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Una amenaza seria y creíble por: Abdel-Wahed OUARZAZI Profesor de economía y analista

Anàlisis

Putin está escalando un conflicto que se enquista peligrosamente. Mientras, Irán desembarca en Ucrania y en Argelia con sus drones, y los europeos, cada cual, a su bola.

El eje franco-alemán, que antes pilotaba la UE, hoy, además de verse superado por los acontecimientos, está más bien enfrentado. Y el Consejo Europeo, del 20 de octubre, repetía la misma canción de hace ocho meses, ante una situación cada vez más compleja: reducir la demanda, topar precios, incentivar renovables, etc. Es lo que tiene llegar a acuerdos de mínimos, para salvar una Cumbre, sin avances significativos.

Por supuesto, los europeos desconfían de la dictadura argelina, pero tampoco impulsan el gasoducto Nigeria-Marruecos, respaldado por la CEDEAO. Y Macron entierra el MidCat, avalado por Alemania, propuesto por España y Portugal que, además, está iniciado. Pero acepta el BarMar, para 2030. Para entonces todo habrá cambiado. De momento, Francia ha evitado que España se convierta en hub gasístico.

Macron se opone así a resolver la crisis energética porque él no depende del gas, sino de su energía nuclear. Además, es incapaz de liderar la UE, ahora que Alemania está medio noqueada. Y con ella, todo el continente, con el riesgo de una recesión económica en cascada.

Francia sufre graves conflictos sociales y, Macron, cuatro mociones de censura. Excluida del AUKUS perdió un contrato con Australia de 50 mil millones de euros, llamando a consultas a su embajador. Camberra optó por submarinos estadounidenses. Suiza hizo lo propio, optando por cazas americanos, F-35, en vez de los Rafale. Tampoco oculta su cabreo con un Marruecos ligado al multilateralismo, a EE.UU y a los Acuerdos Abraham.

La visita de Macron a su excolonia, Argelia, en medio de una crisis silenciosa con Marruecos, pone en evidencia su política de “divide y vencerás”. La pretendida cercanía de Macron a Argelia es tan antinatural como lo fue, en su momento, el acercamiento de Sarkozy a la Libia de Gadafi.

Macron ahonda así en la crisis política al sur, en el Magreb. Merkel hizo algo parecido, al norte (Nord Stream 2), cuando, en contra de la opinión de los EE.UU, hipotecó el futuro de Alemania y de Europa en manos de Putin. Dos años después tomó Crimea. Y tras la marcha de la Canciller, invadió Ucrania.

Es obvio que Ucrania está acorralando al gigante ruso. Pero su fracaso mayor está en sus cazas de 5a generación, los Su-57, inoperantes en Ucrania. Amenazar, constantemente, con armas nucleares confirma su impotencia. Al igual que el recurso a drones iraníes o la intención del dictador bielorruso de entrar en guerra o el llamamiento a la Yihad del líder checheno contra Occidente o las amenazas del tirano norcoreano contra Corea del Sur y Japón.

En efecto, Irán y Argelia son especialistas en utilizar los separatismos para su particular cruzada contra intereses europeos, estadounidenses o israelíes. El régimen iraní está presente en el Norte de África, de la mano de Argelia, con el fin de desestabilizar el Magreb y el sur de Europa. Su brazo armado, Hezbolá, instruye, en Tinduf, al Polisario. Al tiempo que la dictadura argelina prohíbe hablar de la amenaza iraní en la fracasada Cumbre Árabe de Argel.

EE.UU y la OTAN no han dudado en calificar a Argelia como amenaza en el flanco sur por sus conexiones con los ayatolas y los hezbolas, mientras los europeos siguen en su inopia crónica. De hecho, los congresistas, demócratas y republicanos, ya han pedido a Biden sanciones contra Argelia.

Ante el contexto bélico actual, donde los socios de Putin, Irán y Argelia incluidas, acuden a su rescate sobre el terreno o en foros internacionales, los europeos se muestran indiferentes.

Es más, actúan como reinos de Taifas. Cada cual con su música y su particular política Exterior interesada. Algo que no debe sorprender al Sr. Borrell. Una actitud que contrasta con la del bloque totalitario que hace piña y amenaza a Occidente con una guerra total si Putin sale derrotado.

Suecia y Finlandia, versos sueltos dentro de la Unión, recurren a la OTAN temiendo a Putin. Antaño permitían crear “monstruos” lejos de su zona de influencia. Hoy, esas causas ajenas que apoyaban, el PKK y el Polisario, se han convertido en propias. El ministro de Exteriores finés se jacta de haber desatascado el acuerdo, que permitía su entrada en la OTAN, con Turquía en una pausa de café. “Estos son mis principios y si no te gustan tengo otros”. Seguro que sí. Los suficientes para apoyar la causa soberana de un aliado de la OTAN como es Marruecos.

El único socio fiable que tiene la UE, y sobre todo Macron, en África es Marruecos. Obstinarse en contentar a la dictadura militar argelina que odia a Francia, desde que le concedió la independencia, en 1962, regalándole además el Sáhara Oriental marroquí, es alimentar la desestabilidad regional.

Los presidentes franceses siempre han apoyado la propuesta marroquí de forma oficiosa. Y a Macron le toca dar ese paso con solemnidad. Porque la sociedad marroquí ve al mundo con el prisma de sus Provincias del Sur. Esto significa que Francia podría perder Marruecos.

Es bueno recordar que el país galo influye cada vez menos en África, mientras China e Inglaterra, incluso Rusia, se afianzan. Muchos son los países africanos que han adoptado el modelo anglosajón, renunciando a todo vestigio colonial francés, incluido el idioma.

Los egoísmos europeos impiden responder, con urgencia e inteligencia, a la amenaza totalitaria de los aliados de Putin. El gas no puede ser una licencia para que Argelia instale, impunemente, a Irán y su brazo armado Hezbolá y sus drones al sur de Europa, sino que apela al alineamiento firme y sin ambigüedades con Marruecos.

La UE, desprovista de poder político, afronta la crisis energética, política y económica, con pocas luces. Es inconsciente de que el escenario actual cambiará su ADN, porque está anclada geopolíticamente en el Mar Negro que interconecta Europa Oriental con Asia Occidental y el Mediterráneo en su orilla norteafricana.

El declive de la UE vendrá, precisamente, de la disparidad de posiciones de sus Estados miembros en sus relaciones internacionales.

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