Reflexión para empezar el día Ausencia de la conciencia Desde Madrid

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Harto del zumbido de, la que hasta ahora es, mi mujer sobre actitudes de algunos paisanos míos, decidí adentrarme con ella en un viaje por el sur de Marruecos para que  sienta la hospitalidad innata de los marroquíes.

La peculiaridad consistía en dormir en la furgoneta allá donde se iba el sol. Poco importaba el lugar y mucho menos el reto. De antemano, jugaba con ventaja porque sabía a dónde la llevaría.  Adaptamos el vehículo y nos pusimos rumbo más allá de la que era influencia hispana. En Casablanca me quedé tranquilo por mi aportación porque orgulloso me sentí al darme cuenta que estaba bien empleada. La mezquita del llorado Hassan II sí que merecía aquel sacrificio. Por no mover el coche  decidimos  coger un taxi y así librarnos luego de buscar aparcamiento. Queríamos perdernos entre la multitud en cualquier zoco de la ciudad. Los minutos  indómitos  circulaban como los coches en la carretera  .No había forma de parar un dichoso taxi. Pasaban vacíos y olímpicamente de mí pasaban. No entendíamos  tal actitud, acostumbrados a los taxistas madrileños de lo acechos que son. Los nervios y el sol empezaban a hacer de las suyas y los niños más pacientes que mi paciencia parecían disfrutar de tal desplante. Antes de volver a escuchar el mismo zumbido, me dirigí  hacia un taxi al otro lado de la acera. Malhumorado que estaba, el taxista le di pena y quiso llevarme a la dirección deseada. A buen seguro, lo hizo por mis hijos que por la actitud de los dos. Por el camino me explicó que los taxis  pequeños  sólo llevan tres y nosotros éramos cuatro. Habría que coger dos coches. Difícil ecuación porque no sabría a quien mandaría primero y quién se quedaría esperando el segundo coche. Cuestión de los seguros que sólo cubren cuatro. Me empezaba a caerme bien y como trabajaba en un sindicato del que yo tampoco quiero recordar, hablábamos de sus condiciones  laborales, de sus prestaciones, de su futura pensión, en fin de sus derechos fundamentales también. Comparaciones odiosas con sus homólogos madrileños .la confianza que reinaba entre los dos me hizo no prestar atención al camino. Ni  camino había que valiese frente a la siguiente deducción. Mi contó una anécdota que vivió en su Casablanca natal, cuando su Majestad Mohamed VI acababa de ser entonado Rey. Le vio un día bajar de su coche para comprobar el asfalto. Al día siguiente tuvieron que repetirlo en todas las calles. En un gesto típico nuestro, cambió el tono de  su voz, hizo la mímica con la palma de su mano abierta y me remató: “Queremos un Rey para las cosas importantes del país. Con perdón, para la basura aquí estamos nosotros. Sino ¿qué sentido tiene que estemos?”.No había más comentario de mi parte. Sólo recuerdo haberle pagado y desearle un buen servicio.

Parece mentira que tiene que ser un taxista que haga esta reflexión. A pesar de sus condiciones  lamentables, encontrarse con esa clase de compatriotas, siempre es un placer. Otros sin embargo, parecen que aún no se han dado cuenta que han cruzado el charco porque siguen con su mente tozuda.

Dejamos las cosas claras. Ni el Polisario es tan bueno, ni Argelia es tan poderosa, ni mucho menos parte de la prensa española es tan infalible. A esta última siempre se le puede debatir. Por argumentos que no falte.  El problema real somos nosotros.

Cuando vivía en Marruecos solía decir a quien me escuchara, que a cualquier tenista por más nefasto que fuese, si no hay alguien que le devolviese los restos, el tenista se te sube en la chepa y no habrá forma de frenarle. Nadie me hacía caso.

Aunque  hubiese una estrategia exterior bien definida, no fue acompañada por gente válida que la ponga en marcha. Había un buen entrenador, pero no había buenos jugadores. Símil deportivo para que me entiendan mejor. Mentalidad de aquel entonces, cuando las cosas se hacían a dedo. Los que están hoy en día tienen que corregir los errores del pasado, y para ello se necesita unir esfuerzos y ser consientes que el problema del Sáhara nos atañe a todos. El éxito del otro día en la UA lo hemos sentido todos. Su majestad Mohamed VI nos ha enseñado el camino, trabajo, tenacidad, sacrificio, humildad y sobre todo confianza en nosotros mismos. No habrá nadie quien llevará los laureles. Sencillamente, el Sáhara  es de todos.

Hagamos que el espíritu de Adís Abeba  se traslade a España.