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“Relatos del Corán” (Historias de los profetas) Hoy: Capitulo 29, Zakarias y Juan

De Mohamed Ahmed Jad Al Maula, Mohamed Abu Al Fadel Ibrahim y Ali Mohamed Al Bajaui Al Said Chatta. Traducido por Said Jedidi y editado

Zacarías se envejeció tanto con el cabello blanco, las fuerzas en decline, la espalda jorobada. En una palabra: un viejo brazo roto. Su trabajo se limitaba al servicio del templo en el que predicaba. Durante las horas de ocio, se consagraba a rezar y a practicar la virtud. Por la noche, regresaba a su casa, un domicilio en el que vivía también su esposa también muy vieja como él. Poseía una tienda, pero, debido a su avanzada edad, la abría solo una hora al día. Zacarías consagraba sus ingresos a los pobres y a los necesitados. Por la noche regresaba al hogar con las manos vacías pero satisfecho de la obra cumplida. Creía profundamente en la buena gracia de Allah pero siempre con un silencio que engendra una gran determinación de evocar el Santo nombre de Allah.

A sus noventa años, Zacarías no tenía hijos, lo que le sumergía a menudo en una amarga tristeza. Su anhelo por tener un hijo se había convertido en su mejor sueño porque asi conocería el verdadero sentido de la vida. Por ello estaba siempre triste y desesperado.

Al borde de la tumba, tenía aun preocupaciones sin límite ¿Quién tomará el relevo después de él? ¿A quién confiaría su ciencia y sus conocimientos? Sus próximos parientes eran tan viciosos, no temían Allah y no conocían ni límite ni freno.

Estaba persuadido de que sus próximos debían tener un jefe para trazarles los límites, sino obrarán a su gusto, en profanación de los preceptos de la religión, sembrando la corrupción en la tierra y distorsionando la verdad.

Esta realidad le preocupaba mucho, aunque daba prueba de mucha paciencia, ocultando sus pensamientos y sus penas. Por la noche, en medio de las tinieblas exhalaba suspiros de dolor sin permitir a su esposa conocer las ideas que pasaban por su mente. ¿Quién, que no sea un profeta, puede aceptar la voluntad soberana con resignación? ¿Existe otro hombre más digno que Zacarías para asumir la responsabilidad y soportar en silencio, en plena satisfacción esta amarga realidad? Puede que Allah, por una razón que desconocemos, Había Tardado la fecundidad de su esposa. ¡Gloria a Él cuando Da y cuando Somete a Sus servidores a difíciles pruebas!

Zacarías tenía una costumbre muy antigua: visitar el templo diariamente para rezar y servir al Señor, después de lo cual entraba María a su santuario. Cada vez que venía a visitarla la encontraba sumergida en contemplaciones sin reservas rezando y junto a ella comida. Se preguntaba de manera inquietante: “¿Son frutas? Pero… si estamos en invierno y estas frutas son estivales ¿De dónde vienen? Estoy seguro de que desde que se me la confiaron el día en que mis próximos han sorteado para saber quién de nosotros debía ser su tutor, desde aquél día nunca abandonó su santuario  ni se encontró con un amigo o con un próximo. Desde que se comprometió ante el Señor, entregando a su hija única al servicio del templo, incluso su madre nunca trató de verla o de visitarla. ¿De dónde tantos alimentos, entonces? ¿Cómo logró estar favorecida por estas gracias? Decidió entonces preguntarla:

“María, ¿De dónde vienen estos alimentos?

“De Allah” respondió. Cada amanecer los encuentro cerca de mí y al anochecer lo mismo. No he pedido a Allah de Colmarme con estas gracias, pero todo esto me viene fácilmente sin esfuerzo alguno. ¿Por qué te sorprende? ¿Acaso lo encuentras extraordinario? La verdad es que Allah Da sus bienes a quien Quiere sin contar.

