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“Relatos del Corán” (Historias de los profetas) Hoy: Capitulo 15 José, JOSÉ TESORERO DE EGIPTO

De Mohamed Ahmed Jad Al Maula, Mohamed Abu Al Fadel Ibrahim y Ali Mohamed Al Bajaui Al Said Chatta. Traducido por Said Jedidi y editado, por Dar AlKotob Al Ilmya

La verdad estalló ante todos. Estos testimonios eran más que suficientes para que José fuera declarado inocente, casto, impecable y correcto. El escanciador del rey había hablado mucho de la buena reputación de José y que era un magnífico modelo para sus compañeros de la prisión.

Durante años, había dado prueba de una paciencia proverbial y de una satisfacción en lo que Allah le Haya Asignado. Su saber estaba exento de pretensión o de arrogancia. Al contrario, la modestia impregnaba sus gestos en todas sus dimensiones. El monarca mismo había observado estas cualidades y descubierto en José un buen conocimiento en materia de economía y gestión.

Sus características morales y sus virtudes habían suscitado el sincero deseo del monarca de acercar a José a la corte para figurar entre los dignatarios más favorecidos. De este modo decidió nombrarlo jefe y acordarle un rango muy elevado en su jerarquía, tomando la firme resolución de dar a José todo lo que deseaba.

El monarca dijo entonces a sus emisarios: “Tráiganlo aquí”. Una vez ante él, el monarca constató que José era de una clarividencia y de un buen sentido absolutamente excepcional. Lo que se acababa de contar al monarca era estrictamente verídico. Desde el primer encuentro, el monarca presintió en José una honestidad que no podía dejarle cometer la menor falta.

El monarca dijo: “O José, tus costumbres y tu elocuencia me obligan a admirarte cada vez mas. El sufrimiento que has padecido, los testimonios que te han blanqueado me dicta la imperiosa necesidad de colmarte de bienes. Eres de una sensatez y de una clarividencia que no se deben criticar. Has dado prueba de una paciencia y de una dignidad cabal. Estas cualidades merecen que seas nombrado en una alta función. Te considero digno de mi confianza. Desde ahora en adelante estarás junto a mí, investido de mi confianza. Te nombro mi administrador y te acuerdo una autorización ilimitada para reformar esta nación. Tendrás todas las ventajas y todas las facilidades para llevar a cabo lo que estimes conveniente. Tus órdenes serán literalmente cumplidas y tus aspiraciones escuchadas”.

José era consciente de que Egipto estaba amenazado por una cruel experiencia. Estaba en vísperas de vivir siete años de desgracia y calamidades. El Nilo será generoso durante siete años antes de conocer una drástica disminución de su nivel de agua lo que daría lugar a una escasez general a todos los niveles. Por ello, José pidió al monarca nombrarlo gerente de los depósitos del país para tomar todas las medidas inherentes de conducir al país hacia la salvación: “O mi rey. Todos sabemos que la economía constituye la sólida base de toda nación- dijo al rey- Es un pilar esencial, necesario y suficiente para constituir un país sólido. Si me nombras al frente de los depósitos como ministro de finanzas prometo estar a la medida de la responsabilidad. Sé cómo solucionar las cosas, tanto en la quietud y la prosperidad como en la precariedad y la escasez. Bajo mi dirección, Egipto se encontrará, por la gracia de Allah, protegido y fuerte. Velaré para que todo entrara en orden. No seré ni parsimonioso ni despilfarrador. La moderación es mi único objetivo”.

José tenía pues la intención de hacerse con las riendas del poder para dotarse de toda disposición de naturaleza a poner al país a salvo de lo que le acechaba. Mañana la situación será extremadamente grave.

De esta forma, José ocupó una de las funciones más altas del país, convirtiéndose, de noche a la mañana en un ministro muy influyente, respetado, fuerte y blanco de la envidia de todos.

La gente lo visitaba para beneficiarse de su sabiduría. ¡Qué controversia! Poco antes era un simple prisionero, objeto de todos los sufrimientos, un joven propuesto a la venta como si fuera una mercancía barata. Si no fuera porque Allah nunca Abandona a la gente del bien a la que Cubre con su misericordia, recompensándolos por sus buenas obras, José hubiera permanecido en la prisión hasta el fin de sus días.

