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“Relatos del Corán” (Historias de los profetas) Hoy: Capitulo 16, David

De Mohamed Ahmed Jad Al Maula, Mohamed Abu Al Fadel Ibrahim y Ali Mohamed Al Bajaui Al Said Chatta. Traducido por Said Jedidi y editado por Dar Al Kotob Al Ilmiya

Orea, hijo de Han’an tenía siempre una fuerte inclinación por el hogar. Soñaba por tener una esposa con la que encontraría la paz interior y la tranquilidad del espíritu. Su deseo se concretó el día en que encontró lo que buscaba: una joven de una rara belleza, encantadora y seductora. Atraía los corazones y la atención y dominaba los espíritus aunque no lo pretendiese. Una joven que poseía todo lo que un hombre podía desear: la belleza, buena reputación, el respeto y los buenos modales.

En la primera vez que la vi, Orea tuvo un flechazo, enamorándose de ella, encontrando de esta manera lo que buscaba sin muchas penas. Allí estaba la muchacha que tanto deseaba. Inmediatamente se fue a pedir su mano para convertir este vínculo de amor en un lazo conyugal.

El alivio y la tranquilidad de espíritu a los que aspiraba cobraban cuerpo. El buen hombre se consagraba a formar un hogar en el que esperaba vivir con la esposa prometida y a preparar el terreno para hacer accesible su sueño, comenzando a trazar planes y a soñar con la felicidad. Mañana comenzará una vida fácil, llena de felicidad y de regocijo, una vida bella, tranquila y plácida. Pensaba en cómo acelerar el tiempo para realizar su anhelo y encontrarse con la mujer que amaba bajo el mismo techo.

Ya que Orea era un hombre fuerte y corpulento, fue obligado a cumplir sus deberes para con la patria y sus contemporáneos…un deber por el que se transformaba en un ciudadano correcto. El ejército del profeta David era numeroso. Orea se disponía pues a alistarse voluntariamente a fin de luchar con los demás por las causas divinas, enrolándose con voluntad y satisfacción. Hacer la guerra santa a los infieles era uno de sus objetivos en la vida a pesar de su adhesión a su novia y a su proyecto conyugal. Una consolación le aliviaba el corazón: Sabag era su novia y tenía una inquebrantable confianza en ella. Pero una preocupación lo sacudía: tener que alejarse de ella. Pero la certeza de que tarde o temprano, Sabag será su esposa le inducia a asumir sus responsabilidades patrióticas y religiosas con más entusiasmo. Que cumpla pues sus deberes hacia su patria antes de volver a su amada, orgulloso y libre.

Pasaban los días…lentamente, las semanas e incluso los años. Orea decidió proseguir la lucha pese a un ardor que le hacía sufrir: ver a su amada. Encontraba que era extremadamente difícil estar lejos de su amada pero… ¿Qué hacer? El deber le dictaba cumplir con sus responsabilidades religiosas. ¿Cómo podía ignorar, en el último instante, una lucha que había jurado terminar? El joven decidió concluir lo que había comenzado en espera de una segura gracia de Allah. Orea estaba seguro de que la lucha por la causa divina le proporcionaría la satisfacción moral que necesitaba.

Durante esta, relativamente, larga ausencia de su patria y de los suyos, sin dar señal de vida y sin que se supieran sus noticias…una ausencia que parecía definitiva e ininterrumpida, sin la menor esperanza ni solución aparente…ni siquiera algo que probara que Orea vivía aun…que ni cayó mártir en los mil y un combate en que tomó parte. Una ausencia obscura, disfrazada detrás de suposiciones preconcebidas, inciertas y aproximativas esperanzas. Durante esta ausencia, David se enamoró de Sabag, manifestando un profundo deseo de casarse con ella. Entonces pidió sin vacilar su mano con la esperanza de reforzar el lazo del amor por un acto aprobativo.

¿Quién podía rechazar la solicitud de este bendito profeta? Una demanda que constituía un acto de honor, un signo de consideración y un favor…tanto más que Orea no había dado signo de vida y su novia, Sabag no podía esperar indefinidamente, sin ninguna esperanza de ver regresar a su prometido. Debido a lo cual, la familia de Sabag manifestó su aprobación y no vaciló en conducir a su hija a David el cual la acogió de la manera más amable y generosa, colmándola con una ternura y un cariño absolutamente incomparables, siendo un marido ideal para ella.

Por su parte, Orea recibió esta noticia como una catástrofe. Para él el golpe le era insoportable, que pese a su capacidad de resistencia, se derrumbó, consciente de que no podía hacer nada. La voluntad divina asi lo había querido. ¿Qué puede hacer un servidor cuando interviene la voluntad de Allah si no fuera armarse de paciencia. La suerte estaba echada. Nadie puede ni debe desobedecer las órdenes de Allah. Ninguna decisión supera su poder. Allah Es el Único que consola a los desgraciados y a los afligidos. El Único que recompensa a los que sufren la frustración y la decepción.

Mientras tanto, David vivía en plena felicidad con su nueva esposa, encontrando en ella una fuente de consolación y de quietud, muy apegado a ella. Las cualidades sublimes que poseía esta honorable mujer lo ataron a ella de manera indefectible. Pocos días después, David volvió a su trabajo, reanudando las funciones que eran suyas.

Su jornada estaba equitativamente dividida de la siguiente manera: Su vida personal, la oración y los actos culturales, la exhortación y la prédica, la solución de los asuntos y arbitraje para zanjar las discrepancias.

