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“Relatos del Corán” (Historias de los profetas) Hoy: Capitulo 14 José, LA LIBERACIÓN

De Mohamed Ahmed Jad Al Maula, Mohamed Abu Al Fadel Ibrahim y Ali Mohamed Al Bajaui Al Said Chatta. Traducido por Said Jedidi y editado, por Dar AlKotob Al Ilmya

Un día, el monarca egipcio se despertó asustado y de mal humor. Vio en su sueño una horrible visión, pidiendo a los hombres de ciencia y a los notables de su imperio interpretar el sentido de su visión: “He visto en el sueño siete vacas flacas que devoraban a siete vacas gordas. He visto también a siete espigas verdes y otras siete secas. Dignatarios de mi corte, aclárenme esta visión si sois capaces de interpretar los sueños”, declarándose la asistencia incapaz de comprender el significado o el sentido de este sueño. “Se trata- han dicho- de un sueño confuso. Además, nosotros no somos sabios en la interpretación de los sueños”.

El escanciador del rey estaba presente. Esta historia suscitó en él viejos recuerdos, sucesos casi borrados de su mente con el paso del tiempo. Satanás le hizo olvidar una antigua promesa que hizo un día a aquél, quien, en las tinieblas de la soledad le había anunciado la prosperidad. Una parecida historia era capaz de hacerle recordar lo que había olvidado. ¿Cómo es posible que no se haya acordado de hablar a su amo de su compañero en la prisión? ¿Se había olvidado del sufrimiento de antes o bien estos bienes efímeros lo habían cegado? ¿Cómo, una vez colmado de gracia, había podido olvidar al que había transformado la soledad en una esperanza completa?

La ocasión se había presentado y él no debía, pese a los  pesares, desgastar la oportunidad. Le dijo al rey: “O Rey te daré la interpretación. Existe en prisión un joven honesto, clarividente y sabio. Está dotado de un poder y de una capacidad a diferenciar entre lo verdadero de lo falso. Su despertado espíritu atraviesa todas las ambigüedades. Sabe medir bien las cosas. Cuando se le plantea un problema, piensa y vuelve a pensar, mide y vuelve a medir y luego sale con una interpretación sincera y verídica. Si me envías, volveré con una buena respuesta”.

El escanciador del rey se fue a buscar a José, encontrándolo paciente y muy creyente como lo había dejado en sus tiempos de prisionero: “O José he venido anunciarte una buena noticia capaz de sacarte de la prisión y de poner fin a tu calvario”, agregando el escanciador: “O José, o verídico. Explícanos el sueño en el que se ven siete vacas flacas, devorando a siete vacas gordas y siete espigas verdes y otras siete secas para que pudiera dar la explicación a los que me han enviado que sabrán entonces que eres un hombre del saber y del conocimiento. O, José vas a hacer al monarca un favor incomparable. Éste arde de impaciencia para conocer la interpretación y la revelación de la razón de este sueño”.

José, que la salvación de Allah sobre con é, no era solo un intérprete de sueños sino y sobre todo un profeta conciliador enviado por Allah para guiar a la gente en la buena vía en las dos vidas. José nunca había escatimado esfuerzo u ocasión alguna para predicar con el mensaje de Allah e invitar a la gente a emprender la vía recta.

Aprovechaba todas y cada una de las ocasiones para transmitir esta donación con la que se le ha investido. Buscaba la menor oportunidad para dar cuenta a la gente de la verdad absoluta. Antaño había aprovechado esta donación cuando los dos compañeros de la prisión le habían pedido la interpretación de sus respectivos sueños, para denunciar la idolatría y el culto de las estatuas, invitando a sus compañeros de prisión a consagrarse al culto y a la veneración de Allah. Cuando el escanciador del monarca le pidió este favor, respondió afirmativamente, siendo su objetivo hacer uso de sus cualidades para invitar a la gente al culto de un Dios Único en su esencia. La interpretación era para él un medio para llegar a su fin. Solo deseaba poner el acento sobre la existencia de una verdad absoluta, única fuente del bienestar y de la salvación.

José respondió: “Sembraréis durante siete años como ya es habitual. La tierra será productiva y fértil. Os dará una cosecha estimable durante estos años. Estaréis colmados de riquezas y llevaréis una vida de prosperidad. Después, vendrán siete años de sequia que acabarán con vuestras reservas y viviréis en la pobreza y la desesperación. La tierra será seca y el nivel de agua del Nilo bajará inquietantemente. El cielo dejará de daros la lluvia, limitándose a nubes secas y pasajeras. No encontraréis ni cosecha ni segadores. La desgracia caerá sobre vosotros de todos lados y os expondréis a una gran calamidad. Luego vendrá un buen año durante el cual la gente será favorecida con la lluvia y deberá exprimir. La tierra volverá a ser productiva y os salvaréis. Trabajaréis para recuperar el tiempo perdido, cosecharéis el trigo y la cebada y os alimentaréis de estos productos. Además, exprimiréis el cártamo, las olivas y el sésamo. Te he anunciado la interpretación. En realidad, fue Allah quien me la Ha Revelado.