José presidió los destinos de Egipto durante siete años durante los cuales la vida era próspera. El Nilo volvió a ser lo que era antes, las cosechas, abundantes y la gente colmada de riquezas y viviendo en el bienestar y la tranquilidad. Durante este tiempo, José manifestó una perspicacia digna de un buen gobernador. Había instituido reservas y depósitos para almacenar las cosechas. Las riquezas se dejaban ilustrar en todo el país. Siete años más tarde, los días anunciaron la llegada de un nuevo periodo: el de la escasez. Como previsto, la gente se encontró intacta y protegida, recibiendo estos difíciles años con confianza. La escasez no les perjudicó tanto porque se habían preparado debidamente para afrontarla. La escasez era general, extendiéndose hasta los puntos más recónditos del país como Kana’n, el país donde vivía el profeta Jacobo.

José se hizo célebre no solamente en Egipto sino en todos los países vecinos. Su buena reputación era a flor de boca. La gente comentaba que Egipto estaba inmunizado gracias a un ministro sabio, íntegro y clarividente. La noticia se propagó por todas las ciudades hasta llegar a Kana’n. En los palacios o en las callejuelas, la gente sólo hablaba de la honestidad de este ministro que había preparado al país a hacer frente a esta desgracia, incitando a su pueblo a almacenar las cosechas y a trabajar incansablemente para afrontar esta difícil situación. Todo el mundo hablaba con admiración de la justicia de este tesorero que distribuía los bienes sin abuso o dilapidación y que no hacia distinción alguna entre la gente, procediendo equitativamente a los pesos sin abusar de las medidas.

Al escuchar hablar de la inmunidad de Egipto, Jacobo pidió a sus hijos tratar de obtener algo: “O mis hijos, la escasez afecta a todo el mundo y la hambruna es inevitable. Os debéis preparar para ir a Egipto, donde os dirigiréis hacia este intendente cuyas noticias nos han llegado a través de jinetes y peatones, por los extranjeros y los conciudadanos. Veis que su reputación pasa de boca en boca tanto en las ciudades como en las pequeñas localidades lejanas. Os pido dejar a vuestro hermano Benjamín conmigo. Su presencia me consolará durante vuestra ausencia y me aliviará el corazón. Que Allah os Proteja y os Guie en la buena vía. Un bedel vino a anunciar a José: “Hay diez hombres en la puerta. Se parecen como una gota de agua. Creo que son extranjeros. Durante el primer encuentro daban la impresión de ser honestos. Ello se refleja en sus rostros. Debido a su acento, se diría que son extranjeros o visitantes venidos de un país muy lejano. Además, están nerviosos y sorprendidos. Están esperando tu permiso para entrar y presentarse ante ti”.

José les acordó lo que solicitaban. Entraron a donde estaba él, quedándose asombrado al constatar que eran sus hermanos paternos. Tenían los mismos rasgos que él. Los años no habían dejado ninguna huella de cambio en sus caras. En efecto aquellos jóvenes eran sus familiares más próximos que habían intentado matarlo un día y de hacerlo mucho daño. Ellos… la causa de su separación de su querido padre, estaban allí delante de él. Los recuerdos pasaban velozmente en su cabeza como una película gravada. ¿Cómo había recibido Jacobo la muerte de su hijo? Había sufrido atrozmente debido a las mentiras de sus demás hijos para disimular su obra siniestra, pensó José. Al recordar todo esto, se sintió afligido y herido. ¿Este encuentro, era simple accidente? Sin género alguno de dudas, José jamás había contemplado llevar a sus hermanos hasta allí. Nunca había pensado ni siquiera en parecido instante, pero la voluntad divina Quería que José fuera totalmente aliviado.

Por Su gracia, Allah es capaz de unir a dos seres indefinidamente alejados, cuando pensaban que estaban condenados a la separación.

José los reconoció, no asi ellos que ignoraban lo que el destino les preparaba. ¿Cómo podían imaginarse que José, este joven arrojado en la profundidad del pozo, convertido en un rey influyente y coronado, rodeado de dignatarios y de sirvientes, fuera justamente su propio hermano? Para ellos, José era un asesinado o una víctima devorada por feroces animales o cuando menos un esclavo expuesto a la venta como una mercancía.

