en la vida laboral de los trabajadores marroquíes; es que cuando uno de ellos se hace responsable, empieza a actuar como si fuera el verdadero jefe, más que eso se endiosa.

La esposa de Martin visitó sorprendentemente con su pequeño al marido, después de ser estafada por un empresario hipotecario, perdió el dinero que ahorró durante años de trabajo. En la aduana muestra al pequeño trucos para engañar a los funcionarios y hacer pasar una caja de comida española para el marido. Era una verdadera sorpresa, porque Martin no quería que ella viniera, pero ella insistió para quedarse sobre todo cuando vio como se vivía en Suiza, incluso prepuso salir al trabajo, cosa que la mentalidad del hombre español no aceptaba entonces.

La estancia de la mujer al lado del marido en el extranjero es un factor de estabilidad, porque con su buena gestión, y su comunicación rápida con otras mujeres, pudo ahorrar el dinero del alojamiento en el hostal para vivir en un piso menos caro. Pero esto no fue fácil ante el rechazo de las autóctonas para alquiler pisos a extranjeros españoles.

El problema de estafas hipotecarias a emigrantes sigue todavía en Marruecos. Y lo de alquiler pisos en España, también es un gran problema. Una periodista española cuenta en un programa televisivo sobre el racismo, que su llamada telefónica fue bien recibida dado que hablaba igual que los dueños, y luego cuando se vistió como mujeres musulmanas se negaron a concluir el contrato con ella, nada más ver el vestido.

El emigrante tiene que pensar en la escuela para el futuro de sus hijos. Martin insistió en que su hijo estudiara ahí, porque es buena y además gratis. En este sitio también se chocan las culturas sobre todo lo que concierne la educación sexual; porque en Suiza se aprendía a pie de letras en total libertad, mientras que en España se tendía más a una educación tradicional que cuenta con la metáfora en vez de la ciencia, el chico español dijo a la profesora que lo que ella decía era diferente de lo que tenían en España: allá, la cigüeña trae a los niños desde París, esto levantó una ola de risas y comentarios.

A veces vienen noticias malas para el emigrante de su propia tierra, como cuando un pariente esta muriéndose. Es lo que pasó a Martin, quien se obligó a incorporarse a la familia en estos dolorosos momentos. Y noticias como estas sacuden al emigrante, y le empujan a pensar en la vuelta definitiva a su tierra puesto que es algo ineludible a fin de cuentas. Entonces Martin convenció a su mujer para regresar a vivir en el nuevo piso de Madrid.

Cuando el emigrante se ve obligado a regresar a su tierra, a su gente y a su barrio, este momento es el más duro en su vida, sobre todo si tiene hijos nacidos o educados fuera. La familia de Martin volvió después de despedirse de la amigos, ¿qué  es lo que encontró?

El gran impacto y sorpresa se lo llevó el pequeño, cuando vio que iban a vivir en un pobre barrio de Madrid, donde su abuelo se dedicaba a varear lana y hacer colchones, entre polvo y suciedad, y además su pierna artificial pegada a la pared. La mala pierna del abuelo asustó al chico, quien no se atrevió a acercarse a él para saludarle. A su lado un par de chiquillos perseguían un pobre perrito con piedras. Esta suciedad como indicaban los pucheros en su cara, no la veía en Suiza. Es que había dicho a su padre Martin que él no era emigrante como él. Pues esto se parece mucho a la reacción de un niño de uno de mis conocidos en España, me contó que viajó con sus hijos pequeños a Marruecos, y nada más ver lo que vieron (de diferencias), el menor exclamó:

  • Papa ¿Este es tu país?

Cuando se instalaron en el piso, Martin decidió salir a buscar trabajo para sostener a los suyos. Pues pensó visitar al taller donde aprendió y trabajó antes de que le echaran a la calle. No se cambió nada. Es lo que vio con sus propios ojos. Además, vio a su maestro sufriendo como siempre:

  • ¿Por qué vuelves ahora? ¿Crees que las cosas están bien? En este jodido país siempre estamos en crisis. Ojala no hubieras vuelto. ¿Acaso has venido a pedir trabajo? No le des oportunidad al jefe para vengarse de ti.

Pero la opinión del borrachero jefe que acabó de volver de la taberna, fue agresiva y fuerte:

  • ¿No has jurado que no volvieras a pisar este taller? ¿Porque has venido?