Lo que te acabo de contar es ineluctable. Dejad, pues, en la espiga lo que vais a cosechar para que no se pudriese. Colocad los productos en lugares protegidos y no comáis más que lo que os pudiera mantener en vida para poder soportar la posterior escasez.

Al enterarse de esta interpretación, el monarca comprendió perfectamente que estas disposiciones y estas medidas no pueden ser proporcionadas por un hombre ligero o ignorante en este dominio sino por alguien sabio y clarividente. Esta previsión puso el acento sobre un buen sentido y una excepcional sensatez. Por ello pidió que se le traiga a José para verlo de cerca y aprovechar al máximo de su sabiduría.

El emisario se presentó, anunciando a José que el monarca quería verle inmediatamente. “Sintió que posees una sabiduría inaccesible y excepcional. El consejo que le has dado refleja tu sensatez. Debes estar contento. Vas a ser liberado”.

No obstante, José era un hombre muy inteligente. Allah le había inculcado cómo tener paciencia y resistir a las calamidades. Este anuncio no le ha hecho olvidar por qué “crimen” estaba pagando y por el que estaba injustamente en este lugar obscuro y salvaje que le robó sus mejores años. Durante largos años, vivió exiliado, lejos de la vida, del sol brillante, del resplandor de la luna, de los árboles, de la naturaleza de la verdura de los campos, de la vivacidad de la gente. Estos años de prisión fueron para él muy duros, larguísimos, con espesas cadenas en los tobillos, las esposas en sus manos, durmiendo en el suelo desnudo no comiendo más que el pan seco y agua no potable.

Las cadenas, la sed, el hambre, la soledad y años de sufrimiento y privación no le dejaron olvidar la razón por la que fue injustamente condenado a esta atrocidad. La libertad no lo ha impresionado. En su mente tenía un objetivo más noble, más urgente: quería probar a todo el mundo que era inocente y honesto, fiel y agradecido, impecable e indulgente. Había pagado un alto precio y quería gozar de la libertad con plena dignidad.

José se negó a salir de la prisión. No buscaba ni perdón ni favor. Su inocencia debía ser su único salvoconducto. Dijo al emisario: “regresa ante tu amo y pídele qué intención tenían las mujeres que se habían cortado las manos y que han conspirado para meterme aquí. Quisiera aclarar este asunto antes de abandonar esta prisión o de aceptar el perdón”.

Al conocer este mensaje, el monarca se quedó asombrado, con las ideas confusas. Trató de conocer las intenciones de estas mujeres. El asunto en todos sus aspectos le fue expuesto de nuevo. Al principio pensó que aquél prisionero era un hombre ordinario e incluso un criminal. Pero la excepcional interpretación del sueño, la decisiva negativa de José de salir de la prisión sin que se revisara su caso, las historias que se le habían contado sobre la inteligencia y la sabiduría de este hombre a quien ignoraba habían puesto el acento sobre un asunto de una gravedad extrema y una solicitud de un hombre víctima de una injusticia atroz a fin de que se reconsideraran los procedimientos que le habían conducido hasta allí. El monarca pidió a su emisario de convocar ante él a las mujeres a las que preguntó: “¿Cuál era vuestra finalidad cuando intentasteis seducir a José?”, permaneciendo las mujeres estupefactas, sin atreverse a inventar mentiras. Decir la verdad se convirtió, para ellas, en una obligación: “Por Dios que, nosotras sepamos, no ha hecho nada malo- dijeron- Era un hombre honesto y generoso, fiel y piadoso. Nadie le acusa de ser infiel. Es un hombre de buena intención”.

Envejecida, la esposa de Putifar exclamó: “La verdad estalla ahora. Fui yo quien intentó de someterlo a mis deseos. Era un joven muy apuesto y seductor. Su presencia me atrajo hacia él, cayendo locamente enamorada de él. Pese a mis esfuerzos de sofocar estos ardientes deseos, mi amor por él me impulsaba, cada vez más hacia él. Acabé por invitarle a un acto prohibido. Le conté lo que sentía por él, pero él prefería quedarse casto. Nunca me vio de manera furtiva. Su fidelidad hacia mi esposo y su respeto por el Señor de los mundos eran inquebrantables.

Os aseguro que es el más virtuoso y el más honesto. Soportó la prisión y sus nefastas consecuencias, siendo totalmente inocente”.

José padece hoy los sufrimientos y las desgracias por la única razón de que quería seguir siendo virtuoso. Por mis insinuaciones fue arrojado en prisión. Os confieso ahora, en toda conciencia, a ti mi rey, a vosotros dignatarios y próximos, a pesar de que José no está entre nosotros, que no lo denigré o difamé en su ausencia, exijo ahora que se establezca la verdad para que mi amo sepa que nunca lo traicioné en su ausencia y que Allah Condene la perfidia de los traidores. Fui yo quien trató de seducirlo y es más que cierto: todo lo que él dijo era/es la verdad. No busco inocencia. El alma tiende normalmente hacia el mal a menos que Allah, por su misericordia la Preserve del pecado. He declarado antes a estas mujeres mi secreto y os lo declaro hoy, una vez más”.

 

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