Entonces Zacarías comprendió una cosa que durante mucho tiempo le atormentaba, sumergiéndose en una ilimitada contemplación. Esta niña, virgen y virtuosa había despertado en él un gran deseo de tener un hijo. Es verdad: sus fuerzas estaban en decline y él era un anciano con, prácticamente ninguna esperanza de tener hijos y que, además, su esposa, estéril era también muy vieja, pero Allah que Colmaba a María de estas gracias Era capaz de Acordarle este favor. La esterilidad de su esposa, su muy avanzada edad, todos los inconvenientes no podían reducir a Allah a la impotencia. ¡Que implore a Allah! La esperanza es lo último que se pierde en parecidos casos.

Zacarías tendió la mano y oró con una voz muy baja: “Señor no me Dejes sin progenitura. Tú el mejor heredero, Acuérdame una virtuosa ascendencia, Tú, el único que Escucha la oración”.

Allah Estaba lejos de rechazar esta solicitud, de decepcionar a un hombre tan virtuoso como Zacarías. Inmediatamente después, los ángeles lo llamaron cuando estaba de pie, orando en el santuario: “O Zacarías te anunciamos, una buena noticia: el nacimiento de un hijo: su nombre será Juan. No le habíamos dado antes homónimo”.

Zacarías se quedó mudo, sorprendido. Esta reacción no era a causa de una negligencia o ingratitud hacia Allah, Señor del poder absoluto, sino de la sorpresa que lo había desconcertado. Estaba al borde de la desesperación luego…. De repente, veía su anhelo realizarse. Era como un necesitado que busca la suficiencia e imprevisiblemente encuentra la fortuna.

Quiso saber más de la posibilidad de tener un hijo, siendo viejo decrépito y su esposa estéril. Era una exclamación semejante a la de Abraham cuando lanzó un día: “¿Como Resucita Allah a los muertos?” ¿Podemos decir, entonces que tanto Abraham como Zacarías eran ingratos?

Jamás… Nunca. Hicieron la pregunta para estar más seguros.

Los ángeles respondieron: “Allah Te Ha Creado cuando no eras nada. ¿Crees que esto le es difícil? Allah Es Capaz de Darte un hijo aunque estuvieras agonizando.

Zacarías pidió a Allah que le Edificara por un signo que anunciaría la llegada de este acontecimiento. Allah le Dijo: “Como signo, para ti, abstenerte de hablar a la gente durante tres días consecutivos salvo a través de gestos”.

De esta manera Zacarías tuvo un hijo inteligente que le dio el nombre de Juan conforme a lo que le Había Revelado Allah. Juan estaba gratificado con una sabiduría cuando aún era de corta edad. Se consagraba a la virtud, consagrándose a ella hasta que adelgazó y se debilitó de manera inquietante. Se le conocía por su infinito saber. Estudiaba la Tora de manera profunda tanto que aprendía conocimientos no solamente en lo que concernía los procedimientos y los principios fundamentales, sino también las informaciones consideradas como secundarias. Había esclarecido la ambigüedad que cubrían algunos preceptos religiosos. Se basó en ello en su investigación sobre la lógica y el racionalismo hasta el punto de que mereció el apodo de “maestro de la teología”. Su buena reputación se propagó pronto entre sus conciudadanos y sus cualidades morales se convirtieron en un ejemplo para sus discípulos y seguidores. No temía ni los reproches ni las represalias de sus opositores y detractores. El estímulo a obrar con bondad y la oposición a todo lo que es injusto era, para él, uno de los objetivos que adoptó al ser encargado de ser apóstol. El comportamiento de los soberanos, las represalias de los próximos le impulsaban a perseverar con mucha determinación en el plan que se había trazado.

En efecto, un día le contaron que Herodes, el gobernador de los palestinos se había enamorado de su sobrina Irodia, una mujer esbelta conocida por su belleza y por su estatura. El gobernador decidió casarse con ella, contando en ello con el beneplácito de su madre y de sus parientes. Juan declaró abiertamente la ilegitimidad de esta unión a la que manifestó públicamente su oposición habida cuenta de que ninguna religión o legislación aprobaban este ilegal acto. La Tora misma, en sus preceptos no admite la existencia de parecida relación. Juan declaró explícitamente su oposición, censurando el acto y sus protagonistas.

Su opinión se propagó por la ciudad, en los templos, en los palacios y hasta en los lugares más recónditos. Irodia se enteró de la desaprobación de Juan, enfadándose tanto que decidió complicarle la vida.

