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Tiempo de lectura: Grito primal de Said Jedidi (la versión árabe por el profesor Ahmed Elamraoui en conacentomarroqui.blogspot)

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                      Capitulo VIII: El atavismo (primera parte)

 

Edna no pudo ocultar su asombro ante tanto descuido y tanto desorden. La tumba de Hach Ahmed ben Ali estaba, efectivamente literalmente cubierta de toda especie de hierbas silvestres.

  • ¡Parece mentira! Exclamó

  • ¿A qué te refieres?

  • A este descuido. ¿Desde cuando no la visitan?

  • ¿La tumba?

  • Pues desde hace unos días.

  • ¿Y por qué no la cuidan debidamente

  • Sabes, Edna, desde hace cierto tiempo no cuidan ni a los vivos.

  • No es cualquier vivo

  • Lo sé, lo sé, pero…

  • Déjate de peros y vamos a poner orden en esta pobre tumba.

Edna y Ali ben Ahmed pasaron, prácticamente todo el mediodía limpiando la tumba y su entorno.

  • Ahora esto parece mejor

  • Creo que si.

  • Es que cuando me acuerdo de lo que me contaba mi difunta madre sobre este hombre comienzo a con liderarlo como un santo. Una especie humana de la que ya casi no existe.

  • Pues… la verdad lo era. Era muy especial, único. Como diría, visionario. Amaba y respetaba al prójimo

  • Cualquier prójimo, añadió Edna

Desde uno de los aun relativamente conservados bancos de la plaza de la iglesia, Ali Ben Ahmed admiraba la majestuosidad del templo. A la izquierda se asomaba caso irónicamente la torre de la nueva mezquita aun en fase de construcción. Aunque de distinta religión, los dos edificios de culto anunciaban una nueva era de coexistencia pacifica y de respeto mutuo, lejos de toda confrontación confesional y discrepancia estéril. Los dos templos, parecían sonreír y parecían dispuestos a dar consejos a quien busca con vivencia y fraternidad.

  • Esto me recuerda mucho Marta y mi padre, pensó Ali ben Ahmed antes de enlazar ojalá no ocurra aquí lo de Córdoba. Se refería a la mezquita convertida en iglesia.

Para él, como su difunto padre, era el comienzo de una metamorfosis político-religiosa. De Marta a Edna. Madre e hija. De Hach Ahmed ben Ali a Ali Ben Ahmed.

  • La verdad Ali, es que lo de Hach Ahmed ben Ali y mi difunta madre debe servir de ejemplo y de vía a muchos.

  • “Lo de…” A qué te refieres.

  • A su ejemplar relación. A su respeto y consideración mutuas y a su amplio espíritu y cultura de tolerancia. Algún día escribiré algo sobre tan sublime historia. La verdad es que me emociona saber que gente como ellos ha existido.

Por más que lo intentara, Ali ben Ahmed no lograba que Edna se expresara de manera más explicita y más directa sobre la relación de sus difuntos padres. Siempre encontraba las palabras exactas para no llamar a las cosas lo que eran y para no disipar ninguna duda. “Me pregunto si sabe algo”, se preguntó Ali ben Ahmed.

  • Me difunta madre solía contar con orgullo y admiración, citando a tu difunto padre, que un tal Imam Achaa’ri[1] dijo que quien persiste en su opinión comete una injusticia y quien la impone blasfema y reniega.

  • En efecto, también a nosotros, su familia solía terminar sus consejos que prodigaba con esta citación del Imam Achaa’ri.

  • Un espíritu abierto… muy abierto

  • ¿Quién?

  • Los dos: del Imam y de Hach.

Ali ben Ahmed buscaba los aspectos tan positivos de su difunto padre que Edna no cesaba de evocar. “No debe ser lo mismo vivir y convivir y escuchar y creer”, dijo en voz muy baja.

  • ¿Qué has dicho?

  • No, nada

Ali ben Ahmed le parecía excesivo tanto amor y tanto afecto. “Algo oculta esta mujer”. Pero no sabia por qué no se atrevía a preguntar de manera más clara. “Quizás sea así mejor” se auto-respondió.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Ilustre erúdito y teólogo musulmán

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