« Vela en la obscuridad » Jerusalén desde Canarias: Sin paz en los cielos Por Ignacio Ortiz

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Al-Qods es sede de la Mezquita Al Aqsa bendita, la primera de las dos Qibla y tercer lugar santo del Islam.

 

 Mucha gente cree que haría falta un milagro para que esa paz llegue a esta tierra.

 He estado hace poco en esa zona para participar en un encuentro de técnicos y expertos sobre procesos de paz. Jerusalén fue fundada hace más de 4000 años por uno de esos tantos pueblos que conformaría la raíz de origen palestina, los Jebuseos. De estos procede en parte esa palabra, Jerusalén, que a su vez ya por aquel entonces incorporaba en la palabra el vocablo ‘salem’, que en su acepción árabe vendría a significar algo así como «El puro o inmaculado», y en su versión hebrea significaría ‘paz’. Otro pueblo, coetáneo y conterráneo de los Jebuseos, serían los Filisteos. El término «Palestina» proviene de este antiguo pueblo, ya que de «Filistea» se deriva la palabra «Filastín», que traducida al español significa Palestina, su nombre ancestral. Siglos después llegaron los hebreos y conquistaron la ciudad. Así, esas palabras adheridas a la ciudad desde tiempos tan remotos, paz y Palestina, fueron la que nos llevaron a visitar la misma estos días pasados, invitados por la Universidad Al-Quds de Jersusalén Este y la asociación danesa Hamsah Samah Cultural Society, como parte de una pequeña delegación española, a unas conferencias celebradas bajo el título «Culture and Civilization Between Peace and Stability in Jerusalem».

 