Pero como José era firme y sabio, razonable y justo, clarividente e inteligente no quiso revelar su verdadera identidad para no manifestar su intención.

Quería interrogarles indirectamente. Estaba impaciente de conocer sus noticias. Era realmente un largo periodo pero sabía pertinentemente que debía esperar antes de decirles la realidad. La razón y la sensatez eran el arma más eficaz para alcanzar su objetivo

Los recibió de la manera más decente, alojándolos en su residencia. Después de unos días les invitó a la corte diciéndoles: “He sido muy generoso con vosotros. Tengo el derecho hoy de preguntar quiénes sois. ¿Qué buscáis? Sois numerosos. Es cierto. Yo, personalmente ignoro cuántos sois. No os ocultaría que tengo sospechas. Me temo que seáis espías encargados de transmitir nuestras noticias a vuestro monarca.

De conocer vuestra identidad tal vez mis dudas se disiparían, instalándose buenas relaciones entre nosotros”, respondiendo ellos: “¡O Intendente del monarca! Somos once hermanos, descendientes de un padre gratificado con profecía. Aquí nos tienes diez mensajeros ante ti enviados por nuestro padre para pedirte un favor. El undécimo se quedó con nuestro padre para ocuparse de él y velar por su quietud. El decimosegundo se perdió. Ignoramos su paradero o donde podría encontrarse ahora. Ni siquiera sabemos si está vivo o muerto. Asi se resume nuestra historia. No te hemos ocultado nada”.

José dijo: “Tal vez estéis contando la verdad pero es necesario reforzar esta pretensión mediante una prueba o un testigo. Sólo me convencería si me aportáis una prueba o me traigáis un testigo digno de confianza, sino no daré ninguna importancia a lo que acabáis de afirmar “contestando ellos: “o intendente. Somos extranjeros y no tenemos en este país ni pariente ni próximo. Nos es materialmente imposible presentarte lo que nos pides. ¿De dónde podemos sacar este testigo que podría certificar nuestra sinceridad? Por Allah esta condición está por encima de nuestras posibilidades. Te pedimos que nos exigieras algo más accesible”.

José respondió: “Os voy a proporcionar vuestras provisiones a condición de que me traigáis al hermano que habéis dejado con vuestro padre para que me sirviera de testigo y probar la autenticidad de lo que me habéis contado. ¿No os dais cuenta de que he sido generoso con vosotros y que soy el mejor huésped de lo que podéis imaginar? Pero sabed que si no respetáis vuestra promesa no habrá más provisiones para vosotros y mejor que no volváis”, reaccionando ellos: “No estamos seguros de poder traerlo aquí con nosotros. Su padre se opondrá categóricamente. La verdad es que su padre no puede separarse de nuestro hermano Benjamín y no soporta su ausencia. Pero vamos a intentar convencerlo para que lo dejara venir con nosotros. Si acepta, sin duda, volveremos”.

Los hermanos salieron de Egipto con destino al país de Kana’n con muy buenos recuerdos. Pensaban que el intendente ha sido muy generoso y muy acogedor con ellos.

Al llegar a su tierra, encontraron a su padre Jacobo esperándolos impacientemente. Inmediatamente comenzó a preguntarles sobre las dificultades de este largo viaje, buscando conocer, inhabitualmente, el menor detalle.

Sus hijos respondieron: “O padre, hemos encontrado a un hombre muy honesto, el intendente encargado de los depósitos de Egipto que nos recibió de una manera absolutamente excepcional. Era el mejor huésped que podíamos esperar. Nos dio muchas provisiones pero nos exigió, que sin nuestro hermano Benjamín, no volvamos a abastecerse. Quiere asegurarse de nuestra sinceridad y quiere que nuestro hermano nos sirva de testigo. Sospechó en nuestra presencia, temiendo que fuéramos espías y que las provisiones no eran la verdadera razón de nuestra presencia allí ni de nuestro viaje hacia Egipto. Dentro de poco consumiremos todo lo que hemos traido y necesitaremos volver de nuevo a pedir al intendente. Sin Benjamín, el abastecimiento en granos nos será prohibido. Asi que debes, padre, enviarlo con nosotros para que nos ayude a convencer al administrador de Egipto”. El padre respondió negativamente: “No lo enviaré con vosotros. No me sentiré tranquilo mientras esté lejos de mí. La garantía que me proponéis no es ni más ni mejor que la garantía que me habéis dado respecto a su hermano José. Dejadme tranquilo. No podré soportar de nuevo vuestras astucias”.

