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« Relatos del Coràn » (Historias de los Profetas) hoy: 8- ABRAHAM GUIA A LA GENTE HACIA EL CULTO DE ALLAH

De Mohamed Ahmed Jad Al Maula, Mohamed Abu Al Fadel Ibrahim y Ali Mohamed Al Bajaui Al Said Chatta. Traducido por Said Jedidi y editado, por Dar AlKotob Al Ilmiya (Beirut)

Llegado a Palestina, Abraham se instaló en Hurán. Había salido de su país, alejándose de su pueblo con la esperanza de encontrar a gente más razonable, piadosa, agradecida con un espíritu sano. Decidió vivir entre ellos, no tardando en descubrir que eran, como su pueblo, gente desorientada, descarriada del camino recto, adorando astros en vez de Allah. Impulsado por su fidelidad y su buena intención tomó la firme resolución de advertir a aquella gente contra el culto perverso y de guiarlo en el buen camino, decidiendo adoptar la discusión como el medio idóneo, estimando que si obrase de esta manera la gente podría interesarse por su mensaje y volver por su voluntad a la razón, siguiendo con premeditación la buena vía.

En la obscuridad de la noche vio un astro. Después, cuando estaba conversando con algunas personas que practicaban el culto de las estrellas, fingió estar como ellos, hablando a su manera: “¡Es mi Señor!” Se trataba, pues de una interrogativa favorable. Una táctica pertinente susceptible de despejar la vía hacia una discusión fecunda. ¡Allí está fingiendo estar de acuerdo con ellos, evitando calumniarlos o insultar a sus divinidades o ni siquiera contrariar sus argumentos! De hecho ¿Qué intención tenia?

Este método era susceptible de impulsarlos a prestar atención y a comprender mejor el significado de sus argumentos, que entablando esta etapa iba a rechazar con discernimiento y habilidad lo que había lanzado ya como exclamación sin herir a nadie de ellos o manifestar su desacuerdo con ellos. Esperaba transmitir su mensaje de una manera indirecta o si no, lo podían rechazar si descubrieran que era monoteísta.

Al desaparecer el astro bajo las alas del horizonte, Abraham fingió buscarlo diciendo: “No puedo querer a las divinidades que desaparecen, que cambian y se desplazan sin dejar rastro. Es un signo insuficiente, una prueba que pone el acento sobre su impotencia. No acepto el culto de los astros”.

Al ver la luna, más luminosa que nunca y mayor que el astro volvió a exclamarse: “¡Allí está mi Señor!”. Quería atraerla hacia él para ganar su aprobación por esta maniobra. Cuando desapareció la luna, ocultándose de su vista y perdiendo su estela, Abraham dijo: “No cabe duda, si mi Señor no me Guiara para descubrirlo estaré entre los perdidos”. ¡Algo importante! Era la primera vez que ponía el acento sobre la existencia de un Señor, fuente de la buena conducta. Donante de la quietud y la tranquilidad. Había logrado atraer su atención hacia un punto clave: Estos objetos están condenados a desaparecer mientras que Dios es Eterno y Presente para siempre en todas partes. Abraham no había insultado a sus divinidades, sino, para transmitir su mensaje, se limitó a hacer uso de una prueba elocuente.

Cuando Abraham presintió su silencio, observó su reacción pasiva al declararse inocente de lo que adoraban e incluso cuando demostró la impotencia de sus divinidades, planteado, de manera indirecta, preguntas que ponían en tela de juicio la sinceridad de su identidad, declarándose vacilante, incómodo, perdido no pudiendo reaccionar razonablemente o encontrar la buena vía. Se dirigió directamente a Allah, solicitándole Salvarlo y de Abrirle los ojos sobre la verdad, habida cuenta de que aquellas divinidades solo eran criaturas gobernadas.

Al ver salirse el sol, brillante e iluminada, lanzando sus rayos luminosos y dando a la vida un magnifico esplendor, llenando todos los rincones con su luz y su claridad, se exclamó:” ¡Allí está mi Señor! Es más grande que todos los astros, más útil y más brillante”. Pero…cuando el sol se puso, les acusó de ser politeístas e ingratos: “Me desmarco de lo que adoráis porque los planetas que se desplazan y cambian de forma de un día a otro deben, sin duda alguna, tener a un Creador que Vela por su desplazamiento y les Da la capacidad de moverse. Indudablemente hay un Señor absoluto que Pone orden en este mundo muy amplio y que Da a todos estos planetas la capacidad de salirse y de ponerse. En realidad, es Él el que Merece ser adorado. Estos planetas no merecen de modo alguno ser venerados o glorificados”.

Cuando Abraham logró transmitir su mensaje de manera indirecta, se declaró inocente de lo que hacían, comenzando a esbozar las cualidades de su señor: “Allah es el Único que Merece nuestras oraciones y plegarias y al que debemos someternos a Su Voluntad”, agregando “En monoteísta sincero, converjo mi rostro hacia Él que Ha Creado los cielos y la tierra. He dejado de estar con los descarriados y de los que asocian las falsas divinidades a Allah”.

Su pueblo emprendió con él la discusión en torno a lo que acababa de decir y a lo que les acaba de instar. Querían que regrese a sus divinidades de nuevo o de cesar de acusarlos de ser politeístas. Pero Abraham respondió: “¿Disputáis conmigo sobre Allah cuando fue Él quien me Dirigió en la buena dirección?

