Tiranos, violencia y petróleo  Francis Ghilès

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Crudo sobre agua en el Delta del Níger. PIUS UTOMI EKPEI/AFP/Getty Images

Crudo sobre agua en el Delta del Níger. Pius Utomi Ekpei/AFP/Getty Images

Cómo el comercio de recursos entre países funciona aún siguiendo la ley de la jungla.


Cover_blood-oilBlood Oil: Tyrants, Violence and the Rules that Run the World

Leif Wenar

Oxford University Press, 2015


Tanto si estás mirando la pantalla de tu ordenador o cualquier otro dispositivo digital, como si escuchas música a través de unos auriculares de plástico, estos y otros aparatos que constituyen la base de la vida moderna están fabricados a partir de materiales que llegan desde todas las esquinas del planeta. El petróleo, por supuesto, ha tenido un papel clave en nuestro actual modo de vida y en muchos de los conflictos que han asolado el mundo. Y gran parte de la mercancía nos la venden tiranías sangrientas.

Pero a la mayoría de nosotros no nos perturba esta realidad, de hecho ni siquiera la conocemos. ¿Cuántas familias en Estados Unidos son conscientes de que casi el 10% de lo que un hogar estadounidense medio gasta en combustible va directamente a las arcas de estos regímenes? El libro de Leif Wenar es oportuno y provocador. Va más allá de los titulares en busca de la regla global oculta que hace que consumidores normales acaben teniendo relación de negocios con gente que tiene las manos manchadas de sangre. Y al hacerlo, desvela una antigua ley que una vez dio carta blanca al tráfico de esclavos, el apartheid y el genocidio. La abolición de la esclavitud y la del apartheid figuran entre los mayores triunfos de la humanidad y, no obstante, el comercio en recursos naturales por valor de miles de billones de dólares continúa enriqueciendo a tiranos, señores de la guerra y terroristas.

El autor sigue el razonamiento de Karl Marx en su afirmación de que la rutina diaria de la vida económica hacía difícil que la gente pudiera vivir de acuerdo a sus ideales políticos. Su obra es un libro de grandes ideas, que evita la jerga y es, en su mayor parte, un placer leer. Pero su fuerte inclinación hacia la filosofía a veces se impone a la claridad y el lector se siente machacado por los argumentos filosóficos, especialmente en los últimos capítulos. Sin embargo, tiene toda la razón cuando afirma que, por muchas normas internacionales e instituciones multilaterales que tengamos, el comercio entre naciones todavía funciona siguiendo la ley de la jungla.

Este libro desde luego hará que pienses de forma diferente en todo lo que compras, desde teléfonos móviles a juguetes para niños, y te hará ser dolorosamente consciente de lo cómplices que somos de las severas dictaduras que producen las materias primas con las que se fabrican todos esos productos de uso diario. Consideremos el caso de tres hombres gais condenados a muerte en Irán por homosexualidad. Si huyen a Europa o Estados Unidos, los tribunales se negarían a hacer cumplir la ley iraní porque para nuestra manera de pensar ésta es injusta. Los europeos y los estadunidenses encontrarían inaceptable que sus tribunales se pronunciaran en un sentido distinto.

Pero si usted llena su depósito con petróleo procedente de Guinea Ecuatorial, país del que se puede afirmar que tiene la dictadura más brutal de África, está aceptando que Teodoro Obiang, que ha gobernado allí con puño de hierro desde 1979, es el legítimo propietario de esta sustancia. El autor argumenta que las leyes que han permitido que un dirigente como éste acumule una fortuna estimada en 600 millones de dólares mientras deja que el pueblo sobre el que gobierna siga siendo desesperadamente pobre no pueden ser legítimas. Si un guineano llevara a un estadounidense ante los tribunales por comerciar con bienes robados, la demanda no prosperaría. El autor también se pregunta si los consumidores europeos y estadounidenses alguna vez se cuestionan la dudosa propiedad legal del crudo saudí, en manos de gobernantes que explican que tiene su origen “en el sagrado Corán y recitar las costumbres del Profeta”.

Blood Oil sostiene que los ciudadanos de los países occidentales, los consumidores y los líderes políticos podrían actuar hoy para evitar la crisis de mañana, en otras palabras, podrían liderar una revolución pacífica global para acabar con nuestra dependencia del oro negro de regímenes autoritarios y de otros minerales robados. Las analogías con la abolición del tráfico de esclavos, no obstante, no vienen al caso porque Gran Bretaña no tiene la influencia internacional de la que disfrutaba en el siglo XIX. Además, olvida que la campaña antiesclavitud británica duró 60 años y costó casi un 2% de la renta anual. Fue justificada por la historia pero Gran Bretaña, y probablemente tampoco EE UU, simplemente no tiene un poder semejante con el que actuar hoy.

El libro es una lectura inspiradora y pone de manifiesto la horrible verdad de que el comercio internacional, no solo el petróleo, está empapado en sangre. El autor sugiere que Noruega, que no importa prácticamente nada de oro negro de países bajo dictaduras, debería prometer que nunca lo hará. Pero Noruega tiene poca población y produce básicamente todo el crudo que necesita. Y eso no detiene a su gigantesca empresa petrolera pública, Statoil, a la hora de explorar en busca de este recurso en países que no son exportadores de democracia.

Esta obra debería animarnos a crear un mundo más justo y nos desafía a reducir nuestra dependencia de materiales que nos venden regímenes empapados en sangre. Pero los temas que trata el autor merecen adquirir una forma más accesible si se pretende que lleguen a un público más amplio.