Al abrir su equipaje, encontraron que la mercancía que iban a intercambian se les había sido restituida, dirigiéndose, gritando, al padre: “Padre, no te hemos mentido cuando te contamos la historia de este hombre generoso. Fuimos sinceros cuando te pedimos dejar a Benjamín acompañarnos ¿Qué podemos pedir más? Aquí tienes nuestra mercancía devuelta. Debemos abastecer de nuevo a nuestra familia. Velaremos por Benjamín. Lo cuidaremos. Nos sacrificaremos por él para devolvértelo indemne. Además, tendremos la carga de un camello de más. Esto sería muy poco para nuestro hombre generoso.

Jacobo comprendió su determinación y su impaciencia. Querían aporta muchas provisiones. Sin embargo… ¿Qué hacer? Los hijos se comprometieron ante Allah de devolver al hijo menor sano y salvo y no podían violar, de modo alguno, este compromiso. Por otro lado, el intendente les había sido claro y contundente: “Si no viene Benjamín con vosotros no habrán provisiones”. Jacobo se encontró ante una delicada situación con la que se debía analizar exhaustivamente todos los aspectos del problema: “Solo lo puedo enviar con vosotros si os comprometéis ante Allah de devolverlo salvo si sois aniquilados”. Al jurar que lo harían, Jacobo les autorizó llevarse al pequeño con ellos, respondiendo los hijos: “Allah es el Garante de nuestras declaraciones”.

Al llegar ante José, después de un largo viaje, éste reconoció inmediatamente a su hermano menor y aunque quería abrazarlo y darle una fuerte acolada prefirió ocultar sus sentimientos, comportándose normalmente e incluso invitándolos a comer. Dio sus instrucciones a sus sirvientes para colocar en cada mesa dos personas. De tal modo que Benjamín se encontraba sin sus compañeros, comenzando a llorar: “Si mi hermano José viviera me hubiera servido hoy de compañero”. José propuso entonces participar en el manjar junto a su hermano menor, diciendo: “Cada uno de vosotros tiene un compañero. Queda Benjamín que será mi compañero”. José se sentó junto a su hermano diciéndole: “¿Quieres que yo sea tu compañero?” respondiendo Benjamín: “¿Dónde podría encontrar a un hermano tan amable como tú? Es una lástima que no fueras el hijo de Jacobo y de Raquel. Ante esta situación José lloró y abrazó muy fuerte a su hermano, diciéndole: “Yo soy tu hermano perdido, José. Yo soy a quien esperabas siempre tener a tu lado. O, hermano, he sido objeto de situaciones extremadamente difíciles y duras. Padecí todo tipo de sufrimientos. El daño que me hicieron era insoportable. Jamás olvidaré aquel día en que mis propios hermanos me arrojaron al fondo del pozo, ignorando mis lamentos y mis suplicas. He sufrido mucho…muchísimo. Caravaneros me expusieron a la venta como un esclavo. Mi amo me acusó de ser traidor y desagradecido cuando en realidad su esposa quería someterme a sus tentaciones. En la prisión soporté sufrimientos indescriptibles. Pero me armé de paciencia y trabajé mucho para restablecer mi inocencia. Esta falsa acusación me hubiera podido mancillar y deshonrar. Me entregué a Allah y la verdad estalló un día.

 que como ves, estoy rodeado de gracias: la riqueza, la dignidad, los bienes y la prosperidad son una recompensa que me Acuerda el Señor del Universo. Esta es la retribución de los que nunca pierden confianza ni fe en el Señor y hacen el bien alejándose del mal. No cuentes esta historia a tus hermanos. Es un secreto que debes guardar por ahora a cal y canto. Benjamín se sintió aliviado, al tener a su querido hermano ante él de nuevo. ¡Adiós al sufrimiento! El destino  no traerá más que buenas noticias.

Llegó el momento en que la hospitalidad terminaba. Los hermanos preparaban sus cosas para emprender el camino de regreso a su familia. José quiso ponerlos a prueba, ordenando a sus sirvientes a introducir en el momento de abastecimiento, su copa en el equipaje de Benjamín.