Le aconsejaron temer a sus divinidades porque le pueden causar daño si se atreviese a calumniarlas o de escuchar lo que le acababan de aconsejar. Desdeñó acordarles la fe, sorprendiéndose por su reacción: “¿Cómo podría temer a los que no pueden alterar el curso de los acontecimientos ni ser útiles? ¿Cómo me protegería de los que asociáis a Allah sin argumento y sin razón? ¿Cuál de las dos partes está más en seguridad? Que se lo diga alguien si lo sabe. Debíais, en primer lugar, tener en cuenta el Señor del mundo, porque os Puede castigar por lo que acabáis de decir. Habéis cometido un pecado imperdonable. De seguir glorificando estas divinidades seréis condenados a una severa retribución. El Infierno es el peor destino.

La hambruna asolaba Damasco. La vida se hacía muy difícil. El suelo árido y las estaciones secas. Abraham emprendió el destino de Egipto, acompañado por su esposa Sarah

Llegado tras un largo viaje, se instaló allí. Egipto estaba reinado por un horrible monarca de origen árabe. Usurpaba el poder por la fuerza del que se apoderó después de reforzar el ejército, asegurando su fidelidad.

Sara era de una belleza deslumbrante, esbelta y muy atractiva. Cuando uno de los favoritos íntimos del monarca divulgó a éste esta realidad, atrayendo su atención sobre las cualidades de esta mujer seductora, describiéndole con mucha exageración que Sarah poseía una belleza excepcional e incitándolo, por otra parte a apoderarse de ella, el monarca, bajo el impulso de la admiración se sintió irresistiblemente atraído hacia esta mujer hasta el punto de manifestar abiertamente su deseo de verla. Convocó a Abraham y le preguntó sobre la naturaleza de su relación con Sara y si era una de sus familiares próximos. Abraham descubrió la intención del monarca, comprendiendo a donde quería llegar. Comenzó a temer por su vida si el monarca llegara a descubrir que se trata de su esposa. Era consciente de la consecuencia de esta realidad y del riesgo que corría si el monarca decidiera matarlo para facilitar su acceso a Sara. Por ello, Abraham respondió: “Es mi hermana”.

Evidentemente una hermana no es obligatoriamente una persona con la que se tiene una relación de parentela consanguínea. Puede que sea una hermana espiritual o simplemente la que comparte con nosotros el mismo ideal, el mismo credo…una hermana en la humanidad.

Convencido totalmente de que Sara era soltera, el monarca ordenó a sus súbditos de traerla vivir en su palacio para formar parte de su harén. Abraham regresó decepcionado a su domicilio, anunciando a su esposa la mala noticia antes de pedirle acordar fe a lo que contó a este mal monarca. De esta manera, la confió a regañadientes al monarca, rogando a Allah, el Altísimo acordarle paciencia y recompensa.

Sara fue llevada al palacio, donde se le ofreció valiosos obsequios: ropa y joyas. Lo que no pudo impresionarla.

Agobiada por todas estas gracias, rodeada de la abundancia y de la riqueza, estos bienes susceptibles de facilitarle la tarea de vivir de la mejor manera, Sara nunca olvidó su lealtad y su fidelidad hacia su marido. Era una mujer piadosa que solo buscaba agradar a Allah. Era muy conocida por su fidelidad a su marido y por su obediencia a los preceptos religiosos. Triste y afligida, Sara eligió un lugar muy lejano hacia donde se retiró

Por la noche, el monarca vino a verla, encontrándola triste y sufriente. Trató infructuosamente de consolarla. Intentando tratarla como a un amigo intimo, sus esfuerzos infructuosos, retrocediendo ella con espanto, entonces el monarca volvió con las manos vacías, decepcionado. De repente comenzó a sentirse angustiado, sufriendo como un condenado. Lo intentó otra vez cosechando el mismo resultado negativo, regresando a su habitación profundamente afligido, sumergiéndose en un profundo sueño. En su sueño, vio una como alguien que le contaba la amarga y probablemente peligrosa realidad, lo que le abrió los ojos ante lo que estaba sucediendo ante sus ojos, al descubrir que esta mujer no era soltera sino casada y que debía liberarla y dejarla tranquila  sin hacerle daño o causarle alguna molestia.

Cuando se despertó, estimó que estaba obligado a dejarla tranquila, procediendo inmediatamente a la ejecución de la orden que se le había impuesto. Además, ofreció a Sara una sirvienta llamada Hajar, ordenando a sus guardianes de enviarla a su esposo. Aliviados, Sara y Abraham decidieron tomar a Egipto como patria viviendo allí.

Era una prueba muy dura, la seducción más dolorosa para Abraham. ¡Qué difícil lección! Un hombre que se encuentra obligado a emigrar para ganar su sustento y conservar su fe, pero el destino le priva de su esposa, la única esperanza para él. Cuando se declaró monoteísta, sus parientes se desmarcaron de él. Pero el Misericordioso que lo había salvado antes del fuego lo ha Vuelto a Proteger hoy contra el deshonor.

Abraham se instaló pues en Egipto en toda quietud. Vivía de manera apacible, dando prueba de una dulzura y de un tacto sin par. Era conocido por su indulgencia y su aplicación al trabajo con asiduidad. Por ello ganó mucho dinero, llegando a poseer, en poco tiempo mucho ganado, lo que le acordaba celebridad y una buena reputación.

No obstante, la gente comenzó a envidiarle por su éxito y por haberlo logrado todo: la buena reputación, la riqueza, la influencia y una buena posición social.

Entonces, impulsados por Satanás, comenzaron a acosarlo encarnizadamente, haciéndole todo tipo de daños, percatándose él de las malas intenciones de sus nuevos conciudadanos, decidió alejarse de ellos, dirigiéndose a Palestina, esta tierra santa que lo había acogido antes. En efecto, Abraham había vivido en esta tierra durante mucho tiempo, considerándola como patria eterna. Por ello estaba tan feliz de regresar a esta bendita tierra que amaba tanto. Se detuvo, pues en Palestina con la esperanza de volver a comenzar su vida apaciblemente y sin problemas.

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