SI EL DESTINO ME DIERA OTRA OPORTUNIDAD Por Jorge Bernabé Lobo Aragón

Hay abrazos que la eternidad todavía nos debe.

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  • «No necesito otra vida. Solo quisiera aprender a amar mejor en esta que todavía tengo».

Si el destino me concediera otra oportunidad, no le pediría volver a ser joven, caminar sin muletas ni recuperar aquello que la vida me quitó.

Le pediría algo mucho más sencillo y, quizás, infinitamente más difícil: volver a abrazar a quienes partieron antes de que aprendiera a despedirme.

Buscaría a mi madre para decirle cuánto la sigo necesitando. Abrazaría a mi hermano y le contaría cuánto lo extrañé en tantos caminos. Y tomaría entre mis brazos a aquel pequeño hijo que apenas conoció la luz de este mundo, para regalarle todos los besos que quedaron esperando.

Después, me sentaría en silencio frente a las montañas de Tafí del Valle.

Allí, donde los atardeceres parecen conversar con la eternidad, le preguntaría a Tata Dios por qué algunas despedidas llegan tan temprano y ciertos abrazos deben esperar tanto.

Pero quizás Él no me respondería con palabras.

Tal vez me mostraría a mi mujer, a mis hijos, a mis nietos, a los amigos que permanecieron y a tantas personas desconocidas que todavía necesitan una mano tendida.

Entonces comprendería que la segunda oportunidad no siempre consiste en recuperar el ayer, sino en descubrir cuánto amor nos queda por entregar mañana.

Cambiaría algunas decisiones. Pediría perdón antes. Escucharía más. Juzgaría menos. No dejaría para otro día aquel abrazo que alguien necesita hoy.

Y si pudiera regresar al instante en que la vida me enseñó a caminar de otra manera, tampoco pediría borrar aquella herida.

Porque fue precisamente desde esa fragilidad donde aprendí que las alas no siempre nacen en la espalda: algunas crecen en el alma.

He comprendido, después de tantos años, que el destino no nos debe una vida perfecta.

Nos regala algo más valioso: la posibilidad de convertir nuestras cicatrices en esperanza y nuestros dolores en comprensión hacia los demás.

Por eso, si el destino me ofreciera otra oportunidad, lo miraría agradecido y le diría:

—No necesito otra vida. Solo quisiera aprender a amar mejor en esta que todavía tengo.

Y mientras el sol se escondiera detrás de los cerros, volvería a escuchar aquella voz pequeña, entrañable, que nunca dejó de acompañarme:

—¿Y los abrazos que quedaron pendientes?

Sonreiría mirando al cielo.

—Esos, querido Niño, no se perdieron. Tata Dios los está guardando.

Porque al final, quizás, la eternidad sea precisamente eso:

El lugar donde el tiempo devuelve los abrazos que la vida no alcanzó a darnos.

Siempre se puede.

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