Sus malas intenciones, inspiradas por la perfidia, suscitaban en ella un ciego deseo de venganza. Su cólera se transformó en melancolía y tristeza porque tenía miedo de perder su objeto de deseo o que su sueño de casarse con su tío se convirtiese en irrealizable una vez que éste se enterara de la oposición de Juan.

Hacer uso de su belleza era el arma más eficaz. Para llegar a su fin, puso su esperanza en la única cosa que poseía.

De este modo se vistió, se adornó hasta los dientes, se maquilló como una reina y se trasladó a la residencia de su tío con un rostro ilustrado y la forma excesivamente seductora. Al ver a su sobrina, Herodes se embriagó, seducido por su irresistible belleza que le reducía a la impotencia. Enteramente poseído le preguntó lo que, para ella, era lo más valioso para que se lo realizara, jurando que lo pondrá a su disposición. “Haré frente a mi compromiso- le dijo- aunque me costara la vida”.

Irodia respondió: “Si me lo permites, quisiera la cabeza de Juan, hijo de Zacarías, este hombre que me ha deshonrado, oponiéndose abiertamente a nuestro matrimonio. O mi rey, ha mancillado mi reputación, haciendo de mí un tema de discusión. Nunca encontraré el reposo mientras viva”.

Bajo la influencia de su bella amante, Herodes se precipitó a matar a Juan, ignorando el llamamiento de su conciencia. Poco después la cabeza de Juan estaba entre las manos de İrodia, la cual, asi, encontró el reposo en su perfidia, pero… ¡Qué reposo! Allah le infligió a ella y a los hijos de Israel un castigo cruel.

La esposa de Amrán era estéril, pero soñaba con tener un hijo que podría hacerle la vida grata y acabar con su soledad. Se dice que había deseado tanto tener a este hijo que, con el paso del tiempo, su sueño se transformó en una obsesión, cada vez que veía a una mujer encinta o una madre que amamantaba a su hijo. Su anhelo por dar a luz se convertía, cada vez más intensa pero… ¿Qué podía hacer sino lamentar su mala suerte? Sufría en su fuero interior y esperaba de todo corazón caerse encinta. Para ella, el hijo era un alivio, una sonrisa en su vida solitaria que estaba vacía y que solo un hijo podía colmar esta laguna.

Esta realidad la atormentaba. Si tendría que dar lo que más aprecia en la vida para realizar este deseo, lo daría voluntaria. ¡Qué felicidad sentiría si pudiera dar a luz a un hijo propio al que colmaría con ternura y cariño, sacrificándose para velar por su reposo y su felicidad! Si su deseo se cumpliera vería a su hijo crecer ante sus ojos, bajo sus auspicios y en medio de su cuidado y ternura, hasta hacerse un joven y más tarde un hombre perfecto.

La esposa de Amarán pasaba días e incluso años esperando… ¡Qué dura fue su pena! La desesperación y la decepción consumaban su corazón.

Un día al ver a un pájaro que daba el bocado a su pequeño, sintió un cariño hasta el punto de pedir a Allah que le Diera un hijo.

La mujer, obviamente, está destinada a ser madre. Es una naturaleza en ella. Algo innato sin el cual pierde su feminidad.

Una mujer casada está más predispuesta a probar estos sentimientos y el objetivo, aunque nos parezca variable de una mujer a otra, engendra un placer más o menos intenso, a presentir la satisfacción y la plenitud efectivas. Los ejemplos, al respecto, no faltan: las pequeñas juegan a la madre con sus muñecas y las mujeres divorciadas sacrifican su felicidad para mantener cerca de ellas a sus hijos.

La esposa de Amarán no era una excepción. Tenía tremendas ganas de colmar este desgarrador vacío. De este modo encontró refugio en Dios al que imploraba Realizarle su voto, prometiéndole dedicar su hijo al servicio del Templo, jurando por lo que más quería que nunca preguntará a su hijo ningún servicio si Allah le Acordara este favor, sino será consagrado enteramente a Allah al que servirá de manera exclusiva.

