Tánger en la memoria de Antonio Pau  Por Randa Jebrouni

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 Como lo hemos adelantado ayer, en una anterior noticia, esta obra fue presentada en Tánger, el sábado 10 de marzo 2018, en la famosa librería tangerina “Les Colonnes” (Las Columnas) con la presencia del autor del libro Antonio Pau.

     La presentación de la obra fue a cargo de la profesora Randa Jebrouni, que, como siempre, fue brillante con sus profundos conocimientos de la literatura española.

     A continuación la detallada intervención de  Randa, en donde analiza el contenido de esta obra:
Antonio Pau es doctor en Derecho, registrador de propiedad, notario y abogado del Estado. Como escritor ha publicado más de cuarenta libros sobre Madrid, Toledo, y autores como Juan Ramón Jiménez, Azorín, Ganivet y Azaña, entre ellos también figuran traducciones de la poesía alemana Rilke y Holderlin. Pero Pau sentía que faltaba algo en esa lista, un libro sobre la ciudad que lleva en el corazón.
Después de dejar Tánger, su familia siguió recibiendo a los amigos que les visitaban antes, y la vida tangerina continuó en Madrid, pero luego la ciudad quedó como un paraíso perdido, ellos habitaban en Tánger, luego Tánger habitó en ellos y si digo ellos es porque los padres eran los culpables de que el autor lo lleve como un modo de vida, de que Tánger sea el paradigma de un espacio poético. Gaston Bachelard dice que el espacio guarda comprimido el tiempo, esa cita es la que abre la lectura de este delicioso libro, un espíritu que infunde vida.
Desde un prisma retrospectivo el autor narra los recuerdos de su infancia en Tánger, en su memoria ve “una calle llena de luz, una calle que no se corresponde a ninguna concreta” (p. 34). En ningún otro recuerdo de la vida del autor se repite esta imagen de jovialidad y luminosidad. Por eso el Tánger que repliegan estas páginas es la ciudad del recuerdo feliz.
La ciudad invisible se hace visible en este libro que es como un álbum de fotos comentado en forma de una narración que combina descripción y anécdota, el autor nos sumerge en “su” Tánger, una geografía mínima de una ciudad de 150 mil habitantes. (p. 20) a la que ha llegado con sus padres en octubre de1955, con previas visitas en los meses anteriores. El centro sentimental era el Bulevar Pasteur, su primera casa se situaba allí /aquí. Este relato se sobrepone a las vivencias del pasado; el allí lejano se une al aquí cercano comprimiendo el tiempo. El Bulevar Anteo y todo lo que había detrás no lo pisaba apenas, su recorrido personal se ensanchaba al extremo occidental. A este recorrido, José Ramón Da Cruz lo llama el Tánger-patrón, que existe alrededor de una línea de puntos y que, paralelamente, también la literatura española actual recrea para situar a sus personajes.
Pero también la ciudad invisible es aquella ciudad fantástica, la que “se busca entre lo irreal” como dice Zubeir Ben Bouchta, y viven en superposición la real a la fantástica. Paseando por ella descubrimos una geografía secreta de la memoria y que ahora parece irreal, las calles llevan otros nombres. El presente nos hace percibir esa invisibilidad. Calvino retrató magistralmente las ciudades de memoria en su libro Las ciudades invisibles y voy a citarlo: “Ocurre con las ciudades como con los sueños: todo lo imaginable puede ser soñado pero hasta el sueño más imaginado es un acertijo que esconde un deseo, o bien su inversa, un miedo. Las ciudades, como sueños, están construidas de deseos y de miedos, aunque el hilo de su discurso sea secreto, sus reglas absurdas, sus perspectivas engañosas, y toda cosa esconda otra (…) De una ciudad no disfrutas las siete o sesenta y siete maravillas, sino la respuesta que da a una pregunta tuya” (Calvino, 1972, p. 23).
