VISTO, LEÍDO Y/O ESCUCHADO Blog de Mohamed Lemrini El Ouahhab Halima, un lamentable daño colateral

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 Más de un millón y medio de refugiados-desterrados se dice que ha producido la guerra de Siria, además de aproximadamente medio millón de civiles muertos. Ellos se encuentran al norte y al sur del Mediterráneo y en las tierras cercanas de Oriente próximo.

 Desde Turquía hasta Marruecos, y precisamente en un barrio muy  residencial de la capital de este país me encontré con Halima, nombre ficticio que significa soñadora. Una señora entre los 30 y los 40 años que llegó hasta aquí con un grupo de paisanos, formado mayoritariamente por mujeres y niños. Halima había perdido a su marido y a un hermano menor en los constantes bombarderos que sufría y sigue sufriendo su ciudad natal, Alepo, y quizás a eso se deba su destartalado atuendo de máximo luto. Entonces, sintió que allí ya no le quedaba nada y que nada la ataba a ese infierno donde sus hijos no podían ir al colegio, no podían salir a la calle a jugar con sus amigos, no podían respirar aire fresco ni, incluso, beber agua de un simple grifo. No quedaba nada porque su casa, al igual que las de su entorno, las habían destruido los bombarderos del ejército de Al Asad y de su aliado, que habían declarado la guerra a los supuestos rebeldes y los cazaban donde fuera que sospechen que se encuentran. La guerra, en principio, era contra los terroristas del Estado Islámico pero en ella se han mezclado los detractores del dictador y sobre todo los civiles, gente, ciudadanos de a pié sin oficio ni beneficio que, como siempre, son los más perjudicados.

Halima había soñado toda su existencia en una plácida vida, sin agobios, sin sufrimientos; en una vida muy simple, muy tranquila, incluso sin grandes riquezas y sin grandes lujos. Soñaba esencialmente en poder vivir sin premura, no debiendo nada a nadie, porque sus necesidades eran pequeñas y no necesitaba de grandes fortunas. Soñaba con vivir junto a los suyos, ver crecer a sus hijos, trabajar y disfrutar de una vida apacible.

Pero al parecer a Al Asad le sobraban la mitad de los sirios. Le molestaban, le aborrecían, le aburrían y le desesperaban, por las razones que fuera. Por eso, quería a esa mitad fuera del país, los quería fuera de sus dominios. No quería gobernarles, ni someterles, ni odiarles y menos quererles. Por ello ha hecho todo lo que estaba en sus manos para echarles fuera de su país, el de ellos. Los expulsó, los espantó, ahuyentó y dispersó; los dejó abandonados a su suerte convirtiéndolos en los vagabundos y fugitivos que son ahora. Porque, díganme ustedes ¿qué hace una refugiada siria en Marruecos?, ¿porqué recorre miles de kilómetros, atravesando países, mares y desiertos sin apoyo ni ayuda?

Un refugiado escribía recientemente en las redes sociales que “gracias a que nuestros antepasados no han conquistado todas las tierras cristianas, porque si no, no tendríamos ahora un país donde refugiarnos”. Y no es que se les ha recibido con las manos abiertas últimamente, no se les ha dado apoyo, refugio ni trabajo. Más aún, las han pasado y siguen pasándolas canutas, a merced de los traficantes y mercaderes de refugiados de todas las partes del mundo donde llegan.

El millón y medio de refugiados se me antoja una cifra irrisoria cuando el mismo Bashar Al Asad al hablar de la posguerra, ahora que Alepo ha sido liberada, reconoce que “los cinco millones de refugiados regresarán a Siria. Aquí están sus casas, sus pertenencias. Volverán para reconstruir su país”, agregó. Pero la realidad no es esa. Hay dramas familiares que nos aseguran que las cosas no son así. Hay familias que recuerdan que en otros tiempos no tan lejanos, Hafed Al Asad obligó a mucha gente a salir huyendo del país  y esa gente no puede ahora volver por culpa del hijo Bashar porque cuando se es opositor en semejante régimen, en el mejor de los casos, sólo existen dos salidas: la cárcel o el exilio, y el exilio entonces se hace bendito.

Bueno, no se olviden pues de Siria ni de Gaza, Irak, Egipto ni de los cientos de inmigrantes desplazados a su pesar en el mundo.