Me parece que el cineasta eligió al jefe para que representara al mismo Caudillo, y el taller era España que necesitaba reformas y cambios, pero él se negaba tajantemente, y actuaba como si las cosas fueran bien.

En lo que al emigrante marroquí concierne, pues la decisión de volver al país para siempre, es algo que su entorno rechaza rotundamente. Y es objeto de muchas burlas y comentarios.

En plena crisis de 2008, muchos trabajadores perdieron sus puestos de trabajo. Uno de ellos decidió devolver el piso al banco y enviar su familia a su tierra para ahorrar el dinero de la hipoteca; pero la mujer se negó y se quedó mientras que él viajó a Marruecos. Cuando volvió, vio como su mujer pedía limosna delante de los comercios, arrastrando consigo a los pequeños.

La última y dolorosa palabra que podemos recordar vino en la película así:

  • Ya no somos de ninguna parte.

Cuando el emigrante es marginado en el extranjero, y cuando se siente extranjero en su propia patria, ya es apátrida sin lugar a dudas.

Esas lecciones aprendidas de la boca de aquella mujer y de aquella película también, me empujaron a buscar más para conocer, entender y trabajar.

Las primeras salidas – aventuras:

Mi primera salida fuera de Liria fue en agosto de aquel año 2002, cuando decidimos hacer una aventura – porque otro chico y yo no teníamos papeles- hacia Lérida en Cataluña, donde se cogía la manzana y la pera. El dueño del coche y sus dos primos, solían rastrear sabuesamente España buscando temporadas: cebollas y naranjas en Valencia, patatas y uvas en Zaragoza, ajos en Cuenca y castilla la Mancha.

 En Cataluña, la cosa fue un mero viaje de sufrimiento, después de pasar cuatro días arrastrando los pies de un campo a otro, y de una granja a otra pidiendo trabajo como si fuera limosna, y después de cuatro noches a la intemperie, en los campos de pera, bajo las estrellas y usando trozos de cartones para dormir. Y lo que nos asustó más, es que un día de esos, entramos en una zona abandonada donde había un vivienda sin puertas ni ventanas, para protegernos de del calor y poder guisar algo, cuando vino un individuo corriendo desde un granja cercana, con un  rifle en la mano, y nos ordenó, en Catalán, de largarse enseguida. Mudos de la sorpresa y del susto,  decidimos regresar sin trabajar ni un solo día.

El fruto de ‘’las mentirijillas”, como dijo aquel, que aprendí en “la red”, empecé a cosecharlo en septiembre, cuando unos chicos me pidieron hablar por teléfono con unos jefes de campos de almendros y de uvas también, porque ellos no sabían hacerlo.

  • Esto es el trabajo que te ofrecen cuando aprendes la lengua, luego vendrán otros. Le dije a un chico.

En los campos de almendros, cerca de Liria en la zona de Casinos carretera a Ademuz, conocí por primera vez a un chico agradable, me llevaba  años en edad y en estancia en España, trabajaba por la cooperativa agrícola de Liria en el otoño y en el invierno, el resto de tiempo lo pasaba como los demás en Marruecos o buscando oportunidades como esta.

Desde el primer día, decidí que iba a ser un amigo mío, porque era diferente de los demás, y nada más saber que era de una pequeña ciudad del este de Marruecos, le pregunté:

  • ¿Si eres oriundo de Ahfir tienes que conocer al señor X, quien fue mi profesor de matemáticas en el colegio de mi ciudad en 1984 (la distancia entre las dos ciudades es casi 700 kl)?

  • Pues sí, claro que le conozco a él, y de sobras porque era también profesor mío en los finales de los años 70. ¡Qué pequeño es el mundo¡

Ahfir (así usaba yo también el gentilicio en vez del propio nombre) criticaba ambos lados: españoles y marroquíes y sin tregua.

En el campo dirigía el grupo de casi diez personas así:

  • Trabajar bien, pero sin prisa. Si acabáis estos campos en pocos días, estaréis en paro muchos días antes de la temporada de naranja. Esto no quiere decir que vamos a dormir, el jefe espera un buen trabajo y una buena cosecha. Acordaos: si trabajamos bien este año, podemos hacerlo el año que viene.

En el último día de la semana, apareció una maquina de coger las almendras: un murciélago tirado por un tractor. Cuando las alas se extendían y rodeaban el tronco del árbol, el chofer pulsaba un botón, y sacudía al árbol suavemente, las almendras secas caían enseguida. Nuestro trabajo se redujo mucho.