Al sentarse a horcajadas en sus mulas para salir, un heraldo comenzó a gritar: “O gente de la caravana.  ¡Permaneced allí donde estáis. Sois unos ladrones!”. Los hermanos de José se quedaron atónitos sin saber qué hacer. Regresaron sorprendidos hacia donde estaban los egipcios: “! Pero… qué es lo que estáis contando! ¿Nos acusáis de mentirosos. Qué os pasa?, respondiendo el heraldo : “ hemos perdido la copa del rey y que creemos, efectivamente que la habéis robado. ¿Dónde la habéis escondido? Os perdonaremos si nos indicáis el lugar donde la tenéis. No temáis nada”. El heraldo añadió: Ofreceremos una carga de camello a quien la trajera. Lo garantizo yo”. Los hermanos de José exclamaron: “Juramos por Allah que no hemos robado nada. Vosotros sabéis que no hemos venido hasta aquí para sembrar la corrupción en esta tierra y que no somos ladrones”, contestando el heraldo: “Nosotros ni tratamos de acusaros falsamente ni tenemos la intención de tenderos una trampa y de todos modos ¿Qué diréis si encontramos la copa del rey entre vuestras cosas? Los hermanos respondieron: “Seguimos una religión estricta. Cumplimos con nuestra ética y tenemos una moralidad fuera de toda duda. La ley religiosa nos obliga a daros el derecho de decidir sobre el destino de quien haya robado la copa del rey. Tendréis el derecho de detenerlo a titulo de cautivo o de esclavo por el crimen que haya cometido. Se trata de un compromiso que respetaremos. Es asi como castigamos a los injustos aunque estamos seguros de nuestra inocencia y de nuestra honestidad”.

José se sintió aliviado. Este compromiso era, para él, el más favorable porque en Egipto, según la ley del monarca, la sanción por el robo era totalmente diferente. La voluntad divina Quiso Compensarlo cada vez más y allí estaban sus hermanos que le ayudaban, voluntariamente, en lo que aspiraba hacer. Era Allah quien Orientó a José hacia esta astucia sin la que nunca hubiera podido quedarse con su hermano.

José Comenzó buscando en las bolsas de sus hermanos antes de llegar a las de Benjamín. Finalmente sacó la copa de entre sus cosas y la mostró a sus hermanos perplejos, no sabiendo qué decir, con los ojos clavados en el suelo sin poder dar pretexto alguno de este acto[1].

José dijo: “Vamos a ejecutar lo que habéis prometido. Debéis pues darnos a titulo de esclavo al que encontramos la copa del rey entre sus cosas luego decidiremos la punición que le deberemos infligir”. Reaccionando los hermanos: “O, intendente. Su padre es un hombre, muy viejo que no puede quedarse sin él. Le hemos prometido devolverle su hijo. Toma uno de nosotros. Pareces un hombre justo”. Pero José dijo: “Que a Allah no complazca. No debemos detener a otro que no fuera el que hemos encontrado nuestra copa entre su equipaje. Entonces seriamos injustos”.

Cuando perdieron toda esperanza, se concertaron entre ellos. Judas, el mayor dijo: “Os olvidáis de vuestro compromiso ante Allah hecho a nuestro padre al que jurasteis respetar. ¿Qué historia vamos a inventar hoy? Benjamín será entregado a titulo de esclavo y nosotros habremos violado nuestras declaraciones. ¿Acaso os olvidasteis de lo que habéis cometido antes contra José? Desde entonces nuestro padre se retiró en una habitación donde nunca cesó de llorar. Se quedó asi desde aquella mala acción que hemos hecho a José. La primera vez cometimos un horrible crimen. Y hoy volvemos a repetir el mismo acto. Por mi parte, jamás abandonaré este país hasta que mi padre me lo pidiera o que Allah Decidiera de mi destino. Regresad ante vuestro padre. Decidle: tu hijo ha cometido un robo. Sólo afirmamos lo que hemos visto y no podíamos evitar lo imprevisible. Pregunta a la gente de la caravana asi como a la gente con la que estábamos allí. Los nueve hermanos abandonaron el lugar dejando tras ellos a Benjamín y a Judas.

