Lo haces con toda la buena intención del mundo, te gusta compartir tu alegría con los demás porque crees que ellos piensan igual que tú. Te cuesta disimular y confiesas todos tus secretos pensando que tus proyectos y ambiciones están en buenas manos. Eres transparente, humilde y dedicas tiempo de calidad a todo aquel que recurre a tí. Ayudas, inspiras y siempre te empuja ese afán colaborativo que te caracteriza para ver brillar a tus amigos, colegas y familiares. Nunca te has parado a pensar que las personas no son idénticas y que no todo el mundo se alegra con el éxito ajeno.
Pero cuando sufres en tus propias carnes el odio, la envidia, el rencor y el resentimiento de quien creías que era tu alma gemela, entonces te das cuenta que es una urgencia reconsiderar ciertos comportamientos.
Casi todos tenemos o hemos tenido ese amigo rencoroso que celebra en silencio tus fracasos y le incomoda verte destacar en alguna faceta. En ocasiones no hace falta que exprese su envidia explícitamente para percatarnos de su lado oscuro, sólo tienes que fijarte atentamente en la maldad que se esconde detrás de la profundidad de su mirada, para descubrir que no todo lo que brilla es oro. El verdadero amigo es aquel que se pone en tu piel, celebra tus éxitos, te aconseja con el alma y, sobre todo, vela por tu felicidad.
Para ser felices no es necesario mantener a toda la humanidad al tanto de nuestros pasos por la vida. No lo des todo, sé reservado ante ciertas situaciones porque por naturaleza el ser humano es ingrato. Ámate más y dedica tu mejor sonrisa a las personas que realmente lo merecen.
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