En realidad, David no era solo un profeta sino también un rey. En su palacio había combatientes y emisarios consagrados a velar por su seguridad y su integridad física. Eran disposiciones en vigor en el estado de guerra o de paz, un reglamento para reforzar el orden y la tranquilidad.

Un día dos jóvenes, cuyos rasgos parecían a la gente de David se presentaron en el palacio, pidiendo a los guardias el permiso de ver al profeta. Lo que pedían era contrario al reglamento para mantener la seguridad, habida cuenta de que vinieron muy tarde.

Desde que David se convirtió en rey, la gente de la ciudad nunca pensó manifestar su indisciplina, sino al contrario se habían conformado a las leyes en vigor, aplicando voluntariamente tanto las prohibiciones como las prescripciones.

El horario de la recepción era para ellos algo sagrado. Nunca, nadie se atrevía a venir antes o después del tiempo fijado.

Por lo cual, habiendo violado el reglamento al pedir insistentemente ver al profeta David fuera de las horas de recepción, los guardianes les impidieron el paso, empujándolos firmemente y pidiéndoles que vengan en las horas señaladas.

Los guardianes no se habían imaginado la identidad de los inoportunos visitantes ni pensaron un instante que ambos eran Ángeles disfrazados de hombres, dotados de una extraordinaria fuerza que supera de lejos la de los humanos y que les iba a facilitar la tarea de entrar en el palacio desapercibidos sin que nadie los descubriese. Los dos ángeles estaban encargados de una misión excepcional, cuya finalidad consistía en dar a David un tema de reflexión y de meditación, una prueba a través de la cual, iba a medir, en su justo valor, su unión con Sabag, la ex novia de Orea. Esta lección estaba destinada asimismo a poner el acento sobre un punto crucial y a exhortar a David a reflexionar sobre lo que había cometido. Es decir: saciar su deseo a expensas de los deseos de los demás.

Los ángeles atravesaron las clausuras y escalaron el santuario de David, el cual, al verlos se quedó sorprendido, atravesado por confusos sentimientos. Su aparición a esta hora tardía lo asustó. Pero… ¿Cómo se han atrevido a entrar al palacio si los guardianes estaban, como de costumbre, muy vigilantes? pensó.

“No temas nada. Somos dos pleiteadores. Uno de nosotros ha sido inicuo hacia el otro. Juzga entre nosotros de manera equitativa y justa.

David se resignó a la realidad. Se levantó para escuchar sus quejas, analizar su contenido y juzgar, en toda equidad este pleito. Uno de ellos dijo:

“Este es mi hermano. Posee noventa y nueve ovejas, mientras que yo solo tengo una. La codicia no le deja ver. No quiere dominar sus pasiones ni controlar sus deseos. Me pidió concederle la única oveja que tengo, luego se negó a devolvérmela. Cuando discutí con él, me ha persuadió. La verdad es que él es más elocuente que yo por ello no logré volverle a la razón”.

David volvió hacia el hermano preguntándole por su versión:

“En efecto, yo tengo noventa y nueve ovejas y mi hermano, una. He querido unir la suya a las mías para poder tener cien ovejas”.

Entonces David se enfadó acusando a su interlocutor de ser un impostor:

-“Has ofendido a tu hermano al arrebatarle su oveja. Muchos asociados se muestran odiosos unos hacia otros, salvo los que creen y temen a Allah. Si estás determinado a obrar de esta manera te vamos a infligir una cruel sanción”.

-“Debías hacer uso de esta sentencia antes de que me la impusieras. Tú tienes noventa y nueve mujeres mientras que Orea no tiene más que una. Te has atrevido a privar a este hombre honesto de su deseo, casándote con su novia, sin respetar ni su compromiso ni su santidad”.

David escuchaba con los ojos abiertos par en par y con la boca abierta de estupor. Sabía pertinentemente que estas palabras no pueden ser pronunciadas por una persona ordinaria. De repente, se encontró solo. Los dos pleiteadores desaparecieron como si nunca habían estado allí. David sacó las lecciones pertinentes de esta declaración, arrojándose al suelo, pidiendo perdón a Allah, entregándose a Él con toda sinceridad y arrepentimiento, llorando durante días en señal de profundo pesar y lamento.

Allah le Perdonó su pecado y Mantuvo su posición.

Sin embargo, David nunca había pensado que, casándose con Sabag, iba a pecar tan gravemente. Además no pensaba que su comportamiento merecía una sanción o un reproche. Allah lo Puso a prueba y Regañó pese a ser profeta, venerado y estimado. Esta lección pone el acento sobre un punto esencial y da a los mortales la ocasión de reflexionar sobre el hecho de que también los profetas son objeto de un Juicio y de la consiguiente recompensa por el bien cometido o sanción por el pecado en el que se pueda incurrir. Las faltas y los errores por ínfimas que sean, son contados y contabilizados por Allah quien Retribuye a la gente según su comportamiento.

Los que cometen pecados y violan compromisos o los que obran como hombres honestos, siguiendo la vía recta encontrarán una buena retribución en la vida terrenal y una buena recompensa en la otra vida. Los profetas son como la gente ordinaria. Todo el mundo será juzgado, según sus acciones. Allah nos Somete a todos, incluidos los profetas, a examen y Defiende a los desgraciados incapaces de disculparse[1].

 

[1] Debemos subrayar que estas historias pueden haberse basado, en el origen en la literatura hebrea que, los ejemplos son múltiples, inventó y prefabricó mentirosas leyendas a fin de comprometer a los profetas del islam. Esta historia merece ser objeto de una profunda y exhaustiva meditación sobre su sinceridad, su veracidad y su autenticidad.

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