Al llegar ante Jacobo, éste buscó desesperadamente a Benjamín no encontrándolo entre ellos. Sintió como si alguien le arrancara el corazón de su pecho. No pudiendo soportar gritó: “¿Qué habéis hecho a vuestro hermano? ¿Habéis violado vuestro compromiso? Le contaron la verdad pero Jacobo no quería escucharla. “¡Ni hablar! Os habéis atrevido a cometer otra atrocidad. Daré prueba de una paciencia sin límites. ¡O mi dolor por José! Ayer perdí a un hijo, hoy pierdo a Benjamín y a Judas. Tal vez Allah me los devuelva todos. La verdad es que tengo total confianza en Allah”.

El dolor volvió a invadir el corazón de Jacobo convirtiéndose sus noches como sus días. El dolor y la desgracia les atormentaban y por donde veía, creía ver las siluetas de sus hijos perdidos, no encontrando consolación salvo cuando se dirigía a Allah, consagrando sus días y noches a la oración y al llanto. Solo se dirigía a Allah a quien pedía paciencia para soportar esta nueva calamidad. Tenía una inquebrantable confianza en la misericordia de Allah. A pesar de lo cual se aislaba en una habitación para llorar la ausencia de sus hijos, con lágrimas que se deslizaban en sus mejillas como una lluvia torrencial.

Jacobo continuó padeciendo hasta que, debido a sus incesantes lloros, sus ojos se velaron con  tanta aflicción, su cuerpo adelgazaba inquietantemente y su rostro se hacía cada vez más pálido.

Un día cuando uno de sus hijos vino a verle, lo encontró en esta lamentable situación, rezando. Al terminar la oración, volvió a llorar de nuevo lamentando: “¡O mi dolor por José y sus hermanos!”. El hijo se quedó mudo de sorpresa, corriendo para llamar a sus demás hermanos. De la voz de Jacobo procedía un profundo dolor, eterno, incesante mezclado de llanto. Los hijos se congregaron en torno al padre, tratando de calmar su dolor y de paliar su pena. No soportaban ver a su padre sufrir tan cruelmente comprendiendo entonces que aquella pena era única en el mundo y que nadie padece tanto. Uno de ellos dijo: “padre tu eres un profeta venerable, hijo de profetas. Recibes revelaciones y nosotros te consideramos no solo como padre sino un maestro. Debes saber que aprendimos muchas cosas de una importancia capital. Has sollozado tanto que tus ojos, debido al dolor y al padecimiento, se velaron. Día y noche nunca cesas de exhalar suspiros de dolor. Trata de encontrar la consolación y deja de sufrir.

Un antiguo refrán árabe evoca el recuerdo de José: “sino serás como el que busca matarse voluntariamente”.

Jacobo dijo: “Vuestros reproches me causan dolor. Me recuerdan la causa que me llevó hasta aquí. No me sentiré aliviado hasta encontrar a mi hijo José delante de mí. No, hijos, José no ha sido devorado por fieras feroces. No está muerto. Estoy seguro de que está vivo. Respira como nosotros. Anda, bromea y trabaja. No está envuelto en una mortaja como lo pensáis. Esta verdad me ha sido revelada por mi Señor. He vivido siempre con el presentimiento de que vivía sano. Nunca lo dudé. Siempre estuve convencido de que estaba         a salvo. De mi sufrimiento y de mi dolor me quejo exclusivamente a Allah. De Él sé lo que no sabéis. Pero en realidad lo que me fastidia es que no sé donde está.  ¿En qué país se encuentra? Esta realidad me causa dolor y me tortura. Si queréis realmente aliviarme y que dejara de sufrir tanto váyanse a indagar por el destino de José y su hermano y no os dejéis invadir por la desesperación en la bondad de Allah porque solo los paganos lo hacen”.

Los hijos de Jacobo estaban totalmente convencidos de la autenticidad de las palabras de su padre. Después de todo ¿no habían arrojado a José en la profundidad de un pozo con la esperanza de que alguna caravana lo salvara? ¿Qué es lo que impide que estuviera aun vivo? Pero… ¿Dónde está? ¿En qué país reside, en un desierto o en una montaña? ¿En el país de Kana’n o en un país vecino? ¿Qué estará buscando? La tierra es inmensa…. Más de lo que él hubiera imaginado nunca. Encontrar a José les parecía imposible. ¿Cómo buscar una aguja en un océano de paja? Pero había también Benjamín que conocían donde estaba. Sin duda, saber donde se encontraba José era prácticamente imposible, Benjamín, por su parte estaba a unos pasos de ellos. Podían suplicar al intendente para que dejara al hermano menor venir con ellos. Si lograran hacerlo sería mejor que nada, por lo menos ello evitaría que el padre siguiera sufriendo tan atrozmente.

