Durante décadas, Said Jedidi fue más que un periodista: fue un puente entre Marruecos y el mundo hispanohablante. En su voz vibrante y en su prosa directa convivieron la pasión del comunicador y la lucidez del narrador.
Quien lo escuchó en los telediarios en español de la Radio Televisión Marroquí sabe que no se trataba solo de informar. Su castellano, claro y firme, portaba el ritmo de quien conoce dos orillas y sabe traducir, no solo palabras, sino mundos. Como corresponsal de El País, de Galavisión o de la Agencia Alemana de Prensa, como fundador de La Mañana y del suplemento en español de La Opinión, o como conferenciante en universidades y centros culturales Cervantes, Jedidi ejerció una diplomacia cultural sin etiquetas: la de acercar pueblos desde la palabra.
Su trayectoria está marcada por reconocimientos de alto nivel —la Encomienda Española al Mérito Civil, el Wissam Alauita de Orden Principal—, pero más allá de las condecoraciones, queda el trabajo constante de tender puentes. Lo hizo en la prensa, la radio y la televisión, y lo prolongó en su obra literaria.
En sus novelas escritas en castellano, como Grito primal, Autodeterminación de invernadero, Precintado, Yamna o Memoria íntima y 11-M: Madrid 1425, se reconoce la huella de un autor impulsivo, apasionado, que no elude el compromiso político y moral. En Grito primal, por ejemplo, plasma la convivencia y las tensiones entre culturas en un Tetuán atravesado por memorias coloniales y deseos de libertad. Sus personajes, como Hach Ahmed Ben Alí o Marta, encarnan esa compleja relación entre españoles y marroquíes, marcada por la historia, pero abierta a la reconciliación.
Jedidi defiende, con la naturalidad de quien lo vive, que el Marruecos marroquí no debe excluir a quienes nacieron en su tierra sin compartir su nacionalidad, y que el respeto mutuo es más fuerte que cualquier frontera. Esa mirada, que rehúye simplificaciones, refleja su convicción de que la identidad es un territorio mestizo, hecho de encuentros y memorias compartidas.
Su estilo, de frases cortas y directas, refleja una personalidad sin rodeos. No hay complacencia en su escritura: hay urgencia por decir, por testimoniar, por dejar constancia. Tanto en la ficción como en su labor periodística, Jedidi entendió que contar una historia es, también, un acto de memoria.
Hoy, al mirar su legado, no vemos solo al presentador que informaba desde Rabat o al corresponsal que cubría el Magreb para medios internacionales. Vemos a un mediador cultural que supo escuchar, traducir y transmitir sin renunciar a la verdad de su experiencia. Su voz sigue siendo, para muchos, el eco de una época en la que el español sonaba en Marruecos con una cadencia propia, sin imitación ni subordinación.
En tiempos en que las relaciones entre las dos orillas del Estrecho requieren gestos claros y voluntades firmes, recordar a Said Jedidi es recordar que el periodismo y la literatura pueden ser más que oficios: pueden ser puentes que resisten al tiempo y a las mareas.
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