Esta oración constituye una elocuente prueba que la mujer no buscaba otra cosa que la satisfacción afectiva. No esperaba que el hijo anhelado pudiera aportarle posteriormente apoyo financiero o que fuera responsable de ella cuando sea vieja. Su objetivo era única y exclusivamente tener a un hijo para poder sentir lo que una madre siente por su hijo. Para ella, esto constituye la base de la tranquilidad del espíritu y una razón adicional para volver a encontrar la felicidad perdida.

Allah Respondió a su solicitud. Un día sintió moverse el hijo en sus entrañas, tocando con sus finas manos su corazón.

La vida tomó entonces otra trayectoria, otro sentido y otra forma: más bella, más resplandeciente, parecía una sonrisa. En sus idas y venidas la mujer canturreaba, disponiéndose a enfrentarse a las dificultades de la vida con una voluntad de acero pero más alegre y más feliz. Por fin había encontrado la tranquilidad de espíritu que tanto había buscado. Cada noche, contaba a su marido los sueños y las aspiraciones que pasaban en su mente: la vida, la felicidad que esperaba dar a su hijo. Amrán, el marido estaba muy contento. La noticia cambió radicalmente su forma de ser. Los días de la frustración acaban de terminar. ¿Es, pues una recompensa por todo lo que había padecido durante largos años? ¡Adiós a las lágrimas! ¡Adiós a la desesperación! Que reciban esta noticia, que sueñen, que tracen planes y previsiones para la felicidad prometida. Que sequen sus lágrimas, ayer de tristeza, hoy de alegría.

Mientras que la esposa de Amrán saboreaba la buena noticia, mientras estaba aún soñando y preparando la ropa de su hijo el infortunio iba a llamar a su puerta: Amrán fallecía. ¡Qué aflicción! La alegría se transformó en tristeza y en melancolía. La fiesta que estaban preparando se convirtió en un luto funesto. Lloró su marido con amargura. Las lágrimas dejaban huellas en sus mejillas y en su corazón. Había deseado tanto que su marido asistiera al nacimiento de su hijo. Era la Voluntad Divina y ante la Voluntad Soberana nadie puede hacer nada.

La muerte de su marido la sometió a sentimientos confusos, una mezcla entre la esperanza y la desesperación. Tenía un aspecto enfurruñado al ver su sueño derrumbarse ante sus ojos. Se refugió en la misericordia de Allah, intentando consolarse y recuperar su calma. Su hijo se convirtió para ella en la única consolación de su vida. Al pensar en su nacimiento, la esperanza prometida eclipsaba, en parte, el sentimiento de la melancolía y de la soledad.

De esta manera, llegó el día del parto, dando a luz la esposa de Amarán a una hija. Al darse cuenta se sintió decepcionada, llorando incesantemente ¿No había prometido dedicar a su hijo al culto de Allah y de meterlo en el Templo, la Casa Santa para acercarse más a Allah y manifestar su gratitud hacia Él?

Sin embargo, el recién nacido era una niña y las mujeres, en virtud de la ley judía que reserva los servicios de los oficios únicamente a los hombres, no estaban autorizadas a ser sirvientas del Templo. Sintió una profunda tristeza, una decepción mortal. Finalmente le dio el nombre de María[1] pidiendo a Allah Colocar a la hija y su prosperidad, bajo la salvaguarda divina contra Satanás, el apedreado. Rezó para que Allah guiara a su hija en el buen camino y de Hacer que su comportamiento pudiera corresponder a su nombre.

Una mujer que tenía el corazón roto de dolor, el alma aplastada bajo los golpes del destino y cuyo profundo dolor, consecuencia de la impotencia y de la esterilidad encontró un día la tranquilidad de espíritu, lo que antes era imposible.

Soñaba con maravillas cuando llegó la muerte de su esposo y ahora un segundo golpe fatal: esperaba dar a luz a un hijo varón para cumplir con su compromiso hacia Allah, pero fue una hembra, disipándose, una vez más, su sueño. Asi era la desventura de la esposa de Amrán.