Los hijos regresaron a Egipto literalmente asolados por la incertidumbre y la confusión pero con la esperanza de que un milagro se produjera, presentándose ante el intendente avergonzados, no sabiendo qué decir y como suplicar. “Gran intendente. Nosotros y nuestras familias hemos sido azotados por la desgracia. Los días nos obligaron a volver. Aquí nos tienes a tu disposición, rogándote tratarnos en función de tu dignidad. Tú sabes que la suerte cambia de mano y que el tiempo cambia de día en día. Traemos una mercancía insignificante. Tú, mejor que nadie, sabes que la vida se ha hecho muy dura y difícil. La gente apenas logra ganar su pan del día y la hambruna asola a todo el mundo. Te suplicamos darnos una carga de trigo y sé generoso con nosotros y libera a nuestro hermano. Si aceptas volverás a dar vida a un padre sufriente que no puede sentirse aliviado lejos de su hijo detenido. O, intendente, su padre está a punto de morir de dolor. Llora día y noche”.

La historia de José y de Jacobo tocaba a su fin. Era un ejemplo ideal, vivo y que resumía la buena consecuencia de la paciencia y de la resignación a la voluntad divina. Era el momento para que la verdad estallara ante todos. Allah insinuó a José revelar su identidad y acordar el perdón a sus hermanos, dando prueba de clemencia y de indulgencia respecto a ellos. Allah Quería que José no sea rencoroso para que sirviera de modelo para la humanidad.

José dijo: “¿Os acordáis de lo que hicisteis a José y su hermano en vuestra ignorancia? Satanás os ha insinuado maltratar a José y a su hermano Benjamín. Habéis escuchado a Satanás, arrojando a José en el pozo, tratando de calumniar a Benjamín para desmoralizarlo. No os puedo preguntar a qué astucias habéis recorrido. ¿No os acordáis cuando uno de vosotros cogió a José de su mano, colocándolo detrás de él antes de arrojarlo en la profundidad del pozo? José era aun muy joven y muy débil para defenderse. Os ha suplicado, os ha implorado y ha llorado ante vosotros…en vano. Vuestros corazones eran más regidos que una piedra sordo-muda. No habéis tenido piedad de él, dejándolo afrontar un destino desconocido”.

Los hermanos comenzaron a dudar: este intendente acaba de contarles la verdadera historia, preguntándose ¿Pero quién le informó? ¿Quién le había revelado lo que realmente había pasado? Era una historia auténtica y real. ¿Será Benjamín…? Pero si Benjamín como el resto ignoraba la verdad. Si Benjamín estaba seguro de que entonces habíamos conspirado contra José ¿Cómo hizo para descubrir la historia de la cisterna?

Mil y una pregunta y la misma incertidumbre. Al final comenzaron a contemplar la posibilidad de que fuera José. De tal modo que comenzaron a observar sus rasgos, no tardando en gritar: “¡Sin duda. Tu eres José!”, respondiendo José la mirada convergida hacia su hermano menor, Benjamín: “Si. Yo soy José y éste mi hermano Benjamín. Allah nos ha Colmado con Su gracia. En realidad cualquiera que teme a Allah y se muestre paciente, Allah nunca Hace Perder a los hombres el bien que se merecen de sus obras”.

Pálidos y sordo-mudos al conocer la verdad, los hermanos de José no lograban expresarse. La verdad es que no se esperaban a parecido desarrollo. Preferían morirse que hacer frente a esta delicada situación.

José estaba lejos de pensar al castigo que se merecían o de dejarlos sometidos a una parecida experiencia. Tenía el espíritu abierto. Era indulgente y generoso. Pese a sus pecados, esta gente era, al fin y al cabo, sus propios hermanos. Los quería a pesar de que habían intentado matarlo y atentar contra la vida de su hermano Benjamín. No tenía intención de vengarse. Su indulgencia y su manera de ser y de actuar se lo impedían. “Hoy no seriáis objeto de ninguna represión de mi parte – les dijo José- Allah os Perdonará porque Él es el más Misericordioso”.