Lo primero que llama la atención es el ambiente de casi clandestinidad en el que se desenvuelve la preparación del evento. Antes de viajar ya te avisan de que en el control de aduanas dijésemos que nuestra visita al país es en calidad de turistas, con objeto de evitar ser interceptados en la aduana y ser devueltos a casa. Y a fe que tenían razón, ya que alrededor de 40 invitados no pudieron cruzar la frontera para acudir al evento, algunos de ellos palestinos expatriados con pasaporte europeo.
Por si quedaba alguna duda que disipar, estas se esfumaron en el interrogatorio perpetrado al que suscribe estas líneas y sus acompañantes a la salida del país, por parte del estado que presume ser el único democrático de toda la zona, en busca de algún atisbo de presencia en suelo palestino o de relación con la cuestión durante mi estancia. Aquí el delito ya no sería portar armas o simpatizar con terroristas, sino asistir a unas conferencias cuyo eje temático es la paz y la cultura entre pueblos. El listón es tan bajo que la paranoia que lo provoca resulta por momentos hilarante cuando ya has pasado el mal trago. Todo esto transcurría –puede que también influido por ello- en plena efervescencia y vísperas del 70º aniversario de la proclamación del Estado de Israel, y que a su vez lo es también de la ‘Nakba’, término árabe que significa « catástrofe » o « desastre », utilizado para designar al éxodo palestino iniciado en esa misma efeméride. Según el primer ministro palestino Rami Hamdala, la Nakba representa una sucesión de tragedias colectivas plasmada en la destrucción de al menos 418 poblaciones y el desplazamiento forzoso del 70% del pueblo palestino.
En el extraño privilegio que supone vivir in situ esta efeméride, pudimos palpar sobre el terreno esa tensión, las emociones que de ella derivan, así como la fractura en todos los sentidos consumada por la construcción del muro de separación, que más que separar israelíes de palestinos, separa a estos entre ellos mismos. Los palestinos lo llaman ‘Il yidaar il fasel’, el muro de separación, los israelíes se refieren a él como barrera de seguridad y los activistas lo califican de « muro del apartheid ». Esa política de apartheid se percibe también en la red de infraestructuras que los palestinos se ven obligados a utilizar. Para muestra un botón, para ir desde Belén al Campus de Abu Dis, lugar de celebración de las conferencias en Jerusalén Este, apenas hay quince kilómetros –ocho en línea recta-, el tiempo que tardamos en llegar fue de más de una hora. Al día siguiente, para volver de Ramallah a Belen, alrededor de 35 kilómetros, tardamos dos horas y media.
Son trayectos que en zona israelí apenas se hacen en minutos. A esto se suma la difícil orografía de la zona y los constantes controles. Una vez superado el conocido como “Container checkpoint”, al noroeste de Belén, hay que atravesar el Wadi’ Nar o valle del Fuego, una carretera imposible con interminables curvas y pendientes que serían puertos de ‘categoría especial’ en el Tour de Francia. Un lugar donde la pericia a la hora de conducir un vehículo debe estar garantizada, pero que no evita que contengas la respiración si además ese vehículo es un autobús, como fue nuestro caso. Por el contrario, el camino original que se debería haber tomado si la normalidad imperase, es recto y plano. En cambio esta es la ruta alternativa, impuesta por Israel a los palestinos.
A nuestro lado, inseparable compañero de fatigas, el interminable y ominoso muro gris de hormigón. En definitiva, toda una mezcla opresiva de elementos en un camino cerrado por muros, gigantescas puestas de acero y un sistema de controles propio de políticas de otros tiempos y lugares, que decide dentro de un mismo país que carreteras pueden usar unos y otros grupos, y que provoca un ejercicio de paciencia que cualquiera que viva en semejante entorno merezca la mayor de las admiraciones. No solo lo hacen, sino que a pesar de toda te muestran la mejor de sus sonrisas.
Esa pequeña delegación española a la que antes me refería estaba compuesta por la periodista balear Paula Gómez de Tejada, el politólogo murciano Miguel A. López Cano, y el que escribe estas líneas, un canario de adopción, politólogo también. En las mismas estaban claros los temas a tratar a la vista del título: paz, cultura, estabilidad, Jerusalén. El conflicto va implícito y no es necesario resaltarlo, y desde esa serie de valores, actitudes y comportamientos que vienen a conformar ese concepto de difícil desarrollo denominado “Cultura de paz”, acontecieron las diferentes sesiones que configuraron el evento.
Jerusalén como ciudad de paz era el hilo conductor, y alrededor de ello se trataron temas diversos que obviamente en ocasiones acababan derivando en la raíz de la cuestión. El rector de la Universidad abordo la necesidad de un plan de desarrollo económico, social y cultural para enfrentar los nuevos desafíos articulando los mecanismos necesarios para contrarrestar las políticas y medidas israelíes que transgrediesen los derechos de los habitantes palestinos. Igualmente, una de las organizadoras, Fatima Aghbarieh, recordó que el objetivo de la conferencia era aclarar y arrojar luz, hacia la comunidad europea y el mundo entero, sobre lo que está sucediendo en Jerusalén. Poniendo énfasis en la necesidad de entregar el mensaje correcto sobre lo que ocurre en la ciudad, y del hecho de que la cuestión palestina este casi ausente en la agenda europea.
Asimismo, el Ministro y el Gobernador de Jerusalén afirmó que los palestinos tienen una gran civilización y la cultura, pero no tienen la estabilidad, señalando que la ocupación israelí no robó la tierra, pero si su historia, civilización y cultura. Asimismo recordó el sufrimiento del pueblo palestino, y la injusticia contra él, y las conspiraciones tramadas contra la ciudad de Jerusalén, en referencia al chantaje israelí hacia los palestinos y la confiscación de sus tierras y derechos legítimos a través de los asentamientos ilegales que van colonizando las tierras más allá de la línea verde. Esta última cuestión, la de los asentamientos ilegales y sus colonos, es la otra pata de este banco, una pata quebrada que fisura cualquier esperanza de resolución pacífica. Al día siguiente de las conferencias, pudimos visitar algunos de ellos, uno concretamente cerca de donde estará ubicada la Embajada de Estados Unidos. Empiezan siendo caravanas y poco a poco evolucionan hasta ser un asentamiento en forma de construcción, y por ende una política de hechos consumados bajo el paraguas, la superioridad y el peso del Estado de Israel.
Un estado que, a través de un gobierno marcadamente ideológico, que promueve la expansión y control de todo el territorio con la connivencia norteamericana, vulnera los Acuerdos de Oslo de 1993 y desoye las resoluciones del Consejo de Seguridad 476 y 478 que declaran ilegales dichos asentamientos israelíes y la proclamación de la ciudad de Jerusalén «entera y unificada», capital del estado judío. Así como la más reciente resolución 2334 de diciembre de 2016, que califica de “flagrante violación” del derecho internacional estos asentamientos. Estas leyes aprobadas por Israel, para legalizar progresivamente los asentamientos ilegales de ciudadanos israelíes en tierras palestinas privadas, ha ido allanando el camino a sucesivas ocupaciones, lo que redunda en un impacto social de proporciones desastrosas en las comunidades de palestinos más vulnerables. Cada nuevo asentamiento implica demoliciones de casas e infraestructuras en Cisjordania, y agrava la crisis humanitaria que se vive en el territorio desde ya más de 50 años.
Abordar la cuestión de las soluciones al conflicto sería una cuestión merecedora de otro tipo de análisis. De si hay que retomar la obvia solución de los dos estados adaptándola a las circunstancias actuales, apostar por alguna propuesta de confederación cantonal como algunas voces plantean, o alguna tercera vía al estilo del difunto rabino pacifista Menachem Froman, que difundía el mensaje de que judíos y musulmanes son hijos de Abraham y deben vivir juntos y en paz en esta tierra. Me temo que eso queda lejos, y que a día de hoy los palestinos se conforman con volver a la situación previa a la primera intifada, cuando podían trabajar en Israel sin problemas y los ciudadanos israelíes también cruzaban a zonas palestinas a visitar lugares, amigos o hacer compras. Ahora de momento hay un muro, tanto físico como invisible, el abismo entre ambos pueblos es sideral y parece que, después de setenta años, la paz queda lejos dentro del reino de los cielos. Mucha gente cree que haría falta un milagro para que esa paz llegue a esta tierra pero, quien sabe…es la tierra de los milagros. Que así sea.
(*) Politólogo y Vicepresidente del Fórum Canario Saharaui. Finalizando el Master en Gobernanza y Derechos Humanos en la Universidad Autónoma de Madrid.