Sin embargo, resistió a los vientos desfavorables del destino, dirigiéndose a Allah, rogándole Aceptar la hija en su servicio. En su inmensa misericordia, Allah reservó una acogida favorable a la hija, Aceptando la ofrenda y Tranquilizando a la madre que la muchacha se consagrará enteramente al culto y a la devoción. Le dijo que Sabía perfectamente lo que acababa de dar a luz porque el varón no es como la hembra, pero ello no impedía que Aceptara a la hija con placer. A raíz de lo cual la esposa de Amrán volvió a encontrar la tranquilidad, presintiendo que Allah Favorecería a esta hija, Gratificándola de manera excepcional. Entonces envolvió la hija en un chal y emprendió el destino de la Casa Santa. Al llegar a su umbral la confió a los rabinos diciendo: “Aquí está mi hija. Me he comprometido a dedicarla al servicio del Templo. La dejó allí y regresó a su casa.

Esta mujer que poco antes había perdido a su marido acaba de confiar a su hija única a los rabinos, satisfecha pese al revés de la fortuna y al dolor, suponiendo que estaba tranquila dado que Allah Había Reservado una acogida favorable a su hija, al Aceptarla, contrariamente al resto de las hembras del mundo, en el Templo. Un favor que nadie en el mundo ha podido obtener ni obtendrá nunca. Suponiendo también que en un instante de debilidad o de una crisis de ternura la mujer vendría al Templo para conocer la situación de su hija, violando de este modo el juramento que había prestado…. Mil suposiciones se imponían a la esposa de Amarán la cual irá a vivir en toda quietud.

Su vida tomaría un aspecto único: el de las mujeres virtuosas.

Volvamos pues a María, quien, desde que su madre la confió al servicio del Templo de la Casa Santa, la gente comenzaba a acudir para pedir encargarse de ella y ejercer sobre ella los derechos paternales porque, al fin y al cabo, María era la hija de su maestro.

Zacarías sentía un cariño muy especial por la niña por lo que ha deseado tanto ser su tutor, pidiendo a los demás dejarle que se encargara de ella y de confiársela puesto que él era su próximo pariente: el marido de su tía: “Confiádmela. Dejad que me encargue de ella. Yo soy uno de sus próximos parientes y todos sabéis pertinentemente los sólidos vínculos que me unen con ella”.

No obstante, la gente disputaba la identidad de quien merecería hacerse cargo de María como hija adoptiva, llegando incluso a las manos. Cada uno de ellos quería ganarse este honor, proclamándose digno de esta responsabilidad. La disputa al respecto se hacía, cada vez, más violenta y la discusión tomó una inquietante dimensión. Tras una larga discusión, fracasaron los intentos de elegir a un tutor porque todo el mundo quería que fuera él para a cercarse a Allah. Zacarías se consideraba con más derechos y el más apto para velar sobre esta muchacha. Estaba seguro de que a él incumbía encargarse de ella. Sin embargo, la gente rechazaba la propuesta y la sugerencia de Zacarías, declarándose descontenta mientras que Zacarías se encargaba por fuerza de la niña.

Finalmente propuso recurrir al sorteo o a tirar los calamos en el rio, que de flotar en la superficie su dueño seria el ganador. Zacarías se resignó a su voluntad, dirigiéndose la multitud hacia el rio en la entrada de la ciudad. Habiendo arrojado sus calamos en el rio, el de Zacarías flotó primero mientras que los demás se fueron al fondo del rio. De tal modo que se resignaron a la voluntad de Zacarías, confiándole la niña.

Inmediatamente después, Zacarías asumió su responsabilidad, tratando de proporcionar a la niña todo lo que era inherente de hacerla feliz y protegida. Impulsado por su amor paterno quiso colocarla en un lugar aislado, lejos de la perfidia del hombre, siendo su objetivo de ponerla a salvo de las malas intenciones y de adjudicarse solo el honor de servirla, lo que, para él, era una gracia que quería. Por ello quería asumir la responsabilidad de la manera más perfecta.

De esta manera, construyó en un lugar muy alto, de manera a no poder acceder sin pasar por unas escaleras, una nueva cámara en la Casa Santa. Tras colocar a María en su nuevo domicilio, pasaba diariamente a su santuario para ver y asegurarse de que estaba en buena salud y para aportarle la comida.