Regresemos a Jacobo, este hombre paciente y generoso que había padecido increíbles sufrimientos y sometido a insoportables pruebas. ¿No se merecía el titulo de profeta? ¿No era considerado, entre los profetas como uno de los que no podía dudar de la generosidad y de la justicia de Allah? El paraíso era su recompensa en la vida de más allá….una promesa del Señor del Universo y en la vida de aquí una buena retribución. Es así como Allah recompensa a estos adoradores fieles que soportan las calamidades con un corazón inquebrantable. Jacobo volvió a su oratorio, rezando sus oraciones y sintiéndose realmente aliviado. En aquél día no tenía ganas de llorar. Tenía el corazón abierto, alegre, lleno de regocijo y vivacidad. Pensaba en los instantes cuando José, aun muy pequeño, estaba cerca de él, tomándolo entre sus brazos y viéndolo ir y venir de un lado a otro. Se sentía extrañamente ligero. En lo más profundo de él mismo se ocultaba una luminosa esperanza que se reflejaba cabalmente en sus ojos. Se iba de un lado a otro ¿Qué felicidad cabía en este corazón puro?

Jacobo se levantó, se dirigió hacia fuera corriendo, declarando a su entorno: Si no temiera que me tomarais por un chiflado, diría que huelo el olor de José. Este olor me ha llenado el espíritu y se está extendiendo en mi corazón, iluminando mi existencia de nuevo.

Jacobo tenía razón. Sus presentimientos no eran simples ilusiones, sino la pura verdad. La caravana abandonó Egipto y los hijos de Jacobo regresaron a sus familias con la túnica que ocultaba buenas noticias y que iba a volver a dar la vista a Jacobo.

Por fin, la caravana llegó con la buena noticia: el que llevaba la túnica en la mano cubrió con ella el rostro de Jacobo, el cual recobró inmediatamente la vista, volviéndose de nuevo a la razón. Los hijos contaron a su padre la historia, confesándose su crimen y pidiéndole perdón. Le rogaron implorar a Allah el perdón de sus pecados, respondiendo Jacobo: “No podré hacer nada por vosotros. No puedo ni siquiera castigaros o advertiros contra una mala retribución. Imploraré por vosotros el perdón de mi Señor. Él Es el clemente y el misericordioso. Preparad vuestras bestias. Vamos a emprender el destino de Egipto para ver a su intendente”.

Cuando Jacobo y los suyos se trasladaron a Egipto, se presentaron ante José, quien hizo subir a su padre y a su madre[2] al trono mientras que los demás miembros de la familia se quedaron postrados, con resignación ante él. José levantó las manos al cielo, agradeciendo a Allah por Haberle Acordado estas gracias: “Señor me Has Acordado parte de autoridad en este país y me Has Inculcado parte de la interpretación de los sueños. O Creador de los cielos y de la tierra, Tu Eres mi Señor en este mundo y en el de más allá. Recíbeme, Señor, en Tu misericordia el día en que me muera como hombre sometido a Tu voluntad y Permíteme unirme con los santos[3].

 

 

 

 

[1]      Cuando los hermanos de José se encontraban en esta situación, dijeron: «  Si ha cometido (Benjamín) un robo, uno de sus hermanos había robado antes de él ».

36 Algunos historiadores cuentan que era su madre Raquel, mientras que otros creen que se trata de una de las mujeres de Jacobo.

[3]     El Corán no da ninguna indicación precisa sobre la muerte, el sudario ni la tumba de José.   Según el exegesis coránico el féretro habría sido sumergido en el Nilo y sus dos riveras se

beneficiaron de su presencia santificante.

Habiendo conocido el verdadero sentido de la felicidad y de la amargura, los dos aspectos que componen la vida humana en la tierra, José descubrió que nada puede compararse a la gracia prometida a los hombres del bien, por lo que solicitó a Allah de poner término a su vida. Allah aceptó inmediatamente su oración, haciéndolo unirse con los santos.

-Por toda información suplementaria volver a leer el Corán (Sourate XII) en su nueva traducción por el Jeque Boubakeur Hamza. Cheikh’ Boubakeur Hamza. ENAG/edicion, Argel, Argelia, 1989.

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