Para el autor “Tánger era la Medina” p. 20 una Medina húmeda que huele a mar, porque desde siempre sus habitantes han vivido de esas aguas.: “Hay ciudades que viven de espaldas al mar, ciudades a las que el mar resulta indiferente y ciudades que viven volcadas hacia el mar.  Tánger es de estas últimas. Pero aun dentro de ellas, la presencia del mar en la vida diaria de los habitantes es distinta. En el caso de Tánger el mar era omnipresente.” (p. 30); La declaración del autor recuerda lo que Roland Barthes nos habla de la importancia del agua que simbolizaba el flujo, el movimiento, y la vida de la ciudad. Distingue entre la imagen que tenía antes de la ciudad y la que ha tenido después. Esto se refleja en la Medina donde antes cohabitaban las tres religiones y ahora casi es imposible para un europeo vivir en ella. ( p. 19)
Como todo género autobiográfico, este texto es documental e histórico, pues encontramos pasajes costumbristas de la vida tangerina tanto de los españoles como de los marroquíes: “Los tangerinos, y no sé si todos los marroquíes, tienden a la inmovilidad, porque no le ven la lógica al ajetreo, que probablemente no tenga razón de ser.” (p. 25), una lentitud que también afecta a la incorporación de la ciudad al reino de Marruecos.
Antonio Pau es el héroe de su autobiografía de la infancia, como un retratista, cuenta quiénes eran las personas que les visitaban desde Madrid, salvo la abuela, que pensaba que Tánger era una zona desértica, y como era farmacéutica, recetaba los medicamentos preventivos contra los peligros de esa zona. “No bajéis la guardia…” decía, es por esa razón que nunca les visitó. Sin embargo, contrasta los prejuicios de los españoles de la península cuando nos habla de las amistades de Tánger, que eran de varias nacionalidades, lo que refleja una convivencia armoniosa, incluso aprendían árabe con una mujer  marroquí que se llamaba Batul, y es entrañable también conocer los relatos de una ciudad muy segura, cuando dice que se perdió en las callejuelas laberínticas, su padre no se esforzó en buscarlo, simplemente volvió a casa porque sabía que lo iban a devolver; cuando sabemos de la importancia de la hospitalidad y el recibimiento del médico en aquellos tiempos, primero debía tomar el té con dulces y conversar antes de preguntar a la familia del enfermo si lo puede ver, como si fuera una casualidad o algo sin importancia.
Por otra parte, creo que Pau es uno de los pocos autores que declaran que la palabra Protectorado era un eufemismo de Colonialismo, y es también uno de los pocos autores que no olvidan que en aquella ciudad internacional “sólo los tanjauis, los nativos de Tánger, eran inconfundibles. Ellos eran los únicos que no se beneficiaban de la maraña. Los únicos que no vivían en un paraíso”, (p. 37); cuando se refiere a inventarse otra identidad, destaca que los tangerinos marroquíes nunca se sintieron apátridas.
Se desprende del libro un empeño del autor en ser fiel a sus recuerdos, poniendo de manifiesto que desde niño se dio cuenta de que las películas de los finales de los cincuenta y comienzos de los sesenta difundían una imagen falsa de la ciudad y que lo sigue pareciendo hoy. Lo que el cine ha hecho con Tánger es convertir el reverso en el anverso. (p. 71). Ese Tánger fabricado por el cine norteamericano y europeo, era el reverso de la verdadera ciudad.
Antonio Pau ha hecho una buena obra para Tánger al reconstruir lo más precioso de su infancia y discernir entre lo verdadero y lo falso. La historia literaria de esta ciudad es un legado que poseemos hoy en día los tangerinos, y el hecho de que asistamos a continuas producciones escritas denota el afán de la literatura por conservar el pasado. El libro de Pau, sin ser literario, se acerca al documento, al relato subjetivo y en suma a la confección de una imagen cotidiana para que la intrahistoria se haga memoria.
 Randa Jebrouni:
doctora en Letras, hispanista e investigadora. Es profesora de español desde 1998. Actualmente trabaja en el Centro de talleres artísticos y literarios del Ministerio de Educación y Enseñanza Superior de Marruecos.