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TESTIMONIO/ RESPONSABLES SIN NADA QUE DECLARAR Mohamed Bouissef Rekab

Relato

 

Mohamed Bouiseef Rekab
Escritor/Analista

En cierto momento en que la aduana entre Ceuta y Marruecos me angustiaba hasta lo indecible, escribí un pequeño relato sobre un ciego que cruzaba diariamente la frontera y después de pasar el día por las calles de Ceuta, mendigando, regresaba con algunas compras –que hacía con el dinero recaudado-; artículos que vendía en alguno de los numerosos mercados que se dedicaban a la venta de la mercancía procedente de esa ciudad.

No recuerdo la razón que me indujo a no seguir hablando de esa “frontera” que si algo tenía con seguridad, era una imparable inquietud para casi todos los que la cruzaban un día sí y el siguiente también. Porque recuerdo que una imagen me chocó tanto que es imposible borrarla de mi mente; se trata de un par de señores que transportaban un coche entero encima de una bicicleta… algunos dirán que exagero y que eso no sería posible se hiciera como se hiciera. Pero es una verdad que está ahí se crea o no.  También se hacía en carretillas, pero era una imagen menos impactante.

En una chatarra –que las había en la región del Tarajal; no sé si seguirán ahí o no-, se desensamblaban las piezas de los viejos coches una a una y se amontonaban para hacer un solo haz que entre varios individuos depositaban encima de la “pobre” bicicleta que tenía que soportar todo ese peso. Lo que generalmente no llevaban consigo era el motor del vehículo, con todo lo demás arramblaban. Y quise saber a qué era debido ese trabajo tan duro y molesto al que se dedicaban esas personas.

La explicación muy sencilla: en los garajes dedicados a reponer las abolladuras de los vehículos accidentados (los famosos chapistas), así como a cambiar algunas partes del coche accidentado, en los que una parte quedaba descompuesta e inservible –una puerta, un parachoques, el maletero-; se hacía la petición de traer tal o tal parte del coche de la marca tal; se buscaba ese vehículo en las chatarras de Ceuta y al dar con él, el coche quedaba reducido a piezas;  estos fragmentos llegaban a la aduana española de noche… no me quisieron dar una explicación sobre el particular; se negaron a darme un esclarecimiento de la causa por la que tenían que esperar hasta la mañana siguiente para poder pasar a la parte marroquí. Hay algunos “secretos” que ningún individuo dedicado a esta durísima faena te quiere explicar. En ello –su silencio- les va la ganancia que sacan. Los desguaces de los coches se hacían a plena luz del día sin que nadie pidiera explicación a los que ejecutaban la acción.

La imagen es la siguiente: un enorme haz de hierros encima de dos enclenques ruedas y una persona impidiendo que la montaña de piezas pudiera caerse para un sitio o para el otro; se tenía que mantener el equilibrio para que las piezas no terminaran por los suelos. Si el individuo estaba en la parte contraria a la que pudieras estar tú, únicamente veías esos hierros agitarse sobre esas ruedas; daba la sensación de que todo se movía por arte de magia…

Esa dura e impactante imagen ya no se verá más en la aduana del Tarajal. El “trapicheo” de esta índole pasa a la historia. Ni los responsables aduaneros españoles dejarán a esas pobres personas a la intemperie toda la noche sin ninguna explicación, ni los de la parte marroquí les sacarán las entrañas para dejarlos pasar. Sobra el paso “Tarajal II” que fue concebido para el porteo de mercancías ilícitas a Fnideq, Mdiq y demás regiones de Marruecos; estará ahí para dar fe de lo que un día fue esa aduana criminal.

Pero podemos decir con el alma relajada, que se acabaron las humillaciones y abusos que esas personas han tenido que soportar tanto en suelo ceutí como en suelo marroquí. En esta frontera sur de la Europa que dice respetar los derechos del ser humano, las personas han sido pisoteadas en el sentido más real de la palabra. Los responsables que se pavoneaban –en ambos lados de la frontera-, ya no tienen de qué hablar con sus superiores; nada que declarar…

Seguiremos mirando lo que ya no existe pero que nos ha hecho conocer las arbitrariedades más horribles que se pueda imaginar.

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