Vivimos en una época que nos exige aparentar felicidad todo el tiempo. Debemos sonreír y celebrar para mostrar que todo va bien. La felicidad se ha convertido en un escaparate donde cada uno trata de exhibir la mejor versión de su vida, con el objetivo de impresionar y alimentar ese insaciable ego que nos obliga a competir de manera despiadada.
Hemos cometido el error de pensar que ser feliz significa caerle bien a toda la humanidad. La verdadera madurez consiste en comprender que la felicidad suele estar en las pequeñas grandes cosas que nos rodean, pero lamentablemente tardamos años en comprender la realidad de los hechos que han llegado a condicionar nuestra existencia. Podemos estar extenuados y tener la motivación de alimentar nuestra esperanza. Podemos estar tristes y, al mismo tiempo, valorar lo que tenemos.
La verdadera felicidad no necesita demasiados testigos, a veces consiste simplemente en recuperar la calma, disfrutar de las páginas del libro que nos ha marcado, caminar bajo la lluvia, ver sonreír al ser que amamos, entablar una serena y sincera conversación… Hay circunstancias que nos obligan a detenernos y preguntarnos si realmente estamos viviendo como queremos; y no pasa nada, porque eso también forma parte de la vida.
Intenta ser feliz sin mentiras. No sonrías únicamente porque los demás esperan verte sonreír. No digas que estás bien cuando en realidad necesitas reconocer y exteriorizar que algo no va bien. No edifiques una vida para ser admirado desde fuera, mientras que por dentro sientes que existe un abismo entre tu realidad y lo que los demás quieren ver. No necesitamos una vida perfecta para ser felices y admirados, necesitamos una vida que podamos reconocer como propia y auténtica.
Intenta ser feliz y, sobre todo, intenta que esa felicidad sea verdadera y transparente. Vivir para aparentar que somos felices puede ser el camino que nos conduzca al caos de la infelicidad.Y puede que la felicidad empiece justamente cuando dejemos de fingirla.

