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“Relatos del Corán” (Historias de los profetas) Hoy: Capitulo 12_ Jacobo

De Mohamed Ahmed Jad Al Maula, Mohamed Abu Al Fadel Ibrahim y Ali Mohamed Al Bajaui Al Said Chatta. Traducido por Said Jedidi y editado, por Dar AlKotob Al Ilmya

Jacobo se acercó a su padre, en edad muy avanzada, agonizando bajo el peso de los años, diciéndole: “Mi querido padre, me quejo a ti del comportamiento de mi hermano Aisa. Te pido que me ayudes contra sus amenazas y sus represalias. Desde que me cubriste con tu indulgencia, solicitando al Señor colmarme de gracia y desde que me has anunciado que mi vida será iluminada por una piadosa progenitura, que tendré un gran éxito, que estaré dotado de una fuerza y llevaré una vida tranquila, desde entonces sus celos y su envidia son evidentes y su odio no tiene límites, no escatimando esfuerzo alguno para calumniarme, herirme con sus groserías y sus imprecaciones. Me acosa con sus amenazas y sus represalias. Estoy en una situación lamentable. Debido a su maldad, he dejado de sentir afecto alguno por él. El amor que nos unía antaño ha perdido todo su valor, tanto para él como para mí. No cesa de auto-glorificarse y de pretender que es superior a mi porque está casado con dos mujeres de Kana’n. Se burla de mí pretendiendo que voy a ser pobre, desamparado porque tú me has anunciado que mis hijos serán muchos, lo que me hará la vida imposible. Me dice que, para satisfacer mis necesidades, debo trabajar como un perro rabioso. Pongo mi destino entre tus manos, querido padre y te pido que juzgues entre nosotros puesto que tu eres razonable y dotado por la gracia de Allah de una evidente clarividencia”.

Isaac se sintió triste y afligido. Le era extremadamente difícil ver a sus hijos comportarse como enemigos, rechazándose mutuamente y que cada uno de ellos cobrara aversión por su hermano consanguíneo. Le dijo a su hijo: “Mi querido hijo, observa los signos de vejez sobre mi cuerpo: canas, frente arrugada y espalda jorobada. Estoy hecho un anciano, sin fuerza. Estoy a dos ápices de la muerte. Si, querido hijo, mis días están contados. Abandonaré este mundo dentro de poco. Mucho me temo que cuando esto se produjera tu hermano se opondrá, manifestando sus malas intenciones o saldrá reforzado por su clan para matarte o ejercer sobre ti ofensas.

En realidad, él es más corpulento y robusto. Además cuenta con un firme apoyo: sus cuñados y sus próximos. Te aconsejo, querido hijo, salir hacia Fadam Aram en Iraq, donde encontrarás a tu tío materno, Laban, hijo de Betouil. Cásate con una de sus hijas. Te adjudicarás, por la gracia de Allah, un gran éxito y estarás dotado de una fuerza y de un poder. Si, querido hijo, estarás entre los nobles y los estimados. Regresa, o mi hijo, a tu pais natal. Te vuelvo a anunciar que serás venerable. Tendrás hijos santos, piadosos y ganarás mucho dinero. Que Allah te Proteja y te Colme de Su gracia”.

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Las palabras de Isaac encontraron oído receptivo. Jacobo necesitaba acuciantemente aquellos consejos, dando de este modo su aprobación inmediatamente. Estaba como un jinete perdido en el desierto en medio de un clima excesivamente tórrido, buscando con qué saciar su sed. Entonces, Jacobo encontró en la emigración un buen desenlace…un alivio, apoderándose de su espíritu la pasión de volver al país de sus antepasados. Obedeció, pues, a su padre y se preparaba al viaje. Cuando se sintió capaz de soportar un tan largo viaje, preparó equipaje, rogó a Allah de Velar por los suyos y se fue.

Este alejamiento le era muy difícil. Lloraba sin cesar por haber abandonado a sus parientes solos, sabiendo que su padre estaba agonizante. Atravesó el desierto, sin descanso ni durante el día ni durante la noche. Subió montes y montañas, penetrando en las tinieblas de los terrenos de pequeños valles, dominando su alma una sola imagen: el encuentro con su tío y la palabra de su padre impregnada para siempre en su espíritu.

Solo continuaba su camino. Cada vez que el cansancio le vencía o la larga distancia le extenuaba o incluso cuando comenzaba a inquietarse por el futuro próximo, recordaba la expresión de su padre, de su promesa, impulsándolo a acelerar la marcha para llegar lo antes posible.

No obstante, un día a la salida del sol, un viento cálido comenzaba a soplar, levantando una ola de polvo que se dispersaba por todos lados. El clima se hizo muy cálido y tórrido, lo que impidió a Jacobo continuar su marcha.