  • ¿Qué pasa jefe ahfir?

  • ¡Eh bien!, pues lo que estabais recogiendo lentamente de la tierra- como si fuera azafrán- fue solamente por causa de truenos y tormentas, y la maquina no podía recogerlo como lo hace el ser humano.

  • ¿Qué significa esto?

  • Que el próximo año, por aquí no andaréis, ¡que no falten buenos jefes, hombre!

Volvimos a estar en el mismo grupo, porque algunos necesitaban a otros: los que buscaban trabajo y llamaban por teléfono a los jefes (normalmente los sin papeles o sin coches o sin idioma), y los que tenían coches (normalmente se convertían por fuerza en encargados y portavoces del grupo).

En los finales de Septiembre empezaba la vendimia, y muchas collas salían de Liria hacia: Zaragoza, Logroño, Requena, Fuente robles…

No fuimos lejos, porque el rumbo esta vez era un pueblo montañoso en una zona casi olvidada en España: Titaguas en la comarca de los Serranos, que pertenece a Valencia aunque su gente decía que querían ser de Ademuz.

Para llegar ahí, había que madrugar y prepararse para un día entero lejos de casa. Salíamos a las seis y media para estar a tiempo, evitando lo que podía ocurrir en la carretera, porque los dos coches no eran del todo buenos para soportar una subida que empezaba suavemente serpenteando por pueblos como: Calles, Chelva, Tuejar, y luego se ponía un poca dura antes de abrir los ojos y ver salir al sol  entre montañas, y ver a unos vastos campos verdes de uvas. Eran sesenta kilómetros a recorrer en casi una hora.

Titaguas es un pueblo pequeño, cuyos pocos habitantes viven de la tierra: agricultura y ganado. Nada más llegar, no nos hacía falta llamar por teléfono para arreglar las cosas, porque un señor de baja altura y una calva, con una sonrisa ligera y una mirada serena, vino hacia los coches cuando pararon.

  • Muy buenos días campeones ¿habéis llamado para vendimiar, verdad?

  • Sí, señor.

  • Bueno yo soy el dueño de la bodega: Manolo. Miren ustedes, van a trabajar en mis campos hasta acabarlos, seguramente habrán otros que os llamarán para hacer lo mismo en sus campos. Como ven, aquí no hay muchos trabajadores, ni jóvenes, se han ido para estudiar en la universidad, solo los viejos se aferran a la tierra de los ancestros.

Algunos como yo se pusieron contentos, por los días ofrecidos, y también porque el señor Manolo no pidió documentos para contratarnos. En cambio nos recordó el precio y las horas de trabajo. Y enseguida subió al tractor con su pequeño carro.

A pesar de que el día era soleado, el campo por la mañana estaba muy mojado, y lo que empeoró las cosas para nuestra labor eran las hierbas. Todo el mundo se quejaba de la mala suerte, y el trabajo comenzó lento: dos filas de trabajadores, separados por el tractor, y cada cual llevaba un cubo y unas tijeras muy afiladas ofrecidas por el jefe. Quienes, que por primera vez (como yo) vendimiaban, se hicieron cortes varias veces en los dedos. Cuando pasó casi media hora, el agua ya mojaba los pantalones hasta más arriba de las rodillas; los zapatos también hacían sonido porque el agua se infiltró adentro. Algunos cubrieron los zapatos con sacos de plástico. Ahora ya no se escuchaba ni una buena palabra, la idea era de dejar ya aquel “maldito” asunto, cuando el señor Manolo nos preguntó:

  • ¿Qué pasa campeones? es verdad que no entiendo el marroquí, pero se ve que algo va mal, ¿estáis gritando?

  • Es que el campo está muy mojado. ¿Nos preguntábamos si siempre hay roció por la mañana en los campos?

  • No, normalmente por la noche sopla aire, aquí el clima está seco. Venga hombre, ánimos.

Para superar esto, empezamos a contar chistes en la espera del almuerzo, chistes que convenían a la situación. Todo el mundo se reía, menos Manolo.

  • Es que estamos contando chistes para matar el tiempo y olvidarnos de los apuros del trabajo.

  • Yo también quiero reírme, ¿podéis decirlos en castellano?

  • ¡Que va jefe!, va usted a enfadarse porque no va entender nada, si traducimos al castellano, no da el mismo efecto de risa. Entre nosotros no se encuentra alguien fuerte en los dos idiomas.