Estaba visiblemente aliviado de verla crecer ante sus ojos, consagrándose personalmente a aportarle todo lo que quería o necesitaba, encontrando una profunda consolación velando por ella. Sus visitas eran diarias. Un día al entrar al santuario, como de costumbre, encontró junto a ella cosas raras. Al ver los alimentos, se quedó sorprendido porque él no los había traído. Esta escena se repetía diariamente y Zacarías no cesaba de preguntarse de dónde vienen estos alimentos, habida cuenta de que nadie se atrevería ni siquiera a echar un vistazo a la cámara de María. Reflexionó tanto, pero al final se dio por vencido a resolver el enigma.

Tras múltiples intentos de esclarecer este asunto, Zacarías reconoció su fracaso a encontrar una solución lógica. A sus mil y una exclamaciones no había ninguna respuesta. Entonces decidió ir directamente al grano y preguntar a María la justificación de lo que encontraba. Un día entró en el santuario, preguntando a María: “O, María ¿De dónde te vienen estos alimentos que no parecen en nada a los nuestros? Además, son frutas estivales y nosotros estamos en pleno invierno. Las puertas están herméticamente cerradas constantemente y nadie puede entrar”.

“De Allah- respondió María- La verdad es que Allah da el bien a quien Quiere y lo Quita a quien Quiere”.

Zacarías sentía admiración por esta niña, realizando que Allah lo Había Favorecido sobre todos los humanos al Confiarle la responsabilidad de quien Haya Elegido entre las mejores mujeres del mundo. Este favor de Allah Concedido a María había atraído particularmente la atención de Zacarías hacia un asunto que le atormentaba considerablemente. ¿Por qué no pedir, él también la gracia de Allah: un hijo?

Había superado la edad de la fecundidad, su esposa era, además, vieja y estéril, condenada para siempre a no tener hijos, pero la misericordia de Allah envuelve la tierra y los cielos. Zacarías estaba seguro de la existencia de un poder prodigio y divino. Por ello dirigió un llamamiento interior a su Señor, rogándole de Honrarle con un favor único de su género: “Señor[2] -dijo- mis fuerzas se han reducido y mi cabello se ha blanqueado. Nunca me he sentido decepcionando evocándote. Tengo miedo de las artimañas de mis parientes próximos[3] después de mi muerte. Mi esposa es estéril. Dame, a través de un favor Tuyo, un sucesor que me pudiera heredarme y heredar a la familia de Jacobo y Haz que sea agradable[4]”.

Encontró esta respuesta: “O Zacarías, como buena noticia Te Anunciamos el nacimiento de un hijo. Su nombre será: Juan. No le Habíamos Dado antes un homónimo”.

Por su parte María creció en una dependencia del Templo, donde se dedicaba exclusivamente a rezar. Su corazón estaba lleno de fe y de amor de hacer el bien. Permaneció en el Templo donde trabajaba asiduamente, ganando la estima de todo el mundo. Allah la Gratificaba con alimentos extraños para la época.

[1] Significa: El que dedica un culto a Allah

[2]  Maria (Maryam): 2-15.

[3] Sus hermanos y sus  primos eran muy viciosos y malos. Zacarías temía que obraran como tiranos después de su muerte y que hicieran de la religión un medio para realizar sus objetivos. Por ello solicitó de Allah que le Diese un hijo al que recurrirá la gente cada vez que se encuentre indecisa o confusa y que seria para la gente un modelo a imitar en su honestidad y su abnegación hacia Allah.

[4] Las tendencias psíquicas y morales de cada profeta de conformidad, en cuerpo y alma, a los preceptos religiosos de una época a otra.

María (Maryam): 16-24; La vaca (al-Baqara): 87; La familia de Amrârn (al l’mrân): 45-60; Mas mujeres (al-Nisâ’): 156- 159, 171, 172; la mesa(al-Mâï- dah): 17, 46, 72, 75; El arrepentimiento (Tawba): 30, 31, 111; Los creyentes (al- Mu’minûna); 50El adorno (az-Zukhruf): 57- 65; El rango (as-Sâff): 6, 14; La mesa (al-Mâïda): 109- 120; El; hierro (al-Hadid): 26, 27.

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