El viaje tan largo y tan difícil le extenuó literalmente. Mirando en el horizonte no encontraba más que el infinito desierto, sin referencia ni marca de población o vivienda. Jacobo no supo qué camino emprender. Casi agotados los recursos, se quedó en plena confusión. ¿Debía continuar su camino pese al cansancio? ¿Debía seguir avanzando para llegar hacia lo que su padre le había prometido? ¿Debía regresar con las manos vacías, pero por lo menos sano y salvo, cuidándose a fin de llegar indemne a su padre?

Mientras Jacobo valoraba las ventajas y los inconvenientes, vio no lejos de él una roca, cuya sombra se extendía cubriendo lo que la rodeaba. Se dirigió a ella para descansar, apoyándose en ella, sumergiéndose en un profundo sueño en el que una visión le anunciaba excelentes noticias. Vio que Allah Iba a Proporcionarle una vida próspera y Acordarle influencia. Que estará dotado de un incontestable poder y favorecido por una bendecida progenitura. Además, vio que Allah Instituirá en su posteridad la Profecía y la Escritura, Acordándole su gracia en este mundo y que estará entre los santos en la vida futura.

Jacobo se despertó aliviado y de buen humor, desapareciéndose la angustia que le había dominado durante los últimos días. Esta visión era, para él, la confirmación de lo que su padre le había prometido, lo que hizo que recuperara fuerzas, reanudando el viaje con una determinación firme.

Jacobo recorrió la distancia rápidamente, sucediéndose los días de manera veloz y tranquila. Asi, observó en el horizonte un punto negro, recuperando totalmente confianza.

Jacobo pidió a Allah que este punto negro fuera la entrada de la ciudad de su tio. Aceleró el paso confirmando poco después de que su confianza en la gracia de Allah no era ilusión y que después del cansancio y el sufrimiento llegaba por fin a su destino, soltando un prologado suspiro, sintiéndose libre. De esta manera se disipaba la desesperación que había dominado su existencia a lo largo de este largo y difícil viaje, dando lugar a la esperanza. De repente se encontraba entre las manifestaciones de la vida, ganado, vuelos de pájaros, árboles, pastores y los pequeños que jugaban. El lugar era el de sus antepasados, de su bisabuelo Abraham que había transmitido el Mensaje de Allah a los habitantes de esta tierra. Allí vivía su tío materno. Esta ciudad era un objetivo, un voto solicitado. Jacobo había aguantado mil penas para llegar a donde llegó, habiendo sufrido el martirio y allí estaba para realizar su deseo. Que se prosterne ante Allah. Que lo agradezca. Que sea agradecido hacia la Misericordia que lo salvó y lo preservó.

Jacobo avanzó apresuradamente, preguntando a un grupo de jóvenes:

“¿Hay alguien entre vosotros que conozca a Laban, hijo de Betouil?”

“¿Puede haber quien no conociera al cuñado del profeta Isaac?” – respondieron-  precisando: este hombre es célebre por su generosidad. Es inmensamente rico y posee mucho ganado”.

  “¿Alguien de vosotros me puede indicar dónde puedo encontrarlo o que me conduzca hacia él?” preguntó amablemente Jacobo.

“Allí esta su hija Raquel”, le indicaron

Jacobo convergió su mirada hacia donde se encontraba la joven de una resplandeciente belleza, los rasgos magníficamente trazados, esbelta, seductora, la vista lustre y brillante. El corazón de Jacobo comenzó a latir, convirtiéndose en sordomudo.

Se llamaba también Rahil. Jacobo no sabía ni podía decir algo. Por poco perdía el control de sí mismo, apresurándose a contenerse, reuniendo sus fuerzas, volviendo a la razón. Se acercó a la joven diciendo: “Existe entre nosotros un vinculo familiar muy sólido. La verdad es que somos de la misma familia. Como tú, yo pertenezco a esta tierra que te ha acogido niña y joven. Yo soy Jacobo, hijo de Isaac el profeta y de Rafa hija de tu abuelo Betouil. Abandoné mi país natal, atravesando el inmenso desierto bajo un sol abrasador que absorbe las fuerzas y ensangrienta los pies. Me he enredado para encontrar a tu padre, mi tío. En realidad he venido para transmitirle un mensaje urgente”. Raquel lo acogió tímidamente, bajando la mirada para no verlo directamente pero acompañándolo para encontrarse con su padre Laban.

En el camino que conducía a la casa de su tío, Jacobo comenzó a cobrar tranquilidad. Estaba perturbado como si su corazón haya sido arrancado de su sitio, no logrando analizar la razón de su reacción. Quién sabe, a lo mejor la presencia de tan bella joven le había perturbado. ¿Era la profecía de su padre? ¿Interpretaba atinadamente su visión en el sueño en el desierto? No sabía qué pensar ni qué hacer, él un extranjero que estaba allí para pedir una ayuda muy grande.