  • Es que la mayoría no iba a la escuela.

No lo pensé dos veces, enseguida intenté componer frases, articulando las palabras elegidas despacio y dije:

  • Había uno que, fingiendo, rascaba los ojos por encima de las gafas, cuando su amigo le preguntó por qué lo hacía sin quitarse las gafas, entonces el otro le contestó:

  • y tú cuando quieres rascar el trasero, porque no te quitas el pantalón.

El señor Manolo pasó su día sonriendo nada más verme.

Las hierbas ya estaban secas a la hora del almuerzo, pero los pantalones estaban duros como si no fueran de tejido. El zumo de uvas trajo moscas y mosquitos. Nos quitamos los zapatos para secar los calcetines, los pies estaban blancos, y olían a tremenda fragancia. Ahfir dijo bromeando:

  • Échales comino y sal a estos pies ya están listos para estar consumidos.

Mientras unos se rieron, uno de los chicos dijo murmurando y maldiciendo:

  • Será la última vez que vendimio, es un trabajo sucio y cansino.

Otro chico le contestó:

  • Te quejas porque seguramente has oído hablar de que esto está prohibido en nuestra religión, porque el producto se va para hacer vino que es Haram (prohibido en la religión). Pues estos ulemas de arabia, que tienen la lengua muy larga, tienen que criticar primero a las grandes cabezas árabes, que cuando vienen a Marbella, distribuyen el dinero con las dos manos para pasar noches de vino y juegos y putas. Nosotros sudamos para ganar el pan, ¿adónde va la uva? no nos importa, es un hecho real, tenemos hipoteca y gastos, si fueron verdaderos creyentes esos caballeros, tendrían que darnos el dinero porque es nuestro.

  • ¡Vaya tío! Te has ido lejos amigo, yo hago oídos sordos a esto, ni siquiera voy a la mezquita. Es verdad que soy creyente, pero no practicante.

Otra vez intervino Ahfir:

  • Entonces quieres un despacho y una corbata, amigo. Tienes que aprovechar toda oportunidad de trabajo, lo que estás haciendo ahora, a lo mejor no lo vas a encontrar más tarde, mucha gente se ha ido lejos para hacerlo en Zaragoza, no seas holgazán, antes de entrar a España clandestinamente, decías que podías allanar las montañas, ¿ahora qué? Mi amigo Hassan dice que de verdad, somos un caso que no se puede entender.

  • ¿Oye Ahfir, quienes este Hassan? Dije yo más tarde.

  • luego conocerás a BA HASSOUN.

El chico que nos abandonó, desapareció mucho tiempo, dijeron que se fue a Italia. Y cuando volví a verlo, estaba con un coche caro, y una mujer a su lado: ya estaba claro el motivo de su ida.

Al acabar la comida, el señor Manolo paró el tractor, un bocadillo en su mano dándole unos mordiscos, con una mirada seria al reloj, estaba anunciando el fin de la media hora, pero sin soltar ni una palabra, entonces Ahfir dijo:

  • Creo sinceramente que ese señor es diabético. Vamos al trabajo, chicos. Que no le saquemos de sus casillas.

Un chico que había trabajado mucho con los jubilados valencianos, dijo en valenciano:

  • Anem avore, ¿vols un poc de te marroquí?

  • Muchas gracias hijo, pero mi vida es amarga, no puedo tomar algo azucarado. Veo que habláis valenciano también.

  • Un poc de tots, aquí algunos saben francés e ingles también.

  • Ah sí, ¡qué bien! Aquí no se habla valenciano aunque se entiende, nunca quisimos ser de Valencia, somos de los Serranos como nuestros ancestrales, detrás de la montaña que veis, hay un pueblo de origen árabe (no me acuerdo del nombre que dijo, de verdad) de los que huyeron de Jaime primero cuando conquistó la comunidad valenciana hacia el año 1238. Deberíais conocer esta historia.

Con este señor trabajamos dos temporadas más, hicimos amistad con él, y nos pasó a trabajar-como lo hubo adivinado -para otra gente buena también. Al final de cada temporada, nos daban propina o nos invitaban a tomar café. El dinero que ganaba de la vendimia me era de mucha utilidad porque venía al final de largos días sin trabajo, como agua de mayo. Para tapar huecos: Crédito, alquiler, luz, agua…

Continuará

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