Preguntas sin respuestas sobrecargaban el espíritu de Jacobo pero seguía sin comprender la razón de su perturbación. Probablemente por todas estas razones se encontró confuso e indeciso. Pero, a pesar de los pesares logró dominarse, continuando su camino con un paso equilibrado hasta encontrarse con su tío, con el cual el encuentro fue absolutamente impresionante. El sobrino abrazó a su tío cariñosamente y el tio lloró de alegría y de emoción al ver a Jacobo, el hijo de su hermana mayor. Laban recibió a Jacobo de la manera más elegante, mostrando una generosidad sin límites hacia él.

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Jacobo confió a su tío el objetivo de su visita, describiéndole con detalles lo que había sufrido y por qué su padre lo había aconsejado tratar de encontrar refugio en este país, aprovechando la ocasión para pedirle la mano de una de sus hijas, confesándole que Raquel ocupa un lugar particular en su corazón.

Este matrimonio se ha convertido, para él, en la única esperanza, no solamente porque quería ejecutar el voto de su padre sino también porque esta joven lo había seducido implacablemente. Laban estaba muy contento de escuchar esta declaración: “Esto me alegra, querido hijo. Cumpliré lo que me pides. Te ayudaré en lo que pueda para que pudieras realizar el deseo de tu padre pero tengo una sola condición: permanecerás en mi casa durante siete años durante los cuales harás pastar el ganado. Este trabajo será considerado como dote[1]. Por mi parte, me comprometo a darte cobijo en este periodo. Seré muy generoso contigo”.

Jacobo aceptó las condiciones de su tío, tratando, desde el primer día, a cumplir debidamente su promesa, encargándose del ganado, sin olvidar su aspiración a llegar a su objetivo lo antes posible. El tiempo transcurría velozmente y Jacobo esperaba impacientemente la llegada del momento de realizar su deseo.

Raquel era la menor de sus hermanas. Lea, la mayor, pero menos bella que ella. Los conciudadanos de Laban tenían la costumbre de casar la hija mayor antes de la menor.

Laban no quiso enarbolar esta costumbre por el respeto de su sobrino, por un lado, y porque sabía pertinentemente hasta qué punto Jacobo deseaba a su hija menor. En un instante Laban pensó casarle con sus dos hijas puesto que era costumbre de casar al mismo hombre las dos hermanas consanguíneas. Además Jacobo daba la impresión de que se encargaría debidamente de las dos mujeres.

Pasó velozmente el tiempo, encontrándose Jacobo, al cabo de los siete años acordados con su tío, frente a frente al momento tan anhelado. Se preparaba a celebrar su matrimonio con Raquel. Había llegado el instante de reunirse con su amada bajo el mismo techo. Pidió a su tío cumplir con su promesa, replicando Laban: “O mi querido hijo. Yo soy un padre y espero realmente que comprendas el significado de esta palabra. Has vivido entre nosotros siete años y estás al corriente de la mentalidad de mis conciudadanos. Mi conciencia me prohíbe causar daño a mi hija mayor, Lea, sino caerá en lo inevitable, decidiendo no casarse nunca. Es evidente: Raquel es más bella que Lea, pero como lo has observado ambas son inteligentes y maduras. Raquel no compite con su hermana en la clarividencia. Lo mismo sucede con Lea. Asi que si aun deseas formar parte de mi familia, cásate con Lea. Su dote será los siete años que has pasado trabajando para mí. Si aun tienes una preferencia por Raquel no tienes más que trabajar otros siete años para mí para pagar su dote. Si aceptas, te juro darte a Raquel sin pensarlo dos veces”.

Siendo tan agradecido hacia su tío que le ofreció refugio cuando era un simple extranjero sin albergue, Jacobo se encontraba incapaz de rechazar la oferta de su tío. ¿Cómo podía rechazar la oferta de quien había sido generoso hacia él cuando un día, desesperado, Jacobo había venido a pedirle ayuda y apoyo, protección y asilo? Jacobo aceptó la propuesta de su tío casándose con Lea, continuando a ejercer el mismo trabajo durante otros siete años al cabo de los cuales creía que había llegado la ocasión de que su amada Raquel se convirtiera en su esposa.

Laban ofreció a cada una de sus hijas una sirvienta pero Raquel y Lea prefirieron, a su vez, ofrecer sus sirvientas a Jacobo, casándose éste con las cuatro mujeres de las que ha tenido doce hijos[2].

 Ilmiya (Beirut)

 

[1]  Según los usos y costumbres de los musulmanes es la donación que se hace a la novia  para casarse con ella.

30 De estos hijos se derivaron lo que se llamó más tarde las doce tribus israelitas. Los hijos de   Lea eran, Raoulin, Siméon, Levi, Judas, Yasaker y Zebolone.

Los de Raquel: José y Benjamín. Los hijos de Belha, la sirvienta de Raquel: Dan y Neftalí. Los hijos de Zelfa, la sirvienta de Lea: Jad y Achir.

Señalemos que ninguno de estos nombres, a excepción de Jacobo y José fueron mencionados en el Corán.

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